|
“El hacer pintura tiene
una ambición, una utopía
muy grande”
Entrevista al pintor Anhelo Hernández
“Un
maestro vive en sus discipulos”
El viernes 11 de marzo en el hall del edificio
central de la Universidad de la República (UdelaR),
fue despedido el ex docente del Instituto Escuela
Nacional de Bellas Artes (IENBA) y reconocido
artista uruguayo, Anhelo Hernández, quien falleció
el jueves a la edad de 87 años.
Hernández nació en Montevideo en 21 de noviembre de
1922, escultor, pintor, ensayista y docente, su
compromiso político y social como a tantos otros
uruguayos lo llevó a ser perseguido y exiliarse en
México durante la dictadura (1973-1985).
Como homenaje ha este creador y destacada
personalidad de nuestra cultura, La ONDA digital
publica a continuación la entrevista que mantuviera
en su momento con Anhelo Hernández, realizada en
víspera de una de sus muestras de pintura (“Los
Caudillos”), por su valor testimonial y el aporte de
información sobre este discípulo de Torres García,
este dialogo se convierte hoy en un verdadero
documento.
- Anhelo Hernández, ¿cómo surge
la vocación de la pintura en usted?
- Es muy temprana, creo que se
pierde en el pasado. Debía tener 4 o 5 años cuando
ya empecé a dibujar. De ahí se puede decir que eso
no era una vocación, era simplemente lo que todos
los niños hacen. Pero, eso sí, en mí prendió muy
hondo, prendió muy hondo y se continuó.
- De los 6 o 7 años más o menos
-
Más o menos. Antes de ir a la
escuela. Debo ser un elefante del pasado, porque
debo haber sido la primera generación que fue a la
escuela de la calle Gral. Luna, “Enriqueta Compte y
Riquet”. Al Jardín de Infantes que debe haber sido
el primero que se fundó en este país.
- ¿Enseñaban dibujo, pintura?
-
No, allí lo que había era una
disciplina muy rígida, muy diferente de lo que se
concibe actualmente como un Jardín de Infantes. Yo
recuerdo que me hacían cruzar las manos por encima
del pupitre o por debajo del pupitre y el maestro
pasaba con una reglita para obligarnos a poner la
mano... El pupitre tenía que estar limpio. Yo
tenía un status un poco privilegiado porque unas
vecinas mías – unas señoritas de San Martín – que se
dedicaban a coser - me habían enseñado a tramar
serpentinas. Y, entonces, con eso, con el entramado
de serpentinas, hacíamos cajitas, pajaritos y todo
ese tipo de cosas. Y yo, a pesar de que era muy
chiquito, sabía hacerlas y, entonces, me llevaban de
clase en clase enseñando esa manualidad. Tal vez eso
marcó mi personalidad y a partir de ahí descubrí mi
vocación.
- Y eso lo condujo al taller de
Torres García, ¿en qué año?
-
Yo ingresé en el taller en el
año 43. Pero antes de llegar al taller, mi padre –
cuando todavía usaba pantalón corto – me había
llevado al taller de un excelente escultor uruguayo,
prácticamente desconocido, que se llama Alberto
Savio, el cual había sido discípulo de un alumno de
Auguste Rodin en París. Entonces yo digo que soy
“bisnieto de Rodin”. Porque, ¿se da cuenta? – Rodin
– su alumno, Savio y yo. Eso fue antes de ir al
taller. Yo tardé en ir al “Taller”, no porque no
apreciara la pintura de Don Joaquín, sino porque –
como hacía escultura – me parecía que no me iba a
aceptar. Y, en ese momento, los jóvenes éramos
tímidos.
- ¿Y cómo llega? ¿Le golpea la
puerta, y …?
-
No, llego porque, en ese
momento, yo estaba cursando preparatorios para
arquitectura y hubo una falange de cinco que nos
desprendimos de los preparatorios de arquitectura.
Ahí estaban Fonseca, Montiel, el hijo de Emilio
Oribe (Edgardo), y algún otro, y entonces todos nos
metimos en el “Taller”. Y yo debo haber sido de los
más remolones por esa razón que le dije. Pero el
Viejo me recibe con los brazos abiertos, fue muy
lindo. En la primera entrevista yo le llevo dibujos
y me dice: “bastante bien, bastante bien” y, al
final la termina: “bastante bien para no ser del
taller” (risas). Es decir, él consideraba que el
taller era un escalón por encima del escalón del
medio.
