A 130 años de la renuncia
de Lorenzo Latorre,
fundador del Estado Uruguay
por el Dr. Alfredo E. Allende

Un país desgarrado

“Bien puede decirse que la guerra es el estado normal de la República” declaraba en 1875, el futuro Educador José Pedro Varela. Computaba 19 revoluciones en 45 años, situación que le hizo dudar sobre la viabilidad del país.

 

En marzo de 1876 resultaba inevitable que Lorenzo Latorre asumiera la jefatura de Estado, con el apoyo casi universal de la población uruguaya. Los empresarios, las clases medias, la gente humilde azotada en el campo por malones y en Montevideo por la inseguridad, los militares, como también numerosos políticos de ambos bandos principales, veían en él una garantía para la pacificación que se retardaba indefinidamente en arribar desde el nacimiento de la República, desde hacía no menos de 50 años. Pero también muchos intelectuales justificaron el episodio, que fue cívico-militar, con el recuerdo y ejemplo de Manuel Herrera y Obes que ya la había preanunciado y reclamado para sí (hecho que suele omitirse en las crónicas históricas). A su vez, el Presidente Pedro Varela había intentado un golpe con fines absolutistas.

 

Hubo siempre gobiernos tambaleantes porque en verdad se carecía de un real Estado, de educación pública masiva, de códigos, de respeto a la propiedad y a las personas; faltaban instituciones básicas, producción mínimamente adecuada y finanzas sanas y transparentes y se estaba sobre el punto de la disgregación nacional porque no había paz en los espíritus, ni las ciudades ni en los campos. 

    

Luego de sangrientos episodios electorales, los acontecimientos hacia 1876 se precipitaron. Latorre imantaba a todos los sectores sociales: “tiene el ejército, tiene los caudillos, tiene el comercio, tiene los hacendados, tiene el bajo pueblo de la capital”, dijo el historiador Zum Felde que lo desprestigió acusándolo de crímenes que nunca se molestó en probar, simplemente porque aquél nunca los había cometido; pero reconoció su decencia proverbial y admitió además que se pergeñaron relatos falsos en su torno. Más aún, escribió expresamente que el período propiamente militar no comenzó con Latorre, sino después de su renuncia.

 

El 10 de marzo, una comisión de ciudadanos convocó a una asamblea a Plaza Constitución que resultó mucho mayor en número de ciudadanos que los asistentes a los comicios efectuados jamás en todo el territorio. Pero más importante fue el reconocimiento del país que aceptó la toma del poder acéfalo, en una nación sumida en el caos. Desde la plaza, la multitud se dirigió a la casa de Latorre sita en Convención, cerca de la calle Soriano, donde, plebiscitado, se lo consagró gobernador Provisorio. Por supuesto que la legislatura quedó disuelta; ya lo había anunciado Manuel Herrera y Obes en caso de asumir él la dictadura, ya lo había preanunciado la propia legislatura expulsando de su seno a miembros importantes de ella.

 

* A los 24 años de edad Latorre había sido nombrado capitán. Tenía en sus legajos computados varios encuentros bélicos. “Se distinguió ante sus jefes por su golpe de vista”… “su compañía llegó a ser un modelo de instrucción y de disciplina”, explicó Eduardo de Salterain y Herrera circunstancia ésta de gran valía en una época en la que el ejército no tenía formación profesional y los reclutados no estaban habituados a las necesidades del  ordenamiento que exige la actividad castrense, sobre todo en tiempos de guerra que eran poco menos que continuos. La indisciplina dentro de las filas era otro factor que robustecía el desorden reinante. Ese joven comandante, alto y espigado, de mirada penetrante, era prolijo en su labor, ahorrativo al máximo a fin de extraer el mayor rendimiento posible a la eficacia de sus unidades sin expensas inútiles. Durante la contienda del Paraguay fue subordinado y dilecto alumno del prestigioso militar español León de Palleja, con el que llegó a tener durísimas polémicas, sin por ello dejar de respetar las reglas. León de Palleja dictó normas para la infantería y comenzó a consolidar una fuerza bajo reglamentos imprescindibles, alejando las similitudes existentes entre el ejército de línea y las meras montoneras. Su discípulo más cercano, Lorenzo Latorre, fue un héroe en la desgraciada guerra contra el Paraguay; malherido al encabezar la vanguardia de los ejércitos aliados en Estero Bellaco, lo elogiaron sus superiores por su valor y profesionalismo. Fue considerado un héroe de guerra.

