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El atolladero
de México
por Jorge
Castañeda
México emprendió esta lucha sin
debate ni reflexión; se dejó convencer
fácilmente por los mitos de Calderón
de que era una guerra necesaria.
Cinco
mitos que han provocado la 'guerra fallida' en
México.
El actual Gobierno de México
tomó posesión el 1 de diciembre de 2006, pero en
realidad asumió el poder 10 días después, cuando
Felipe Calderón –vencedor en unas ajustadas
elecciones presidenciales, en las que su adversario
izquierdista, enfurruñado, se negó a reconocer la
derrota – se puso una chaqueta militar, declaró la
guerra abierta contra el crimen organizado y el
narcotráfico y ordenó al Ejército que saliera de los
cuarteles a las calles, las carreteras y los
pueblos. Gracias a la audaz medida contra unos
enemigos odiosos (y al cambio de tema), Calderón se
ganó el amplio apoyo de la población y de la
comunidad internacional, además del asombro de las
élites políticas, empresariales e intelectuales de
México.
Tres años y 15.000 muertes
después, la guerra de Calderón sigue contando con
apoyos dentro y fuera de sus fronteras, sobre todo
de Obama, pero el escepticismo sobre su estrategia
está extendiéndose, como descubrimos Rubén Aguilar y
yo cuando el otoño pasado publicamos El Narco: La
Guerra Fallida y nos encontramos en medio de un
enérgico debate sobre el destino de nuestro país. Ya
era hora.
La guerra contra las drogas en
México es cara e imposible de ganar, y se basa en
unos mitos peligrosos. Calderón ha desplegado todo
tipo de armas, desde estadísticas tergiversadas
hasta un mal uso de la historia, para convencer al
país y al mundo de que hay que librar esta batalla.
Como saben bien los estadounidenses, los conflictos
basados en falsas premisas y que persiguen objetivos
mal definidos suelen convertirse en atolladeros
lamentables. México no es todavía, ni mucho menos,
un Estado fallido, pero ya está metido en una guerra
fallida. Mientras no abandone la falsa narración de
la guerra como defensa necesaria de una tierra
desesperada y acosada por los malos, correrá grave
peligro de acabar derrumbándose.
La explosión de los drogadictos
mexicanos
El Gobierno mexicano afirma que
ha tenido que desplegar decenas de miles de soldados
y atacar a los carteles de la droga como nunca
antes, en parte, para alejar a los niños de ese
mundo. El argumento en el que se basa este emotivo
grito de guerra es que México ha dejado de ser sólo
un lugar de paso y de producción de drogas para
convertirse en consumidor.
México lleva décadas
produciendo marihuana y heroína y exportándolas a
Estados Unidos; no produce cocaína, pero es la
principal ruta de Colombia a EE UU desde finales de
los 80. En los últimos diez años, se ha convertido
en importante fábrica de metanfetaminas, que también
se venden en suelo estadounidense. Pero ahora el
Gobierno asegura que la población ha empezado a
consumir droga, y que es preciso detener esa
tendencia antes de que México DF acabe como los
peores barrios de Baltimore.
Ahora bien, los argumentos del
Gobierno tienen en contra sus propias estadísticas.
El Ministerio de Sanidad realiza sondeos nacionales
sobre adicción desde 1988; los estudios constituyen
una serie de datos fiables y constantes, recogidos
por los mismos especialistas en los mismos sitios.
El más reciente muestra que no ha habido un aumento
significativo del número de consumidores. El total
pasó de 307.000 adictos a 465.000 entre 2002 y 2008,
un incremento de 26.000 adictos al año en un país de
110 millones de habitantes. El índice global de
adicción asciende al 0,4% de la población, y es
mucho menor que en Estados Unidos, Canadá y Europa
Occidental, y también inferior a otros países
latinoamericanos, como Bolivia, Brasil, Uruguay,
Argentina y Chile.
El número de mexicanos que
reconocen que han consumido drogas al menos una vez
en su vida –la llamada tasa de incidencia – también
ha permanecido estable o incluso ha disminuido
durante la última década para todas las drogas. La
extensión del consumo –es decir, el número de
personas que confiesan haber consumido alguna
sustancia al menos una vez durante el año anterior –
permanece estable.
