|
Hoy la privacidad no
tiene dominio registrado
por David
Rodríguez Seoane
Vivimos en una sociedad “orwelliana” que se vigila a
sí misma, ante la necesidad de controlarlo todo y de
tranquilizarse con una falsa noción de seguridad. A
pesar de todo, el hombre tiene todavía la
oportunidad de plantarle cara al sistema y conservar
su intimidad.
Vencida la primera década del
siglo XXI y 25 años después de la fecha anunciada
por George Orwell, se cumplen algunas de las
profecías de 1984. La sociedad se vigila a sí misma.
El miedo a lo inesperado y la necesidad de
controlarlo todo han hecho del mundo un gigantesco
escenario en el que todos somos observados por un
omnipresente Gran Hermano.
Miles de cámaras de vigilancia
observan, camufladas entre los edificios y el
mobiliario urbano, las calles por las que cada día
pasan millones de personas en cualquier ciudad del
mundo. Cintas y cintas de material audiovisual que
recogen en sus grabaciones cada movimiento. Muchas
veces, nadie llega a revisarlas pero su simple
presencia coarta la libertad del individuo.
Culpable, hasta que no se demuestre lo contrario.
La vida parece ahora
desarrollarse en una inmensa cárcel de la que todos
somos prisioneros. Un centro penitenciario ideal
como él que el filósofo Jeremy Bentham concibió, a
finales del siglo XVIII, con el nombre de Panóptico.
En él, un solo vigilante podía controlar a todos los
presos sin que estos supieran si eran vistos. La
mirada del otro acababa siendo interiorizada por el
reo hasta que él mismo se convertía en vigía.
La realidad cambia por el hecho
de ser observada. Por eso no podemos ser
estrictamente objetivos porque no somos objetos,
según la intuición de Heisenberg.
Saber que hay “ojos” que no
sólo vigilan sino que, llegado el momento, juzgan
provoca un cambio drástico en el modo que cada
persona tiene de aproximarse al mundo. Ya no somos
nosotros mismos, únicamente cuerpos que actúan bajo
las órdenes del miedo y la inseguridad, una suerte
de paranoia.
Pero la posibilidad de ser
vigilados ya no sólo es trascendente entre los
límites estrictos de lo real. En los últimos años,
el espectacular avance de Internet ha propiciado un
espacio virtual en el que dar rienda suelta a las
predicciones de Orwell y a las teorías “benthamianas”.
Bastan dos cifras para comenzar a reflexionar. La
empresa de medios Yahoo! captura una media mensual
de 2.500 datos sobre sus 250 millones de usuarios.
Así lo entiende el periodista y escritor
estadounidense Stephen Baker, en su libro Los
Numerati en el que analiza las nuevas técnicas de
marketing en la red.
Baker bautiza como los numerati
a los ingenieros, matemáticos e informáticos que
criban la información que se genera de manera
constante en cualquier acto cotidiano que realizamos
en la web. “Para ellos, nuestros registros digitales
crean un enorme y complejo laboratorio del
comportamiento humano”. Las huellas que dejamos
mediante el uso del correo electrónico o las
búsquedas que ejecutamos son pistas que utilizan –
basándose en puros análisis estadísticos – para
describir un mapa completo de nuestros gustos e
intereses. Al final de ese rastro, lo único que hay
es un escalofriante método publicitario conocido
como “targeting del comportamiento”.
Hoy, la privacidad es un
concepto que no tiene un dominio registrado en
Internet. El derecho a la intimidad está más en
entredicho que nunca.
Con todo esto, muchos expertos
no han dudado en calificar como “orwelliana” a esta
sociedad de principios de siglo que nos incluye y
que cada vez muestra más paralelismos con la novela
del autor británico y con otras narraciones de
ficción distópicas como Un mundo feliz de Aldous
Huxley o Farenheit 451 de Ray Bradbury. La llegada
de la posmodernidad no ha hecho más que confirmar la
verdad que se esconde en utopías perversas sobre
sociedades imaginadas por la literatura. Por
fortuna, el mundo todavía no ha llegado a ser como
pronosticaban estos novelistas pero muchas de sus
descripciones mantienen ya un inquietante parecido
con la realidad.
Los sistemas de vigilancia y
control proliferan por doquier. La espada de
Damocles que, entre otros enemigos sin rostro, el
terrorismo internacional ha pendido sobre nuestras
cabezas nos acobarda de tal modo que la balanza
entre la libertad y la seguridad cae siempre del
lado de la segunda. Nos sentimos vigilados, y eso
lejos de horrorizarnos incluso nos tranquiliza.
Es cierto que muchas miradas,
más de las que pensamos, recaen sobre nuestro
quehacer diario y estrechan nuestras libertades.
Pero, a pesar de todo, el ser humano mantiene su
protagonismo y la responsabilidad de decir “hasta
aquí”. La historia no tiene que haber ocurrido como
nos la contaron.
Periodista:
ccs@solidarios.org.es
LA
ONDA®
DIGITAL |