 

 En 1870 se iniciaba la “Revolución de las lanzas”, que a pesar de su nombre no careció de medios de fuego intimidatorios. Se libraron enfrentamientos duros y batallas como la del Sauce del 25 de diciembre, sangrienta si las hubo, en la que el Comandante del batallón 1° de Cazadores, Teniente Coronel Lorenzo Latorre, logró salvar la vida a prisioneros rivales que iban ser pasados a degüello. Actuando en el frente interno, años después, como Ministro de Guerra, venció la fuerte sublevación denominada “la Tricolor”. Indujo a los rivales hacia el norte -que se refugiaron en el Brasil- con maniobras persecutorias, sin atacarlos. Solicitó para ellos buen trato a las autoridades de ese país. Antes de esa revolución había acordado con el prestigioso caudillo blanco Aparicio una forma de convivencia que permitiera la presencia de ese sector en la vida pública de la República. De cuerpo entero queda pintada la personalidad de Latorre, reiterando brío pero también humanitarismo (eludir las represiones) y sentido nacional de integración (acuerdo con Aparicio) en una patria desquiciada. Como asimismo lo describe su retorno silencioso al hogar de la Calle Convención, eludiendo los homenajes que, por su triunfo sobre la “Tricolor” le estaban preparando entre sincera admiración de muchos e inevitables zalamerías de algunos. Rehuía el boato, como rechazó el ascenso a general por dos veces, una en esta instancia de la rebelión Tricolor y otra cuando la legislatura le ofreciera más tarde el grado máximo. Decía que rechazaba ese honor por dos razones principalísimas: la angustiosa y desesperante situación de nuestro erario, incapaz de soportar hoy nuevo recargo, y la necesidad de dar una lección a esos militares y ciudadanos que sólo sirven a la República por los atractivos de las recompensas individuales, y no por llenar los deber que tienen contraídos, ora como soldados, ora como simples particulares”.

 

El mayor pintor del Río de la Plata, José Manuel Blanes se quejaba porque Latorre esquivaba el retrato, debiendo hacerle uno de dimensión más bien pequeña en buena parte de memoria y con la ayuda de una foto; no posaba Latorre -menos con uniforme de gala que nunca usó- pero sí  ayudó al talentoso artista encomendándole obras, como “La Revista de Rancagua” donada al Estado argentino así como visitó el taller del pintor en ocasión de mostrarse el majestuoso “Juramento de los Treinta y Tras Orientales”. Protegió con afán la gloria de Blanes.

 

 Expuso cuando inició la gestión de gobierno con sólo 31 años de edad: “Mis opiniones personales son conocidas; y así como me honro de haber sido y ser individualmente colorado, tomando parte activa en la batallas que han ensangrentado la República, así también me hago un honor en declarar que mi gobierno prescindirá en absoluto de nuestras discordias y anteriores y de todo favoritismo de partido.” Y obró en consecuencia.

 

En el ministerio de Hacienda fue designado Juan Andrés Vázquez, juez de comercio, hombre de reputación, impuso contención a los gastos e imprimió disciplina presupuestaria, como lo quería el Gobernador siempre atento al proceso financiero con un sentido del ahorro rayano en la obsesión. En el ministerio de Guerra y Marina actuó Eduardo Vázquez, compañero de Latorre en la contiende con el Paraguay y en la campaña contra la Tricolor, único militar de su gabinete. En las Relaciones Exteriores, Latorre eligió a Ambrosio Velazco, recia personalidad del partido Blanco. En el ministerio de Gobierno fue nombrado José María Montero (h), su colaborador infatigable, que gozó de reconocimiento en los ambientes de la cultura montevideana. Al frente de la Educación, puso al notorio José P. Varela.

 

Colaboraron de manera directa o indirecta, a veces con consultas requeridas por el Gobernador Provisorio, personalidades como Lorenzo Batlle, Mariano Berro, Joaquín Requena, Alejandro Magariños Cervantes, Juan José de Herrera, Aurelio Berro, Manuel Herrera y Obes. Hipólito Gallinal, aquel jurista que cuando tenía 8 años de edad recibiera balazos en las piernas por cierto sargento ebrio “para que no sirviera a los blancos”, se constituyó en el exclusivo miembro del Tribunal de Apelaciones agregado en el Poder Judicial por la iniciativa del Gobernador. Gallinal, erudito en leyes, poseedor de una integérrima moral, prestó servicios para asesorar al Ejecutivo en los múltiples cambios de normas legislativas que se fueron operando y para modernizar el aparato jurídico, vetusto en buena parte de su extensión. El Dr. Gualberto Fernández, que había estado en París radicado por sus estudios de medicina, ocupó la cartera de Relaciones exteriores latorrista. Blanco en sus preferencias políticas, Alfredo Vázquez Acevedo no fue un colaborador directo, pero como Fiscal en lo Civil y criminal desempeñó una labor de contralor, oponiéndose en ocasiones a decisiones del Gobierno que terminó acatando sus dictámenes.

El Gobernador, sumó inteligencias en torno a él con prescindencia de los partidos Diferente a lo ocurrido con desgraciada frecuencia en gobiernos rioplatenses.