Estos hallazgos están
corroborados por otros sondeos, por ejemplo, los
llevados a cabo por el Instituto Nacional de
Psiquiatría, y en el ámbito regional por los Centros
de Integración Juvenil. Estas cifras muestran que,
en los mayores centros urbanos del país, como México
DF, Guadalajara y Monterrey, o en ciudades
fronterizas como Tijuana y Ciudad Juárez, no existe
ninguna prueba que indique un aumento significativo
del consumo de drogas, pese a la gran expansión de
la clase media de México en los últimos años.
Destacan, sobre todo, las cifras de Tijuana y Ciudad
Juárez: entre 1998 y 2005, la tasa de adicción en la
primera cayó del 4,4% al 3,3%; e incluso en Ciudad
Juárez, presunta capital mundial de la droga, subió
del 1,6% a sólo el 4%.
La explosión de la violencia en
México
La segunda razón ofrecida para
la guerra de Calderón fue el aumento de la violencia
hasta 2006 y a lo largo de ese año, y la idea de que
el caos del crimen organizado estaba menoscabando la
seguridad pública, por no hablar del imperio de la
ley. La violencia sangrienta entre carteles durante
la segunda mitad de ese año, incluida la aparición
de cinco cabezas decapitadas en una discoteca de
Uruapan, en el Estado natal de Calderón, Michoacán,
escandalizó a la sociedad, y el nuevo Gobierno sacó
gran provecho de los sondeos de campaña que
mostraban que la seguridad y la violencia eran
algunas de las cosas que más preocupaban al
electorado.
Por desgracia, los hechos
desmienten también este argumento. La violencia en
México, si se cuentan los asesinatos por cada
100.000 habitantes, había disminuido en la década
anterior, según las estadísticas gubernamentales,
que el propio Calderón ha utilizado. De acuerdo con
los datos de la ONU, el índice de asesinatos había
pasado de 14,9 por cada 100.000 habitantes en 1998 a
menos de 11 en 2006. Era superior al de Estados
Unidos (5,6), pero muy inferior al de gran parte del
resto de Latinoamérica, con casos como los de El
Salvador (58), Venezuela (48), Colombia (37) y
Brasil (25).
Los mexicanos quizá se sentían
más inseguros cuando eligieron a Calderón, pero la
verdad es que el país era mucho menos violento y
sufría muchos menos crímenes que 10 años antes.
Las discrepancias entre la
percepción y la realidad derivan de una mala
interpretación de los sondeos de opinión pública. En
2006, los mexicanos estaban más preocupados por el
crimen y por el orden público que por ninguna otra
cosa, en parte porque las preocupaciones económicas
habían disminuido tras 11 años de estabilidad
macroeconómica y de crecimiento modesto pero
persistente. Pero no relacionaban esa preocupación
con los carteles, el crimen organizado ni el
narcotráfico. En todos los sondeos, estas cuestiones
ocupaban un lugar muy bajo entre las preocupaciones
de los ciudadanos. En realidad, la violencia
directamente relacionada con el negocio de la droga
no estalló hasta después de que Calderón tomara
posesión; en 2006 se cometieron 2.100 asesinatos
relacionados con el narcotráfico; en 2007, la cifra
aumentó a 2.700; en 2008, a 5.660; y en 2009, hasta
finales de noviembre, a 5.800.
El Estado acosado
El tercer argumento para la
declaración de guerra fue el espectro de la captura
del Gobierno mexicano –en el ámbito local,
provincial e incluso nacional – por parte de los
todopoderosos carteles. Este motivo parece más
creíble que las otras afirmaciones de Calderón; cada
vez había más episodios que parecían demostrar que
los carteles estaban apoderándose de ciudades,
carreteras y puntos de entrada a Estados Unidos,
cobrando a cambio de protección, poniendo a cuerpos
enteros de policía a sueldo y así sucesivamente. El
Estado mexicano, dijo Calderón al país, estaba
perdiendo el control de su territorio.
Sin embargo, también este
argumento se vio debilitado por las repetidas
afirmaciones del propio Gabinete –con el respaldo de
Washington– de que México no era un Estado fallido.
