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Tabaré: el reencuentro
con la autoestima perdida
por Raúl
Legnani*
“Es la primera vez
que siento tristeza porque se va un presidente”, me
confesó en estos días una persona, que ya tiene
sobre el lomo varios cambios de mando.
Intenté, por todos
los medios, encontrar otra idea que condensara el
sentir personal y político ante el alejamiento de
Tabaré Vázquez de la presidencia de la República y a
pesar de que recogí muchas muy buenas ideas, no
encontré otra mejor para abrir estas reflexiones.
En esas doce palabras
hay la expresión de un cambio radical en relación a
lo que han sido varias décadas de fracasos y de
frustraciones. Los uruguayos nos acostumbramos – nos
mal acostumbramos - a ver subir a presidentes
rodeados de euforia popular y retirarse en medio de
las críticas, con la popularidad por el piso.
Eso nos pasó con la
política, la esencia de la vida ciudadana, pero
también en el fútbol a nivel de selecciones, donde
vamos a todos los campeonatos mundiales creyendo que
estaremos en las finales y terminamos volviendo
antes.
Con la exitosa
gestión de Vázquez el país estableció los cimientos
para construir una nueva autoestima, sin la cual no
hay sociedad que pueda soñar y construir con esos
sueños nuevas realidades.
Hoy los famosos
dichos como “qué país generoso” que utilizamos
cuando alguien va a asumir nuevas responsabilidades
como ser social y ya le estamos anunciando su
fracaso por anticipado, pasando por “es lo que hay
valor”, la cara más agresiva de la resignación, en
estos cinco años comenzaron a quedar al margen de
moda, aunque algunos apostadores al vaso medio vacío
lo sigan repitiendo, quizás porque nunca sintieron
tristeza porque un presidente se va.
Con Vázquez y el
Frente Amplio en el gobierno no solo se superó la
crisis del primer quinquenio del nuevo siglo, lo que
no fue poca cosa para un país que había quedado en
bancarrota, sino que se demostró con realizaciones
que estaba surgiendo un nuevo proyecto de país, por
cierto opuesto al neoliberalismo que había tenido su
mayor expresión durante los gobiernos de Luis
Alberto Lacalle y Jorge Batlle.
Claro que se puede
analizar la gestión rubro por rubro, donde
seguramente se encontrarán flaquezas en algunos de
ellos, pero lo que nadie puede discutir es que todos
los problemas del país se encararon de frente y sin
ocultar ninguno (1).
Los economistas
dirán que el mayor éxito fue el crecimiento, el
aumento de las inversiones, así como la estabilidad
económica. En tanto los sindicalistas resaltarán la
política laboral que permite asegurar que en el
Uruguay hay más justicia social que en las últimas
décadas.
En lo personal creo
que el factor de mayor envergadura a resaltar es que
hoy los uruguayos sabemos más de Uruguay – por eso
creemos más -, porque este gobierno fue
“descubriendo” nuestra realidad en el marco de las
realizaciones y también en el marco de las
dificultades que se encontraron y que aún persisten.
Bajo el gobierno de
Vázquez no solo hubo un estricto respeto a las
instituciones republicanas, lo que permitió
fortalecer y desarrollar la democracia, sino una
profunda transparencia gestada desde el poder
político, que tuvo –con ideas y venidas – respuestas
positivas desde el ámbito social y de la academia.
A la vez ningún
análisis serio puede dejar de observar que la
personalidad de Tabaré Vázquez, una personalidad
nada común, fue factor fundamental para que los
uruguayos comenzáramos a ver que el vaso comenzaba a
llenarse y que eso era posible por el firme
liderazgo republicano, a quien antes de ser
Presidente le sobraban críticas y acusaciones
infundadas, tanto dentro como fuera de la propia
izquierda.
Por si las moscas:
esto lo dice alguien que en cinco años de gobierno
frenteamplista no debe haber conversado más de 20
minutos con el Presidente y que recién hace unos
días entró por primera vez a una de las sedes del
Poder Ejecutivo. Alguien, además, que no tuvo ni
tiene ninguna relación comercial o contractual con
el Estado uruguayo.
A horas de que Tabaré
Vázquez se retire de la Presidencia, lo del
comienzo: por primera vez hay tristeza cuando un
Presidente se va.
Se le va a extrañar,
pero por suerte las personalidades de Vázquez y José
Mujica son tan distintas, que al próximo Presidente
no se le va a ocurrir imitarlo. Claro que el nuevo
Presidente, a quien le dedicaremos cinco años de
nuestra atención si la biología lo permite, no
recibe la herencia maldita, sino la herencia
bendita. Por eso las exigencias sobre su gestión
serán mayores, tanto desde el lado de la izquierda
que ya no tendrá a Vázquez para responsabilizarlo de
los errores, como desde la derecha que por ahora le
elogia su presunto pragmatismo para hacerlo distinto
y mejor al que se va.
Ahora la gran tarea que tiene el pueblo uruguayo y
el propio Mujica es volver a construir un mutuo
enamoramiento renovado. El desafío es hermoso. Pero
el camino no es miel sobre hojuelas.
¡Que suba el telón!
* Esta nota fue escrita el domingo 28 de febrero de
2010.
1) Ver en La Ventana
discurso del 1º de marzo de 2005 del doctor Tabaré
Vázquez, que es de utilidad para conocer qué
aspectos de la propuesta se cumplieron y cuáles no.
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