 

El país que recibió Latorre estuvo signado por una tradición ininterrumpida de asonadas, rebeliones y feroces luchas facciosas de los partidos con frecuentes intervenciones militares o para-militares. En las relaciones internacionales, el cuadro no era mejor: la penetración brasileña al norte, las continuas amenazas de invasiones desde las costas argentinas, la dependencia de los humores y peripecias de lo que ocurría en ambas naciones linderas presagiaban lo peor. En lo financiero, hubo un déficit crónico, emisión sin garantía, sueldos atrasados en la administración, presupuestos absorbidos por gastos castrenses. En lo económico, ausencia de producción estable y necesaria para el mantenimiento de un orden civilizado, con campos abiertos, y pandillas bravías que aterrorizaban a los pobladores; en lo institucional, falta de un verdadero Estado con organismos adecuados para servir a la población y avanzar en progreso. En lo educacional, poco menos que la nulidad absoluta, con una población abrumadoramente analfabeta en la campaña y gran parte de la población de la ciudad capital. En lo que hacía a la seguridad de las personas, ciudadanos estaban expuestos a las levas arbitrarias de los ejércitos de línea y de los malones, con una policía corrupta, cruel y dispersa sin contralor serio por parte de las autoridades y sin tranquilidad ni aún en Montevideo, ante la delincuencia recurrente.

 

Que haya críticos de Latorre que olviden todos estos antecedentes, más que asombro provoca pena porque las víctimas de sus “olvidos” son los integrantes de la comunidad Oriental, sumida en la ignorancia de la verdad histórica.

 

 Pero, ¿cuáles fueron las primeras medidas de fondo adoptadas? A fin de revertir esa situación, debía servir de base un orden elemental para lograr organización y unidad en integración cultural, política y económica. O sea, para lograr un Nación moderna.

 

Se enfrentó el cáncer de las correrías criminales sobre la campaña, poniéndose a las comisarías bajo un estricto control del gobierno a fin de que actuasen enérgicamente en defensa de los derechos de los habitantes, de la producción, de los colonos, propietarios y puesteros, así como de los pobladores de las villas dispersas del territorio. Pero en esa actividad los responsables de la acción policial debían dar cuenta estricta al Ejecutivo de lo que se estaba haciendo y de lo realizado, para evitar tropelías o permisividades atentatorias a la habitabilidad de la campaña, perversión que venía ocurriendo desde siempre en el Uruguay. Una vez reducida la dimensión del tumor, apenas transcurridos unos meses, se inició el gran proceso de judicialización del territorio mediante la designación de jueces letrados que reemplazaban a las alcaldías inservibles y sometían a debido proceso a los imputados; fue una tarea revolucionaria en lo jurídico, dándose oportunidad a los alegatos de los imputados delante de un magistrado y de la  acusación en regla, procedimiento nunca antes realizada por gobierno alguno. Se dictó en este sentido el Código Rural y el Código de Instrucción Penal, luego de la consulta con juristas de enjundia. Se prohibieron las levas por parte de las unidades militares, poniéndose énfasis en defensa de la población llamada africana, la gente de tez negra o parda, porque de ello hizo el Gobernador un tema de honor, como lo declaró expresamente.

 

Es decir, se comenzó a instaurar un orden básico, organización y seguridad, dentro de la ley en resguardo de los habitantes, ciudadanos o no, mujeres y varones de la campaña. Los derechos humanos y las libertades fueron así garantizados con especial tesón y por vez primera en la historia del Uruguay independiente para las mayorías modestas de la población rural y para los empresarios del campo. 

 

Los derechos de los detenidos por delitos comunes fueron resguardados; la leyenda negra contra Latorre se fortaleció con el tiempo en torno del Taller denominado “de los adoquines” del cual se decía sin pudor que servía de base para hacer trabajar a los opositores en el empedrado de las calles. En cambio y según la interpretación de un antilatorrista, José M. Fernández Saldaña, amigo de imaginar relatos truculentos, afirmó: “El famoso Taller de los Adoquines constituyó un interesante ensayo de reforma en el régimen carcelario del país.” Agregó que esta prisión constituyó “un enorme avance” porque en la situación anterior los presos “hundidos en la miseria y el ocio, habían sido encerrados, con o sin grillos, en los calabozos del Cabildo, en el cuartel de La unión, en la fortaleza del Cerro, en la Isla de Ratas, en pontones fondeados en la Bahía. Los presos eran a la par una pesadilla y una lacra; en todas partes estaban mal.” Por su parte Eduardo Acevedo, enemigo de la imagen del Gobernador, manifestó que existieron conmutaciones realizadas por Latorre de penas de muerte, legalmente válidas entonces, por otras menores. No hubo un solo preso político durante el latorrismo. Simultáneamente se puso fin al método del exilio por razones políticas, o por cualquier otro motivo: nadie fue perseguido por sus opiniones políticas durante el gobierno latorrista -contrariamente a las necedades y fantasías que se han escrito- al punto que no sólo hubo numerosas publicaciones opositoras, sino que también surgieron otras, por ejemplo “La Razón” plena de biliosos textos.