No lo era ni lo es, pero no se pueden alegar las dos
cosas a la vez: es decir, por un lado, que México no
es un Estado fallido y, por otro, que está perdiendo
el control de su territorio.
Una dosis de contexto histórico
también quita fuerza a la idea de que los carteles,
de pronto, amenazaron con infiltrarse en el Gobierno
mexicano y corromperlo. México no es Noruega ni
jamás lo ha sido. En los 80, hubo que disolver toda
la Dirección Federal de Seguridad porque los señores
de la droga se habían adueñado de ella por completo.
El embajador estadounidense de entonces, John Gavin,
acusó concretamente a varios gobernadores de Estados
y miembros del Gobierno de participar en el
narcotráfico en conversaciones privadas con el
presidente Miguel de la Madrid, una acusación que
éste consideró, en algunos casos, “excesiva”.
En 1998, el zar antidroga
recién designado por el presidente Ernesto Zedillo,
Jesús Gutiérrez Rebollo, fue detenido apenas dos
meses después de su nombramiento cuando su homólogo
estadounidense, Barry McCaffrey, que al principio
había aplaudido a Gutiérrez Rebollo, descubrió que
trabajaba para los narcotraficantes.
La declaración de guerra del
Gobierno Calderón contra los carteles y su historia
de que los gobiernos locales corrían peligro de caer
en manos del crimen organizado presuponía que la
penetración de aquéllos en éstos, así como en la
policía y el Ejército, era mucho mayor en 2006 que
en los 30 años anteriores. Por desgracia para
México, la historia deja claro que ésa es una
afirmación dudosa. Aunque es posible que la
violencia y el secuestro de ciertas prerrogativas
del Estado por parte de los carteles sea mayor hoy
que a mediados de 2006, la cuestión es qué fue
primero: la guerra o la ascensión de los carteles.
Calderón afirma que la amenaza creciente de los
carteles le empujó a la guerra; yo creo que la
guerra fallida ha hecho que los carteles tengan más
poder.
El vecino traficante de armas
Calderón no cesa de repetir que
Washington comparte la responsabilidad de la guerra
contra las drogas porque ha sido mal vecino. El
Gobierno mexicano acusa a Estados Unidos de ser el
proveedor de armas indispensable de su enemigo y
atribuye una parte importante de la violencia actual
al sur del Río Grande a la segunda enmienda de la
Constitución al norte de dicho río.
Es cierto que una gran
proporción de las armas de asalto utilizadas por los
carteles procede de Estados Unidos, pero la cifra es
muy inferior al 90% que suele decirse (en efecto, el
90% del armamento que las autoridades mexicanas
entregan a las estadounidenses para que descubran su
origen proceden de ese país, pero otros cálculos más
acertados sugieren que esa cifra representa entre el
20% y el 35% de las armas en México), y a la
afirmación, también frecuente, de que cada día
entran en México 2.000 fusiles de asalto. Si fuera
así, eso significaría que, desde que Calderón juró
su cargo, han entrado más de dos millones de
artefactos. Para situarlo en contexto, México tiene
un promedio de 15 armas por cada 100 habitantes.
Finlandia posee 55.
Las estadísticas mundiales
sugieren que el hecho de compartir una frontera con
Estados Unidos influye poco en la disponibilidad y
en el precio de las armas de asalto, como saben los
habitantes de las favelas de Brasil, los campesinos
de Colombia o los niños sin brazos de Sierra Leona.
Las autoridades mexicanas harían bien en aceptar
esta realidad, porque el coste que tendría para el
comercio legítimo y el turismo el cierre y el
escrutinio de todo el tráfico fronterizo sería
inmenso, y el esfuerzo sería inútil. Si hay unos
productos que son casi tan fáciles de adquirir en
los mercados mundiales como las drogas, son las
armas.
EE UU puede acabar con su
adicción a las drogas
Este quinto mito también
vincula Estados Unidos a la guerra de Calderón y
refleja la protesta mexicana de que, si los
estadounidenses redujeran su afición a las drogas
ilícitas, o tomaran medidas drásticas contra su
consumo, la situación mexicana mejoraría. También
ésta es una ilusión quijotesca.