- ¿Y cómo era Torres García
como maestro, como docente?
-
Bueno, yo tengo dos opiniones
sobre Don Joaquín. La que tenía en aquel momento –
que creo que era muy válida – que era de una
admiración irrestricta por su sabiduría, es decir,
él decía cosas que acá no se decían y sabía
concretar temas de los que aquí no se hablaba. Es
decir, había solo un pequeño grupo antes, que es el
grupo que lo recibe que tenía alguna cosa, que
podían entender su problemática, en fin, todo los
que venían del París, de la guerra. Había una
pequeña falange de gentes que tenía idea de lo que
el “Viejo” tenía en la manga cuando bajó del barco.
Torres llega alentado por Barradas cuando viene al
Uruguay, por Barradas y por Rodó, con la esperanza
de fundar una escuela de pintura americana, que fue
lo que luego se llamó y se llama: la Escuela del
Sur.
La segunda opinión, la
actual, es un poco más crítica y yo reconozco que la
aportación de Torres es mucho más sectaria, mucho
más embanderada de lo que yo creía en ese momento.
Desde luego, tenía ese arrastre de la cultura que
venía de su formación europea.
-¿Cómo eran las primeras
clases, se enseñaba técnica, teoría, qué se
enseñaba?
-
Las clases no eran colectivas,
eran individuales. El Viejo me recibía en el taller
sentado en un sillón de brazos y con una libretita
apoyada en el brazo del sillón y su lapicito y nos
hacía poner frente a él la ristra de los cuadros que
eran nuestra producción en nuestra casa. Entonces,
después de verlos hacía la crítica e iba
solucionando. A veces, con picardía, llamaba a
alguno de mis condiscípulos (Augusto Torres,
Horacio, Fonseca mismo, Alpuy, los hermanos Ribeiro,
en fin) que, eventualmente, estaban ahí esperando
turno. Y les pedía opinión: “y ustedes, ¿cuál
piensan que es el mejor?” Yo sabía que, en general,
para él, el mejor siempre era el más abstracto. Es
decir, Torres no tenía un plan naturalista. Ese plan
naturalista fue incluido en el taller a posteriori,
por nuestra influencia, por la influencia de los que
veníamos de una tradición distinta. Es decir, que
veníamos de la tradición uruguaya.
- ¿Cómo era esa relación? ¿Era
estrictamente desde el ángulo de la pintura, se iba
transformando en una relación más amistosa o era una
relación formal y se mantenía en esos términos?.
-Torres
tenía un modo de relación muy respetuoso y muy
reservado en su intimidad. Por lo demás, era muy
cordial, muy atento. Ese era un aspecto. Era muy
claro en sus juicios y pocas veces lo vi perder la
paciencia. Alguna vez, recuerdo, que Julio Alpuy,
que había sido un discípulo viejo, le pregunta:
“pero maestro, qué es lo abstracto”. Era la médula
de su enseñanza. Entonces Torres realmente se
fastidió porque era una pregunta que ya no
correspondía porque tenía que ser absolutamente
obvia. De esa entrevista (yo tengo por alguna
parte, no a mano ahora) el dibujo que lo hizo sobre
un cartón mío para explicarle una averiguación desde
el naturalismo hacia las expresiones más apartadas
de la realidad. Entonces fue haciendo dibujitos con
una carbonilla y yo los conservo.
- ¿Pero dedicó tiempo a
explicarle la interrogante?
-
Siempre, siempre le dedicaba
tiempo. Yo diría que más tiempo del que hacía
falta, a veces…
- Hernández, pero volviendo al
juicio que usted puede hacer sobre Torres García.
Usted decía que había dos, uno con el pasaje del
tiempo el que se puede hacer hoy. Creo que, en
líneas generales, se lo sitúa en un primer aspecto,
como un genio, como alguien que realmente aportó y
transformó, incluso más allá del Uruguay, más allá
de esta zona, la pintura. Y hay otros que lo miran
por encima de un juicio critico. ¿Con cuál
valoración, con cuál aspecto, se quedaría usted?