Ante las calamidades ya comentadas de un campo sin labores fecundas, sin oportunidad de poseer rodeos refinados ni agricultura, se lanzó la gran reforma agraria uruguaya, la más grande que haya tenido concretamente la historia de la nación. Desde 1876 comienza un ritmo vertiginoso de cerramientos de las propiedades. Ese año se importaron 2 millones de kilos de hilo metálico, en 1877, 6,6 millones; en 1879 se superaron los 10 millones, y al año siguiente más de 14 millones. Ya en 1882, por impulso obviamente del gobierno anterior que finalizó a principios del año 80’, se había alcanzado alambrar el 64% de las estancias. (Antes de 1876 sólo en el 13% de los establecimientos estaban cercados). Las tierras se valorizaron a causa del cerramiento forzoso, y si bien los latifundistas se quedaron con la parte del león -que ya la tenían desde el punto de vista legal- se puso un límite a las grandes extensiones de sus campos, preexistentes a la reforma. Se puso a disposición de los productores créditos accesibles a los efectos del alambrado por lo que propietarios medianos y muchos de los dueños de pequeños fundos, quedaron a salvo de la marejada latifundista; y algunos de aquellos, los de mediana propiedad, por añadidura, enriquecidos.

 

Se ha hablado mucho de una fuerte desocupación que se habría producido en la etapa de Latorre, pero se ha omitido de ordinario explicar que se crearon labores diversas en los campos, que significaban puestos laborales: cuidado de los apareamientos, antes dejados al azar; se atendían cercados de partes internas de los establecimientos para las rotaciones en búsqueda de pastos adecuados; se efectuó la modernización de la trasquila y la actividad de fue actualizada; se otorgó atención especial a los animales de raza, etcétera. Además, el gobierno lanzó obras de explotaciones mineras, de emplazamiento de líneas férreas, al par que se efectuaban trabajos públicos en la ciudad capital, algunas de real significación, más el tendido de telégrafos a los largo del país que permitió la unificación de las imprescindibles comunicaciones de las regiones entre sí y con la capital; se erigieron agencias de Correo, nacionalizado y creado como servicio público durante ese gobierno -antes funcionado en pulperías del interior- en tanto se levantaban escuelas.

 

 El progreso rompe la visión idílica de un campo que consistía, en el mejor de los casos, en un amasijo de desorden y de nidos delictivos. El período de “peonización” se convirtió en uno de proletarización considerado siempre como una etapa superadora en los procesos sociales. El trabajador rural se constituyó pronto en un segmento de la comunidad regido por normas consuetudinarias que tendieron hacia una racionalización del trabajo y de sus propias condiciones de vida.

 

En este orden de cosas, se crearon algunas colonias agrícolas, se constituyó una Comisión Central de Agricultura, con recomendación de formar Comisiones auxiliares en el interior del país. Se requirió del extranjero sarmientos de viñas para vinificación, plantones de olivos y semillas de numerosos cultivos, entre ellos de trigo, maíz, morera, lúpulo, para ser distribuidas entre los agricultores. Se estimuló con premios diversas producciones agrarias y al iniciador del primer sistema de irrigación. Se abrieron cursos teóricos de Agronomía y Zootecnia. A fines del 76’ el gobierno autorizó a los vecinos a colonizar tierras fiscales, ya que como rezaba una circular, “no se han habituado nuestros paisanos al cultivo de tierras.”  Vino el progreso en materia de granos y frutos merced a las demarcaciones alámbricas que dificultaron las estampidas de animales.

 

Se protegió la manufactura nacional hasta tal punto que la tecnificación rural  adquirió en 1879 una velocidad inédita. Se sustituyeron importaciones y los uruguayos empezaron a proveerse localmente de ropa incluso zapatos, carruajes, muebles, materiales de construcción que precedentemente se traían del exterior. No por casualidad en 1879 se creó “La Liga Industrial” primera organización gremial encaminada a representar los derechos de la incipiente manufactura.

 

 Algo que era de la mayor importancia por entonces: hubo, desde 1877, una merma de importación de la galleta común, de legumbres secas, de fideos, cebada y alpiste, mercaderías vitales para la población en general. Se hizo cesar la introducción de harina, aspecto éste de fundamental significación para la economía del país, y también para su autonomía respecto del exterior. Ahora bien, toda “esa producción ayudó a los pobres a ganarse la vida, a los pequeños propietarios a mejorar sus campos; tuvo por resultado general la economía de miles de pesos, que en lugar de salir del país o cargarse a su pasivo, han quedado en manos del productor y del trabajador.” Fueron Expresiones de Adolfo Vaillant, jefe de Estadísticas (Cuando en la Argentina, se obtuvo el mismo resultado liberador de las importaciones de harina, por obra de Carlos Pellegrini y Vicente F. López, se los alabó -se prolongan actualmente los elogios- en los textos y en las enseñanzas como modelo de orientaciones correctas para beneficio de productores, de consumidores nacionales y a fin de consolidar la autonomía nacional. En el Uruguay no se menciona al gobernador que hizo posible este gran logro).

