|
Obama: “Tomé posesión
en medio de dos guerras
y una grave recesión”
Discurso del presidente de
Estados Unidos, Barack Obama,
ante el Congreso, el
27 de enero de 2010
Señora
presidenta de la Cámara, vicepresidente Biden,
miembros del Congreso, distinguidos invitados,
conciudadanos:
Nuestra Constitución establece
que, periódicamente, el presidente informe al
Congreso del estado de nuestra Unión. Nuestros
dirigentes han cumplido ese deber desde hace 220
años. Lo han hecho en periodos de prosperidad y
tranquilidad. Y lo han hecho en medio de la guerra y
la depresión; en momentos de grandes luchas y
grandes esfuerzos.
Es tentador remontarnos a esos
momentos y postular que nuestro progreso era
inevitable, que Estados Unidos estaba destinado a
triunfar. Pero, cuando el ejército de la Unión se
vio rechazado en la batalla de Bull Run y cuando los
aliados desembarcaron en la playa de Omaha, la
victoria era muy dudosa. Cuando el mercado se hundió
en el Martes Negro y cuando los manifestantes por
los derechos civiles fueron apaleados en el Domingo
Sangriento, el futuro era cualquier cosa menos
seguro. Fueron instantes que pusieron a prueba el
valor de nuestras convicciones y la fuerza de
nuestra Unión. Y, a pesar de nuestras divisiones y
nuestras diferencias, nuestras vacilaciones y
nuestros miedos, Estados Unidos se impuso porque
decidimos avanzar como una nación, como un pueblo.
Ahora, una vez más, nos
enfrentamos a una prueba. Y una vez más, debemos
responder a la llamada de la historia.
Hace un año, tomé posesión en
medio de dos guerras, una economía sacudida por una
grave recesión, un sistema financiero al borde del
colapso y un gobierno profundamente endeudado.
Expertos de todo el espectro político nos
advirtieron de que, si no actuábamos, podíamos
sufrir una segunda depresión. De modo que actuamos,
de manera inmediata y agresiva. Y un año más tarde,
lo peor de la tempestad ya ha pasado.
Pero la desolación sigue
presente. Uno de cada diez estadounidenses sigue sin
encontrar trabajo. Muchas empresas se han hundido.
El valor de las viviendas ha descendido. Los pueblos
y las comunidades rurales se han visto especialmente
afectados. Para quienes ya habían conocido la
pobreza, la vida se ha vuelto mucho más dura.
Esta recesión ha aumentado
además las cargas que las familias estadounidenses
soportan desde hace decenios: la carga de trabajar
más y más tiempo por menos dinero; de no poder
ahorrar lo suficiente para jubilarse ni enviar a los
hijos a la universidad.
Es decir, conozco las angustias
presentes en nuestras vidas. No son nuevas. Esas
luchas son la razón por la que presenté mi
candidatura a la presidencia. Esas luchas son las
que he observado durante años en lugares como
Elkhart, Indiana, y Galesburg, Illinois. Oigo hablar
de ellas en las cartas que leo cada noche. Las más
penosas de leer son las que están escritas por
niños, en las que preguntan por qué tienen que irse
de su casa o cuándo va a poder volver a trabajar su
madre o su padre.
Para estos estadounidenses, y
para muchos otros, el cambio no se ha producido con
la suficiente rapidez. Algunos se sienten
frustrados; algunos están indignados. No entienden
por qué parece que la mala conducta en Wall Street
se ve recompensada y el trabajo esforzado en la vida
corriente, no; ni por qué Washington no ha sabido o
no ha querido resolver ninguno de nuestros
problemas. Están cansados de partidismos, de gritos,
de mezquindades. Saben que no podemos permitírnoslos
en estos momentos.
Nos enfrentamos, pues, a retos
grandes y difíciles. Y lo que esperan los
estadounidenses --lo que merecen-- es que todos
nosotros, demócratas y republicanos, resolvamos
nuestras diferencias; que nos sobrepongamos al peso
entorpecedor de nuestras disputas políticas. Porque,
aunque quienes nos eligieron para nuestros puestos
tienen distintos orígenes, distintas experiencias y
distintas creencias, las angustias que sufren son
las mismas. Las aspiraciones que tienen son comunes
a todos. Un puesto de trabajo que permita pagar las
facturas. Una oportunidad de progresar. Y, sobre
todo, la capacidad de dar a nuestros hijos una vida
mejor.
¿Y saben qué más tienen en
común? Tienen en común la terca capacidad de
resistencia ante las adversidades. Después de uno de
los años más difíciles de nuestra historia, siguen
trabajando, fabricando coches y enseñando a los
niños, creando empresas y volviendo a estudiar,
entrenando a los equipos de sus hijos y ayudando a
sus vecinos. Como decía una mujer en una carta,
"Estamos pasándolo mal pero llenos de esperanza,
luchando pero animados".
Ese espíritu, esa enorme
decencia y esa gran fuerza, son los que hacen que
nunca haya estado más esperanzado que esta noche
sobre el futuro de Estados Unidos. A pesar de
nuestras dificultades, nuestra Unión es fuerte. No
nos rendimos. No abandonamos. No permitimos que el
miedo ni las divisiones quiebren nuestro espíritu.
En esta nueva década, ha llegado el momento de que
el pueblo estadounidense tenga un gobierno que esté
a la altura de su decencia, que encarne su fuerza.
Y esta noche me gustaría hablar
sobre la forma de que, todos juntos, podamos hacer
realidad esa promesa.
Ese camino empieza por la
economía.
Nuestra tarea más urgente, al
asumir el cargo, era apuntalar a los bancos que
habían contribuido a esa crisis. No fue fácil
hacerlo. Si hay algo que ha unido a demócratas y
republicanos, fue que todos odiamos tener que
rescatar a los bancos. Yo lo detesté. Ustedes lo
detestaron. Fue una medida tan poco popular como una
endodoncia.
Sin embargo, cuando presenté mi
candidatura a la presidencia, prometí que no haría
sólo lo que fuera popular; haría lo que fuera
necesario. Y, si hubiéramos permitido la crisis del
sistema financiero, el desempleo sería el doble del
que es hoy. Desde luego, más empresas habrían
cerrado. Seguro que se habrían perdido más hogares.
