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La oferta, la demanda y el salario
docente; modelo para armar
por Alejandro Morduchowicz
infopreal@preal.org
Todos hablamos de lo mismo,
pero todavía no nos hemos
puesto de acuerdo acerca de
qué estamos hablando.
Liote Robbins
Alejandro Morduchowicz es economista
y docente y consultor del IIPE-UNESCO. Este estudio
fue realizado para el grupo de trabajo profesión
docente, de PREAL (Programa de Promoción de la
Reforma Educativa en América Latina y el Caribe)
Existen
diversas teorías sobre el modo en que se
determina el salario. De cada corriente de
pensamiento se podrían deducir remuneraciones
totalmente diferentes. Algunas hacen hincapié
en factores de la oferta y otras en la
demanda. Dentro de las primeras, se
encuentran las clásicas que ahondan en la
relación entre el salario y la cobertura del
costo de reproducción de la fuerza de
trabajo. La teoría neoclásica (convencional) ha
predominado dentro de las segundas. Esta corriente
planteó un cambio en la forma de concebir los
requerimientos de mano de obra, fijando los
salarios a partir de la productividad: el
empleador continuará contratando recursos humanos
siempre y cuando el valor que añadan dichos recursos
resulte ser superior a su costo.
Este trabajo repasa el
vínculo entre el mercado de trabajo docente y
las estructuras salariales que rigen dicho
mercado. Este abordaje no puede hacerse
independientemente de su ca rrera profesional.
No obstante, aquí se recorta el análisis solo
al siguiente aspecto: se busca comprender de
qué modo la especificidad de la tarea de
enseñar impacta en la conformación de ese mercado
de trabajo. En otras palabras, se profundiza
dentro del campo sectorial del trabajo docente lo
que la economía laboral trata para los trabajadores
y empleadores en general; esto es, su
comportamiento en respuesta a los incentivos
salariales generales, precios, ganancias y
aspectos no pecuniarios tales como las condiciones
de trabajo. Estos incentivos sirven tanto para
motivar como para limitar la elección
individual
(Ehrenberg y Smith, 2006).
En otras palabras: lo que
interesa conocer es la
medida en que las instituciones
de este mercado influyen: a) en su desempeño como
trabajadores, b) en el de las organizaciones en las
que trabajan y, como consecuencia, c) en los
alumnos. Solo se analizan aquellos aspectos que
muestran qué es lo que este sector tiene en común y
de diferente con los demás mercados de trabajo y las
teorías que intentan explicarlos.
El análisis se desarrolla en un
plano meramente teórico y, en algunos casos, hasta
conjetural. La evidencia aportada por los
especialistas sustenta posiciones que, como en otros
tantos debates, a menudo es contradictoria y, por
eso, no siempre concluyente: de uno y otro lado se
pueden mostrar resultados con corolarios
totalmente encontrados. Curiosamente, a medida
que se tornan más cuantitativos, los trabajos
adquieren un cariz más ideológico, al apoyarse
solo en aquellos datos que avalan las posiciones
de sus autores. Como en numerosos temas de
política educativa, un aspecto llamativo de
los estudios sobre el mercado de trabajo
docente es que en varios puntos existen
coincidencias sobre qué hacer, pero no sobre cómo
hacerlo.
Lo que sigue no pretende
ser un compendio de las corrientes de la
economía laboral aplicadas al mercado docente.
La literatura es vasta y el objetivo se
limita a revisar algunos de los aportes más
sustantivos que podrían contribuir a la
construcción de una agenda para la discusión
y análisis del problema. El fin último es
más bien modesto: no se encontrarán nuevas
orientaciones de política, solo se aspira a
ordenar los aportes que permiten comprender
los motivos por los cuales resulta tan
difícil definir nuevos criterios prescriptivos.
Los temas que se tratan en
el documento tornan inevitable el uso de una jerga
ampliamente difundida (y necesaria) en la
teoría económica. Cierta terminología puede
chocar con la tradición semántica que resulta
habitual en el campo de la educación. Concreta
mente, términos como oferta, demanda, mercado
laboral, productividad, son de uso común y, en el
contexto del análisis salarial al menos el que se
intenta en este trabajo, no tienen ninguna carga
ideológica más allá de la que le quieran
atribuir (desprevenidos) lectores.
A estos efectos, en la
primera parte se reseñan algunas
características sobresalientes del mercado de
trabajo docente. Otros aspectos se discuten en
la segunda y tercera sección, que tratan sobre el
modo en que la oferta y la demanda influyen
en la definición del salario docente. Así, se
revisan las distintas hipótesis sobre el vínculo
entre las remuneraciones y la cantidad de personas
que trabajan en el sector, la determinación de
la demanda de maestros, el ciclo económico, la
productividad, las condiciones laborales, los
adicionales salariales y los aspectos
referidos a la evaluación. De ese modo, se
consideran los posibles efectos de las
decisiones que adoptan los docentes, tanto al
inicio y durante la etapa de su formación, por
un lado, como las que siguen una vez
insertos en el mercado laboral, por el otro.
A su vez se tiene en cuenta el entrelaza
miento que existe entre los factores motivacionales
y los incentivos que influyen en la disposición a
permanecer en la carrera o a retirarse de ella. A lo
largo del documento se reseñan las medidas que se
han estado sugiriendo o implementando para
superar problemas de escasez y mejorar el desempeño
docente.
I.
El mercado de trabajo
El principal enfoque económico
para analizar los mercados laborales es el de la
teoría neoclásica. Esta concepción se apoya en
cuatro supuestos: las organizaciones intentan
maximizar ganancias; los recursos humanos son
homogéneos y, por ende, intercambiables;
la retribución
pagada refleja la productividad; y el mercado
de trabajo es de competencia perfecta.
