|
Una mirada desarrollista
del campo argentino
por el
Dr. Alfredo Allende
(Pero al resto no le está prohibido
leer…)
*Se
percibe en amigos desarrollistas o cercanos
mentalmente a esta concepción, un error conceptual,
quizá motivado en última instancia por una tradición
pesada en la materia en el ámbito denominado
progresista o incluso en la propia historia de
aquella fecunda corriente de pensamiento
político-económica. Y también, ¿por qué no? En una
suerte de instintivo prejuicio contra quienes han
forjado fortunas provenientes de las feraces tierras
argentinas.
Se habla con
menosprecio y bronca de los beneficios del campo,
del mito agrario, de la degradación que ha
significado para el país las rentas de ese origen,
de la subestimación que se ha efectuado de la
industria merced a los influjos del poder
oligárquico del campo sustraído a las ventajas que
se hubieran conseguido del progreso tecnológico con
mayor valor agregado, etcétera.
Para sostener este
enfoque se saltan etapas, se transporta el ayer al
hoy y se lo proyecta al futuro. Es verdad
irrefutable que el negocio agro-exportador (pienso
que habría que llamarlo de manera más ajustada el
negocio agro-importador) al predominar en los afanes
de nuestros líderes -a pesar de los advertencias
claras efectuadas entre otros por Manuel Belgrano en
el alba de la nacionalidad-, fue nefasto con
relación al desarrollo e integración del país.
Todo estaba al servicio de los centros productivos
redituables agrarios, desde la actividad bancaria
con sus créditos, hasta la gestión de la política
exterior, pasando por la educación formadora de
imágenes y mentalidades incompatibles con el
verdadero adelanto. Se perdieron en este sentido
décadas y sólo con lentitud exasperante se fueron
levantando usinas eléctricas, se trazaron caminos
(por lo demás, fundamentalmente encaminados hacia el
puerto), se propagó con cierta rapidez una línea
ferroviaria con el mismo sentido y para ventaja
especialmente de sus explotadores, en tanto las
regiones periféricas -un 50% o más del área
nacional- se las abandonó prácticamente a su
propia iniciativa, aisladas como estaban, con sus
enormes riquezas mineras, marítimas, forestales.
Era la época en la
que los Estados Unidos crecían a ritmos vertiginosos
y libraba batallas internas para liberar esclavos,
obtener así mano de obra para sus industrias y
fortalecer un mercado interno gigantesco con todo
lo cual llegaría a ser en pocos lustros en la nación
más poderosa de la Tierra. Hay que repetirlo: en su
visión de estadistas, los norteamericanos
prefirieron la guerra civil al estancamiento, pues
éste hubiera significado miserias, mayores pérdidas
de vida que en la propia actividad bélica, sumisión
a los grandes centros europeos. Y aclaro a los
olvidadizos que no fueron liberales en materia
económica, fueron rabiosos proteccionistas por
varias décadas hasta que el país alcanzó las
dimensiones de gran potencia; como fueron
proteccionistas rígidas las políticas de la Gran
Bretaña, Francia, Japón.
*El tiempo ha pasado
y las condiciones internas de la Argentina también,
como resultado de sus propias evoluciones y las del
mundo.
La reforma de Vélez
Sarsfield plasmada en el código, generó una mayor
distribución de las propiedades al eliminarse el
mayorazgo (ya había sido eliminado antes, pero ahora
tenía prosapia legal reglamentada incorporada a su
orden general constitucional, con distribución de
los bienes en principio igualitario entre los
derecho-habientes). Los avances tecnológicos para el
trabajo rural han sido espectaculares, con un aporte
sustancial de las maquinarias, importadas,
inventadas y/o producidas en la “pampa gringa”. No
sólo se mejoró la productividad enormemente, sino
que las calidades de los rebaños y de los cereales
se pusieron en la vanguardia del mundo, al tiempo
que se levantaban industrias mecánico-agrarias con
todo su cortejo de progresos sociales y científicos.
Se introdujeron cultivos novedosos y competitivos.
Las rentas no se han concentrado exclusivamente en
pocas manos, sino que se ha propagado entre la gente
del campo, al que se sumaron los trabajadores
mecánicos, profesionales diversos en los pueblos de
campaña, centros de estudios superiores agrarios y
de investigaciones.