Así que apoyé los esfuerzos del
gobierno anterior para crear el programa de rescate
financiero. Y, cuando asumimos el programa, lo
hicimos más transparente y responsable. Como
consecuencia, hoy los mercados están estabilizados y
hemos recuperado la mayor parte del dinero que
gastamos en los bancos.
Para recuperar el resto, he
propuesto una cuota a los grandes bancos. Ya sé que
Wall Street no mira la idea con buenos ojos, pero,
si esas empresas pueden permitirse el lujo de volver
a repartir grandes primas, también pueden permitirse
una cuota modesta para devolver el dinero a los
contribuyentes que les rescataron cuando lo
necesitaban.
Mientras estabilizábamos el
sistema financiero, también tomamos medidas para
hacer que nuestra economía volviera a crecer, salvar
el mayor número posible de puestos de trabajo y
ayudar a los estadounidenses que hubieran perdido su
empleo.
Por ese motivo hemos prolongado
o incrementado las prestaciones de desempleo para
más de 18 millones de estadounidenses; hemos hecho
que el seguro de salud sea un 65% más barato para
las familias que obtienen su cobertura a través de
la Ley de Reconciliación Presupuestaria (COBRA); y
hemos aprobado 25 recortes fiscales.
Lo repito: hemos recortado
impuestos. Hemos recortado impuestos para el 95% de
las familias trabajadoras. Hemos recortado impuestos
para las pequeñas empresas. Hemos recortado
impuestos para los compradores de una primera
vivienda. Hemos recortado impuestos para los padres
que tratan de cuidar de sus hijos. Hemos recortado
impuestos para ocho millones de estadounidenses que
están pagando la universidad. Como consecuencia,
millones de ciudadanos tienen más dinero para
gastarlo en gasolina, alimentos y otras necesidades,
y todo eso contribuye a mantener más puestos de
trabajo. Y no hemos subido los impuestos sobre la
renta ni un centavo a ninguna persona. Ni un solo
centavo.
Gracias a las medidas que hemos
tomado, hay unos dos millones de estadounidenses
trabajando que, si no, estarían en el paro. De
ellos, 200.000 trabajan en la construcción y las
energías limpias, 300.000 son profesores y otros
profesionales de la educación. Decenas de miles son
policías, bomberos, funcionarios de prisiones y
trabajadores de los servicios de emergencia. Y
estamos camino de añadir un millón y medio más de
empleos a ese total de aquí a final de año.
El plan que ha hecho posible
todo esto, desde los recortes fiscales hasta los
puestos de trabajo, es la Ley de Recuperación.
Efectivamente, la Ley de Recuperación, también
conocida como la Ley de Estímulo. Economistas de
derechas y de izquierdas han asegurado que esta ley
ha ayudado a salvar puestos de trabajo y a evitar la
catástrofe. Pero no es verdad sólo porque lo digan
ellos.
No hay más que hablar con la
pequeña empresa de Phoenix que va a triplicar su
plantilla gracias a la Ley de Recuperación. O con el
fabricante de ventanas de Filadelfia que dice que
antes era escéptico sobre esa ley, hasta que tuvo
que añadir dos turnos más de trabajo por todo el
negocio que había impulsado. O con la profesora que
está sacando adelante a sus dos hijos por sí sola y
a la que su director dijo la última semana que,
gracias a la Ley de Recuperación, no la iban a
despedir después de todo.
Hay historias de este tipo en
todo el país. Y después de dos años de recesión, la
economía está volviendo a crecer. Los fondos de
pensiones han empezado a recuperar parte de su
valor. Las empresas están empezando a invertir otra
vez y algunas, poco a poco, a contratar más
personal.
Sin embargo, soy consciente de
que, por cada historia que termina bien, hay otras,
de hombres y mujeres que se despiertan con la
angustia de no saber de dónde va a salir su próximo
sueldo; que envían currículums todas las semanas y
no reciben ninguna respuesta. Por eso el empleo debe
ser nuestra gran prioridad en 2010, y por eso hago
esta noche un llamamiento a elaborar una nueva ley
de empleo.
El verdadero motor de la
creación de empleo en este país serán siempre sus
empresas. Pero el gobierno puede sentar las
condiciones necesarias para que las empresas se
expandan y contraten a más trabajadores. Deberíamos
empezar donde empiezan casi todos los nuevos puestos
de trabajo: en las empresas pequeñas, las compañías
que se ponen en marcha cuando un empresario se
atreve a intentar hacer realidad un sueño, o un
trabajador decid que ha llegado la hora de
convertirse en su propio jefe.
Esas empresas han capeado el
temporal de la recesión a base de valentía y empeño,
y están listas para crecer. Sin embargo, cuando uno
habla con los pequeños empresarios de sitios como
Allentown, Pennsylvania, o Elyria, Ohio, resulta
que, aunque los bancos de Wall Street están
volviendo a prestar dinero, se lo prestan sobre todo
a las grandes empresas. Para las pequeñas empresas
de todo el país, la financiación sigue siendo
difícil.
Por eso, esta noche, propongo
que apartemos 30.000 millones de dólares del dinero
que han devuelto los bancos de Wall Street y lo
utilicemos para ayudar a los bancos locales a
ofrecer a las pequeñas empresas los créditos que
necesitan para mantenerse a flote. Propongo también
un nuevo crédito fiscal para pequeñas empresas,
destinado a más de un millón de pequeñas empresas
siempre que contraten nuevos trabajadores o aumenten
los salarios. Y, ya que estamos, vamos a eliminar
también todos los impuestos sobre las ganancias de
capital en las inversiones en pequeñas empresas y a
ofrecer incentivos fiscales para todas las empresas,
grandes o pequeñas, con el fin de que inviertan en
nuevas plantas y nuevo equipamiento.
A continuación, vamos a hacer
que los estadounidenses trabajen hoy construyendo
las infraestructuras de mañana. Desde las primeras
líneas de ferrocarril hasta el sistema de autopistas
interestatales, nuestra nación siempre ha contado
con construcciones competitivas. No hay razón para
que Europa y China tengan los trenes más rápidos o
las plantas nuevas capaces de fabricar productos con
energías limpias.