A partir de ahí, la
retribución de equilibrio se determina a través
de la interacción entre la oferta (fuerza
laboral) y la demanda agregada (empleadores).
Se deduce que cualquier nivel salarial
diferente al de equilibrio producirá políticas
ineficientes que alejarían a la organización de la
maximización del beneficio, por lo que se
considera que la política óptima de competitividad
externa es aquella que viene dada por el mercado
(Gómez Mejía y Sánchez Marín, 2006).
Ante la discordancia de
estas aproximaciones con la realidad, enfoques
más recientes comenzaron a relacionar el
mercado laboral con facto res institucionales
en un intento por explicar el nivel de
retribuciones y la propia dinámica del
mercado. Estas nuevas líneas de pensamiento no
refutan la teoría económica convencional, pero
reconocen la discrecionalidad que poseen las
organizaciones para determinar y diseñar su
estructura salarial, además de tomar en cuenta
los mecanismos que podrían obstruir el normal
funcionamiento del mercado. Asimismo, y como
crítica a dicha teoría, se señala que tal
visión rara vez consigue propiciar el equilibrio y
eliminar las inequidades que suelen situarse
en base a ella y además, la competencia perfecta
suele ser más bien la excepción que la regla en el
funcionamiento del mercado (Gómez Mejía y Sánchez
Marín, 2006).
1. Algunas características
generales
Desde un punto de vista
económico, el mercado de trabajo docente presenta
una serie de rasgos que hacen que su estudio y
las relaciones sala riales que de él se
derivan merezcan un trata miento particular.
Brevemente, Santiago (2004) destaca su carácter no
competitivo; al menos, si se lo compara con otros
sectores. Entre los factores distintivos que el
autor señala encontramos la importante presencia
del sector público y las instituciones
fuertemente arraigadas que explicitan
taxativamente las formas de contratación, se lección
y permanencia de personal, a las que se agregan
las fallas del mercado, principalmente, las
derivadas de la información asimétrica. Por su
parte, Mizala y Romaguera (2005) destacan las
dificultades que plantea la medición de la
productividad.
Las limitaciones para describir
el sector docente según el canon tradicional
radican en la profusión de regulaciones estatales
que alejan a este mercado del prototipo ideal de la
teoría, menos cabando la capacidad de la mano
invisible de alinear la oferta y la demanda.
Por un lado, es el Estado que acredita el
ejercicio profesional y, adicionalmente, la
mayor parte del personal es empleado en escuelas
del sector público. Simul táneamente, la
determinación de los programas curriculares,
que inciden en la relación agrega da de
alumnos por docente, el tamaño máximo
del aula, lo mismo que las
cuotas de ingreso en institutos de formación
docente, son otras de las variadas herramientas de
las que dispone el aparato estatal para incidir
sobre la oferta y deman da laboral (Santiago,
2002). Además, con sus respectivas
particularidades, en la mayoría de los países de
la región se identifican, entre otros, los
siguientes denominadores comunes: hay una norma
(Estatuto del Docente), a nivel nacional,
provincial o estadual que regula la actividad; los
maestros deben reunir los requisitos
establecidos por el gobierno nacional o
regional para ejercer la docencia; y existe una
carrera que estipula el ingreso, permanencia,
ascenso y retiro de los docentes.
Esta alta centralización y
formalización no solo no obstaculizó el desarrollo
de los sistemas educativos, sino que trajo aparejado
varios aspectos positivos para sus distintos
actores. Estas ven tajas, todavía presentes,
contribuirían a explicar su vigencia. Entre
ellas se pueden destacar las siguientes: la
administración de los recursos humanos se
lleva a cabo bajo parámetros neutros en los
que existen reglas de juego que limitan y protegen
a todos los actores: tanto a los de la
administración central como a los de las
escuelas; la norma, frente a eventuales
conflictos con el personal, ofrece el necesario
marco de seguridad al director, cuyo aislamiento le
niega la contención que brindan las jerarquías
en las grandes organizaciones; al menos en
teoría, se reduce a su mínima expresión la
energía que insume la mediación de conflictos y,
desde un punto de vista operativo, las acciones
repetitivas y estandarizadas hacen muy fácil
que el seguimiento de las reglas se
convierta en un hábito automático e, incluso,
en una necesidad (Mayntz, 1993); y en conexión
con los puntos anteriores, la norma genera
las condiciones necesarias para limitar la
corrupción y la discrecionalidad.
A pesar de esta serie de
ventajas, la administración docente se ha ido
complejizando, deteriorando y/o mostrando serias
limitaciones para la prosecución de los
objetivos de eficiencia, equidad y calidad.
La presencia gubernamental
es tan extendida que el Estado interviene no
solo sobre la oferta y la demanda docente,
sino también sobre su mecanismo de ajuste: las
remuneraciones, en las que predominan las escalas
salariales uniformes fijadas centralmente. Para la
teoría convencional, esto significa una
obstrucción en el funciona miento del precio
como principal herramienta de alineación de la
oferta y la demanda en un mer cado competitivo.
2. El salario como
instrumento de política Educativa
Como se ve, el mercado de
trabajo docente tiene tantas particularidades que su
comprensión parecería escapar al saber
económico convencional. Este saber es, sin embargo,
útil a los efectos de dilucidar varias de sus
peculiaridades, además de permitir rastrear los
orígenes de algunas pro puestas de cambio de los
últimos lustros que solo apuntan a los efectos y no
a las causas. Pero no se trata de quedarnos en
el simple diagnóstico. El análisis económico
de la oferta y demanda docente sirve, como
mínimo, para coadyuvar a la discusión de las
acciones dirigidas a resolver dos de los
principales desafíos que se presentan en este
mercado: la atracción y la retención de
buenos docentes. Esa misma indagación podría
aportar simultáneamente a la discusión de una
estrategia que promueva un mayor compromiso en
el desempeño profesional.
