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Keynesianismo vulgar
y el Neo-desarrollismo
por Luiz
Carlos Bresser-Pereira
y José Luís Oreiro
Recientemente
hemos observado una asociación indebida entre el
"Neo-desarrollismo" - entendido como el conjunto de
ideas, instituciones y políticas por las cuales los
países de renta media intentan alcanzar el nivel de
renta per cápita de los países desarrollados - con
lo que podríamos llamar "Keynesianismo vulgar", o
sea, la idea según la cual la sucesión de déficits
fiscales crónicos y crecientes son necesarios para
el mantenimiento del "pleno empleo" de la fuerza de
trabajo. De acuerdo con los defensores de esta
asociación, el "Neo-desarrollismo" estaría
caracterizado por la adopción de políticas
deliberadas en el sentido de aumentar el déficit
fiscal como forma de promover el empleo, la equidad
social y el aumento del nivel de vida de la
población.
En este
contexto, la defensa de la "austeridad fiscal" por
parte de algunos economistas que se denominan
"Neo-desarrollistas" sería, verdaderamente, una
confesión de sumisión a la ortodoxia económica y al
Neo-liberalismo. Más allá de esto, argumentan los
promotores de esta idea, la "austeridad fiscal" es,
per se, incompatible con la macroeconomía
keynesiana, la cual establece que los déficits
fiscales son necesarios para la obtención del
pleno-empleo en una economía capitalista.
La idea
de que la defensa de los déficits fiscales crónicos
y crecientes como forma de proporcionar el pleno
empleo de la fuerza de trabajo encuentra respaldo en
los escritos de John Maynard Keynes es totalmente
incorrecta. Como bien lo destacó Bradley Bateman en
un ensayo reciente sobre "Keynes y lo Keynesianismo"
(2006), publicado por la Cambridge University Press,
la asociación del nombre de Keynes con el "populismo
fiscal" se debió a dos economistas liberales,
Buchanan y Wagner, en un libro publicado en 1976,
titulado "Democracy in deficit: the political legacy
of Lord Keynes". En este libro, cuyo objetivo era
atacar las bases del "Estado del Bienestar Social"
construido en la post-segunda guerra mundial, los
autores hacen una caricatura de las ideas de Keynes,
asociando las mismas al descontrol fiscal, a la
inflación y al alto desempleo que se observaban en
los países desarrollados luego del colapso del
sistema de Bretton Woods y el primer shock del
petróleo.
Sin
embargo, como bien lo resalta Bradley, Keynes era
contrario al uso indiscriminado de déficits fiscales
para estimular la economía. En efecto, la política
fiscal que Keynes preconizaba se basaba en la
separación entre el presupuesto actual y de capital
del gobierno. El presupuesto corriente debería estar
continuamente equilibrado, independiente del estado
en el cual se encontrase la economía. El papel de
política fiscal anticíclica le correspondería, por
lo tanto, al presupuesto de capital en el cual
estarían contabilizados los gastos discrecionales
con proyectos de inversión y los impuestos
proporcionales a los mismos. A lo largo de una
secuencia de períodos, el presupuesto de capital
debería estar equilibrado con los ingresos de los
proyectos de inversión anteriormente realizados
cubriendo los nuevos gastos de inversión, tal como
ocurre en un "fondo rotativo". El presupuesto de
capital podría, no obstante, presentar déficits
puntuales en los años en que fuese necesario
estimular la economía con gastos adicionales de
inversión.
Más
importante que los déficits puntuales en el
presupuesto de capital, con todo, sería el papel de
la "socialización de la inversión", o sea, el
aumento de la participación del Estado en la
formación bruta del capital fijo, para la
estabilización de los ciclos económicos. Como Keynes
creía que los ciclos económicos eran el resultado de
las fluctuaciones de la inversión causadas por el
cambio del "estado de ánimo" de los empresarios, la
"socialización de la inversión" actuaría en el
sentido de reducir la amplitud de las fluctuaciones
de la inversión, contribuyendo así a la
estabilización de la economía.
El
Neo-desarrollismo tiene como uno de sus fundamentos
teóricos la macroeconomía keynesiana. De esta forma,
la estabilización de la economía en la visión del
Neo-desarrollismo debe ser hecha, tal como para
Keynes, por la "socialización de la inversión". Para
el Neo-desarrollismo, los déficits fiscales deben
ser evitados fundamentalmente porque debilitan la
capacidad del Estado de conducir de forma autónoma
la política macroeconómica o sea, disminuyen su
capacidad de conducir la política monetaria y la
política cambiaria de forma independiente de los
intereses de los rentistas. En efecto, un Estado
endeudado es un Estado que se torna rehén de los
intereses del sistema financiero, dado que aquel se
vuelve dependiente del financiamiento de la deuda
pública, la cual es intermediada por los bancos. Los
exponentes del "keynesianismo vulgar" van a rebatir
esta idea diciendo que el Estado tiene siempre la
opción de financiar sus déficits con emisión de
moneda, de tal forma que la existencia de déficits
públicos, per se, no es incompatible con la
autonomía de la política monetaria y cambiaria. El
problema es que esta solución es altamente
inflacionaria, a no ser en períodos en los cuales la
economía presente una sub-utilización aguda de la
capacidad productiva. En condiciones normales de
utilización de la capacidad, la emisión monetaria
requerida para el financiamiento de déficits
públicos del orden del 2% al 4 % del PBI, producirá
un aumento colosal de la demanda agregada, haciendo
imposible el ajuste de la oferta agregada sin un
aumento considerable de la tasa de inflación.
La
reducción de la capacidad del Estado de conducir de
forma autónoma la política macroeconómica es aún
mayor cuando el endeudamiento del sector público,
además de elevado como proporción del PBI, es
fundamentalmente de corto plazo.
Este es precisamente el caso brasileño. A
pesar del tan propalado "ajuste fiscal" que habría
sido hecho luego de la implantación del actual
trípode de la política macroeconómica - metas de
inflación, cambio fluctuante y superávit primario -
el hecho impugnable es que no sólo el Estado
brasileño continúa presentando un elevado déficit
operativo (igual al 2,52% del PBI en el acumulado en
12 meses hasta noviembre de 2009), sino que su
postura financiera es eminentemente Ponzi, dado que
el superávit primario es insuficiente incluso para
pagar los intereses correspondientes a la deuda
bruta del sector público.
Debido
al plazo reducido de vencimiento de la deuda
pública, los intereses y las amortizaciones superan
en más de cinco veces el superávit primario. Esta
elevada fragilidad financiera Minskiana torna al
Estado brasileño extremadamente susceptible al
cambio de humor de los compradores de títulos
públicos, los cuales pueden, en cualquier momento,
sabotear las políticas macroeconómicas con las
cuales no concuerden rechazando el refinanciamiento
de la deuda pública.
Traducido para LA ONDA digital por
Cristina Iriarte
LA
ONDA®
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