-
Con ninguno de los dos. Es
decir, ¿cómo lo entiendo yo?. Torres tiene una gran
importancia para América en función de que él
introduce, en el ámbito del sur por lo menos, una
conceptuación y un nivel fuera del medio. Es cierto
que los brasileños, por su parte, lo hacían, es
cierto que los mexicanos también lo hacían, pero, en
general, para el Sur, yo creo que Torres traía una
cosa absolutamente nueva. Lo que Torres traía y si
se quiere puede ser genial, era tratar de hacer de
eso que él traía una enseñanza tan básica que
permitiera la elaboración de un arte americano. En
ese sentido ha trascendido mucho. Él, que tiene 5
grabados, es, sin embargo, el fundador de una
Escuela Americana de Grabados (5 o 6 eran), y su
pintura apuntaba a recobrar lo formal, esencial, que
estaba en las culturas americanas pre-hispánicas,
sobre todo el Tihuanaco, El Portal del Sol, que es
su monumento cósmico. El Parque Rodó tiene una
cierta referencia, pero por cierto está muy mal
ubicado, mal implantado, porque está implantado con
un criterio europeo que no es el del Viejo que era
americano.
- Torres trae eso.
-
Yo creo que si usted me
pregunta si era un genio, yo creo que era un hombre
de un altísimo talento y, además, un individuo en la
consecuencia y de una persistencia en su propósito
que no estaba en nuestro panorama. Era un
profesional del arte pero, además, de un grandísimo
talento. Si me dice usted, por comparación con
Picasso, es decir, con sus compañeros de juventud,
yo diría que compite perfectamente. En su dirección,
compite perfectamente. Pero es que yo no creo
demasiado en los genios, no entiendo mucho de hecho
qué cosa es ser un genio, sobre todo en arte.
- ¿Conoció a Picasso?
-
Fueron compañeros, fueron
compañeros de academia. Lo que pasa es que Picasso
se orientó a un círculo en el de “Los Cuatro Gatos”.
- ¿Cómo es eso de “Los Cuatro
Gatos”?
- El “Quatre Gats” era un
boliche donde se juntaba con un grupo de gentes más
bien nacionalistas e izquierdozos o progresistas,
para decirlo mejor. En cambio él, vinculado
tempranamente con Gaudí, fue religioso. El autor de
la monumental Catedral de Barcelona, aferrado a la
lectura de los clásicos en el Círculo de “Saint Luc”,
la biblioteca católica de Barcelona. Es decir,
tenía una visión más mística y eso ya se refleja
mucho en su propio lenguaje posterior. Esto no es
casual. Aunque no era un religioso.
- ¿Entonces allí aparece ya
una diferenciación con Picasso?
-
Sí, muy grande, muy grande.
- Que se expresará después a lo
largo de la pintura, de la personalidad de ambos
pintores.
-
Sí, sí, se manifestará después
en el disgusto que tuvo Torres con Picasso
-¿Se comunicaban?.
-
Sí, se comunicaban. Se habían
conocido bien en Barcelona. Pero cuando Torres llega
a París que va a visitar a Picasso, le llevaba un
manuscrito de un librillo, del cual me mostró las
tapas de cartón, que se llamaba: “Picasso, visto por
un Pintor”. Picasso no lo trata bien, no lo trata
como la personalidad que era. Y yo creo que fue una
razón muy buena, es decir, la competencia europea.
Torres había sido una figura más importante que
Picasso en Barcelona. Había sido pintor del
“ausentismo”, es decir, del nacionalismo catalán.
Mientras que Picasso había sido una personalidad
secundaria. Cuando llega Picasso la “tortilla se da
vuelta”. Picasso va apostando hacia una gran figura
y Torres es un recién llegado. Entonces, así es
como creo que se “pagan las cuentas”, ¿no?. Torres
se descontroló tanto que, a la salida de la
entrevista, rompió el manuscrito sin habérselo
mostrado.
- ¿Y después quizás nunca más
tuvo contacto?.
-
No. Personalmente no creo que
hayan tenido contacto y, por lo tanto, me parece que
Torres encontró personalidades más afines a lo que
él estaba haciendo que son los “neoplasticistas”
holandeses, algún belga o francés, desde luego.
Pero no con Picasso, no con el grupo “cubista”, sino
con el grupo “neoplasticista”.
- ¿Hasta qué momento estuvo
usted cerca de Torres?
-
Hasta su muerte. El último año
de la vida de Torres, yo iba a pintar al sótano de
la casa. Y pintábamos tres pintores allí: Augusto
Torres (el hijo mayor), Elsa Andrada (que todavía no
era la novia y que luego fue la esposa de Augusto) y
yo. Era un verano inolvidable, inolvidable. Porque
arrancaba a las 9 de la mañana y terminaba a las 8
de la noche, cuando ya no había luz. Sin pausa más
que para comernos un chorizo revolcado o una
milanesa fría. Y estábamos todo el día, todo el día,
bajo la mirada cortante del Viejo.
