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Nelson Mándela
y Lula llegan al cine
Dos producciones cinematográficas cuentan las
inspiradoras historias del sudafricano
Nelson Mandela y las del brasileño
Luiz Inacio Lula da Silva
Invictus: Comienza a ser
exhibida en Montevideo
En
un pasaje de Invictus, la nueva película de
Clint Eastwood, una multitud de eufóricos hinchas
blancos ovaciona al presidente sudafricano Nelson
Mandela, interpretado por Morgan Freeman, a pesar de
que no hacía mucho lo consideraban una peligrosa
amenaza. En una escena de Lula, o filho do
Brasil, el filme brasileño más costoso de la
historia, un joven Luiz Inacio Lula da Silva
pronuncia un discurso sin micrófono en un estadio
para 80.000 personas, y los asistentes van
repitiendo sus palabras para que todos lo escuchen.
Dos momentos mágicos, cinematográficos, que recrean
episodios verdaderos.
A veces, hace falta un buen
filme para recordar que en la política hay historias
extraordinarias, como las de Mandela y Lula. El
primero estuvo encerrado durante 27 años por
combatir un sistema de segregación racial, el
apartheid, que aseguraba la supremacía de la minoría
blanca sobre la mayoría negra. Pero, en lugar de
alimentar el resentimiento, aprovechó sus décadas en
prisión para seducir a sus carceleros y madurar el
proyecto político que, al salir de la cárcel, lo
llevó a ejercer un liderazgo libre de rencores que
propició la improbable reconciliación entre los
sudafricanos. El segundo, nacido en el nordeste
brasileño en una profunda pobreza, dejó la escuela a
los 14 años para convertirse en tornero
metalmecánico, combatió la dictadura como líder
sindical y después se las arregló para ser elegido
Presidente.
El milagro sudafricano
Cuando salió de su prolongado
encierro por la presión popular y del bloqueo
internacional al régimen blanco, Mandela ya era el
preso político más famoso del mundo. Al día
siguiente de haber obtenido su libertad, en 1990,
comenzó su singular relación con los estadios. Más
de 120.000 sudafricanos eufóricos, casi todos
negros, abarrotaron el de Soweto para darle la
bienvenida, y Mandela aprovechó ese primer discurso
para hacer un llamado a dejar atrás los rencores y
declarar que "una Sudáfrica sin 'apartheid' será un
hogar mejor para todos", blancos y negros.
Pero una gran parte de la
minoría blanca mantenía sus dudas sobre el líder, a
quien el régimen había pintado durante años como el
más peligroso de los terroristas. De lado y lado
había grupos radicales que bien podrían haber
ahogado en sangre los sueños de democracia. Eso no
le impidió a Mandela ganar las primeras elecciones
libres, en 1994, pero las heridas de la división
seguían abiertas y la reconciliación no estaba
sellada. Eso ocurrió un año después, en otro
estadio, el Ellis Park de Johannesburgo, cuando
Sudáfrica ganó la final del Mundial de rugby
mientras otra multitud, en esta ocasión blanca en su
mayoría, coreaba "Nelson", una y otra vez.
El Mundial de rugby es,
precisamente, el episodio en que se concentra la
película que Hollywood sobre el líder sudafricano.
En palabras de John Carlin, autor de El Factor
Humano, el libro en el que se basa el filme, "un
evento que destila la esencia del genio de Mandela y
del milagro sudafricano". En Sudáfrica, el rugby era
para los blancos una religión laica; para los
negros, un símbolo de la dominación a la que habían
sido sometidos. Tanto, que solían apoyar a los
equipos que enfrentaban a los 'springbok', como se
apoda a la selección.
