Brasil: vocación natural
y voluntad de potencia
por José Luís Fiori

Se acostumbra hablar de una “vocación natural” de los países y de los pueblos, que estaría determinada por su geografía, por su historia y por sus intereses económicos. Pero al mismo tiempo, siempre existieron países o pueblos, que se atribuyen un “destino manifiesto” con el derecho de sobrepasar sus límites geográficos e históricos, y proyectar su poder más allá de sus fronteras, con el objetivo de convertir, civilizar o gobernar a los demás pueblos del mundo. Entre tanto, cuando se estudia la historia mundial, lo que se descubre es que nunca existieron pueblos con vocaciones inapelables, ni países con destinos revelados. Se descubre también, que todos los países que proyectaron su poder hacia fuera de sí mismos, y consiguieron transformarse en “grandes potencias”, fueron en algún momento países periféricos e insignificantes, dentro del sistema mundial. Y se constata, además de esto, que en todos estos casos de éxito, existió un momento en que había una distancia muy grande entre la capacidad inmediata que el país disponía, y su voluntad o decisión política de cambiar su lugar dentro de la jerarquía internacional.

 

 Una distancia objetiva, que fue superada sin voluntarismos extemporáneos, por una estrategia de poder competente que supo evaluar en cada momento, el potencial expansivo del  país, del punto de vista político, económico y militar. Donde se deba  deducir que existe una “voluntad de potencia” más universal de lo que se imagina, y que de hecho lo que ocurre es que la propia naturaleza competitiva y jerárquica del sistema impide que todos tengan el mismo éxito, creando la impresión equivocada de que sólo algunos poseen el designio superior de  supervisar al resto del mundo.

 

 Por imposición geográfica, histórica y constitucional, la prioridad número uno  de la  política externa brasileña siempre fue América del Sur. Pero hoy es imposible que Brasil sustente sus objetivos y compromisos sudamericanos, sin pensar y actuar simultáneamente a escala global. Partiendo del supuesto que se acabó el tiempo de los “pequeños países” conquistadores (como Portugal o  Inglaterra, por ejemplo), y que el futuro del sistema mundial dependerá, de aquí en más, de un  “juego de poder” entre los grandes “países continentales”, como es el caso pionero de los EE.UU., y ahora será también, el caso de China, de Rusia, de India y de Brasil, excluida la Unión Europea mientras no sea un estado único. En este juego, los EE.UU. ya ocupan el epicentro y lideran la expansión del sistema mundial, pero los otros cuatro países poseen por sí solos, cerca de ¼ del territorio, y casi 1/3 de la  población mundial. Y los tres están disputando hegemonías regionales, y ya proyectan – en alguna medida - su poder económico o diplomático, hacia fuera de sus propias regiones.

 

Pues bien, lo que se debe esperar, en la próxima década, es que Rusia se concentre en la reconquista de su antiguo territorio y de su  zona de influencia inmediata; que la expansión global de China se mantenga en el campo económico y diplomático;  y que India siga involucrada en la construcción de barreras y alianzas que protejan sus fronteras, al norte, donde se siente amenazada por Pakistán y por Afganistán, y al sur, donde se siente amenazada por el nuevo poder naval de la propia China.

 

 Desde este punto de vista, comparado con estos tres “países continentales”, Brasil tiene una menor relevancia económica que China y mucho menor poder militar que Rusia, y que India. Pero al mismo tempo, Brasil es el único de estos países que está situado en una región donde no enfrenta disputas territoriales con sus vecinos, y por eso, es el país con mayor potencial de expansión pacífica, dentro de su  propia región. Más allá de esto, es el único de estos países que contó – hasta aquí - con una doble ventaja con relación a los otros tres, desde el punto de vista de su presencia fuera de su propio continente: en primer lugar, Brasil se aprovechó de su condición de “potencia desarmada”, porque está situado en la zona de protección militar incondicional de los Estados Unidos; y en segundo lugar, Brasil hace uso de su condición de “candidato-heredero” a potencia, porque es el único que pertenece enteramente a la “matriz civilizatoria” de los Estados Unidos. Por eso, además, la expansión de la influencia brasileña ha seguido hasta aquí, la senda que ya fue recorrida por los Estados Unidos, y por sus  antepasados europeos. Pero más allá de esto, es fundamental destacar que Brasil contó en este período reciente con el liderazgo político de un presidente que trascendió su país, y proyectó mundialmente su  imagen y su influencia carismática.

 

Como ocurrió en otro momento, y en otra clave, con el liderazgo mundial de Nelson Mandela, que fue más allá del poder real, y de la influencia internacional, de África del Sur. En este sentido, lo primero que se debe calcular con relación al futuro brasileño, es que el fin del mandato del presidente Luiz Inácio Lula da Silva, representará, inevitablemente, una pérdida en el escenario internacional, como sucedió también con el alejamiento de Nelson Mandela. Con la diferencia que Brasil ya está objetivamente mucho más adelantado que África del Sur. Asimismo, para seguir adelante por el camino que ya fue trazado, Brasil tendrá que hacer por lo menos dos opciones fundamentales y de largo plazo. En primer lugar,  tendrá que decidir si acepta o  no la condición de “aliado estratégico” de los Estados Unidos, de Gran Bretaña y de Francia, con derecho de acceso a la tecnología de punta, pero manteniéndose en la zona de influencia, y decisión militar de los Estados Unidos. De lo contrario, Brasil tendrá que decidir si quiere o no construir una capacidad autónoma de sustentar sus posiciones internacionales, con su propio poder militar. A la brevedad, Brasil tendrá que definir su visión o utopía, y su proyecto de transformación del sistema mundial, sin negar su “matriz originaria” europea, pero sin contar con ningún “mandato” o “destino”, revelado por Dios o quien quiera que sea, para convertir, civilizar o conquistar a los  pueblos más débiles del sistema. De cualquier manera, una cosa es cierta: Brasil ya se movilizó internamente y estableció nexos, dependencias y expectativas internacionales muy extensas, en un juego de poder que no admite marcha atrás. A esta altura, cualquier retroceso tendrá un costo muy alto para la historia brasileña.

 

Traducido para LA ONDA digital por Cristina Iriarte

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