- ¿Él intervenía mientras
ustedes pintaban?
-
Sí. Bajaba agarrándose de las
paredes, porque ya el cáncer lo tenía muy tomado y
muy dolorido.
-¿Dónde estaba ubicado el
taller de Torres García?.
-
Está ubicado todavía en la casa
aquella que hay en la calle Caramuru casi Grito de
Gloria. Donde luego vivió Manuelita, todo un
personaje, todo un personaje…
- ¿Ella intervenía también en
la vida artística de Torres?.
-
De lejos, de lejos. Torres era
una personalidad lo suficientemente estructurada
como para permitírselo y le decía: “dos pintores en
la casa ya son demasiado”. Porque ella pintaba
cuando se casó con Torres y decidió dejar la pintura
para atender la casa y Torres era el pintor de la
casa.
- Desde aquellos momentos usted
se dedica por entero a la pintura, pero en diversos
planos, pinta y hace docencia?
-
Sí. Yo hacía docencia ya desde
el año 44, en Secundaria, lo cual era un poco raro
porque yo vivía en Tacuarembó. Viví 9 años en
Tacuarembó. Cuando yo no iba, le mandaba a Torres
los paquetes de cuadros o los paquetes de dibujo y
Torres me los corregía de mano propia. Por ejemplo,
tengo un cuadro mío hecho por Torres con la
corrección de él al lado. Ese era el tipo de
relación muy extraña que teníamos. Yo no tenía
tanto contacto con el taller, tenía un contacto más
directo con Torres. Sólo cuando me vine a
Montevideo en el 51 o 52. Ahí entre en una relación
con el taller, con mis conocidos del taller, vuelvo
a retomar la relación con los conocidos. La otra
relación era la que manteníamos en los veranos en
que yo no veía el sol (por estar en el sótano del
taller) y me encerraba en el taller de Torres a
pintar. Fueron veranos en los que no vi la playa.
Todavía la veo poco…
-¿Cómo fue esa experiencia en
Tacuarembó?.
-
En Tacuarembó hice varios
escándalos pequeños en el liceo, donde se me
ocurrió, el primer día, sacar a los alumnos de
dibujo a dibujar en la calle y llevarlos a la
vereda.
- ¿Presumo que el Director no
estuvo de acuerdo?.
-
No, el Director tal vez hubiera
estado de acuerdo. Pero más de cuatro madres se
vinieron a quejar de que: “¡mire que estaba haciendo
ahí en la vereda!”. Al día siguiente se me ocurre
sacarlos a un descanso del arroyo, muy bonito, pero
resultó que era el “hotel de alta rotatividad del
pueblo”. Entonces se complicaron más las cosas.
Además yo era un joven un poco aniñado, debo decir,
tenía 21 años. Yo no tenía prejuicios. Yo me iba a
casa a comer sentado en el manillar de la bicicleta
del hijo del portero del liceo por el centro del
pueblo y eso era una falta a la estética
profesional.
- Y esa vocación por la
docencia, la continúa hoy en la Escuela de Bellas
Artes.
-
Sí, la continué en México como
docente de post-grado en la Escuela de Bellas Artes,
durante el exilio, y la continué luego acá como
docente de la Universidad.
- ¿Cómo fue esa experiencia en
México? ¿Conocía la pintura mexicana antes de llegar
allí?
-
De una manera muy superficial.
No estaba al tanto con lo contemporáneo.
-¿Pero alguno de los grandes
mexicanos había estado en el Uruguay en algún
momento?
-
Sí, pero yo no conocí a David
Alfaro Siqueiros acá, lo conocí en Alemania, por
ejemplo. En Alemania en un viaje que hizo el Gral.
Lazoro Cárdenas con su esposa y un pequeño séquito,
fue ahí donde yo lo conocí a Siqueiros. Había
conocido a Busteiro que es un pintor también de la
falange de los pintores de la revolución, lo había
conocido en Cuba. Había conocido a algunos otros,
importantes también antes. Cuando yo llegué a
México tuve algunas relaciones importantes. De todas
maneras, lo que me lleva a la Escuela Nacional de
México, a la Escuela de Luján, fue una exposición
que yo hice y que quise colgar en el ámbito
universitario. Y hay burocracia, cuando los
mexicanos quieren, o no hay burocracia.