Mañana visitaré Tampa, en
Florida, donde pronto comenzarán las obras para la
construcción de un nuevo tren de alta velocidad
financiado por la Ley de Recuperación. Hay proyectos
como ése en todo el país que crearán empleo y
ayudarán a trasladar bienes, servicios e información
por todo el país. Debemos poner a trabajar a más
estadounidenses en la construcción de instalaciones
de energías limpias y ofrecer descuentos a quienes
conviertan sus viviendas en unos lugares con mayor
eficacia energética, que proporciona empleo a más
gente en el sector de las energías limpias. Para
animar a esas empresas y otras semejantes a que no
se vayan del país, ha llegado el momento de acabar
con las desgravaciones fiscales para empresas que se
llevan puestos de trabajo al extranjero y dárselas a
las que creen empleo en Estados Unidos.
La Cámara de Representantes ha
aprobado un proyecto de ley de empleo que incluye
alguna de estas medidas. Insto al Senado a que, como
primer punto en la agenda de este año, haga lo
mismo. La gente está sin trabajo. Está pasándolo
mal. Necesita nuestra ayuda. Y yo quiero tener una
ley de empleo sobre mi mesa sin más tardar.
Pero la verdad es que estas
medidas no van a compensar, de todas formas, los
siete millones de puestos de trabajo que hemos
perdido en los últimos dos años. La única forma de
avanzar hacia el pleno empleo es sentar las bases de
un crecimiento económico a largo plazo y abordar,
por fin, los problemas que las familias
estadounidenses afrontan desde hace años.
No podemos permitirnos otra
supuesta "expansión" económica como la de la última
década -la que algunos denominan "década perdida"-,
en la que el empleo creció más despacio que durante
ningún periodo de expansión anterior; en la que la
renta de las familias norteamericanas cayó mientras
el coste de la sanidad y la educación alcanzaba
niveles sin precedentes; en la que la prosperidad se
construyó sobre una burbuja inmobiliaria y la
especulación financiera.
Desde el día en que tomé
posesión, me han dicho que afrontar nuestros retos
más amplios era demasiado ambicioso, que serían unos
esfuerzos muy polémicos, que nuestro sistema
político estaba demasiado paralizado y que era mejor
esperar un tiempo.
Para quienes hacen esas
afirmaciones, no tengo más que una pregunta:
¿Cuánto debemos esperar?
¿Cuánto tiempo debe aparcar Estados Unidos su
futuro?
Washington lleva decenios
diciéndonos que esperemos, mientras los problemas
iban empeorando. Mientras tanto, China no ha
esperado para modernizar su economía. Alemania no ha
esperado. India no ha esperado. Esos países no están
quietos. Esos países no se disputan la segunda
plaza. Están dando más importancia a las matemáticas
y las ciencias. Están reconstruyendo sus
infraestructuras. Están haciendo grandes inversiones
en energías limpias porque quieren esos puestos de
trabajo.
Pues bien, yo no acepto una
segunda plaza para Estados Unidos. Por difícil que
resulte, por incómodos y polémicos que puedan ser
los debates, ha llegado el momento de ponernos
serios y empezar a arreglar los problemas que
impiden nuestro crecimiento.
Un punto de partida es una
seria reforma financiera. No estoy interesado en
castigar a los bancos, estoy interesado en proteger
nuestra economía. Un mercado financiero fuerte y
saludable permite que las empresas accedan a los
créditos y creen nuevos puestos de trabajo. Canaliza
los ahorros de las familias hacia inversiones que
elevan las rentas. Pero eso sólo puede ocurrir si
nos protegemos frente a la temeridad que estuvo a
punto de hundir toda nuestra economía.
Debemos asegurarnos de que los
consumidores y las familias de clase media tengan la
información que necesitan para tomar decisiones
económicas. No podemos permitir que las
instituciones financieras, incluidas las que se
encargan de nuestros depósitos, corran riesgos que
pongan en peligro toda la economía.
La Cámara ha aprobado ya una
reforma financiera que incluye muchos de estos
cambios. Y los grupos de presión ya están intentando
eliminarla. No podemos dejar que ganen esta pelea.
Y, si el proyecto de ley que acabe encima de mi mesa
no cumple los requisitos de la verdadera reforma, lo
devolveré.
Después, debemos estimular la
innovación en Estados Unidos. El año pasado, hicimos
la mayor inversión de la historia en investigación
básica, una inversión que puede desembocar en las
celdas solares más baratas del mundo o en un
tratamiento que mate las células cancerígenas pero
deje intactas las sanas. Y ningún sector está más
maduro para esa innovación que la energía. Podemos
ver los resultados de las inversiones del año pasado
en la empresa de Carolina del Norte que va a crear
1.200 puestos de trabajo en todo el país para ayudar
a fabricar baterías avanzadas; o en la de California
que va a emplear a 1.000 personas para hacer paneles
solares.
Ahora bien, para crear más
empleo en el área de las energías limpias,
necesitamos más producción, más eficacia y más
incentivos. Eso significa construir una nueva
generación de centrales nucleares limpias y seguras.
Significa tomar decisiones difíciles como la de
abrir nuevas zonas costeras para la extracción de
gas y petróleo. Significa hacer una inversión
continua en biocombustibles avanzados y tecnologías
limpias del carbón. Y significa también aprobar un
proyecto de ley integral sobre la energía y el clima
con incentivos que hagan que la energía limpia sea
la más rentable en Estados Unidos.
Agradezco a la Cámara que haya
aprobado ese proyecto de ley. Este año, estoy
deseando ayudar a mejorar la colaboración entre los
dos partidos en el Senado. Sé que ha habido dudas
sobre si nos podemos permitir esos cambios en una
situación económica difícil; y sé que hay quienes no
están de acuerdo con las abrumadoras pruebas
científicas sobre el cambio climático. Pero, aunque
uno tenga dudas, ofrecer incentivos a la eficacia
energética y las energías limpias es lo mejor para
nuestro futuro, porque el país que esté a la
vanguardia de la economía de energías limpias será
el país que estará a la vanguardia de la economía
mundial. Y ese país debe ser Estados Unidos.