Al llegar Mandela al poder, el
país llevaba varios años separado de las
competencias internacionales por las sanciones
contra el apartheid. Pero al ser levantadas, Mandela
entendió la oportunidad que representaba celebrar un
campeonato mundial en su país, y tuvo la astucia de
canalizarlo para sus fines. Se trató de un triunfo
tanto político como deportivo. Los favoritos eran
los All Blacks de Nueva Zelanda, considerados el
mejor equipo del mundo. Pero, como reconocería el
propio capitán derrotado, "Les oímos corear su
nombre y pensamos: ¿cómo vamos a derrotarlos?" Al
final, los sudafricanos lograron la hazaña, y
Mandela, vestido con la camiseta del equipo, le
entregó el trofeo al capitán, François Pienar, un
musculoso atleta blanco interpretado por Matt Damon.
La foto se constituyó en toda una postal de la nueva
Sudáfrica.
Además del parecido físico,
Morgan Freeman es un estudioso del fenómeno Mandela
desde hace años. Las primeras críticas de la
película, que ya se estrenó en Estados Unidos,
hablan de la belleza de su actuación.
El hijo de Brasil
Fabio Barreto, el director de
Lula, o filho do Brasil, dijo que su
mayor desafío fue buscar un actor para representar
al Presidente. Mientras a Mandela lo interpreta un
rostro mundialmente famoso, el actor que hace de
Lula, Rui Ricardo Diaz, es un ilustre desconocido.
Pero el parecido también es sorprendente.
La película está inspirada en
la biografía escrita por la ex asesora de Lula
Denise Paraná, pero no llega hasta su carrera
política ni incluye, por ejemplo, las elecciones
presidenciales que Lula perdió antes de llegar al
poder, en 2002. Según los productores, esa parte
pública es muy conocida y por eso la película se
concentra en sus primeros 35 años, desde cuando nace
en el nordeste, la región más pobre de Brasil, hasta
cuando se enfrenta a los militares en las huelgas de
los obreros metalúrgicos en los 80. De hecho,
incluye algunas imágenes originales de aquellas
marchas que ayudaron a acabar con la dictadura.
En el medio, cuenta la travesía
familiar de 13 días en un camión de ganado para
buscar mejores oportunidades en Sao Paulo, sus
cursos para convertirse en mecánico, la forma como
perdió a su primera mujer, que murió mientras daba a
luz, y su ascenso como líder sindical.
Es una producción ambiciosa. El
presupuesto, cercano a 10 millones de dólares, no
tiene antecedentes en el cine brasileño y se prevé
que la exhiban en más de 400 salas, además de unas
pantallas itinerantes para que llegue a los rincones
más apartados y pobres donde no hay cine.
Adicionalmente, los 10 millones de sindicalistas que
hay en Brasil se van a movilizar para darle
difusión. Por eso se espera que la vean unos 20
millones de brasileños, un nuevo récord para una
producción nacional.
Aún antes de su estreno
comercial, el primero de enero, ya ha despertado
controversia. La oposición asegura que es una
estrategia de propaganda política para convertir a
Lula en una leyenda, precisamente en el año de las
elecciones presidenciales. Lula ya eligió su
sucesora, la ex guerrillera y ministra Dilma Roussef,
pero la oposición lidera las encuestas con José
Serra. Oficialmente, la película, financiada con
capital privado, nada tiene que ver con el gobierno.
Pero en las filas del oficialista Partido de los
Trabajadores reconocen que va a pesar en las
elecciones, mientras los productores aseguran que
sus intereses no son políticos, sino comerciales.
Lula asistió a una función especial junto a su
esposa, Marisa Leticia, y Dilma. Al final no hizo
ningún comentario, aunque los más suspicaces
recuerdan que Lula, defensor de las alternancias y
aclamado por rehusar cambiar la Constitución en
beneficio propio, podría regresar en 2014.
Las historias de Mandela y de
Lula, a su manera, dan cuenta del éxito no sólo de
sus protagonistas, sino también de sus países.
Sudáfrica pasó de paria a objeto de estudio y se
prepara ser el primer país africano en albergar un
Mundial de Fútbol. Brasil, de ser una eterna
promesa, a liderar a las naciones emergentes. Si es
verdad que los países merecen a sus dirigentes,
Sudáfrica y Brasil tienen sus virtudes.
Fuente
Semana com
LA
ONDA®
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