En el mismo momento del día de
la inauguración, el director del post-grado, me
invita a dar clases más allá de todo concurso y me
dice: “usted tiene que venir a dar clases a la
escuela”. Y le digo: bueno, ¿qué curso?: “usted me
dice que curso quiere hacer”. Cuando quieren los
decanos mexicanos son expeditivos.
Yo entro a la Escuela y ahí
tengo el honor de que me trataron excelente bien.
Me nombraron jurado para sus concursos
internacionales, me invitaban para exposiciones
donde había realmente poco número de pintores, todos
muy importantes. Esto luego se continuo y fui
invitado a México a hacer una escultura de acero
inoxidable de 4,5 metros de alta.
-¿Pero no ha hecho tantas
esculturas?
-
En este caso hicieron un
simposio internacional de esculturas y yo era uno de
los 16. Efectivamente yo no he hecho tanta
escultura. Tenía aquella vieja tradición de mis 8
años iniciales, es decir, al comienzo de mi
aprendizaje.
- ¿Cómo llega a esa exposición?
-
Un escultor mexicano que estuvo
acá vio cosas mías y se acordó de ellas a la hora de
invitar. Pero creo que hice un buen papel, creo que
les gustó mucho lo que yo hice. Y por cierto tenía
un nombre estrafalario pero creo que muy al día, se
llamaba: “La Imperfección del Límite”. En un
momento en que el mundo rompe los límites de las
ideologías y de sus límites políticos, los
accidentes geográficos son de otra manera, se
asimilan de otra manera, los medios de comunicación
los anulan, es decir, anulan las distancias y todo
ese tipo de cosas. O sea, me parece que los límites
son imperfectos.
-¿O sea que el arte puede
reflejar la realidad concreta?
-
La pintura quiere reflejar
todas las realidades. No sé si con concreta querés
decir lo visual. Pero también las cosas no visuales.
Es decir, el mundo de afuera y el mundo de adentro
del hombre. La pintura tiene una ambición muy
grande, una utopía muy grande.
- Se puede enseñar la pintura.
Por lo que va de la conversación, Torres García la
enseñó. Usted quiere enseñar. O sea que no es solo
técnica.
-
Torres García enseñaba una cosa
que contaba muy bien, según mi manera de ver. Y es
que la pintura es un asunto del espíritu, no es sólo
la técnica, no sólo la aceptación o práctica de la
técnica. No, no. La pintura es un asunto del
espíritu. Es cierto que entre Torres y yo puede
haber diferencias. Él era metafísico y yo no. A mí
no me interesa la metafísica, es más, todo mi
propósito es tratar de desarmar ideológicamente todo
lo que la metafísica introduce en el arte. Obsérvese
que en cierto modo, un sicoanalista diría que yo
estoy queriendo “asesinar a mi padre”. No sé si es
justo, pero de todas maneras, es una posición
opuesta. Pero, de todas maneras, sigo recogiendo de
él la reflexión sobre el problema del arte como un
acto espiritual fundamentalmente y globalizador, es
decir, totalizador del hombre…
- Y llega a la Escuela de
Bellas Artes.
-
Llego a la Escuela de Bellas
Artes. Este año tengo como unos 57 nuevos
inscriptos. la Universidad es enseñanza superior. El
tiempo de aprendizaje, en general en las artes, es
muy largo.
-¿Y le agrada como funciona la
Escuela de Bellas Artes en el Uruguay?.
-
A mí me parece una Escuela muy
interesante, muy interesante desde el punto de vista
de su planteamiento.
- ¿Y egresan profesionales de
la pintura de la Escuela de Bellas Artes?
-
Sí, han egresado. Pero la
Escuela, tiene la idea de una formación de una
cultura ambiente, profundizada a través de la
enseñanza. Usted me preguntaba acerca de cuál era
mi relación con los jóvenes. Yo creo llevarme bien
con los jóvenes y hago el esfuerzo por llevarme bien
con los jóvenes y me sirve mucho conversar con los
jóvenes, por cierto que sí, que me sirve. A veces
pienso que ellos me enseñan más a mí que yo a ellos.
Porque las preguntas que vienen ¡son insólitas!, es
decir, son preguntas que lo obligan a repensarse
ciertos temas. Son preguntas tan “naif”, tan
ingenuas, que uno dice: “por dónde empiezo a
explicarle a este hombre cuál es el tema que yo
veo”.
- ¿Usted piensa que de esos
jóvenes van a surgir pintores relevantes?.
