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Los “Ni-Ni”, ¿por qué ni
estudian, ni trabajan?
por
Carlos Miguélez Monroy
La frase tan usada en varias culturas del planeta;
¿estudias o trabajas?, ha caído en desuso para
muchos de los jóvenes de las sociedades
industrializadas, porque muchos de ellos ni
estudian, ni trabajan; es más, no tienen ninguna
intención de hacerlo, por lo menos de momento; son
lo que los sociólogos ya están empezando a denominar"La
Generación ni- ni".
Se habla de la blandura de los jóvenes, pero no de
la falta de referentes y de la obsesión de muchos
adultos con “darles todo lo que no tuvimos”.
Así no madurarían, podrían tenerlos cerca y
controlarlos
en su eterna adolescencia.
El 15% de los españoles entre
los 16 y 24 años de edad no estudia ni trabaja,
fenómeno que se extiende por países ricos y por
grandes ciudades del mundo. Esto preocupa a una
generación de adultos que “no entienden” esa actitud
ante la vida.
Se le llama Generación
Ni-Ni. Aunque la crisis y el desempleo
recrudecen su situación, una inversión social
inferior a la media en Europa y la pobreza relativa
que alcanza al 20% de la población española pesan
más en esta nueva generación. España arrastra esta
realidad desde hace una década, pero estaba
maquillaba por la burbuja económica, afirman desde
la European Anti-Poverty Network (EAPN).
En México, 38 millones de
jóvenes en esa franja de edad se encuentran en la
misma situación, pero sin acceso a prestaciones para
afrontar el desempleo. El analista norteamericano
George Friedman considera que México ocupará un
lugar relevante en el plano internacional por su
“continuo crecimiento” y su “potente economía”. Sin
embargo, una cifra de millones de jóvenes sin
estudiar ni trabajar que crece cada día contradice
cualquier predicción en ese sentido.
Sin políticas sociales
adecuadas, el crecimiento económico produce
desigualdades en la distribución de la riqueza, en
el acceso a los servicios públicos, a una vivienda
digna y al mercado laboral. Sin una formación
integral tanto en las familias como en la educación
formal, los jóvenes no tendrán las herramientas
adecuadas para hacer frente al mundo que heredan.
Los políticos se
equivocarían al ver en estos síntomas un problema
coyuntural que sólo responde a una de las peores
crisis económicas en el último siglo. Cuando esta
situación toque techo, los jóvenes se enfrentarán a
nuevos desafíos y a la necesidad de un cambio de
modelo después de haber pasado meses o años sin
estudiar ni trabajar.
El reto de encontrar
alternativas no puede quedar sólo en manos de la
generación adulta que hoy despotrica contra “los
jóvenes” (como si todos siguieran una misma conducta
y tuvieran los mismos valores) y que desde hace
décadas ha impulsado un modelo basado en el tener
por encima del ser. Hablan de una juventud
“materialista” y “hedonista”, se quejan de su “falta
de espiritualidad” y de que “no valora lo que
tiene”. Con frecuencia se oyen reproches como “si yo
hubiera tenido todo lo que tú tienes…”. Les
sorprende que los jóvenes “no tengan perspectivas de
futuro” y que no sepan “hacer nada”.
Esos reproches tienen
respuestas muy sencillas para cualquier joven harto
de escucharlos: ¿qué ejemplo han dado los medios de
comunicación y la clase política que los dice
representar? ¿Quiénes se han responsabilizado de
educar y formar a los jóvenes a los que demonizan?
Hay padres que mandan a sus hijos a misa mientras
ellos se quedan en el sofá viendo la televisión y
rezando para que las nuevas generaciones sean
religiosas y espirituales. Lo mismo pasa con la
lectura, el deporte, los estudios y con actitudes
como el altruismo y la generosidad, que se aprenden
con el ejemplo.
Alguien que nació hace veinte
años no puede cargar con la culpa de una sociedad de
consumo que se gestó desde el Baby boom y la edad
dorada después de la Segunda Guerra Mundial.
Trabajo, ahorro, crédito, muchos hijos, casa, coche,
electrodomésticos, grandes almacenes… Los adultos
que crean que la juventud de hoy está perdida
comprobarán, con Generación X, de Douglas Coupland,
que estas “generaciones perdidas” ya existían hace
tiempo. Comprenderán mejor porqué tantos jóvenes se
han desprendido de atavismos y buscan vivir el aquí
y el ahora.
Las nuevas generaciones tienen
la oportunidad de transformar la falta de valores de
un sistema que ha pervertido el sentido de la vida:
la gente que es para sus coches, sus televisiones y
sus sofás, en lugar de que los objetos sirvan a las
personas. Los jóvenes se dan cuenta de que este
sistema económico, como todas las ideologías de
décadas pasadas (socialismo real, fascismo, nazismo,
etc.), convierte a las personas en instrumentos para
alcanzar otros fines. ¿Se les puede echar en cara no
querer comprometerse con esas formas de esclavitud?
Como atacar a la juventud equivale a reconocer
fracasos, será mejor remar juntos, cambiar de modelo
y dejar de dispararse en los pies.
ccs@solidarios.org.es
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