En tercer lugar, debemos
exportar más bienes. Porque, cuantos más productos
fabriquemos y vendamos a otros países, más puestos
de trabajo tendremos aquí. Por tanto, esta noche,
vamos a fijarnos un nuevo objetivo: duplicar
nuestras exportaciones durante los próximos cinco
años, un incremento que sostendrá dos millones de
puestos de trabajo en Estados Unidos. Para facilitar
esa meta, vamos a poner en marcha una Iniciativa
Nacional de Exportaciones que ayudará a los
agricultores y las pequeñas empresas a aumentar sus
exportaciones, y reformará los controles de la
exportación sin que eso afecte a la seguridad
nacional.
Debemos buscar activamente
nuevos mercados, como hacen nuestros competidores.
Si Estados Unidos permanece al margen mientras otros
países firman acuerdos comerciales, perderemos la
oportunidad de crear empleo dentro de nuestras
fronteras. Pero ser consciente de esas ventajas
significa también garantizar el cumplimiento de esos
acuerdos para que nuestros socios comerciales
respeten las reglas. Y por eso vamos a intentar
seguir elaborando un acuerdo comercial en Doha que
abra los mercados mundiales y vamos a reforzar
nuestras relaciones comerciales en Asia y con socios
clave como Corea del Sur, Panamá y Colombia.
En cuarto lugar, debemos
invertir en la capacidad y la educación de nuestra
gente.
Este año, hemos roto el pulso
entre la izquierda y la derecha con la puesta en
marcha de un concurso nacional para mejorar nuestras
escuelas. La idea es sencilla: en vez de recompensar
el fracaso, sólo vamos a recompensar el éxito. En
vez de financiar el statu quo, sólo vamos a invertir
en reformas, unas reformas que incremente el triunfo
escolar, inspire a los estudiantes a sacar buenas
notas en matemáticas y ciencias y transforme las
escuelas con más problemas que privan a demasiados
jóvenes de su futuro, tanto en comunidades rurales
como en los barrios más desfavorecidos de las
ciudades. En el siglo XXI, uno de los mejores
programas para luchar contra la pobreza es una
educación de primera categoría. En este país, no
puede ser que el éxito de nuestros hijos dependa más
de dónde viven que de su talento.
Cuando renovemos la Ley de
Educación Elemental y Secundaria, trabajaremos con
el Congreso para extender estas reformas a los
cincuenta estados. No obstante, en esta economía, un
título de bachillerato ya no garantiza un buen
trabajo. Insto al Senado a que haga como la Cámara y
apruebe un proyecto de ley que revitalizará nuestras
universidades públicas, que son una vía de
posibilidades para muchos hijos de familias
trabajadoras. Para que la universidad sea más
asequible, esta ley acabará por fin con las
subvenciones injustificadas a los contribuyentes que
van a parar a los bancos por los préstamos
estudiantiles. Es mejor que tomemos ese dinero y
demos a las familias un crédito fiscal de 10.000
dólares para sufragar cuatro años de universidad y
aumentemos las becas federales. Y vamos a decir a
otro millón de estudiantes que, cuando se gradúen,
no tendrán que pagar más que el 10% de su renta en
préstamos estudiantiles, y que toda su deuda se
perdonará al cabo de 20 años, 10 años si se meten a
trabajar en el servicio público. Porque, en los
Estados Unidos de América, nadie debería arruinarse
porque ha querido ir a la universidad. Y ya es hora
de que las universidades se tomen en serio el deber
de recortar sus gastos, porque ellas también tienen
que contribuir a resolver este problema.
Pero el precio de la
universidad no es más que una de las cargas que
afronta la clase media. Por eso, el año pasado, pedí
al vicepresidente Biden que presidiera un grupo de
trabajo sobre las Familias de Clase Media. Por eso
estamos casi duplicando el crédito fiscal para
cuidados infantiles, y estamos haciendo que sea más
fácil ahorrar para la jubilación dando a todos los
trabajadores acceso a una cuenta de pensiones y
ampliando el crédito fiscal a quienes empiezan a
ahorrar. Por eso estamos trabajando para elevar el
valor de la mayor inversión de una familia: su casa.
Las medidas que tomamos el año pasado para reforzar
el mercado inmobiliario han permitido que millones
de ciudadanos pidan nuevos préstamos y ahorren una
media de 1.500 dólares en pagos de hipoteca. Este
año, incrementaremos la refinanciación para que los
propietarios de viviendas puedan pasarse a hipotecas
más asequibles. Y para poder aliviar la deuda de las
familias de clase media es precisamente para lo que
seguimos necesitando una reforma del seguro de
salud.
Que no haya equívocos: yo no
decidí abordar este tema para apuntarme una victoria
legislativa. Y a estas alturas debe de estar
bastante claro que no decidí abordar la reforma
sanitaria porque era políticamente conveniente.
Decidí ocuparme de la sanidad
por las historias que he oído contar a ciudadanos
con enfermedades preexistentes cuyas vidas dependen
de que consigan cobertura; pacientes a los que se ha
negado esa cobertura; y familias --incluso algunas
con seguro-- que, con una enfermedad más, corren
peligro de caer en la ruina.
Después de casi un siglo de
intentarlo, estamos más cerca que nunca de aportar
más seguridad a las vidas de muchos estadounidenses.
La estrategia que hemos adoptado protegería a todos
los ciudadanos de las peores prácticas de las
aseguradoras. Daría a las pequeñas empresas y a los
ciudadanos sin seguro una oportunidad de escoger un
plan de salud asequible en un mercado competitivo.
Exigiría que todos los planes de seguros incluyeran
los cuidados preventivos. Y, por cierto, quiero
reconocer la labor de nuestra primera dama, Michelle
Obama, que este año va a crear un movimiento
nacional para abordar la epidemia de la obesidad
infantil y hacer que nuestros hijos estén más sanos.
Nuestra estrategia protegería
el derecho de los ciudadanos que tienen seguro a
mantener su médico y su plan. Reduciría los costes y
las primas de millones de familias y empresas. Y,
según la Oficina de Presupuestos del Congreso -la
organización independiente a la que todas las partes
consideran asignan la tarea de llevar las cuentas
del Congreso-, nuestra estrategia reduciría el
déficit hasta en un billón de dólares durante las
dos próximas décadas.