 

El investigador Oriental Silos Piedra Cueva en su El vicario, el inspector y el coronel, ha puesto en evidencia un episodio histórico importante: Latorre produjo un proyecto para viabilizar la ocupación de tierras por sectores desplazados o modestos, cuando efectuaba su mandato en carácter de Presidente constitucional para el cual había sido designado el 10 de marzo de 1879 por la Asamblea Legislativa; se tocaban intereses porque se preveía que la supuestas propiedades o parte de extensiones mayores, habían sido invadidas por terratenientes. El asunto fue dilatado y llevado a las calendas griegas. Este tema seguramente impactó negativamente en el ánimo del Presidente que esperaba mediante tal procedimiento no sólo hacer justicia distributiva, sino impulsar la economía en proceso de estagnación debido a las malas condiciones climáticas, movilizando recursos en favor del fisco y del desarrollo nacional.

 

Se dispuso en Montevideo -1879- la prestación de atenciones médicas de urgencia con un servicio nocturno provisto de botica y de carruajes que fungían de ambulancias. En 1877 se creó el Asilo Maternal diurno, para niños entre 2 y 8 años de edad, hijos de familias trabajadoras. En los dos años siguientes se establecieron otros asilos similares, lo que prueba que se estaba llenando una necesidad de los hogares humildes. Se implantaron cursos nocturnos de enseñanza primaria a los que asistían gente de condición modesta que por tareas diurnas no podían ampliar sus conocimientos en cuanto a instrucción. Se estableció la Escuela de Artes y Oficios -1879- primero de manera efectiva en Montevideo y por ley para el interior del país con afluencia al principio de prevenidos por la policía, otros enviados por sus padres a título de incorregibles y más de treinta por carecer de medios de subsistencia (Curiosamente se adjudica a menudo esta obra al General Santos, posiblemente porque en el interior del país ejecutó la ley obtenida por Latorre y -como ha sido tradicional- para evitar el nombre del coronel en su enorme obra de progreso) 

 

En el marco del desarrollo económico lanzado, se acrecentó el número de los trabajadores organizados. El 1° de mayo de 1878 la “Federación Regional de la República Oriental del Uruguay”, de tendencia socialista libertaria, aprobó sus estatutos y publicó una declaración de principios. En ese año circuló el periódico de la organización obrera titulado “El Internacional”, sin ningún inconveniente. Hubo varias huelgas en la época de Latorre: las de fideeros, la de los obreros de los saladeros, la de tranviarios, carpinteros, gráficos, en reclamo de la jornada de 8 horas y de mejores condiciones laborales. Los anales gremiales certifican que se comenzaron a realizar convenios entre los obreros y los empresarios, con salarios mínimos garantizados y con cláusulas de ingresos exclusivos para los afiliados al sindicato. 

 

Un principio de justicia social básico y superior se logró con la pacificación lograda en el gobierno latorrista. Se suele olvidar que son los sectores pobres e indigentes la carne de cañón de los enfrenamientos civiles y del malón siempre delictivo. Esto fue así por más que se cante con tonos románticos a las montoneras, habitualmente feroces, o en el mejor de los casos irrespetuosa de los derechos humanos y de las haciendas ajenas. Los integrantes de estos grupos erráticos y violentos con ruda dignidad rendían la vida, haciendo de la valentía personal y de grupo, como de fidelidad a la causa que no entendían, los máximos tributos a la existencia barbarizada en la que maduraban y caían, con generoso desdén por el repliegue o la fuga, al que acudían sólo en casos extremos; para poder retornar con ardides renovados al centro del combate. Mientras “doctores”, militares y políticos dirimían sus contradicciones mediante el derramamiento de sangre popular, ellos llegaban a acuerdos circunstanciales, aliaban o rompían pactos, y allí abajo en el corazón del pueblo, se penaba teniendo como único recurso sumarse a las “cruzadas”, a las montoneras, a una vida sin arraigo, sin educación, sin alimento regular, sin hogar estable.

 

 La organización socio-institucional y cultural gestada por Latorre hizo cada vez menos significativos los desórdenes con tintes caóticos prevalecientes hasta entonces. La organización constituyó un grado superior al simple orden basado en la fuerza pasajera. El Estado es la máxima expresión político-cultural de cualquier país, y ello fue el objetivo y el contenido del Gobierno latorrista que lo edificó dentro de pautas republicanas y progresistas. 