Habitualmente se considera
que la política sala rial es uno de los medios
disponibles para alcanzar esos objetivos, aunque
la estructura salarial de cualquier
organización no sea más que un plan de
compensaciones monetarias a los miembros que la
conforman. Los criterios generales que subyacen
y sustentan una escala remunerativa no difieren
entre las distintas ocupaciones. Por eso, incluso
si la literatura que aborda el tema intenta
transmitir ciertas características propias de
las actividades que se analizan, no siempre
refleja con eficacia las diferencias que hacen
que determinados principios se apliquen a un gremio
y no a otro.
Así, por ejemplo, hay consenso
en señalar que la formulación de propuestas de una
estructura salarial en educación debería contemplar
que: se reconozca monetariamente los mayores
niveles de conocimiento y pericia pedagógica;
se estimule la atracción y retención de
buenos docentes; se contemple alguna/s medida/s de
carga de trabajo; y se aliente a los docentes de
mejor desempeño (Alexander y Salmón, 1995).
Como se puede observar, si
en la formulación de estos principios generales se
sustituyeran los calificativos docente o
pedagógico por cualquier característica de los
trabajadores o profesionales de otro sector,
estos continuarían teniendo plena validez. No
obstante ello, el diseño y la instrumentación
definitivos de un régimen salarial de un
colectivo determinado responde, en cada caso, a
los elementos distintivos del trabajo que se debe
remunerar.
Generalmente, los estudios
sobre la cuestión salarial docente enfocan su
atención en el trata miento de las alternativas de
acción frente a los diferentes diagnósticos.
Estos suelen concentrarse, según el caso, en el
bajo desempeño de los maestros, la escasez de
docentes, la dificultad de atraerlos a
determinadas zonas geográ ficas, escuelas y
disciplinas. En las secciones que siguen, no
se soslayarán esos aspectos, sino más bien
todo lo contrario. Se intentará, sin embargo,
situar el análisis de estos factores dentro del
marco más general (y causal) de la dinámica de
la oferta y demanda de trabajo docente.
II. La oferta
Aunque la demanda es
importante, las preocupaciones tradicionales
respecto a la atracción de docentes se orientaron
a la determinación de la oferta. Los estudios y
las medidas de política se focalizaron en las
eventuales respuestas a las acciones destinadas
a captar mejores profesionales. La reflexión
económica de los cambios de la oferta de trabajo
sectorial se centra en los motivos por los que unas
personas optan por seguir la carrera docente y otras
que, habiendo optado por ella, abandonan la
profesión (Zabalza et al., 1979).
Las investigaciones
consideran, esencialmente, la influencia de
tres variables: los ingresos, las demás
condiciones laborales, y el nivel de empleo
del resto de la economía, incluyendo las va
riaciones producidas por el ciclo económico.
Dentro de los ingresos deben
contemplarse: el salario inicial tanto en la
docencia como en trabajos alternativos; y el flujo
de ingresos (aquí también el propio y el relativo a
otras ocupaciones).
La distinción de las dos
primeras variables se realiza teniendo en
cuenta que una persona puede alentar
expectativas de permanecer poco tiempo como
docente y, por lo tanto, podría no importarle
mucho el monto de sus salarios futuros, más
allá de un determinado período. A su vez, la
cantidad de oferentes puede cambiar según sea la
magnitud de la tasa de desempleo, la existencia
de ocupaciones alternativas, el prestigio, la
cantidad de horas de trabajo, la estabilidad en el
empleo, los beneficios supletorios y el costo de
ingresar a una nueva ocupación (v.g. tiempo de
capacitación y el apoyo que reciben para
hacerlo).
La literatura especializada no
ignora la importancia de los factores no económicos,
solo que tiende a omitirlos para concentrarse en los
ingresos, que forman parte de su campo
privilegiado de reflexión. En cuanto a los
factores no económicos, se postula una
relación funcional directa y positiva:
manteniendo todo lo demás constante, a mayores
ingresos, aumentará la cantidad de personas
dispuestas a trabajar como docentes respecto a
otras ocupaciones.
La capacidad de predicción del
modelo depende de la respuesta de la oferta ante una
variación en la remuneración (es decir, de la
elasticidad). Esta reacción, a su vez, variará según
sea el nivel del salario de reserva, esto es, aquel
por debajo del cual las personas:
dejan de buscar otras opciones
laborales, no aceptarían un trabajo alternativo, o
si se encuentran empleadas, abandonarían su
trabajo.
Si la dificultad para
atraer o retener buenos docentes se debiera
puramente al nivel de ingresos, esto
significaría que el salario de reserva de aquellos a
quienes se intenta captar es superior al que el
sector está dispuesto o en condiciones de pagar.
Dadas las distintas
preferencias que definen la función de
utilidad de cada individuo, las personas
elegirán la ocupación en la que el flujo de
beneficios monetarios y no monetarios sea más
alto que los costos. Como las preferencias
son un dato del modelo, las variables
económicas pasan a ser lo más relevante. De no ser
así, habría que introducir en la función de
oferta todos los aspectos sociológicos,
históricos, culturales, económicos y políticos
que pueden influir en la decisión de trabajar
más o menos tiempo.