Quiero decir, el agro
se ha convertido en un motor principal para el
impulso general de la producción, del ingreso, de la
tecnificación. ¿Es esto ideal? La respuesta es no y
sí, pero no se lo debe abandonar a su suerte, hay
que aprovechar la riqueza agraria argentina y sus
subproductos industriales, al máximo. No se debe
tratar más de meras riquezas para exportación a
granel, sin valor agregado y se debe fortalecer las
tecnologías vinculadas al campo.
El enlatado
industrial de centenares de productos diversos, las
máquinas para llevar a cabo esa tarea, las
forestaciones con derivados múltiples en trabajos
varios, la química generadora de herbicida y
fertilizantes, el área enorme de la pesca, las
construcciones y mantenimiento de barcos pesqueros y
frigoríferos, el trazado de 10.000 kilómetros de
rutas para el tráfico, la erección de centros de
formación profesional a lo largo y ancho del país
con tasas mínimas de los ingresos provenientes del
movimiento productivo y comercial, así como el
persistente refinamiento de las razas animales, la
concertación con los sectores en materia de
retenciones que permita diversificar y mejorar los
cultivos, son, casi todas ellas, tareas semi-frustradas
que aguardan la realización plena no sólo posible
sino imprescindible.
*Sobre esas bases,
que ya están en buena parte asentadas, queda abierta
la posibilidad de una política económica de
expansión sólida y acelerada, para no quedar en el
rezago de las evoluciones mundiales que se están
llevando a cabo. Pero hay mucho que hacer, reordenar
y crear, todo factible y viable sobre la plataforma
existente, que será cada vez más grande en la medida
en que no se ideologice y que no se quiera ejercer
oscuras revanchas alojadas algunas en lo más íntimo
de nuestras mentalidades, de nuestros rencores
históricos, en los repliegues inconfesables de
ambiciones cortoplacistas de poder sobre una
comunidad debilitada en lo moral y en lo material a
pesar de sus potencialidades.
Hace una generación
que la tremenda dictadura desapareció; ahora
aprovechemos lo que queda de los conocimientos
adquiridos por lo militares en temas como las
protecciones de los espacios y de sus progresos en
fabricaciones sensibles para el crecimiento de la
ciencia argentina. Además la indefensión absoluta en
la que estamos es suicida, porque el
desenvolvimiento de la historia es eso, un
movimiento de cambios que nos puede traer novedades
-hoy impensables-, dentro de pocos años.
Un pueblo con
capacidades para emprendimientos en la energía
atómica, en la cibernética, con eficiencia probada e
instalaciones para el aumento de la producción de
aceros y de tecnologías de punta, podrá tener, como
cualquier comunidad avanzada del mundo problemas,
pero posee capacidades gigantescas de inicio de un
desarrollo sostenido, vigoroso e integrador de las
regiones geográficas culturales y de los sectores
sociales. No hablo de paraísos, sino de un país
normal con pretensiones de saltar en una década
hacia el pelotón de la primera veintena de naciones
adelantadas.
Y no se trata de
sueños o de proclamas demagógicas, sino de concretar
lo que la civilización moderna exige para la
vigencia concreta de los derechos humanos, de la
justicia social, de las esperanzas para un futuro
cada vez más asequible y de cotas espirituales y
materiales más elevadas. Ni siquiera se trata de
ambiciones nacionalistas, sino de sentido común para
el bienestar de la comunidad; que los monopolios
exportadores se queden con la parte del león, en vez
de agrandar las inversiones agrarias, que las
explotaciones mineras arrasen con nuestras riquezas
implantadas en los suelos sin dejar valor agregado,
que casi todas las transacciones financieras de los
bancos extranjeros estén libres de retenciones
mínimas, que deberían ser co-participables con las
provincias y las regiones, no tiene razonabilidad,
cuando se podrían hacer negociaciones, determinar
cronologías, garantizar las inversiones de los
beneficios obtenidos por tales actividades
productivas en nuestro país y facilitar las remesas
al exterior dentro de períodos razonables.
No tengamos
resquemores ni miedo a las ganancias del capital
puesto en actividad; estamos en una sociedad
capitalista, no hemos hecho una revolución
socialista; hay que elegir entre los dos polos, y si
nos quedamos en la etapa del capitalismo privado
actuemos con la cordura que exigen las reglas de
juego, a no ser que intentemos lo hoy por hoy
imposible: la heroica revolución popular y
subversiva de valores, usos y distribuciones, con
enfrentamientos internacionales que supondrían, en
caso de triunfar la revolución socialista, la
estatización masiva de la producción y la supresión
de la propiedad privada. El capitalismo ha dado
márgenes de efectivo progreso en las comunidades que
supieron armonizarlo con el desarrollo industrial,
científico, tecnológico, social y cultural.