 

El gobierno de Latorre acudió a la defensa de la moneda dándole estabilidad por medio de la aceptación del oro como patrón que facilitaba las transacciones y obligaba a la disciplina fiscal. El ataque que a veces se ha efectuado sobre esta resolución no tiene pie ni cabeza: ¿qué otra cosa se podía hacer sino someter a la población al escándalo del emisionismo? Pero su decisión “orista” -para emplear un calificativo usado entonces- no fue dada en el vacío, sino en pleno auge de una producción que se extendió desde el campo a la manufactura, desde la suplantación de importaciones básicas, a la mayor exportación en cantidad y sobre todo en calidad por el mejoramiento de las carnes y las lanas que sobrevino a los cercados de los campos, al orden institucional establecido, al principio de autoridad sin autoritarismos concretado. Además, no se decidió para siempre una política económica: se salió del marasmo y se dieron las bases del desarrollo con integración, pacificación y libertad. Luego se podría reformular los cambios que los avatares de la historia determinasen como más apropiados. Uruguay, que no podía pagar regularmente los sueldos de sus funcionarios administrativos o debía reducirlos, no estaba en capacidad de llevar adelante el despliegue de puentes o el emplazamiento de vías férreas. Sólo el capital externo, con la tecnología de que se carecía en el país, podía realizar esa tarea compleja. A no ser que se prefiriera la pampa bárbara de la “tierra purpúrea”, para sobrevivir en el atraso, bajo el imperio del malón y el desencadenarse de las luchas entre cacicazgos cambiantes y sangrientos mandones.

 

En el acuciante y grave problema educacional Latorre volcó su interés por la obra de José Pedro Varela, el estudioso joven vinculado al principismo, círculo enemigo del gobernador. En 1877, Varela elevó a Latorre la “Ley de Educación Común”, relativa a la instrucción primaria, acompañado de un extenso informe. El titular del Ejecutivo la hizo analizar por una comisión de personalidades, entre las cuales se contó con el concurso del Ministro Montero. Se produjo una modificación de la doctrina inicial de Varela favorable a la descentralización administrativa, creándose en cambio una Dirección Nacional integrada por cuatro vocales y un secretario general, todo bajo la dirección de un Inspector Nacional, cargo que fue confiado por el Gobernador Provisorio al mencionado J. P. Varela que luego sería conocido con los calificativos de Educador o Reformador.

 

Latorre tuvo que luchar y “dar la cara” contra los enemigos de la gran reforma; casi se puede decir que protestaban todos: las juntas administrativas locales porque las debilitaba la reasignación de poder nombrar maestros y manejar los colegios; los jefes políticos porque perdían peso sus influencias; los curas porque en principio no podían enseñar en los establecimientos; los principistas porque alegaban que no podía haber una obligación en materia educacional, que había sido consagrada en gratuita, pública y precisamente obligatoria; y no faltaron los particulares porque Latorre impuso impuestos específicos para solventar tamaños cambios a una tradición de despreocupación sobre el asunto, con una población mayoritariamente iletrada. La tarea hercúlea de Varela y el obstinado apoyo a su obra de parte de Latorre, que cargó sobre sus espaldas los ataques y firmó las odiosas resoluciones impositivas, hicieron el milagro: en pocos lustros la República Oriental del Uruguay se constituyó en el país más alfabetizado de América toda y tal vez del mundo entero. La educación fue en sí misma pero también como factor de integración: el 23 de septiembre de 1878 Latorre ordenó crear escuelas en la zona norte “donde los muchachos aprenden a decir Nao en vez de decir NO, lo que es una vergüenza.” El mismo día el Ministro Montero remitió un oficio a los Jefes de Policía de las regiones fronterizas del norte en el que expresaba que la persona que crece bajo el imperio de una lengua extraña “menoscaba necesariamente los sentimientos de patriotismo y la dignidad ciudadana.”

 

Fue la Reforma educacional en verdad vareliana-latorrista, como lo reconoció el propio Varela en su lecho de enfermedad postrera al enviar al 9° Presidente constitucional del país un ejemplar de su “Legislación escolar” con la siguiente dedicatoria redactado por su mano: “Como recuerdo al Magistrado que al promulgar la Ley de Educación Común y mantenerla con inalterable firmeza, supo cubrirse de gloria legítima, resolviendo en el sentido del progreso y de la felicidad de la República uno de los más importantes problemas de nuestra época y de nuestro país.”

 

Fallecido Varela en medio de su enorme labor que le minó la salud. Latorre se inclinó por el hermano de aquél, Jacobo Varela, para el reemplazo efectuado por decreto el 5 de enero de 1880, -una de las últimas decisiones que tomó- porque así daba continuidad al trabajo comenzado.

 

 Una fuerte y curiosa objeción contra la Educación Común fue levantada porque se introducía a la mujer como maestra en las escuelas y porque en los grados preliminares las aulas eran mixtas para los alumnos; se temía una posible feminización de los varones.

