Profe De León
pasión de rebeldía
por Joselo González

Vamos a publicar el libro del Profe De león –me dijo Atilio Garrido, un día de fines de 2002–. Si vas el jueves al asado lo charlamos con él.

 

El asado era con picado previo, todos los jueves, entre compañeros de Tenfield y amigos de afuera. Ya empezaba el verano, así que cargué el bolso con una bermuda y una camiseta.

 

Ese jueves, el Profe me entregó los cuarenta y cinco diagramas que luego editamos y tengo que confesarlo: no entendí ni medio. Los guardé en el bolso, nos cambiamos y marchamos para la cancha.

Después del partido, con el asado pronto, el Profe nos esperaba para darnos “la charla técnica” durante la cena.

 

Y allí estábamos, al centro de la mesa el Profe y Carrasco frente a frente.

 

No es fácil discutir con Carrasco. Aquel jueves, por ejemplo, andaba molesto porque se decía que Fénix ganaba de suerte, entonces cada vez que alguien nombraba la palabra “suerte” él corregía: “suerte no, justicia”. Cuando nos despedimos, para evitar la discusión, en vez de “suerte”, le desee “justicia”. Pero me retrucó “mirá que también se necesita suerte”. No es fácil con él. Ahora volviendo a la cena, al asado y al vino de por medio, tampoco era fácil discutir con el Profe.

 

Estás descuidando la técnica de marca, Juan, y la marca es tan técnica como la creación. Raúl Pini era más jugador que vos, era más técnico que vos y ¿sabés de qué jugaba?, de marcador central y te voy a decir más, hubo uno que era más jugador que vos, más técnico que vos y dribleaba más que vos (“a la mierda –pensé–, esto se está poniendo feo”), ¡y dribleaba más que vos! –le repitió el Profe a Carrasco–. Se llamaba Raúl Rodríguez y ¿sabés de qué jugaba? De marcador de punta.

 

Pero, Profe, usted me está hablando de jugadores que yo no conocí –le reprochó Juan Ramón.

 

Está bien –reconoció el Profesor–. Pero vos pensá en los que sí conociste. ¿Cuál te marcó mejor?

Ninguno –dijo Carrasco.

 

Entonces el Profe se calentó, dejó los cubiertos, se levantó.

¡Eso es mentira! –le gritó.

 

Le aconsejó trasladar el ego al equipo, entre otras recomendaciones. Pero debo dejar constancia que fueron muchos más los reconocimientos y las coincidencias entre ambos que las discrepancias. Por ejemplo: dijo Juan que lo fundamental, todo lo que aplicaba sobre el tratamiento del grupo humano lo había aprendido del Profe.

 

¿Se acuerda Profe que usted nos daba créditos? Yo lo estoy haciendo. El otro día, que tuve que sacar al Varilla y a Broli en el entretiempo, andaban todos mal, hasta Ligüera, pero le dije “y a vos no te saco porque todavía tenés crédito”.

 

También coincidieron en que no había que dejar motejar despectivamente a los jugadores.

 

Ayer nomás un periodista me dijo “Loco” y lo paré en seco. “Yo no soy loco” le digo, “eso es chapa”. Porque si no, después queda y cuando te tienen que considerar para la selección, por ejemplo, la gente dice: “¿ese? Si le dicen ‘el Loco’?”. A mí no, a mí en mi pueblo me dicen “el Pita” ¿querés cosa más linda que en tu pueblo te digan “el Pita”?

 

Y cuando discutieron Carrasco y Garrido sobre la validez de los nueve de área grandotes, el profe dijo, dándole la razón a su ex dirigido, que “los nueve históricos del fútbol celeste ganador eran muy técnicos y no de físico exuberante, Piendibeni, Tito Borjas, Héctor Castro, Severino Varela, Oscar Omar Míguez”.

Esa noche, mientras con Bica lo llevábamos a su casa en la camioneta, el Profe se confesó:

Me gusta Juan porque es rebelde.

 

En el fútbol uruguayo la rebeldía es linaje, como sugiere una letra de murga del flaco Raúl Castro. Hablar de rebeldía y recordar a Julio Pérez fue todo uno.

 

El Loco Julio y el Pepe cambiaron el fútbol. Era lento y lo hicieron veloz –nos dijo el Profe–. Era estático y lo hicieron de toda la cancha –explicó–. Era individual y lo hicieron colectivo.

