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La insolvencia crónica lleva
a los EE.UU. a buscar un
conflicto con China
por
Durval de Noronha Goyos
En
la
semana del día
primero de
febrero de 2010, los
Estados Unidos, en
medio de una grave
crisis
económica
desencadenada por el
colapso de los mercados
financieros en
septiembre de 2008,
anunciaron el nuevo
presupuesto fiscal de
la administración
Obama, con
un déficit fiscal de
U$S 1,56
trillones, o
aproximadamente el 11% del PBI (Producto
Bruto Interno) de aquel
país. Es más,
una
proyección bastante
optimista del futuro,
hecha por el gobierno
de los EE.UU. estima
un déficit acumulado
de más de
U$S 10
trillones, lo que
casi alcanzaría el
valor actual del PBI
del país.
Es natural que las autoridades
monetarias de los
EE.UU. vean no sólo
con gran preocupación,
sino como una pesadilla
la necesidad de
financiar este
monstruoso déficit con la
emisión de bonos
del tesoro, en el
actual marco
recesivo de la
economía de los
demás países
desarrollados. Además,
en una perspectiva
política, el desempleo en aquel país
alcanzó un nivel
extraordinario de
alrededor del 10%, peor
que el de muchos
países en desarrollo, como Brasil.
De esta
forma, los
estrategas
estadounidenses
ven con alarma la
creciente
dependencia del país
para con China en lo que atañe
al
financiamiento de
su déficit en
cuenta
corriente, ya que el
país oriental tiene
hoy aproximadamente
U$S 2 trillones en
reservas de moneda
extranjera. Es más,
la baja
competitividad de la
economía de los EE.UU.
asegura que
sus
crecientes
déficits
comerciales
continúen evolucionando
de una
forma
general y, en
particular, con relación a
China.
La
insolvencia de los EE.UU.
llevó a
su gobierno a
adoptar, en
una perspectiva
económica,
providencias de
subsidios voluminosos,
que exceden U$S 1 trillón,
todos ellos inconsistentes con el
orden jurídico
multilateral de la OMC
(Organización Mundial
del Comercio),
cuyo
relicario
fue prontamente
olvidado. En el
mismo sentido, los
EE.UU. adoptaron
diversas medidas
proteccionistas destinadas a impedir el
acceso de
productos de
otros países
a
sus mercados.
En el área de la política
internacional, los EE.UU.
eligieron a China como chivo
expiatorio de
sus dificultades
económicas y
sociales, menos
porque el país oriental represente para si
una
amenaza militar
o de cualquier
otra
naturaleza, y
más por la
extraordinaria
dependencia que el
país norteamericano
desarrolló con el estado oriental.
Así,
en un momento
inicial, luego de constatar la
ineficacia de
su modelo de
subsidios, destinados
a los
estériles mercados
financieros y
no a la
economía real, los
EE.UU. pasaron con
mayor
empeño a exigir de
China una variación de su
sistema cambiario, de
forma que los chinos
pasasen
artificialmente a inducir
la menor competitividad
de su
economía. De la
misma forma,
fueron implantadas
diversas medidas
proteccionistas
dirigidas
específicamente contra
ciertos
productos
chinos, como
neumáticos, entre
otros.
No conformes con esto,
los EE.UU. comenzaron a
ejercer presión
contra China basados en hechos presumidos, como es
el caso de alegados ataques cibernéticos contra
computadores de empresas privadas
de aquel país. En los
EE.UU., la aparente defensa
de los intereses de
las empresas domésticas contra el
peligro extranjero es
una medida demagógica con un gran atractivo
populista. Más aún si
el peligro es “amarillo”.
Por si fuera poco
este último
desdoblamiento, en la
misma primera semana
de febrero, los
EE.UU. anunciaron una
venta de armamentos de cerca de U$S 6 mil millones
a Taiwán,
territorio
tradicional chino,
incorporando
deliberadamente un grave
factor de
inestabilidad en el proceso exitoso de
reaproximación
pacífica conducido
con responsabilidad por
parte de China.
Es más, el presidente
estadounidense
anunció, en la misma
oportunidad,
su
interés en
recibir al
Dalai Lama,
percibido como líder
separatista del Tibet,
territorio histórico
y tradicional de China, lo que puede y
debe ser interpretado
como una clara acción
de presión
diplomática.
Es cierto
que los accidentes,
problemas y amarguras de la
economía americana en los días actuales son
el resultado de décadas de grave y profundo
desacierto en
su
concepción ideológica
e implementación,
no sólo en el
territorio de los
EE.UU., sino en el
posicionamiento internacional del país. Si
uno está en sus cabales, no
se le puede atribuir a China ninguna
responsabilidad por la
insolvencia de los EE.UU.. Por el
contrario. Los
EE.UU. todavía apenas
funcionan dentro de
ciertos parámetros de
normalidad (cada vez
más
estrechos)
debido
a las inversiones
chinas en sus
bonos.
La búsqueda de un
conflicto
tanto artificial como
irresponsable
con China
no
servirá
a los
mejores
intereses
de la
comunidad
internacional y ni
siquiera a los del
pueblo
estadounidense.
Traducido para LA ONDA digital por
Cristina Iriarte
LA
ONDA®
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