Aun así, ésta es una cuestión
compleja y, cuanto más se debatía, más escepticismo
despertaba. Asumo mi parte de responsabilidad por no
explicarla con más claridad a los ciudadanos. Y sé
que, con todas las presiones y todos los tira y
aflojas, este proceso dejó a la mayoría de los
estadounidenses sin saber en qué iba a ayudarles.
Pero también sé que este
problema no va a desaparecer. Para cuando termine de
hablar aquí esta noche, más estadounidenses habrán
perdido su seguro. Este año lo perderán millones.
Nuestro déficit aumentará. Las primas subirán. A
algunos pacientes les negarán los cuidados que
necesitan. Los pequeños empresarios seguirán
eliminando los seguros por completo. Yo no voy a
abandonar a estos estadounidenses, y tampoco deben
hacerlo quienes están en esta Cámara.
Cuando se hayan enfriado los
ánimos, quiero que todo el mundo vuelva a echar un
vistazo al plan que hemos propuesto. Si muchos
médicos, enfermeros y expertos en sanidad, que
conocen nuestro sistema mejor que nadie, piensan que
esta estrategia es una inmensa mejora respecto al
statu quo, es por algo. Pero si alguien, del partido
que sea, tiene una estrategia mejor, que disminuya
las primas, reduzca el déficit, proteja a los que no
tienen seguro, refuerce Medicare para los ancianos e
impida los abusos de las compañías de seguros, que
me lo haga saber. Lo que yo le pido al Congreso es
lo siguiente: no deis la espalda a la reforma. No en
este momento. No cuando estamos tan cerca. Vamos a
encontrar una forma de colaborar y rematar la tarea
por el bien del pueblo estadounidense.
Ahora bien, aunque la reforma
de la sanidad redujera nuestro déficit, no basta
para sacarnos del enorme agujero fiscal en el que
nos encontramos. Ése es un problema que hace que los
demás sean mucho más difíciles de resolver, y que ha
sido objeto de muchos enfrentamientos políticos.
Empezaré a hablar de los gastos
de gobierno con una aclaración. Al principio de la
década pasada, Estados Unidos tenía un superávit
presupuestario de más de 200.000 millones de
dólares. Cuando yo tomé posesión, llevábamos un año
con un déficit de más de 1 billón de dólares y unos
déficits proyectados de 8 billones de dólares
durante la próxima década. La mayor parte se debía a
no haber pagado dos guerras, dos recortes fiscales y
un carísimo programa de medicamentos con receta.
Además, los efectos de la recesión habían
contribuido con un agujero de 3 billones de dólares
en nuestro presupuesto. Eso fue antes de que yo
llegara.
Si hubiera asumido el cargo en
una época normal, nada me habría gustado más que
empezar a reducir el déficit. Pero llegamos en medio
de una crisis, y nuestros esfuerzos para evitar una
segunda Depresión han sumado otro billón de dólares
más a nuestra deuda nacional.
Estoy totalmente convencido de
que hicimos lo que había que hacer. Pero, en todo el
país, las familias están apretándose el cinturón y
tomando decisiones difíciles. El gobierno federal
debería hacer lo mismo. Por tanto, esta noche, voy a
proponer unas medidas concretas para devolver el
billón de dólares que hizo falta el año pasado para
rescatar la economía.
A partir de 2011, estamos
preparados para congelar los gastos de gobierno
durante tres años. Los gastos relacionados con
nuestra seguridad nacional, Medicare, Medicaid y la
Seguridad Social no se verán afectados. Pero todos
los demás programas a discreción del gobierno, sí.
Como cualquier familia que anda justa de dinero, nos
atendremos a un presupuesto para invertir en lo que
necesitamos y sacrificar lo que no. Y si tengo que
hacer respetar esta disciplina mediante un decreto,
lo haré.
Seguiremos repasando el
presupuesto partida por partida para eliminar
programas que no podemos permitirnos y no funcionan.
Ya hemos identificado 20.000 millones de dólares en
ahorros para el próximo año. Con el fin de ayudar a
las familias trabajadoras, vamos a prolongar
nuestros recortes fiscales para la clase media. Pero
en una época de déficits sin precedentes, no vamos a
seguir con los recortes fiscales para las compañías
petrolíferas, los gestores de fondos de inversión ni
quienes ganan más de 250.000 dólares al año. No
podemos permitírnoslo.
Incluso aunque paguemos lo que
hayamos gastado durante mi mandato, seguiremos
teniendo que afrontar el enorme déficit que teníamos
cuando llegué al cargo. Más importante, el coste de
Medicare (la asistencia sanitaria a las personas
mayores), Medicaid (la asistencia sanitaria de
beneficencia) y la Seguridad Social (el sistema de
pensiones) seguirá disparándose. Por eso he
convocado una Comisión Fiscal, con participación de
los dos partidos, inspirada en una propuesta del
republicano Judd Gregg y el demócrata Kent Conrad.
Éste no puede ser uno de esos trucos de Washington
que nos permite hacer como si hubiéramos resuelto el
problema. La Comisión tendrá que ofrecer una serie
concreta de soluciones en un plazo fijo. Ayer, el
Senado bloqueó un proyecto de ley que habría creado
esa comisión. Por consiguiente, voy a firmar un
decreto que nos permita seguir avanzando, porque me
niego a pasar este problema a otra generación de
estadounidenses. Y mañana, cuando llegue la
votación, el Senado debería restablecer la ley de
ingresos sobre la marcha, que fue uno de los motivos
principales por los que tuvimos superávit sin
precedentes en los años noventa.
Sé que, dentro de mi propio
partido, algunos dirán que no podemos ocuparnos del
déficit ni congelar el gasto de gobierno cuando
tantos están pasándolo tan mal. Estoy de acuerdo, y
por eso esta congelación no entrará en vigor hasta
el año que viene, cuando la economía sea más fuerte.