Por “Pepe” se refería a Schiaffino, que no se llamaba José, se llamaba Juan Alberto, pero le decían “Pepe” por rebelde e inquieto como la pimienta (a la pimienta en italiano se le dice pepe). A Julio Pérez, igual que a Herrera y Reissig, le decían “El Loco Julio”. El 19 de junio, nuestro Julio había cumplido 76 años y habíamos estado con Alberto Bica en la casa del cumpleañearo, en la calle Edison, charlando de fútbol y de pájaros, pasiones comunes a Bica, a Van Gogh y al dueño de casa. Tenfield le regaló una camiseta celeste de las nuevas, acordonadas, con el número 8.

 

Justo ese número que odio... –nos sorprendió a todos, al recibir el regalo.

 

¿Por qué lo odia si era el número suyo? –preguntó Alberto.

Porque jugué toda la vida de 10 y por culpa de Schiaffino tuve que jugar de 8 remató Julio.

 

Esa noche de la charla en la camioneta rumbo a la casa del Profe, no hacía un mes que habían muerto el “Pepe” y el “Loco Julio”.

 

Yo estuve a punto de integrar el mundial con ellos –nos contó el Profe, entristecido–: Hubiese ido como suplente de Míguez, pero quedó Rijo. Se lo merecía, pero fue la gran frustración de mi vida.

 

En Uruguay no se aprovechó como era debido la sabiduría que acumularon los campeones, acaso por la razón que esgrimieron Juan y el Profe en aquella cena: la gente diría “¿cómo van a mandar esos, si les dicen “‘el Loco’, ‘el Cotorra’, ‘el Pimienta’, ‘el Mono’, ‘el Negro’..., que mande ‘el doctor’”. ahora el “Pepe” y el “Loco” se nos fueron. Aunque eso de que se nos fueron “es un decir” dijera Vallejo. Cuando enterraron al otro “Loco Julio”, al poeta, Alberto Zum Felde declamó ante su tumba: “si todos nosotros nos fuésemos en este momento de aquí, Julio no quedaría más solo de lo que está, porque él pertenece por completo a la posteridad”. Cuando enterramos a Julio Pérez, Lloré como sólo había llorado en el entierro de mi padre. ¡éramos tantos y Julio estaba tan solo!.

 

Contó el Profe que Julio se curó de la locura conversando con los pájaros como en los montes del Canelón Chico donde se crió. Yo creo que fue al revés, que Julio enloqueció a los pájaros y por eso salieron de los nidos de Van Gogh y andan por ahí volando.

 

Pero ahora, que la señora esa que se llevó a sus amigos, lo llevó a él donde ellos, digo que no es una muerte cualquiera. A estos la que se los lleva es una vieja convidada de piedra, llamada Pasión de Rebeldía.

 

Para encontrar en Uruguay, en una disciplina no científica, semejante revolución teórico práctica de la envergadura e importancia mundial de la de José Ricardo De León en el fútbol, hay que remitirse a la de Joaquín Torres García en la pintura. Solo ellos marcaron un antes y un después de su persona, trascendiendo en su ámbito universalmente y a la vez, se irguieron como tratadistas de sí mismos y crearon un lenguaje nuevo para el nuevo saber.

 

Por supuesto que si hablamos de revolución en Uruguay, lo más duradero empieza en José Artigas. De él tomó el Profe su apego al término “sistema”, “mi sistema”, “nuestro sistema”. El sistema del Profe De León debería ser estudiado también en la Academia Militar.

Para definirlo en dos palabras, con una sola anécdota, debo explicar que todos los periodistas del mundo sabemos que si Clarín y El Gráfico le preguntan a Mario Alberto Kempes cuál fue el mejor técnico que tuvo, es para que diga que fue “César Luis Menotti”.

José Ricardo De León –dijo Kempes.

 

Puede parecer una anécdota más, pero define perfectamente la trayectoria de un tipo que siempre se ha metido en la prensa y en la historia como apasionado de la rebeldía, como convidado de piedra, igualito a la que nombré.

 

El Profe se presentó al Uruguay entero amargándole una tarde al Nacional Campeón de América (1971). Aquí, en el estadio Centenario lo conocimos y ya no paró de bajar a los grandes y subir a los chicos con su sistema de “fútbol completo”. Fue a México y sacó campeón al Toluca, inaudito, inadmisible, jamás el fútbol mexicano había sufrido una conmoción semejante, por primera vez un “transgresor charrúa” derrotaba a las superpoderosas instituciones multiempresariales lideradas por Televisa. Pasó por Argentina unos meses ganando con Rosario Central su serie y volvió al Uruguay para repetir el escándalo. Tras cuarenta y cuatro años de hegemonía inconmovible de Peñarol y Nacional, sacó campeón a Defensor. Por primera vez un cuadro chico era campeón en nuestro país, inédito, removedor desde las raíces. Como con el Toluca, como luego con el Tolima en Colombia, el Profe se presentaba ganándoles a los más grandes, porque ese era su sino: contrariar los pronósticos. Incluso cuando dirigió a Nacional rompió largas rachas de Peñarol en los clásicos, ganando categóricamente y le ganó al Feyenoord de Holanda en el mejor momento de la “Naranja Mecánica”.