El consumo de drogas en EE UU
no ha disminuido durante el último decenio, y no
existen motivos para pensar que vaya a hacerlo en el
futuro. Lo que cambia con el tiempo son los tipos de
sustancias que se consumen, los grupos sociales que
las consumen y su situación geográfica. Pero la
sociedad norte-americana nunca va a reducir su
demanda, porque no quiere hacerlo; y no quiere
porque, con razón, cree que el coste no merece la
pena.
En todo caso, Estados Unidos
parece encaminarse en la dirección opuesta, es
decir, hacia la despenalización de la marihuana, una
mayor tolerancia hacia las formas menos peligrosas
de heroína, un esfuerzo para desenganchar a la gente
de las metanfetaminas y, en general, la adopción de
una actitud más relajada respecto a este mercado. De
ahí la decisión de la Administración Obama de no
hacer respetar las leyes federales contra la
marihuana en los Estados que la han legalizado para
usos medicinales.
Es absurdo que cientos de
soldados, policías y pequeños narcotraficantes
mexicanos estén muriendo en la guerra contra las
drogas en Tijuana cuando, a 150 kilómetros al Norte,
en Los Ángeles, hay, como informaba hace poco The
New York Times, más dispensarios legales y públicos
de marihuana que escuelas públicas.
Si uno aceptase estos mitos
como verdades, sería posible ver la guerra mexicana
con optimismo. El Gobierno de Calderón, de vez en
cuando, publica estadísticas sobre las incautaciones
de drogas, sustancias químicas para la fabricación
de metanfetamina, armas, aviones, barcos, camiones e
incluso submarinos semisumergibles –el equivalente,
en la guerra contra las drogas, al número de bajas
–, todas ellas muy superiores a las anunciadas por
presidentes anteriores. También asegura que la mejor
prueba del éxito de la contienda es el aumento de
precio de varias drogas en las calles de Estados
Unidos, como las metanfetaminas y la cocaína.
Según este punto de vista, casi
cualquier cosa puede convertirse en una medida del
éxito. El Ejecutivo mexicano sostiene incluso que el
espectacular incremento del número de asesinatos
relacionados con la droga en México entre 2007 y
2009 debe atribuirse a las victorias logradas en la
guerra contra los carteles; estas desafortunadas
muertes, afirma, significan que las organizaciones
criminales están matándose entre sí por
desesperación a medida que el Ejército estrecha el
cerco.
El Gobierno ha proseguido la
política de las dos Administraciones anteriores de
construir una policía nacional, hasta ahora con tan
poco éxito como Ernesto Zedillo y Vicente Fox, y se
dice que está desarrollando la estrategia de cerrar
el acceso a México por el sur del país a la altura
del istmo de Tehuantepec, el estrechamiento de 220
kilómetros que es mucho más fácil de patrullar que
la frontera con Guatemala y Belice.
Pero esas afirmaciones, como
los mitos que llevaron para empezar a México a la
guerra, son fáciles de deshacer. Colombia ofrece a
México unas dolorosas lecciones sobre la necesidad
de tomar medidas serias contra los daños colaterales
del negocio de la droga –violencia, corrupción,
secuestros, extorsión –, y sobre lo inútil de
intentar erradicar el narcotráfico por completo.
Después de 10 años del Plan Colombia, la estrategia
de Estados Unidos que se remonta al Gobierno de Bill
Clinton y que consiste en financiar con generosidad
las campañas de lucha contra la droga y contra los
rebeldes, la violencia en dicho país ha disminuido
de forma radical, las guerrillas están en fuga, los
grupos paramilitares están en gran parte
desmantelados e incluso la corrupción se ha reducido
ligeramente. Sin embargo, en 2007, las exportaciones
colombianas de cocaína permanecían estables, así
como la extensión de tierra dedicada a cultivar la
hoja de coca, y, de todas formas, cualquier
disminución de la oferta que se produjera allí se
compensaría con un aumento de la producción por
parte de Perú y Bolivia. El precio de la cocaína en
las calles de Estados Unidos es superior hoy al de
hace varios años, pero muy inferior al de hace una
década.