Pero quiero que quede clara una cosa: si no tomamos
medidas significativas para contener nuestra deuda,
podría hacer daño a nuestros mercados, aumentar el
precio de los préstamos y poner en peligro nuestra
recuperación; todo lo cual, a su vez, podría tener
un efecto todavía peor en el crecimiento del empleo
y las rentas familiares.
Desde algunos escaños de la
derecha, supongo que oiremos un argumento diferente:
que si invertimos menos en nuestro pueblo,
prolongamos los recortes fiscales a los ricos,
eliminamos más normas y mantenemos el statu quo en
sanidad, nuestros déficit desaparecerán. Lo malo es
que eso es lo que hicimos durante ocho años. Es lo
que nos metió en esta crisis. Es lo que contribuyó a
que tengamos estos déficit. Y no podemos volver a
hacerlo.
En vez de librar las mismas
batallas cansinas que llevan décadas dominando
Washington, ha llegado el momento de que probemos
algo nuevo. Invirtamos en nuestros ciudadanos sin
dejarles inmersos en una montaña de deuda. Hagamos
frente a nuestra responsabilidad con quienes nos han
traído aquí. Probemos con el sentido común.
Para ello, debemos reconocer
que nos enfrentamos a un déficit de algo más que
unos dólares. Nos enfrentamos a un déficit de
confianza, dudas profundas y corrosivas obre el
funcionamiento de Washington que llevan años
creciendo. Para recobrar esa credibilidad debemos
actuar en los dos extremos de Pennsylvania Avenue
con el fin de poner fin a la desmesurada influencia
de los lobbies, hacer nuestro trabajo de manera
abierta y dar a nuestro pueblo el gobierno que se
merece.
A eso vine a Washington. Por
eso, por primera vez en la historia, mi
administración publica en la red el nombre de los
que visitan la Casa Blanca. Y por eso hemos excluido
a los lobbistas de cargos de responsabilidad
estratégica y puestos en consejos y comisiones
federales.
Pero no podemos quedarnos ahí.
Ha llegado la hora de exigir a los grupos de presión
que revelen cada contacto que hagan en nombre de un
cliente con mi administración y con el Congreso. Y
ha llegado la hora de fijar unos límites estrictos a
las contribuciones que puedan hacer los lobbistas a
los candidatos para puestos federales. La semana
pasada, el Tribunal Supremo revocó un siglo de
legislación para abrir la posibilidad de que los
intereses especiales -incluidos extranjeros- puedan
gastar sin límites en nuestras elecciones. No creo
que las elecciones deban financiarse con dinero de
los intereses más poderosos del país ni, peor aún,
de entidades extranjeras. La decisión debe ser del
pueblo estadounidense, y por eso insto a demócratas
y republicanos a que aprueben un proyecto de ley que
contribuya a remediar este problema.
Insto asimismo al Congreso a
que prosiga el camino de la reforma de las partidas
destinadas de antemano. Han recortado parte del
gasto y han adoptado cambios importantes. Pero para
restablecer la confianza del público son necesarias
más cosas. Por ejemplo, algunos miembros del
Congreso colocan en la red peticiones de
asignaciones de partidas. Hoy pido al Congreso que
publique todas las peticiones en una sola página web
antes de cada votación, para que los estadounidenses
sepan cómo se gasta su dinero.
Por supuesto, ninguna de estas
reformas se llevará a cabo si no reformamos también
nuestra forma de trabajar juntos.
No soy ingenuo. Nunca pensé que
el mero hecho de elegirme fuera a a traer la paz, la
armonía y una era de colaboración entre los dos
partidos. Sabía que las dos formaciones habían
alimentado divisiones profundamente arraigadas. Y,
en ciertos temas, hay diferencias filosóficas que
siempre nos harán discrepar. Esas diferencias, sobre
el papel del gobierno en nuestras vidas, se producen
desde hace más de 200 años. Son la esencia misma de
nuestra democracia.
Lo que causa frustración al
pueblo norteamericano es un Washington en el que
cada día es un día de elecciones No podemos estar
siempre en campaña, con el único objetivo de ver
quién puede conseguir más titulares bochornosos
sobre su rival, la convicción de que, si tú pierdes,
yo salgo ganando. Ningún partido debe retrasar ni
obstaculizar cada proyecto de ley simplemente porque
puede hacerlo. La confirmación de personas muy
cualificadas para ocupar cargos públicos no debe
depender de proyectos o agravios de unos cuantos
senadores. Washington puede pensar que decir algo
del otro bando, por falso que sea, forma parte del
juego. Pero ese tipo de politiqueo es precisamente
el que ha hecho que los partidos hayan dejado de
ayudar a los ciudadanos. Peor aún, está sembrando
más divisiones entre nuestros ciudadanos y más
desconfianza en el gobierno.
Por tanto, no, no voy a
renunciar a cambiar el tono de nuestra política. Sé
que es un año de elecciones. Y después de la semana
pasada, está claro que la fiebre de la campaña ha
llegado antes que nunca. Pero tenemos que gobernar.
A los demócratas, les recuerdo que todavía tenemos
la mayoría más grande en décadas, y la gente espera
que resolvamos algunos problemas, no que vayamos a
escondernos. Y si la dirección republicana va a
insistir en que se necesitan sesenta votos en el
Senado para hacer cualquier cosa, entonces la
responsabilidad de gobernar también es de ellos.
Decir que no a todo puede ser buena política a corto
plazo, pero no es gobernar. Estamos aquí para servir
a nuestros ciudadanos, no cultivar nuestras
ambiciones. Vamos a demostrar al pueblo que podemos
trabajar juntos. Esta semana voy a hablar ante una
reunión de republicanos de la Cámara. Y me gustaría
empezar a celebrar reuniones mensuales con las
direcciones de los dos partidos. Sé que lo aguardan
con impaciencia.
Durante toda nuestra historia,
ningún problema ha unido más a nuestro país que la
seguridad. Por desgracia, parte de la unidad que
sentimos después del 11-S se ha disipado. Podemos
discutir todo lo que se quiera sobre quién tiene la
culpa de ello, pero no me interesa remover el
pasado. Sé que todos amamos a este país. Todos
estamos entregados a su defensa. Así que vamos a
dejar de lado las bravatas de patio de colegio sobre
quién puede más. Vamos a rechazar la falsa
alternativa entre proteger a nuestra gente y hacer
respetar nuestros valores. Vamos a dejar atrás el
miedo y las divisiones, y a hacer lo que haga falta
para defender nuestra nación y labrar un futuro más
esperanzado, para Estados Unidos y para el mundo.