 

El Profe les ganó siempre a los que nunca perdían.

 

Les ganó adentro y afuera de la cancha, también a la prepotencia del poder y a los que denigraban al jugador, a los usureros, a todo lo que aborrece. Les ganó aunque lo hayan dejado sin dirigir la selección. Porque se dio el lujo de pensar y actuar distinto, en un mundo donde cada vez es más difícil pensar para actuar distinto, y marcó un antes y un después, un cambio profundo que, por reconocimiento popular, por auténtico merecimiento y por rigor histórico, lleva su nombre. Cuando el Profe De León tituló su libro “Mi revolución”, dijo simplemente la verdad.

 

Personalmente, lo conocía de Rompiendo la historia, el libro sobre la gesta violeta del 76 que me encargó Pedro Cribari tres años antes de Mi revolución. Luego tuve el honor de que el Profe presentara en Sala Zitarrosa, junto a Ildo Maneiro, Mauricio Ubal, Fernando Smith y Jorge Piñeyrúa, mi libro prologado por el maestro Oscar Tabárez La historia prohibida del fútbol uruguayo –Paco, poder y TV–. Pero nunca había tenido, antes de abordar ¿Antifútbol o fútbol completo? Mi revolución del Profesor José Ricardo De León, la sensación de estar inmerso en un trabajo de auténtico patrimonio cultural de la humanidad. Ese verano sólo pisé la playa el 31 de diciembre y el 1 de enero. Cuando advertí en los materiales que fueron atiborrando mi mesa, mi biblioteca y mi computadora, la razón del convencimiento que debía expresar, me enclaustré a tratar de entender el fútbol y el mundo para poder transmitir la coherente y polemizable filosofía del Profe. Sentí, para el ámbito del fútbol mundial, la responsabilidad de los monjes copistas del medioevo que transcribieron La Biblia. 

 

Al libro le faltaron cosas. Faltó por ejemplo el humor absurdo del plantel de Nacional en Los Céspedes, cuando “Paco” Casal, en representación de sus compañeros les planteó al Profe y a Restuccia que había que concentrar a un perro vagabundo que se había aparecido por la cancha en los entrenamientos, cambiándoles la racha. “Da suerte y los jugadores vamos a sentirnos más seguros si el perro concentra” les dijo Paco. Entonces el perro pasó a sentarse a la mesa durante los almuerzos y a comer jamón con palmitos. Faltó encontrar el verdadero clima de disciplina que podían imponerle los jugadores al Profe, para controlarle el trago en un trágico momento de su vida, durante una gira europea, mientras se cuidaban ellos mismos y el “Polilla” De los Santos cataba los mejores vinos. Faltó hacer tan estrepitosa como fue, la explosión del festejo desatado por los jugadores violetas en el vestuario, después que cerraron la puerta, aquella tarde que le ganaron a un grande en la fecha clave para ser campeones y bajaron por el túnel como si hubiesen terminado una práctica más, para no dar la sensación de que se conformarían con esa batalla. Pero no faltó esa pasión por enseñar que hizo exclamar a los más poderosos (y a sus periodistas) “¡Por fin se fue!”, cada vez que al Profe se retiraba de una plaza para dirigir en otro sitio. Y el definitivo “¡Por fin!” cuando se retiró del fútbol. Pero se equivocaron siempre. Nunca se fue. ¡Qué se va a ir si es un eterno convidado de piedra! Su retirada dio por resultado que el Profe se dio por completo a la posteridad como el Loco Julio.

 

El Profesor dejó escuela, como Torres. Dentro y fuera de la cancha. Sus exjugadores fueron sus discípulos y hoy son sus epígonos, como técnicos, como empresarios, como trabajadores, para “con menos lograr más”, para ganar con un país pequeño y sureño, afuera y adentro de la cancha. Por eso esa señora Pasión de Rebeldía esperó a que terminase otro vaso y lo llevó orgullosa, con todo el orgullo de anciana dama indigna ante un profesor que dedicó la vida entera a enseñarle a la humanidad, que en el mundo no hay nada inderrotable. Salvo ella.

LA ONDA® DIGITAL

© Copyright 
Revista
LA ONDA digital