Asimismo, correspondería
analizar hasta qué punto lograrían incidir las
acciones derivadas de las políticas públicas que se
vinculan con todos y cada uno de esos factores.
Para la teoría, el salario
influye en el esfuerzo que el trabajador está
dispuesto a realizar. Acá se postularía para el
docente el comportamiento típico que es dable
esperar de cualquier persona que tiene que elegir
entre el ocio y la renta. En rigor, el docente
sintetiza sus alternativas en esas dos opciones que,
a su vez, se encuentran condicionadas por una serie
de factores económicos y no económicos. Así, la
conducta de un docente empleado por una cantidad
determinada de horas que pudiendo incrementar
su dedicación no lo hace, se explicaría por su
preferencia relativa por un mayor ocio. Si, por el
contrario, estuviera previendo un mayor gasto a
futuro, podría resignar (algo de) su tiempo libre
para satisfacer alguna de esas necesidades.
A su vez, ese salario es el
costo de oportunidad cuando elige una hora más de
ocio; en otras palabras, es el ingreso al que
renuncia cuando no trabaja. Asimismo, los
potenciales docentes los docentes atraíbles o los
que piensan alejarse de la docencia, analizan cuánto
ganarían si eligieran otra ocupación. Por eso, no
solo deben observar se los movimientos salariales
dentro de la profesión, sino también los que
se verifican simultáneamente en otras. Los
aspectos no pecuniarios, tales como los mayores
períodos de vacaciones respecto a otras
ocupaciones, la estabilidad en el empleo y
demás beneficios supletorios, también integran
las variables que los docentes contrastarían
al momento de su elección (Hernán Limarino,
2005). Tan importantes son todas estas variables que
Murnane y Olsen (1989) consideran ese costo de
oportunidad como uno de los factores
determinantes para comprender los motivos de la
eventual permanencia dentro de la profesión docente.
A diferencia de otros sectores,
en el corto plazo la oferta de trabajo se supone
totalmente inelástica: esto es, la cantidad de
docentes disponibles se encuentra dada y no es
capaz de reaccionar a las variaciones de precios.
Es decir, a los efectos analíticos, no se
contempla la posibilidad de que en ese lapso
ingresen al sector otros trabajadores no formados
cuando varía su precio de reserva. En la
docencia, donde la preparación requiere entre
tres y cinco años, la posibilidad de reacción
duraría como mínimo ese lapso. Por lo tanto, en
ese período la oferta de trabajo po dría
llegar a ser independiente de la evolución y del
nivel del salario real e, incluso, hasta
podría llegar a influirlo en función de su
abundancia o escasez.
En cuanto al largo plazo, la
teoría se ciñe al análisis tradicional. Se
plantea la existencia de una curva de oferta,
es decir, un locus de infinitos puntos en
los que, para cada nivel de ingresos, hay
una cantidad determinada de personas dispuestas
a emplearse como docentes. Esto, a su vez, se debe a
que hay diferentes cantidades de trabajadores con
sus respectivos salarios de re serva: según
sea la tasa salarial, la cantidad de trabajo
ofrecida puede variar.
En síntesis, primaría una
relación positiva entre los salarios y la oferta:
a mayores ingresos, una mayor cantidad de
personas estarán dispuestas a emplearse en el
sector. No obstante, podría ocurrir que con
un bajo salario, la oferta, lejos de
disminuir, se mantenga constante y según lo
que suceda en el resto de la economía hasta aumente.
Ello podría deberse a que, por ejemplo, la
situación de pobreza o desocupación en la
familia obligue a los docentes a incrementar
su dedicación horaria o, directamente, dispare
su interés en emplearse en el sector educativo. Esto
permite comprender por qué en épocas de crisis o
de dificultades económicas aun con salarios
deprimidos se incrementa la cantidad de
matriculados en las carreras de formación
docente. Parecería que durante los períodos de
holgura, los salarios más bajos en términos
relativos a otras ocupaciones atentan contra la
atracción de jóvenes a la docencia.
1. La retracción de la
oferta
Cada uno de estos factores
podría servir de base a un menú de estudios
empíricos. Por ejemplo, es posible que los
salarios docentes (como los del resto del
sector público y de la economía) se vean
influidos por el desempleo. Además, si los
salarios del sector privado no son rígidos, es
probable que la situación del mercado general de
trabajo también influya en los salarios
relativos (Falch et al., 2008). Si, como se
presume, ante las dificultades económicas se
inscribieran más jóvenes en las carreras de
formación docente, no debería descartarse que
una parte de ellos abandone la docencia al
mejorar la situación económica.
Dolton et al. (2003) indagan
sobre el vínculo entre el ciclo económico y este
mercado de trabajo. Se interrogan, entre otras
cosas, sobre la dificultad de reclutar docentes en
una economía fuerte y con bajo desempleo. En
sentido contrario, se preguntan qué ocurre
cuando hay una recesión o una crisis, dadas
las perspectivas de estabilidad y de salario
seguro que garantiza el sector. En otras palabras,
se preocupan por el modo en que el ciclo afecta si
es que lo hacea la oferta docente. No hay mucha
evidencia empírica so bre el tema y la que hay,
referida principalmente a los países más
desarrollados, no es concluyente.
Más interesante y menos
frecuente es el abordaje de la relación que
existe entre el mercado de trabajo docente y
el desarrollo tecnológico que eleva la
productividad en otros sectores de la economía (Dolton
et al., 2003). En estos sectores, el salario
tiende a crecer por varios factores
concurrentes que forman parte del mismo
fenómeno: el cambio tecnológico que hace
más productiva la mano de obra y permite, por lo
tanto, aumentar las remuneraciones;
el probable
incremento en la demanda de empleo para
aprovechar y potenciar el avan ce generado en esos
ámbitos; y la atracción de trabajadores
con mayor capi tal humano (Lakdawalla, 2001).