Ésa es la tarea que comenzamos
el año pasado. Desde mi primer día en el puesto,
hemos renovado nuestra atención a los terroristas
que amenazan a nuestro país. Hemos hecho inversiones
importantes en seguridad interior y hemos
desbaratado planes que amenazaban con eliminar vidas
de estadounidenses. Estamos solucionando los fallos
imperdonables que han quedado al descubierto con el
intento de atentado del día de Navidad, con más
seguridad en las líneas aéreas y una actuación más
rápida por parte de nuestros servicios de
inteligencia. Hemos prohibido la tortura y reforzado
las relaciones con otros países, desde el Pacífico
hasta la Península Arábiga, pasando por el sur de
Asia. Y en el último año, hemos capturado o matado a
cientos de combatientes y afiliados de Al Qaeda,
entre ellos muchos líderes; muchos más que en 2008.
En Afganistán, estamos
aumentando nuestras tropas y entrenando a las
Fuerzas de Seguridad afganas para que puedan empezar
a hacerse cargo de la situación en julio de 2011 y
nuestros soldados puedan empezar a volver a casa.
Recompensaremos el buen gobierno, reduciremos la
corrupción y apoyaremos los derechos de todos los
afganos, hombres y mujeres. Contamos con el apoyo de
socios y aliados que también han reforzado su
presencia y que mañana se reunirán en Londres para
reafirmar nuestro objetivo común. Nos aguardan
tiempos difíciles. Pero estoy seguro de que
triunfaremos.
Mientras orientamos la lucha
hacia Al Qaeda, estamos dejando Irak a su pueblo, de
manera responsable. Como candidato, prometí que
acabaría esta guerra, y es lo que estoy haciendo
como presidente. Todas nuestras tropas de combate
estarán fuera de Irak para finales del próximo mes
de agosto. Apoyaremos al gobierno iraquí durante la
celebración de las elecciones y seguiremos
colaborando con el pueblo iraquí para promover la
paz y la prosperidad regional. Pero que quede claro
que esta guerra está terminando, y todos nuestros
soldados volverán a casa.
Esta noche, todos nuestros
hombres y mujeres de uniforme -en Irak, Afganistán y
todo el mundo- deben saber que cuentan con nuestro
respeto, nuestra gratitud y todo nuestro apoyo. Y,
así como ellos deben tener los recursos que
necesitan en la guerra, todos tenemos la
responsabilidad de apoyarles cuando vuelven a
nuestro país. De ahí que hayamos hecho el mayor
aumento de las inversiones para los veteranos en
décadas. Por eso estamos construyendo un edificio
del siglo XXI para la Administración de Veteranos. Y
por eso Michelle se ha asociado con Jill Biden para
orquestar un compromiso nacional de apoyo a las
familias militares.
A la vez que libramos dos
guerras, nos enfrentamos al que es tal vez el mayor
peligro para el pueblo estadounidense: la amenaza de
las armas nucleares. He asumido la visión de John F.
Kennedy y Ronald Reagan con una estrategia que
invierta la tendencia a la difusión de estas armas y
busque un mundo sin ellas. Para reducir nuestras
reservas y nuestros lanzamisiles, sin dejar de
garantizar el elemento disuasorio, Estados Unidos y
Rusia están completando unas negociaciones sobre el
tratado de control de armas de más alcance en casi
veinte años. Y, en la Cumbre de seguridad nuclear
del mes de abril, reuniremos a 44 países con un
claro objetivo: asegurar todos los materiales
nucleares vulnerables del mundo en un plazo de
cuatro años, para que nunca puedan caer en manos de
terroristas.
Estos esfuerzos diplomáticos
nos han dado asimismo más fuerza para tratar con los
países que insisten en violar los acuerdos
internacionales y en intentar adquirir esas armas.
Por eso ahora Corea del Norte afronta un aislamiento
cada vez mayor y unas sanciones más fuertes;
sanciones que están aplicándose con toda energía.
Por eso la comunidad internacional está más unida y
la República Islámica de Irán más aislada. Y,
mientras los líderes iraníes sigan ignorando sus
obligaciones, no puede haber duda: ellos también
tendrán que arrostrar unas consecuencias cada vez
más graves.
Ése es el tipo de liderazgo que
estamos ejerciendo: un compromiso que favorece la
seguridad y la prosperidad de todo el mundo. Estamos
trabajando, a través del G-20, para sostener una
recuperación mundial duradera. Estamos colaborando
con comunidades musulmanas de todo el mundo para
fomentar la ciencia, la educación y la innovación.
Hemos pasado de ser espectadores a estar en primera
línea de la lucha contra el cambio climático.
Ayudamos a países en vías de desarrollo a
alimentarse por sí mismos y continuamos la lucha
contra el sida. Y estamos poniendo en marcha una
nueva iniciativa que nos dará la capacidad de
reaccionar con más rapidez y más eficacia al
bioterrorismo y las enfermedades infecciosas, un
plan que luchará contra las amenazas en nuestro país
y reforzará la salud pública en el extranjero.
Estados Unidos lleva a cabo
estas acciones, como ocurre desde hace sesenta años,
porque nuestro destino está unido al de otros. Pero
también lo hacemos porque es lo debido. Por eso,
esta noche, mientras estamos aquí reunidos, más de
10.000 estadounidenses trabajan con muchos países
para ayudar al pueblo de Haití a recuperarse y
reconstruir.
Por eso estamos con la niña que
sueña con ir a la escuela en Afganistán; apoyamos
los derechos humanos de las mujeres que se
manifiestan por las calles de Irán; y defendemos al
joven al que se le ha negado un trabajo por culpa de
la corrupción en Guinea. Porque Estados Unidos
siempre debe estar al lado de la libertad y la
dignidad humana.
En el extranjero, nuestra mayor
fuerza la han constituido siempre nuestros ideales.