 

Mérito del Reformador consistió en ignorar estas acerbas críticas y del gobernante aceptar una innovación que no se compadecía con los prejuicios de la vida de cuartel ni en general de su tiempo, pacato y misógino. Se prohibió toda clase de castigo corporal inflingido a los educandos, norma de suma importancia en tiempos de recias y duras costumbres aceptadas.

Pero en materia formativa hubo más, como se verá más abajo, en tarea que no realizó Varela pues su misión se circunscribió -nada menos- que a la implantación de un régimen escolar revolucionarios para todo el país. 

 

Con Latorre en el gobierno y dentro del marco de libertad imperante, se crearon bibliotecas populares y salas de lectura. La Biblioteca y el Museo de Montevideo fueron colocados en 1879 bajo la dependencia de la Comisión de Instrucción Pública. Aquellas instituciones, hasta entonces sin actividad, sin vida, fueron vinculadas de tal manera a las escuelas primarias, hecho que les otorgó un notable impulso, como lo reconoció Eduardo Acevedo.

A poco de iniciado su gobierno, Latorre anuló una disposición que había creado una censor teatral, es decir suprimió la censura a las funciones teatrales. Aprovechando esa libertad reinante, la pacificación alcanzada y el desenvolvimiento masivo de actividades, por fusión de varias entidades se erigió el “Ateneo de Montevideo” en 1877, en los que se dictaron cursos preparatorios para los ingresos universitarios y hasta una Facultad de Derecho, ambos libres. La actividad cultural durante el latorrismo no sólo fue muy grande, sino que se desarrolló de manera libérrima. Llamó la atención del pintor y pensador Pedro Figari que desde el Ateneo y otros centros de cultura, el Club Uruguay por ejemplo, ubicados alguno de ellos a metros de la casa particular de Latorre, se imprecara con acritud contra el gobernante, sin que por ello sucediera nada en materia de represiones, mordazas, censuras o trabas a la libre expresión. Nunca en su vida pudo comprender el famoso autor de inigualados cuadros sobre candombes y costumbres, tanta verbosidad vehemente respecto del gobierno progresista, productivista y liberal de Lorenzo Latorre.

Más allá de todas las realizaciones ya citadas, se mencionarán algunas de las más importantes que restan recordar y que conformaron el meollo del Estado hasta entonces impotente o no nato.

 

 Ninguna de las grandes novedades producidas en gobierno de Latorre, al decir de E. Salterain y Herrera “significó modificación del orden social tan importante como la de la ley del registro civil.” Se establecieron cuatro registros que llevarían los Juzgados de Paz: nacimientos, defunciones, matrimonios, y el de reconocimientos y legitimaciones. Se legitimaron los matrimonios entre personas de diferentes credos y en el matrimonio de católicos, la norma exigió que dentro de los tres días siguientes a la ceremonia religiosa, los contrayentes debieran presentarse ante el Juzgado correspondiente para dar validez al acto de enlace. (En 1885 se estableció el Matrimonio Civil Obligatorio completando la reforma insinuada en 1879). Al tratar de hijos fuera del matrimonio la ley de Latorre prohibió que el padre revelara el nombre de la madre y viceversa, con la excepción de una libre decisión de ambos. Se resguardaba así el derecho a la intimidad, la facultad de los individuos de evitar la intromisión de terceros aún del Poder Público.

 

Nació con Latorre el Registro General de Embargos e Interdicciones Judiciales, instituto fundamental para evitar que las disposiciones de los magistrados fueran eludidas en desmedro de los intereses lesionados de particulares o públicos.

 

Se creó el Registro General de Marcas y Señales del ganado que, parece mentira, no existía en un país prioritariamente ganadero, lo que significaba una ausencia asombrosa de un ordenamiento elemental para las manifestaciones de propiedad y de riquezas.

 

 En el comienzo del período latorrista, 1876, surgió la Facultad de Medicina; hasta esos momentos los profesionales de la medicina eran reclutados extranjeros o se trata de uruguayos que estudiaban en Buenos Aires u otros países. El gobierno contra la opinión del Consejo Universitario, dispuso que las dos primeras cátedras, las de anatomía y de fisiología fueran nombradas por concurso -y de todas las demás asignaturas que se fueran creando- y no por designación directa como quería el Consejo. Al año siguiente se establecieron otros cursos: materia médica y terapéutica, higiene y medicina legal, patología general. (No hay placas recordatorias, ni los profesionales médicos uruguayos tienen idea de este origen)

 

A su vez la Escuela Politécnica Oriental fue autorizada a expedir títulos de Agrimensor, Perito Mercantil, Arquitecto e ingeniero a condición de que el examen de fin de carrera se llevara a cabo antes mesas de examen designadas por el poder público, dándose inicio a las carreras superiores de esas profesiones: agrimensura, arquitectura, etcétera.