Mientras eso ocurre, se
manifiesta una caída del salario relativo en los
sectores donde el desarrollo productivo no se
verificó y no se incrementaron las
remuneraciones. En nuestro caso, se trata del
mercado de trabajo docente que contrae su oferta
debido a las mejores oportunidades que se ofrecen en
otras actividades (debe recordarse que se trata del
largo plazo).
Pero como los problemas no
vienen solos, la eventual incidencia de este
fenómeno se habría visto acentuada con el
correr de las últimas décadas por dos
motivos, uno en la órbita de la oferta de
empleo y otro en la esfera de la de manda de
escolarización. El primero se relaciona con el
crecimiento de la inserción de la fuerza de
trabajo femenina en el mercado laboral. La
eliminación de barreras a las mujeres que ahora
disponen de más opciones profesionales y que,
en consecuencia, compiten con la docencia, ha
presionado aún más sobre la disponibilidad de
recursos humanos en el sector. El segundo se
vincula con la ampliación y, en muchos
países, la universalización, de la cobertura
escolar. Ello indujo a un aumento en la demanda de
docentes, en un período en que el contexto
es más bien propicio para perderlos.
Todos estos sucesos podrían
contrarrestarse si el sector tuviera un
crecimiento en la productividad o pudiera
reaccionar tecnológicamente. Pero la educación forma
parte del selecto grupo de actividades en que esta
adaptación resulta difícil, si no imposible. Las
reformas que promueven una mayor duración de
la formación inicial (además de su eventual
cambio curricular y organizacional) constituyen
un tímido intento por mantener la brecha con
el resto de las profesiones cuyas credenciales
vía posgrados, maestrías, o doctorados han
venido aumentando en los últimos lustros. En
cuanto a la cuestión tecnológica, también se
generaron expectativas, generalmente ligadas a
la educación a distancia: primero con la radio
y televisión, luego con las computadoras personales.
La llamada enfermedad de los costos de Baumol (1967)
contribuye a explicar en buena medida esas
dificultades: hay ámbitos donde la prosecución
de una actividad requiere hoy la misma cantidad
de personas que hace 200 años, independientemente
del impresionante desarrollo que las fuerzas
productivas experimentaron en los últimos dos
siglos. El ejemplo emblemático que se suele citar
para ilustrar este punto es que, tanto entonces como
ahora, la ejecución en vivo de un cuarteto de Mozart
requiere de cuatro personas.
Por estas razones se
alertaba sobre el peligro de desaparición que
corren ciertos sectores que se van rezagando
tecnológicamente. La migración de trabajadores
de los ámbitos con menor progreso a los de mayor
desarrollo debería con trarrestarse mediante en un
aumento salarial que permita retenerlos. En
condiciones normales, si la oferta de un recurso
cae y, reforzando el efecto, su demanda aumenta, el
precio tendería a in crementarse, pues habría
una mayor competencia por ese factor escaso
(personal docente, en el caso que aquí nos ocupa).
Pero, de verificarse este fenómeno, eso traería
de paso aparejado un incremento en los
costos, difícil de afrontar debido,
precisamente, al retraso tecnológico relativo.
De ahí la alarma sobre los riesgos de
supervivencia de estos sectores bajo
condiciones de libre mercado y la necesidad
de recurrir a fuentes alternativas para solventar
esa presión en los costos.
Un caso emblemático es el de
las artes interpretativas. Desde hace siglos han
logrado superarse las restricciones financieras por
medio de mecenas; en la actualidad, los
auspiciadores particulares y los subsidios estatales
contribuyen a paliar la eventual escasez de fondos
para afrontar esos mayores gastos relativos.
Otras vías han sido la profusión de
festivales musicales en los que tienden a
concentrarse los espectáculos y la
proliferación de conjuntos de cámara que requieren
de menos concertistas. Pero a nadie se le
ocurriría disminuir el tiempo de ejecución de
un adagio para dar lugar a una mayor
cantidad de audiciones, o convocar aficionados o
estudiantes de conservatorio para actuar en
orquestas filarmónicas prestigiosas.
2. La calidad en riesgo
De modo similar al resto
de los sectores, es la interacción entre
oferta y demanda la que de termina una
eventual situación de escasez o abundancia. En
particular, a los administradores educativos
les preocupa la situación de esca sez.
Sintéticamente, se dice que faltan docentes cuando
no es posible cubrir las vacantes con los perfiles
deseados. Por eso, la cantidad de aspirantes
que se presenta a los concursos, o que
intentan ingresar a la docencia no es una buena
medida para cuantificar un eventual déficit: lo que
cuenta es si los que se postulan poseen los
atributos requeridos para los cargos. La
presencia de personal con menor calificación a
la pretendida estaría revelando una situación de
escasez oculta (Santiago, 2002). Estos
escenarios son comunes tanto en países en
vías de desarrollo como en los más
desarrollados. En función de estos desajustes,
que en definitiva terminan sien do resueltos de un
modo u otro, diversas contribuciones plantearon
la distinción entre oferta y oferta de calidad.
El argumento se centra en que los problemas de
escasez docente rara vez se traducen en una
insuficiencia cuantitativa sino en una cualitativa.