Lo mismo ocurre dentro de nuestras fronteras. Vemos
unidad en nuestra increíble diversidad, aprovechamos
la promesa consagrada en nuestra Constitución: la
idea de que todos somos iguales, que no importa
quién sea o qué aspecto tenga una persona, si
respeta la ley debe estar protegida por ella; que,
si se adhiere a nuestros valores comunes, debe
recibir el mismo trato que cualquier otra.
Debemos renovar continuamente
esta promesa. Mi gobierno cuenta con una División de
Derechos Civiles que está volviendo a perseguir las
violaciones de los derechos civiles y la
discriminación laboral. Hemos reforzado, por fin,
nuestras leyes para prevenir los crímenes impulsados
por el odio. Este año, trabajaré con el Congreso y
con el ejército para revocar la ley que niega a los
ciudadanos homosexuales el derecho a servir al país
que aman por ser quienes son. Vamos a atacar
drásticamente las infracciones de la ley sobre
igualdad de salario, de forma que las mujeres
obtengan la misma remuneración por una jornada igual
de trabajo. Y debemos continuar la tarea de arreglar
nuestro defectuoso sistema de inmigración, asegurar
nuestras fronteras, aplicar nuestras leyes y
garantizar que cualquiera que se atenga a las reglas
pueda contribuir a nuestra economía y enriquecer
nuestra nación.
Al final, son nuestros ideales
y nuestros valores los que construyeron Estados
Unidos. Unos valores que nos permitieron crear una
nación compuesta por inmigrantes de todos los
rincones del planeta; unos valores que todavía
impulsan a nuestros ciudadanos. Cada día, los
estadounidenses cumplen sus responsabilidades con
respecto a sus familias y sus empresas. Una y otra
vez, echan una mano a sus vecinos y hacen su
contribución a su país. Se enorgullecen de su
trabajo y tienen un espíritu generoso. Éstos no son
valores republicanos ni valores demócratas, valores
de empresarios ni valores de trabajadores. Son
valores americanos.
Por desgracia, son demasiados
los ciudadanos que han perdido la fe en que nuestras
principales instituciones -nuestras empresas,
nuestros medios de comunicación y, por qué no,
nuestro gobierno- sigan reflejando esos mismos
valores. Cada una de esas instituciones está llena
de hombres y mujeres honrados que hacen una labor
importante para contribuir a la prosperidad de
nuestro país. Pero, cada vez que un consejero
delegado se premia por un fracaso o un banquero nos
pone a todos en peligro por su propia condicia
personal, las dudas de la gente aumentan. Cada vez
que los lobbistas manipulan el sistema o los
políticos se despedazan en vez de ayudar a levantar
el país, perdemos la fe. Cuantas más veces reducen
los "expertos" de las tertulias de televisión los
debates serios a discusiones estúpidas y las grandes
cuestiones a frases sonoras, más se alejan nuestros
ciudadanos.
No es de extrañar que haya
tanto cinismo.
No es de extrañar que haya
tanta desilusión.
Yo hice campaña con la promesa
de cambio; un cambio en el que podemos creer, decía
el eslogan. Y ahora mismo sé que hay muchos
estadounidenses que no están seguros de si todavía
creen que podemos cambiar o, por lo menos, de si yo
puedo conseguirlo.
Pero hay que recordar una cosa:
yo nunca sugerí que el cambio sería fácil ni que yo
podía hacerlo solo. La democracia, en una nación de
300 millones de personas, puede ser ruidosa, caótica
y complicada. Y, cuando uno intenta llevar a cabo
grandes cosas y grandes transformaciones, se
despiertan las pasiones y la controversia. Las cosas
son así.
Quienes ocupamos cargos
públicos podemos reaccionar actuando con prudencia y
evitando tener que contar verdades incómodas.
Podemos hacer lo necesario para salir bien parados
en las encuestas y superar la siguiente elección en
vez de hacer lo más conveniente para la siguiente
generación.
Pero también sé otra cosa: si
la gente hubiera tomado esa decisión hace cincuenta
años o hace cien años o hace doscientos años, hoy no
estaríamos aquí. La única razón por la que estamos
es que hubo generaciones anteriores que no tuvieron
miedo de hacer lo difícil, de hacer o que era
necesario incluso cuando no estaban seguros de tener
éxito, de hacer lo que hiciera falta para mantener
vivo el sueño para sus hijos y sus nietos.
Nuestro gobierno ha sufrido
algunos reveses este año, y algunos de ellos fueron
merecidos. Pero todos los días me despierto sabiendo
que no son nada comparados con los reveses que han
sufrido numerosas familias en todo el país. Y lo que
me permite seguir adelante y con ganas de luchar es
que, a pesar de todos esos reveses, el espíritu de
determinación, de optimismo y de decencia esencial
que siempre ha sido la base del pueblo
estadounidense, sigue vivo.
Sigue vivo en el pequeño
empresario que me escribió, hablando de su compañía:
"Ninguno de nosotros... quiere pensar, ni por asomo,
en que podamos fracasar".
Sigue vivo en la mujer que dijo
que, aunque tanto sus vecinos como ella han sufrido
con la recesión, "somos fuertes. Somos resistentes.
Somos americanos".
Sigue vivo en el chico de ocho
años de Louisiana que me envió su paga y me pidió
que se la hiciera llegar al pueblo de Haití. Y sigue
vivo en todos los estadounidenses que lo han dejado
todo para ir a algún lugar en el que nunca habían
estado a sacar a gente a la que no conocían de
debajo de escombros, con gritos de "¡U.S.A.! ¡U.S.A.!
¡U.S.A!" cada vez que se salvaba otra vida.
Ese espíritu que ha sostenido
esta nación durante más de dos siglos sigue vivo en
vosotros, su gente.
Hemos terminado un año difícil.
Hemos superado un decenio difícil. Pero ahora
empieza un nuevo año. Comienza una nueva década. No
nos rendimos. No me rindo. Aprovechemos el instante
para empezar de nuevo, llevar adelante el sueño y
volver a fortalecer nuestra unión.
Gracias. Dios les bendiga. Y
Dios bendiga a los Estados Unidos de América.
LA
ONDA®
DIGITAL |