-
Pienso que es inevitable, creo
que es inevitable que salgan creadores. Veo gente
que tiene muchas condiciones, gente muy
inteligente. Pero la vida es muy cruel. La gente
muy capaz, eventualmente por alguna razón, deja de
pintar. Se lo lleva la correntada económica, se lo
lleva la familia. Por ejemplo, entre las muchachas,
he tenido espléndidas promesas y luego el
matrimonio, los hijos, todo ese tipo de cosas, a
veces frustra una carrera. Entonces, no se puede
decir: “este va a salir tal o cual cosa”. De
algunos sí, se ve de lejos que tienen temperamento,
diríamos así, y que esa es su prioridad. La
prioridad ya uno ve que por ese lado van a salir a
como de lugar.
- ¿Debieran haber más lugares
para enseñar pintura en el Uruguay?.
-
Está todo el interior
desguarnecido. Están todos los barrios
desguarnecidos. No sé si es importante que todos
sepan pintar, pero ….
- Usted hablaba de una cultura
sobre las artes plásticas.
-
Sí, justamente eso es lo que me
parece que podría hacerse y difundirlo.
- En los liceos hay clase de
educación visual y plástica.
-
No, no estoy nada conforme con
lo que se enseña en secundaria. Me parece que
todavía arrastran una formación académica, una
impropiedad que los orienta a la copia y a la
traducción y no a la creación. Para decirlo rápido,
¿no?. Y eso me parece un error. Es decir, hay un
pragmatismo demasiado populo-humanista en secundaria
a mi manera de ver. Yo creo que las cosas deben ser
de otra manera, deben ser de otra manera. Es decir,
hay que contemplar más al hombre en general y no
solamente que necesita dibujar cualquier cosita para
salir del paso.
- Además de Torres García, de
que otros pintores uruguayos puede hablarnos?.
-
El Uruguay es una patria de
pintores. Creo que en América toda se dice eso. Es
más, lo asombroso es ver tanto pintor de buena
calidad en un país tan poco poblado. Desde luego,
hay pintores de la talla de Torres, por ejemplo,
Barradas. Muchos recién últimamente se están dando
cuenta de que trabajó aquí un “señor pintor”, que
estaba vinculado con la “flor y nata” de la
intelectualidad poética española, con los García
Lorca, con los Miguel Hernández, con toda esa gente.
Barradas es una figura de primerísimo nivel. Pero
sin ir a Barradas, yo encuentro que hay pintores de
mucha calidad. De Simone, por ejemplo, me interesa
mucho. Me interesan mucho algunos condiscípulos
míos.
- ¿Por ejemplo?
-
Por ejemplo Montiel, queme
interesa muchísimo.
- ¿Cuál Montiel?
-
Joni Montiel hijo del escritor
Montiel Ballesteros. Lo digo sin pudor, era uno de
los pintores más inteligentes que yo he conocido,
realmente un individuo excepcional. Pero no sólo
él. Augusto es un pintor de primera línea. Augusto
Torres, el hijo de Don Joaquín, es un pintor de
primera línea.
- ¿Y de los contemporáneos, de
los más jóvenes, tiene opinión?
-
La pintura, por decir el arte
visual o por decir el arte plástico, ha estado
sufriendo últimamente giros muy importantes. Es
decir, ha habido un desplazamiento desde la tela,
diría yo, a las escenografías, a los “happenings” a
los “performances” y todo ese tipo de cosa. Es un
arte que está buscando participar de un mundo mucho
más activo. Es un desplazamiento del interés que
lleva a otras expresiones para las cuales no siempre
somos brillantes en el mundo. En principio, pienso
que algunas de ellas – por ejemplo las instalaciones
– son muy caras como para ser llevadas a cabo en
Montevideo. Cuando yo pienso que en la Bienal de San
Pablo hubo un japonés que gastó 250.000 dólares para
hacer una instalación artística, pienso: “qué
artista uruguayo puede aspirar a un respaldo de
5.000 dólares, que sería un respaldo excesivo para
lo que se está dando aquí. Un banco apoya, a lo
sumo, con 1.000 o 2.000 dólares una exposición y con
eso no se hace nada a esta altura. Es de una
pobreza franciscana. Además ya han aparecido otras
cosas, que es el “Video”, es decir, la animación.
Son nuevas vertientes de las artes visuales que no
estaban en nuestros tiempos, en que moríamos en la
tela y en el papel, lo cual no hay poca diferencia y
no pocas características.