Debe recordarse que la
segmentación de este mercado potencia las
dificultades para captar personal. La
diferenciación de las competencias requeridas puede
llegar a ser tan grande que no es posible
sustituir trabajadores sin que ello redunde en
una gran de pérdida de productividad. En general, se
considera que los mercados son segmentados cuando se
requiere, como mínimo, un año adicional de
capacitación de trabajadores de otros ámbitos
para ingresar al mercado en cuestión (Webster
et al., 2004). La escasez se resuelve
frecuentemente a costa de la calidad, a
través del relajamiento de los estándares
exigidos, o mediante una exención de requisitos de
entrada. Dicho de otro modo, una de las
alter nativas del gobierno principal
empleadores, a ese menor salario relativo (lo
que no significa una caída de su valor absoluto),
contratar trabajadores que probablemente sean
de una menor calidad, productividad o
desempeño que el que se habría presentado a
no ser por los cambios producidos en la economía
y, por lo tanto, en el mercado de trabajo en
general. De esto no se deriva que todos, ni
siquiera la mayoría de los educadores,
respondan a estos patrones. Esto implicaría
suponer que solo el factor salarial cuenta en
los movimientos en la oferta (más adelante se
hará referencia a su importancia relativa).
La recurrencia de este
fenómeno ha provocado una ferviente discusión
acerca de la eficacia de las distintas
políticas orientadas a solucionar tales
desequilibrios. Su naturaleza y efectos
dependen en gran medida de su horizonte de
acción. La restricción temporal impuesta a la
expansión del cuerpo docente calificado, dada
por la duración de la carrera de formación, hace
que en el corto plazo se deban satisfacer
las necesidades contratando personal no
calificado. En consecuencia, la solución
cortoplacista a este problema redunda en detrimento
de la calidad de la educación.
Este sacrificio, y el
posible deterioro que entrañan las soluciones de
ese tipo, pone de manifiesto la necesidad de
abordar estos problemas de escasez mediante
políticas de largo plazo. Más aún si la
competencia con otros sectores deviene en una
pérdida paulatina de potenciales buenos
docentes. En este lapso, el equilibrio entre oferta
y demanda depende, en mayor medida, de ajustes en
los salarios y del resto de las condiciones
laborales.
Salario absoluto y relativo
Aun cuando se acepte el
diagnóstico sobre la escasez de oferta y las
causas que podrían haber originado ese déficit, no
existe consenso sobre la efectividad del salario
como medio de atracción y retención de buenos
docentes. Sin embargo, algunos sistemas y
analistas han comenzado a apostar a un
salario inicial competitivo para atraer a
potenciales buenos docentes (Barber y Mourshed,
2008). El punto reviste interés no solo para el
personal involucrado (se trata nada menos que de
su nivel de ingresos) sino también para los
responsables de instrumentar las políticas
educativas: de su correcta dilucidación depende
la posibilidad de contar con un instrumento
que, técnica e intuitivamente, se considera
poderoso para lograr esos fines. De ahí las
discusiones sobre el nivel salarial docente o, en
forma más di recta, el estudio sobre lo bien o mal
remunerados que se encuentran los docentes en
términos ab solutos y relativos, tanto respecto de
su poder de compra y nivel de vida como con relación
al resto de los trabajadores de la economía.
Como la información disponible
sobre las escalas salariales docentes se acerca
mucho al ideal de perfección requeridos por la
teoría económica neoclásica, Temin (2003) postula
que los
docentes no deberían
considerarse mal pagados ya que, en la medida
que no es coercitivo trabajar en el sector, la
cantidad que lo hace a ese precio se corresponde
naturalmente con determinadas motivaciones,
gustos, habilidades y características
personales. Dicho de forma más directa, antes
de entrar a la actividad, los docentes
conocían la escala salarial: no hubo engaño.
No obstante, para que ello sea completamente
cierto, no debería haber jamás un deterioro
de los salarios reales en el tiempo ni respecto de
otras ocupaciones. Caso contrario, se podría
argumentar que el docente eligió esa ocupación a un
ingreso dado absoluto y relativo , que ya no es
el vigente.
Asimismo, Wenders (2004)
señala que los docentes siempre enfrentarán
la opción de ocu paciones alternativas en las
cuales los salarios son menores a los que reciben
en la actualidad, por lo que no será difícil
encontrar quienes estén peor remunerados. De
otro modo, se entra ría en contradicción con
uno de los principios fundamentales de la
economía convencional: que las personas eligen
las mejores opciones disponibles. Sin embargo,
el autor señala que a pesar de ello cualquier
discusión sobre el salario, aunque sea para
analizar el funcionamiento del mercado de
trabajo, caerá casi inevitablemente en alguna
consideración sobre la justicia del ni vel
salarial y en especulaciones metafísicas que van más
allá del posible aporte que puede hacer el análisis
económico. Según Weders, las condiciones laborales y
demás motivos no pecuniarios no modifican en lo
esencial la situación. Si estas condiciones fueran
tan valoradas, las personas aceptarán,
probablemente, un menor salario y viceversa.
Por lo tanto, en términos de la decisión ocio
renta, los docentes optarán por la combinación
monetaria y no monetaria que más los
satisfaga.
Distinto sería el caso si
lo que se desea es atraer a docentes de un
potencial diferente y superior al actual. En tal
situación, cabría reflexionar sobre la
factibilidad de diseñar propuestas acordes,
entre las que se encuentra la mejora
salarial. En esta línea, la cuestión sería
hallar, por ejemplo, la (mayor) suma que
debería abonarse a un potencial estudiante de
ingeniería para que, en cambio, opte por la
docencia en física, matemática o una
disciplina afín. Ahora bien, más allá de las
restricciones fiscales que limitarían ese curso
de acción, podría ocurrir que ante el aumento
del salario docente no re accionen quienes:
a) se encuentran empleados en otras
ocupaciones, b) serían potenciales candidatos a
la docencia pero eligen otras pro fesiones o,
c) estaban por alejarse del sector. Si ello es
así, probablemente, desde un punto de vista
económico el salario relativo de la docencia
respecto de los demás trabajadores resulte irre
levante (Podgursky, 2005).
