Uruguay y el contagio
de la inteligencia
por Luiz Carlos Bresser-Pereira

Uruguay, estancado hace mucho tiempo, precisa de una inteligencia que se niegue a todo tipo de ortodoxia.

 

Una amiga me envió un bello discurso del recientemente electo presidente de Uruguay, José "Pepe" Mujica, proferido el 29 de abril de 2009, durante su campaña electoral. Fue un discurso para un auditorio de intelectuales, con un título significativo: "Un Uruguay de ingenieros, filósofos y artistas". Al comienzo del discurso, hay una frase deliciosa de Mujica: "¿Ustedes se acuerdan del Tío Mc Pato, el tío millonario del Pato Donald que nadaba en una piscina llena de monedas? Él tenía una sensualidad física por el dinero. Me gusta verme como alguien a quien le gusta bañarse en piscinas llenas de inteligencia ajena, de cultura ajena, de sabiduría ajena. Cuanto más ajena, mejor. Cuanto menos coincida con mis pequeños conocimientos, mejor".

 

Uruguay necesita realmente de mucha inteligencia, de toda la inteligencia que el nuevo presidente pueda reunir, de una inteligencia que rechace todas las ortodoxias, que sea modesta y pragmática, porque su tarea es difícil. Uruguay está hace mucho tiempo estancado. En los últimos 20 años, apenas Haití creció menos. Entre tanto, mientras para un país grande como Brasil creo saber como aplicar el trípode nuevo-desarrollista (responsabilidad fiscal, responsabilidad cambiaria y papel estratégico para el Estado en la promoción del desarrollo económico y social), tengo dudas sobre qué hacer en un país pequeño como Uruguay, aunque dotado de un buen nivel cultural y de una renta media por habitante.

 

La estrategia de la liberalización financiera apuntando a convertir el país en una plaza financiera y comercial en el Cono Sur falló. Parecía lógica en los tiempos del neoliberalismo triunfante de los años 1990; parecía lógica para un país pequeño que no dispone de un mercado interno suficientemente grande como para sustentar una industria diversificada. Pero falló. Falló la inteligencia ajena - aquella que los países ricos prestan a costos elevados. Es preciso que ahora funcione la propia inteligencia Uruguaya, aquella a la cual apela con tanta fuerza su nuevo presidente.

 

Es necesario dar prioridad a la educación, pero eso es obvio - es una verdad para todos los países. Más importante, porque implica una decisión, una elección, es definir una estrategia que asegure al Uruguay un papel en la economía mundial. Probablemente la solución sea definir uno o dos sectores industriales que el país considere viables, protegerlos fuertemente por algún tiempo y, después, exigir a las empresas capacidad de competencia internacional. Esta fue la política de los países pequeños de Europa en el siglo 19. Su arancel aduanero promedio era pequeño, pero unos pocos sectores eran altamente protegidos.

 

En su discurso, el presidente Mujica afirma en cierto momento: "Está demostrado que, una vez que la inteligencia adquiera cierto grado de concentración en una sociedad, esta se vuelve contagiosa". ¡Maravillosa metáfora! Pero la inteligencia de una nación sólo es contagiosa si es realmente nacional. Es inútil buscar consejos en brasileños, argentinos o americanos. Son competidores que poco saben de Uruguay. El desafío es para los propios uruguayos. Ellos son los que tendrán que saber como tornar su inteligencia contagiante, como obligarla a pensar, en vez de limitarse a repetir lo mismo, lo ya sabido. Los uruguayos deberán determinar la forma de su desarrollismo en la era de la globalización. Esta abrió grandes oportunidades para los países de renta media, pero el tiempo de la globalización es implacable. La regla que la preside es simple: quien no piense por cuenta propia, quien no tenga una estrategia nacional de desarrollo no sobrevivirá.

 

Traducido para LA ONDA digital por Cristina Iriarte

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