-¿Y usted piensa que eso está
condicionando a los artistas uruguayos?.
-
Yo pienso que, en ese sentido,
en esos nuevos cambios, hay gente muy interesante.
Ahora, no sabría juzgarlos en el contexto
internacional. Pero me parece que algunos de ellos,
realmente, tienen mucho interés. En el campo de la
pintura, ahí es donde tengo más discrepancias con
los jóvenes. ¿Por qué? Porque, en parte, yo me
formé en una escuela más esteticista y ellos se
lanzan más por la libre, por “la libreta”, como
decían en Cuba.
- ¿Los estilos también?.
-
No, los estilos no. Pero
aparecen los estilos más personales. En realidad,
ahora, han surgido tantos cambios en el mundo del
arte. Por ejemplo, la injerencia en el mercado del
arte ¡es tan brutal! que se fabrican valores y se
los deja caer en función de las necesidades del
mercado, de las necesidades del consumo. Se fabrica
el “consumista”, se fabrica el gusto del consumista
y se le da un producto. Ese producto, que debe ser
renovado para mantener la entrada en el mercado hace
que un artista, de golpe, tenga una
preeminencia de 5, 6 o 10 años y luego empezar a
ofrecer nuevas alternativas si quiere permanecer en
el candelero.
- Pero ese fenómeno también se
vivió en la pintura antigua. Por lo que conozco,
pintores antiguos eran contratados por reyes y
quienes les pagaba más los tenía.
-
Sí, es cierto. Pero, por
ejemplo, dentro de esa situación se contrataba al
artista que cumplía, dentro de sus paradigmas,
dentro de su ideología, dentro de su concepción, una
obra. Pero ahora el “marchand” pide una temática,
pide un estilo, es decir, pide un producto
determinado. Ya no es la contratación del artista,
pide la contratación de un producto. Y promueve un
artista. Hay que pensarlo en términos casi
comerciales. Lo promueve a través de revistas, hace
una inversión muy grande, le exige lo que le puede
redituar esa inversión y luego lo abandona si él no
responde. Hasta el propio Picasso tuvo que bailar
en los cambios, en el ruedo de los cambios. Cada
nueva exposición tuvo que ser un nuevo Picasso.
Imaginate que nos queda para los “enanos” como
nosotros.
-¿Usted tiene un juicio
negativo sobre ese fenómeno?.
-
Creo que es un fenómeno
distorsionante. Si es negativo o no es negativo, el
tiempo lo dirá. Yo me inclino a pensar de que no es
un fenómeno que permita la decantación espiritual
que una obra de arte de elevada calidad requiere.
Esa es mi idea.
- Anhelo, usted integra una
generación que se destacó, no sólo en la pintura,
también en la literatura y en otros aspectos de la
vida cultural del Uruguay. Que en algunos momentos
ha generado juicios muy críticos.
-
No, yo no lo veo así. En mis
instantes de normalidad, no lo veo así. En mis
instantes de depresión me siento un “dinosaurio”.
Porque yo creo que entré en esa generación que fue
muy crítica, que instauró realmente un rigor muy
crítico para la apreciación y un verdadero
profesionalismo, pocas veces ejercido antes de esa
generación. No es que faltara gente antes de esa
generación, que era muy seria y muy estudiosa. No,
no. Pero, por ejemplo, el profesionalismo de un
Angel Rama o de un Emir Rodríguez, en su aspecto
crítico, en su empuje crítico, es de una profundidad
que en este país no se conocía. A mi me parece que,
por ejemplo, poetas como (para hablar de las
mujeres) Idea Vilariño o como Amanda Berenguer son
poetas de primerísima fila.
Me
parece que fue o es gente muy consecuente y muy
devota a lo que quería hacer, muy entregada a lo que
quería hacer. La palabra es “profesional”, pero no
me gusta. Esa gente creo que tiene una gran
importancia. Creo que a esa gente se le dio por la
cabeza desde el año 45 en adelante mientras iban
surgiendo y se le sigue dando. Hay una especie de
afán masoquista de hundir lo que se destaca, que
existe bastante escondido en este país.
- ¿Cuáles son los proyectos en
pintura para usted?
-
Mire, yo acabo de salir de una
exposición muy grande que se llama “Los Caudillos”,
mire que no quiero ser vanidoso que es por mi fama
internacional.
¿Por qué “Los Caudillos”?