Como se dijo, no en vano son
tantas las controversias sobre la efectividad del
salario como factor de atracción y retención de
buenos docentes. Esto explica, además, la
cantidad de intentos que se realizan
habitualmente para dar cuenta de su correcta
medición. Se proponen mediciones de diverso tipo:
temporales salario real o su poder de compra
respecto de canastas de con sumo dadas y
transversales, entre las que se encuentran las
que consideran su relación con el producto per
cápita, en comparación con otros países u
ocupaciones, además de todas aquellas otras
indagaciones que pueden realizarse, solo
limitadas por el actual estado del arte. A su vez,
este análisis se suele aplicar a los diferentes
momentos de la carrera docente (inicio, mitad
o fin de la trayectoria).
Las comparaciones
Cuando se fijan
remuneraciones para distintas categorías de
docentes, se conforma una escala salarial buscando
el valor absoluto de un salario que puede o
no contemplar el de los demás trabajadores.
De esta forma, implícita o explícitamente, se
establece una estructura de salarios relativos que
abarca el rango que va desde el mínimo hasta
el máximo nivel salarial que es posible alcanzar en
la carrera de un docente. Pero la definición de
la estructura salarial no debe atender solo a su
armonización interna, sino que debe tener
presente la valoración respecto a otras
profesiones, ocupaciones y ramas de actividad
dentro de una misma sociedad. Estas comparaciones
con otros ámbitos laborales pueden ser
consideradas en forma explícita o implícita en
los sistemas educativos en el momento de la
formulación y negociación salarial.
Respecto de las ocupaciones con
las que es posible comparar, los análisis han
sido muy varia dos. Algunos han osado
trascender las convenciones usuales. Así,
Podgursky (2005) compara los ingresos docentes
con técnicos de laboratorio, trabajadores
sociales, bibliotecarios, policías, enfermeras,
programadores informáticos, ingenieros y
administradores. A su vez, la AFT (2007) los
contrasta con algunos de esos sectores,
incluso, con los abogados. No obstante, el análisis
más pertinente fue llevado a cabo por Hernani
Limarino (2005), quien analiza las diferencias
salariales entre los docentes y otros trabajadores
para diecisiete países de América Latina. En
su estudio encuentra que tanto la dirección
como la magnitud de las diferencias salariales
entre los docentes y otras categorías
ocupacionales dependen de la definición del
propio grupo de contraste. En su abordaje los
compara con:
el promedio de los
trabajadores de la economía;
aquellos con
estudios secundarios completos; y
los administrativos,
técnicos y profesionales. Este último grupo parece
ser el más válido para el análisis. Otra vez, la
evidencia empírica no es contundente: en algunos
casos los docentes se encuentran mejor
remunerados y en otros sucede lo contrario.
A su vez, cuando se
contrastan los salarios con otras ocupaciones,
se tiene especialmente en
cuenta la remuneración por
hora trabajada ya que, en promedio, los
docentes suelen tener una menor carga horaria
que otros profesionales. En los países de América
Latina estudiados por Liang (2000) y Hernán
Limarino (2005) se observa que cuando se integra
este aspecto, los docentes suelen tener mayores
ingresos. Desde un punto de vista conceptual,
entonces, el salario por sí mismo no debería
estar constituyendo un impedimento a la atracción
de buenos docentes. No obstante, tal como recuerdan
Vegas y Umansky (2005), podría ser un escollo
para alcanzar dicho objetivo si el salario de
reserva de los docentes fuera el ingreso
total y no el ingreso horario.
Al constatar las mayores
variaciones temporales en las demás ocupaciones
respecto de los docentes, habría que explorar su
vínculo con la productividad. Si se sigue esta
línea, el primer tema a tener en cuenta sería
cuantificar las brechas existentes. De
confirmarse este hecho, debería indagarse cómo
financiar las remuneraciones para mantener
estables los ingresos relativos. Esto, siempre
y cuando se aspire a frenar el drenaje de
largo plazo de potenciales (o reales) buenos
docentes si esta fuera efectivamente la causa.
Otro factor que influye en
las diferencias sala riales entre ocupaciones
se debe a la distinta duración de los
estudios. En parte, la teoría del capital
humano contribuye a explicar las variaciones:
la mayor duración de los estudios constituye una
postergación de ingresos y exigiría una remuneración
futura más alta para compensarla. Además,
apuntalando ese efecto, esos mejores ingresos
estarían reflejando la mayor productividad
derivada de la mayor cantidad de años de
inversión en las personas. Esto, por ejemplo, se
observa en la propia docencia: los profesores del
nivel medio, con más años de formación, suelen
tener salarios horarios más altos que sus
pares del nivel primario. A igualdad de condiciones,
es posible calcular cómo los sistemas remuneran
esa prima por la preparación adicional. El mismo
tipo de análisis podría hacerse respecto de
lo que perciben los docentes titulados
respecto de los que carecen de título.
