Fin de un año de intenso
recorrido en América Latina
por Marcelo Cantelmi

Casi de todo ha sucedido en este lugar geográfico: desde el afianzamiento de alternativas nacionalistas hasta la reaparición del golpismo en su versión más descarada, dice el informe  especial para el diario argentino, “Los Andes”, de Marcelo Cantelmi

 

Ha sido este año para América Latina un extenuante recorrido por casi todas las estaciones del cielo y el infierno. Casi de todo ha sucedido: desde el afianzamiento de alternativas nacionalistas hasta la reaparición del golpismo en su versión más descarada.

 

Desde un primer paso luego abortado para acabar con el arcaico sitio contra Cuba a la consolidación de democracias en verdad republicanas en las Américas. Si se observa el escenario con cierto detenimiento se advertirá que el efecto general parece el de un vidrio roto cuyos fragmentos sólo reflejan partes de la realidad. Es improbable hacer un todo con esos trozos coloridos. Dependiendo de qué modo se los ordene se podrá tener un mapa con perspectivas positivas, o el diseño de una gran desilusión.

 

El espacio hemisférico, como el resto del mundo, fue marcado por el impacto de la mudanza en el sillón presidencial de EEUU. Fue también ese hecho un cambio dentro de otro cambio. La llegada de Barack Obama soltó las cuerdas que apretaron durante las dos administraciones republicanas de George Bush abriendo un canal de esperanza para la construcción de un sistema diferente.

 

No se trató de una ilusión pueril. Era el pasaje de ideas vetustas y peligrosas a una alternativa de comportamiento más maduro alimentada por la debilidad coercitiva del hegemón debido a la crisis financiera y la derrota en el frente militar. Tenía entonces sentido mucho de lo que se esperaba.

 

Hay dos citas centrales en ese recorrido para observar los movimientos sucedidos este año. La Cumbre de las Américas en Trinidad y Tobago en abril y la Asamblea de la OEA en Honduras, en junio. En el primero de esos encuentros Obama lanzó la idea que luego repetiría en Moscú y que está en el ánimo de su célebre discurso de El Cairo, sobre un régimen paciente y respetuoso con relación a los estilos de gobiernos ajenos.

 

"Cada país tiene derecho de seguir su propio camino", postuló y llegó a sostener la idea de instaurar "un nuevo comienzo con Cuba" que pareció coronarse con el reingreso de La Habana a la OEA en aquella Asamblea de la organización en San Pedro Sula.

 

Cierto ideologismo recargado nubla la capacidad de advertir que la cuestión de la isla comunista es tan doméstica en Latinoamérica y el Caribe como lo ha sido para EEUU.

 

La resolución de ese tema es una demanda que une a casi todos los gobiernos de la región con el agravante de que el doble rasero que Washington aplica con otros espacios comunistas vuelve más inaceptable el bloqueo a la isla comunista. Dicho de otro modo y a favor de un pragmatismo que no debería ser a la carte, Cuba no es menos "peligrosa" que Vietnam y es tan interesante económicamente como en lo que acabó convirtiéndose esa península del sudeste asiático.

 

Es posible que el caso cubano haya sido el más rutilante de los fracasos en ese espíritu de cambio. Lo fue en la retórica que terminó siendo apenas solo eso de parte de Washington. Pero también en el propio régimen castrista que volvió a postergar su demorado y crucial Congreso del Partido Comunista, dato que denuncia las dificultades internas para producir un crucial giro hacia adelante que, para insistir con el ejemplo, ponga a la isla en una senda de crecimiento como transitaron hace rato ya sus camaradas vietnamitas.

 

El año no lo fue sólo de ese fallido. Hay que anotar en la nómina principal el referendo que Hugo Chávez logró hacer votar en febrero para habilitarse la reelección perpetua. Ese acto fue un ejemplo paradigmático de una forma de entender la democracia por estos barrios convertida por momentos en una gran simulación que compite con la otra, la ideológica, de revoluciones y revolucionarios que en verdad no están ni son.

 

Hace exactamente dos años, el mismo referendo para ampliar de 6 a 7 años el período presidencial y retirar los límites de reelección había sido rechazado de modo resonante por los venezolanos en lo que Chávez calificó sin mayores cuidados como una "victoria de mierda" de la oposición.

 

Según la propia Constitución bolivariana, no se podía volver a convocar un referendo por igual motivo en un mismo período constitucional. Chávez ignoró ese escollo, e hizo el nuevo llamado que le dio el sí a la reelección indefinida confirmando que lo que digan las urnas puede pasarse por alto simplemente repitiendo hasta que salga al estilo de Robert Mugabe en Zimbabue, ejemplar apreciado por esta columna, quien tras perder las nacionales convocó a otras unos días después que esa vez ganó porque la oposición escandalizada sencillamente no se presentó.

 

Chávez no está solo en esos despropósitos. El nicaragüense Daniel Ortega, a quien pese a algunas espinosas historias familiares y otros acuerdos políticos de imposible defensa, acaban de otorgarle el así llamado premio de Derechos Humanos Muammar Khadafi tiene el récord Guinness de haber declarado este año inconstitucional la Constitución que le impedía volver a presentarse a un nuevo mandato.

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