La verdad es que el éxito del
ataque frontal de México contra la producción y el
tráfico de drogas es tan poco probable como la
perspectiva de que la sociedad estadounidense tome
medidas drásticas contra la demanda. Para México
sería más prudente ejercer presiones conjuntas con
Estados Unidos para que se despenalicen la marihuana
y la heroína, los dos estupefacientes más fáciles de
abordar (el primero porque es el menos dañino y el
segundo porque es el más dañino). Aunque la
legalización de la marihuana no sea inminente, las
últimas encuestas muestran que son partidarios de
ella más del 40% de los estadounidenses y el 54% de
los demócratas.
Calderón afirma que la
creciente amenaza de los carteles le empujó a la
guerra. Creo que la ‘guerra fallida’ ha hecho que
tengan más poder.
Para continuar con el rumbo
actual, habrá que contar con más cooperación y con
más intervención de Estados Unidos, tanto para el
equipamiento y el entrenamiento de los policías
mexicanos como para labores de inteligencia y otras
tareas de apoyo táctico. Es difícil imaginar una
situación que exija presencia estadounidense sobre
el terreno, como ha ocurrido en Colombia, pero hay
que destacar que una encuesta realizada el pasado
mes de marzo muestra que el 40% de los mexicanos,
una proporción sorprendente, estaría a favor de la
presencia militar estadounidense en México para
luchar contra las drogas.
Lo que está claro es que México
no puede seguir jugando a dos barajas: queriendo más
apoyo de su vecino del Norte y de tipo más moderno,
pero poniéndole límites tradicionales. Estados
Unidos está financiando la Iniciativa Mérida para
apoyar la guerra mexicana, pero la ayuda actual –por
un valor aproximado de 450 millones de dólares al
año– es insuficiente, y hacer bien las cosas
costaría muchos miles de millones de dólares
anuales. La Administración Obama ha seguido
los pasos del ex presidente George W. Bush durante
sus dos últimos años de mandato, y ha convertido
esta guerra en el elemento central y casi único de
las relaciones bilaterales. La Casa Blanca
dio el visto bueno a la estrategia de Calderón como
si sus premisas fueran completamente sólidas; ese
respaldo ha sido crucial para la cruzada actual.
Pero las premisas han resultado equivocadas, la
estrategia no está funcionando y la movilización del
Ejército ha provocado cada vez más violaciones de
los derechos humanos.
México emprendió esta lucha sin
debate ni reflexión; se dejó convencer fácilmente
por los mitos de Calderón de que era una guerra
necesaria. Pero, aunque fueron pocos los mexicanos
que la criticaron en un principio, cada vez son más
los que están de acuerdo con el título de nuestro
libro. La guerra fallida, que es como lo llamamos,
ha vendido más de 20.000 ejemplares en tres meses, y
forma parte de un examen general, en libros, ensayos
y artículos periodísticos, de la tragedia mexicana.
Yo voté por Calderón y animé a
lectores y simpatizantes a hacer lo mismo; le apoyé
activamente durante las turbulencias postelectorales
de 2006, sobre todo ante los escépticos extranjeros.
Por tanto, lamenté tener que empezar a formular
muchas de estas críticas a mediados de 2007.
Pero la cultura política en
México sigue recompensando la lealtad irreflexiva;
si uno cuestiona una estrategia, por mucho peso que
tengan sus argumentos, la gente se apresura a
acusarle de tener oscuros motivos políticos. El
debate sobre los porqués y los cómos de la guerra de
Calderón que hemos empezado a ver en la prensa
escrita está todavía ausente de la televisión, el
medio de comunicación más importante del país. Es
una lástima. Hasta que México se enfrente pública y
colectivamente a los duros interrogantes que plantea
la guerra contra las drogas no tendremos una
política sostenible ni una estrategia viable. Y,
mientras Estados Unidos no ponga en tela de juicio
nuestras respuestas, carecerá también de una
estrategia para la guerra contra las drogas y, sobre
todo, para el desarrollo de México. Es un problema:
si la guerra continúa, será tanto la guerra de Obama
como la de Calderón, y seguirá distrayéndonos de
asuntos mucho más importantes, fundamentalmente cómo
consumar la extraordinaria transición actual de
México a una sociedad de clase media.
Jorge Castañeda: ex ministro de
Exteriores de México, es miembro titular de la New
America Foundation, y catedrático distinguido en el
Centro para Estudios sobre América Latina y Caribe,
de la Universidad de Nueva York.
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