¿Qué esperamos?
*No es con subsidios
que superamos los atrasos ni el hambre: es con el
trabajo que sólo aporta la expansión económica, con
hincapié, en la Argentina de hoy, en el agro, en la
industria que le está adosada, en la infraestructura
energética y en el impulso a los sectores sobre los
que el país demuestra vocación y capacidad. Hoy no
podemos fabricar aviones de envergadura: mañana (una
década) después de hacer lo que estamos predicando,
será capaz de eso y mucho más; y dentro de un lustro
barcos comerciales de importante tonelaje y de
custodia para nuestro inmenso mar.
Yo no creo que por
fijarse y cumplir una meta de un tanto por ciento de
crecimiento, ejemplo un 5-6% anual, dentro de
algunos lustros saldremos de esta miseria; creo, sí,
que al incremento como mínimo de ese monto, más un
evolución cualitativa que involucre las industrias
de punta, la industria pesada, la educación masiva y
de calidad, se podrá alcanzar, en una década el
sendero irreversible para una sociedad en pleno
desarrollo. Y aunque parezca obvio, si partimos del
logro agrario con sus ventajas comparativas
ahorraremos tiempo y sacrificios.
Si se continúa
sacando los beneficios de un gran sector,
debilitamos el área a la que pretendamos quitarle
ganancias. ¡Qué ganen más los productores agrarios!
que se los incite con medidas de gobierno
inteligente a las reinversiones, que les asegure
políticas permanentes y, obvio es decirlo, seriedad
institucional. Nadie se asuste: no es necesario
bajar drásticamente las retenciones de la soja, pero
que no pasen del 30%, y que en cambio se reduzca
hacia el 0% la producción triguera, de granos en
general y de frutas. Que las adquisiciones de
insumos argentinos, o sea de aquellas maquinarias,
fertilizantes, herbicidas, con componentes
nacionales de un 75% o más de su valor total, se
puedan deducir de los impuestos a las ganancias.
¿Nadie se da cuenta que los impuestos son
suplantables a través de los ingresos que supone la
creación de riquezas?.
¿Queremos producción
o el barril sin fondo de los subsidios y de la
emisión de monedas y la inflación? ¿Queremos
seriedad o disponer de las reservas sin discusión
parlamentaria? ¿Queremos explorar las inmensas
riquezas de nuestros bosques renovables o impedir
que el Uruguay tenga una papelera? ¿Queremos decir o
hacer? ¿Queremos derechos humanos o que nazcan como
en la actualidad tres bebés anémicos sobre diez?.
Por supuesto hacer no
es sencillo: es más placentero y cómodo perorar. O
más grato para algunos sectores pelearse con todos y
contra todos: el campo, los grandes medios, la
ciudad capital, el representante del Presidente más
importante del mundo, las derechas, ahora también
con las izquierdas representativas mayoritarias de
esa orientación, con una corriente grande del propio
partido político ¡en nombre del progresismo,
mientras un tercio de la población está sumergida
bajo la línea de la pobreza y un 50% de la infancia
sobrevive en las carencias, mientras faltan planes y
proyectos de envergadura, y en tanto no hay
inversiones, extranjeras ni locales! Como si se
pudiera gobernar con horizontes de grandeza con
tales enfrentamientos y ausencias de realizaciones.
Y sin inversiones…
Reconozcamos, sin
embargo, que el “progresista” ignorante, el
despechado, y/o el que se vanagloria de su cacareada
posición ideológica, está satisfecho: más vale una
pelea contra aquellos sectores que la grandeza
nacional, el desarrollo efectivo, la obra
estructural.
Las naciones
progresistas del norte de Europa, siempre tan
invocadas, poseen poderosas infraestructuras e
industrias de vanguardia, innovaciones tecnológicas
y laboratorios de primer orden en el planeta, y no
son del Estado, sino que el Estado en todo caso,
respaldan los emprendimientos particulares y de
colosales consorcios. Argentinos a las cosas, pero
no a cualquiera cosa.
LA
ONDA®
DIGITAL |
|