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Los progresistas y
la política externa
por José
Luís Fiori
“Pero al final de cuentas, profesor,
¿qué es ser conservador en materia de política
externa?
¿Y qué vendría a ser una política
externa no conservadora?”. J.S.: Lector del Valor
Económico
Las grandes utopías
del siglo XIX revolucionaron las ideas y los
objetivos de la política internacional,
inmediatamente al comienzo del siglo XX. Pero en las
décadas siguientes, su impacto sobre la política
externa de las grandes potencias, fue
significativamente menor que las expectativas
creadas, en un primer momento, por las propuestas
del presidente americano, Woodrow Wilson, en la
Conferencia de Paz de París, después de la 1a Guerra
Mundial: cosmopolitas, anti-colonialistas y
favorables a un sistema mundial de seguridad,
liderado por la Liga de las Naciones. Y por las
ideas y propuestas, casi simultáneas, de Vladimir
Lenin, ya en su condición de jefe del estado ruso:
internacionalistas, anti-imperialistas y favorables
a la paz y a la autodeterminación de los pueblos.
Un programa
convergente, en muchos puntos, y absolutamente
innovador, que se transformó en la bandera de lucha
de las dos grandes potencias, contra el viejo
sistema europeo de equilibrio de poder, y contra el
liberalismo colonialista, liderado por Inglaterra y
por Francia. Pero después de la muerte de Wilson y
de Lenin, ya en los gobiernos de Warren Harding y
Joseph Stalin, los Estados Unidos y la Unión
Soviética adoptaron políticas externas orientadas
por sus intereses nacionales y por sus objetivos
internos inmediatos, a contramano del discurso de
sus antiguos gobernantes. Y después de la 2a Guerra
Mundial, y de la constitución del “duopolio” que
generó el status quo internacional durante la
Guerra Fría, entre 1946 y 1991, las ideas
libertarias e internacionalistas de comienzo de
siglo, se transformaron en un instrumento ideológico
esclerosado, en la competencia entre las dos grandes
potencias.
Pero a pesar de eso,
estas ideas se difundieron por el mundo junto con
la expansión progresiva del poder americano y
soviético, y acabaron transformándose en el sentido
común poco innovador, del discurso oficial de todos
los liderazgos políticos mundiales, y de todos los
organismos multilaterales creados después de la
guerra. Finalmente, después de la victoria
americana, y del fin de la Guerra Fría y de la Unión
Soviética, en 1991, la vieja utopía
liberal-democrática se transformó en el lenguaje
imperial del poder victorioso, válida urbe et
orbi. Como si se hubiese establecido – por un
pase de magia - una coincidencia absoluta entre los
intereses de los Estados Unidos y los intereses del
resto de la humanidad, y entre las posiciones de los
países que desean mantener, y de los que desean
cambiar el actual status quo mundial.
Esta historia del
siglo XX, también tiene que ver con América Latina,
y deja una lección importante, para el debate
actual, sobre el futuro de la política externa
brasileña. Los Estados Unidos y la Unión Soviética
siempre tuvieron su propia teoría y su propia
historia de las relaciones internacionales, y fueron
innovadores mientras lucharon contra el orden
internacional liderado por el Poder Británico. Y es
eso, en última instancia, lo que define la frontera
entre una política externa conservadora, y una
política progresista.
El punto de partida
es simple: un estado y un gobierno que se propongan
expandir su poder internacional, inevitablemente
tendrán que cuestionar y luchar contra la
distribución previa del poder, dentro del propio
sistema. Como condición preliminar, tendrán que
tener su propia teoría y su propia lectura de los
hechos, de los conflictos, y de las asimetrías y
disputas globales, y de cada uno de los “tableros”
geopolíticos regionales alrededor del mundo. Para
poder establecer de forma sustentada y autónoma, sus
propios objetivos estratégicos, distintos de las
potencias dominantes, y consecuentes con su
intención de cambiar la distribución del poder y de
la jerarquía mundial. Por eso, no es posible
concebir una política externa progresista e
innovadora, que no cuestione y enfrente los
consensos éticos y estratégicos de las potencias que
controlan el núcleo central del poder mundial.
En este campo, no están excluidas las convergencias
y las alianzas tácticas, y temporarias, con una o
varias de las antiguas potencias dominantes.
Pero toda política
externa progresista e innovadora, sabe que está y
estará en permanente competencia con estas
potencias, y que tendrá que asumir sus divergencias,
con la visión de mundo, con los diagnósticos y con
las estrategias defendidas por ellas, ya sea en el
espacio regional, ya sea a escala global. Eso no es
una veleidad irrelevante, ni es el fruto de una
animosidad ideológica, es una consecuencia de una
“ley” esencial del sistema interestatal, y de una
determinación que es en gran medida geográfica,
porque el objetivo del “estado cuestionador”, es
ampliar siempre y cada vez más, su capacidad de
decisión e iniciativa estratégica autónoma, en el
campo político, económico y militar, para poder
difundir mejor y aumentar la eficacia de sus ideas y
propuestas de cambio del sistema mundial.
Del lado opuesto, es
más fácil definir e identificar las características
esenciales de una política externa conservadora. En
primer lugar, los conservadores no se proponen
cambiar la distribución del poder internacional, ni
cuestionan la jerarquía del sistema mundial. Su
reacción frente a los desafíos establecidos por la
agenda internacional, es casi siempre empírica,
aislada, y moralista. Los conservadores no tienen
una teoría ni una visión histórica propia del
sistema internacional y de sus acontecimientos
coyunturales, y son partidarios, en general, de una
política externa de bajo perfil, sin grandes
iniciativas estratégicas nacionales, y con un alto
índice de sumisión a los valores, juicios, y
decisiones estratégicas de las potencias dominantes.
Por eso, consciente o inconscientemente, los
conservadores delegan en terceros, una parte de la
soberanía decisoria de su política externa, y acaban
por asumir, invariablemente, una posición subalterna
dentro de la política internacional. Como fue el
caso, en la década de 1990, de la política externa
de Brasil, y de los demás países de América del Sur.
Una década que pasó a la historia, bajo el signo
neoliberal de la “diplomacia descalza”, del gobierno
brasileño de la época, y de la propuesta argentina
de establecer “relaciones carnales”, con los Estados
Unidos.
Traducido
para LA ONDA digital por Cristina Iriarte
LA
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