-
Porque a mi me parece que uno
de los dilemas de nuestra época es elegir los
conductores y, en general, me parece que el
caudillaje – especulando sobre la pasión de la gente
más que sobre las razones – instauró una forma de
conducción que, para mí, no es la mejor.
Pienso que los caudillos son
buenos cuando se quedan de a pie, no cuando andan a
caballo. Es decir, el caudillo que acepta el Artigas
que dice: “mi voluntad emana de vosotros”, cosa que
quisiera ver si un caudillo contemporáneo dice: “mi
voluntad emana de vosotros”. En general, ponía su
voluntad, su personal voluntad. Y todas las guerras
civiles del Uruguay agitadas por pasiones, para la
mayor parte de las gentes aunque por intereses a
otro nivel, no favorecieron para mí el desarrollo
del país, al contrario, lo llevaron al aplazo. Si
nosotros no hubiéramos tenido esas guerras civiles,
¿quién sabe donde estábamos? Para mí, una reflexión
sobre América, no pasa por aspectos metafísicos de
América, sino por aspectos reales. Ahí tenés mi
discrepancia con Torres. Es decir, se pasa por
atacar los problemas que yo siento como reales. No
sólo una adhesión a lo telúrico, sino a lo social
también.
- Los creadores de arte y las
artes plásticas en particular se los ve protestar
poco…
-
Protestamos tibiamente. Sí
protestamos. Pero, escúchame, la protesta de un
artista, en general, por nuestra formación
individualista, herencia cultural nefasta recogida
en Europa no en América, tendemos a aislarnos,
tendemos a avanzar por las nuestras. Hay mucho de
mercado en eso. Es muy curioso, se ve avanzar a la
gente un poco a los codazos, empieza a verse aquí.
En otros tiempos no existía, porque no había
mercado. Era otro el clima. Hablábamos mal de los
demás y nos peleábamos entre nosotros, en cierto
modo la reyerta podía ser estética, en cambio ahora
la reyerta tiene connotaciones económicas.
- Anhelo; ¿qué le apasiona a
usted además de la pintura?
-
Mi mujer, mis hijos, los nietos
y los amigos. Como actividad, si quieres en otro
orden, me importa mucho escribir, trato de hacer
ensayos, trato de pensar.
- O sea, hacer teoría..
-
Hacer teoría. Y eso me apasiona
realmente. En la medida en que tengo menos fuerzas
como para encarar unos tremendos telones o dedicarme
así a eso, la máquina, la computadora me atrae más
porque sólo me obliga a mover deditos y cabeza,
¿no? Es decir, a mí la teoría me importa mucho.
- Siendo de la generación del
45, ¿no menciona el fútbol?
-
No, yo soy poco folklórico, ni
fútbol, ni mate, ni tango, ni barajas.
- ¿Ni tango ni barajas?.
-
Barajas nunca quise aprender.
Porque cuando me fui a Tacuarembó, me dije a mí
mismo: “si aprendés a jugar a las barajas terminarás
en el Club Tacuarembó jugando todas las noches a las
barajas, y nunca saldrás de acá”. Entonces me decidí
a no aprender nunca a jugar a las barajas. Me parece
una maravillosa forma de perder el tiempo y de
anularse.
- Y en Tacuarembó, que según
Benavides, es la cuna de Gardel.
-
El “Bocha”, mi discípulo en
secundaria. Tacuarembó tiene a todos ellos, toda esa
generación de poetas, casi todos fueron discípulos
míos en el liceo de Tacuarembó. Es más, muchos de
ellos muchachos en aquel momento, Benavides entre
ellos, iban a comer asados a casa. Llegaban a casa,
pasaban al fondo, traían la leña, armaban el fuego y
decían: “hoy no cocinen”, era una especie de pequeña
peña de lo que después fue la cultura tacuaremboense
viva, que hoy conocemos.
-Se lo reconoce como el
departamento que produce poesía.
-
Poesía, sí, poesía. Hay otros
departamentos que tienen otras características.
-¿Le enseña pintura a sus
nietos?.
-
No, no. Con ellos mantenemos
conversaciones culturales y por el nexo que permite
ventilar ciertos temas pero no inmiscuirse demasiado
en ellos. Es decir, lo hacemos todo como amateur,
como contempladores de la profesión del otro, ¿no?.
Y me parece espléndido que haya sido así.
- ¿La pintura no se trasmite
por génesis?.
-
De golpe sí...Tal vez es el
clima de la casa el que hace todo…
LA
ONDA®
DIGITAL |
|