 

En 1876, un sector de estudiantes universitarios presentó un proyecto de libertad de estudios y a pesar de la reticencia de otro grupo de alumnos que predicaban la postergación de la iniciativa para que la realizara un gobierno constitucional (¿Lo hubieran hecho? No lo habían llevado a cabo hasta entonces los “gobiernos constitucionales”, así llamados los surgidos del fraude institucionalizado, de la violencia y de la abstención de la mayoría abrumadora de la población). Latorre dictó el decreto argumentando que la libertad de estudios era “un sagrado derecho que el Poder público tiene el imperioso deber de respetar y garantir.” No fue todo: un nuevo requerimiento de ese mismo año planteaba un Consejo Universitario que, además de los catedráticos y de vocales elegidos por los profesionales ya recibidos, podían ser miembros los propios estudiantes, modificación de avanzada insólita para la época que fue acordada favorablemente por el Gobernador Provisorio. Fue la creación del cogobierno en las altas casas de estudio. Constituyó un antecedente de varias décadas, respecto de la gran reforma universitaria de Córdoba -Argentina- famosa en el continente, pero de 1919.

 

Una acotación, a modo de ecuación: el latorrismo significó: escuelas + telégrafos + correo + puentes + trenes + jueces letrados para al campaña + alambrado + producción + instituciones = Estado, civilización y unidad nacional.

 

Si Latorre observó severidad con algún sector la ejerció con los militares. Al asumir en 1876 el presupuesto dedicado a este rubro alcanzaba a ser el 49% del total; ya en 1878 se había reducido a un 32%, disminución que se acentuó hasta llegar a preverse en 1880 sólo un 21%. En tanto los recursos para la educación se expandían de manera explosiva. Se suprimieron dos batallones de cazadores, por un decreto emitido a las 24 horas de ocupar el gobierno, y un regimiento de artillería. Se otorgaron poquísimos ascensos y casi ninguno de alta graduación. En los niveles superiores hubo, en 1879, 305 oficiales; en 1883, alejado del poder hacía tres años, ese tipo de oficiales llegaba a ser de 411 … En 1886, sin considerar el rubro asignado al “Ministerio de Guerra” el presupuesto militar era del 70% del total.

 

Se alejaron de Montevideo las tropas de línea -con la excepción de una unidad de artillería- al punto que tuvo que armarse un sistema de rondas para vigilancia con soldados provenientes del interior. Se efectuó una reestructuración con una nueva distribución de las unidades, adquisición  de armamentos útiles, doctrina y entrenamiento heredados de León Palleja. Se debe imaginar el malestar que habrán sentido los jefes militares desplazados hacia la campaña uruguaya. El estudioso y pensador Carlos Real  de Azúa, y otros numerosos autores negaron el carácter de militar al gobierno de Latorre: “Faltó a lo largo de todo el período el ingrediente típico de un sistema militarista que importa la imposición a toda la sociedad de los valores militares y la movilización de ella hacia fines de agresión.” (“Cuadernos de Marcha”, 23) Si bien existió en Latorre, la tendencia a exaltar ciertos valores estimados de modo particular en la vida militar: “el orden, las tradiciones nacionales, el respeto a las jerarquías, la sobriedad, la honestidad, la eficacia”, todo ello “que se manifestó en la conducta del gobernante y en algunas medidas de gobierno, no llegó a constituirse en normas impuestas a la sociedad.” Quiere decir, fueron valores propios del gobernante no transmitidos de manera sofocante a la civilidad, sino como ejemplo. 

Los mandos militares con Latorre no deliberaban ni decidían nada. Gobernaba él, con sus ministros todos civiles salvo la razonable excepción del titular de la cartera de Guerra, con sus asesores designados para reformular códigos o crearlos y con quienes fueron convocados para consultas sobre elecciones, con el Poder Judicial independiente, y luego de ser nombrado Presidente constitucional, con el Poder Legislativo. No lo hizo con sus pares de profesión. Y tuvo el coraje posiblemente inédito de reducir drásticamente el presupuesto militar y bajar el número de unidades miliares, tal cual se ha visto.

 

*A principios de 1880 Latorre renuncia. Dejaba instaurado tras de sí el Estado, todavía no real hasta su gobierno, de la República Oriental del Uruguay. Y enviaba un mensaje en favor del progreso en libertad que no se borraría más.    

 

Se fue a la Argentina porque le hicieron imposible su estadía en su país; quiso volver en más de una oportunidad poniéndose bajo la jurisdicción de la Justicia para que lo investigara. Prefirieron las autoridades aplicarle lo que él había desechado: el exilio inconstitucional; se tuvo temor a su imagen incorrupta, a su inocencia y popularidad. Todavía ocurre ello, aunque parezca absurdo.

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