La importancia de los
factores de oferta en la determinación del
salario también se suele explorar por medio
de comparaciones internacionales. Se podrían
hallar situaciones en las que difiere el
poder de compra de los salarios entre
países, aun ante similar
comportamiento de algunas variables como la
formación inicial, carga de trabajo,
disponibilidad de recursos humanos, experiencia,
desempeño, relación del salario res- pecto del
ingreso percápita e, incluso, el tamaño de los
sectores públicos. En estos casos, podría
aventurarse que el salario estaría reflejando
el distinto costo de reproducción socialmente
necesario de la fuerza de trabajo y que eso
explicaría las diferencias. Ello incluye la
influencia de aspectos sociales, económicos,
culturales, históricos y geográficos. Aunque
parezca sincrético, estos factores contribuyen
a definir los salarios de reserva de cada
persona. Luego, la interacción con la demanda
podrá hacer variar el precio de la fuerza de trabajo
y determinar, finalmente, la cantidad contratada.
La educación privada
Desde un punto de vista
estrictamente económico, el sector privado en
educación es, a priori, el candidato ideal para
analizar el salario docente en el sector público
relativo a otras ocupaciones. Especialmente por
tratarse de la misma fuerza de trabajo, sería el
sector por antonomasia para establecer dichas
comparaciones. Aunque en diferentes
proporciones, según el sistema educativo de que
se trate, una parte del mercado de trabajo docente
desarrolla su labor en escuelas privadas. En algunos
países esos centros se rigen, directa mente, por
las escalas salariales vigentes en el sector
estatal. En otros oscila, con poca dispersión,
alrededor de estas últimas remuneraciones. Es
esencial al argumento recordar que no hay
regulaciones que le impidan a las escuelas privadas
incrementar los haberes si así lo desean.
Sin embargo, contra lo que
podrían sugerir algunos analistas (Wenders,
2004), no se puede recurrir a la comparación
de la situación de los maestros de escuelas
privadas con sus homólogos estatales. Una
lectura superficial o descontextualizada de la
información concluiría que, dada la similitud
salarial, sus pares del sector público se
encuentran bien remunerados o, al menos, no
estarían mal pagados en términos relativos. En
un ámbito que en sus aspectos eco nómicos se rige
por principios de libre concurrencia, el espejo de
las escuelas privadas es el que mejor reflejaría su
costo de oportunidad monetario. Dado que cuando
existe la diferencia entre ambos sectores no es
significativa, los docentes estatales no podrían
considerarse en inferioridad de condiciones.
Sin embargo, la enfermedad
de Baumol contribuye a explicar ese fenómeno
singular: el sector privado necesita tener como
punto de referencia las contenedoras escalas
salariales estatales, aun cuando no se encuentre
obligado a hacerlo. Una norma que lo limitara
en materia salarial, podría llegar a serle incluso
totalmente funcional. Una eventual divergencia
empujaría a los propietarios de esos centros a
aumentar sus costos más allá de lo que las familias
podrían o estarían dispuestas a pagar. Por lo
tanto, su decisión no puede ser otra que
mantener estables los salarios relativos, ya no
respecto a otras ocupaciones sino a la misma
profesión pero en otro ámbito de actuación. No
obstante, la influencia es recíproca y simultánea
pues, en el ámbito estatal, la restricción
fiscal requiere, por su parte, de la limitación
salarial establecida en el sector privado. En cuanto
a las eventuales diferencias entre las
remuneraciones, se pueden sugerir múltiples
causas que van desde la propia situación del
mercado docente (por ejemplo, exceso de
oferta), pasando por la afiliación a determinados
idearios (v.g. escuelas de colectividades
religiosas), hasta las distintas condiciones de
trabajo imperantes en uno y otro sector.
4. Las demás
condiciones de trabajo
Ante la escasez de
docentes, también se ha in tentado estirar la
capacidad existente. Una de las formas de hacerlo
es aumentando el tamaño de los cursos. De este
modo, se compensan o atenúan las necesidades
de recursos humanos. Colateralmente aunque
cabe suponer que sea el motivo principal permite
reducir las presiones sobre el presupuesto.
Mientras las aulas
numerosas son bastante frecuentes en América
Latina, sobre todo en ámbitos (urbanos) con escasez
de infraestructura es colar, en algunos sistemas
educativos de países más desarrollados se evidencia
una disminución de la cantidad de alumnos por curso.
Esto deriva en un aumento de la demanda de docentes
y va en sentido contrario a la necesidad de
paliar la escasez de personal. Lakdawalla
(2001) sugiere que esto refleja la necesidad
de compensar el deterioro relativo de la
calidad de los recursos humanos debido al
retiro de una camada (po tencial o real) de
buenos profesionales que emigraron hacia otras
ocupaciones. Esto permitiría comprender los
motivos por los cuales las investigaciones
encuentran que la disminución en la relación
de alumnos por docente no mejora el desempeño
escolar: como mucho, puede llegar a mantener el
que existía antes. Si ello fuera así, en aquellos
sistemas educativos de la región en los que este
fenómeno no se registra, el deterioro sería doble:
por la fuga de potenciales buenos docentes y por
la estabilidad e incluso incremento de la
cantidad de alumnos por clase.
Pero la carga de trabajo es
solo uno de los tantos factores que integran las
condiciones laborales que podrían estar influyendo
en la oferta docente. Este es un concepto
extremadamente amplio cuyos límites no siempre se
encuentran bien definidos. En su exhaustivo informe,
Santiago (2002) enumera algunas de las
características que integran esta elusiva
dimensión en el sector. Entre ellas señala el
tamaño de las clases, la cantidad de cursos y
establecimientos en que trabajan, la carga
horaria total, las horas remuneradas fuera del
trabajo en el aula, la flexibilidad para
tomarse licencias temporarias, las características
socioeconómicas de los alumnos, la composición del
cuerpo docente y del alumnado, la seguridad, la
estabilidad, la calidad de las instalaciones y el
equipamiento, la disponibilidad (y calidad) de los
materiales de enseñanza, el ambiente escolar,
las oportunidades de desarrollo profesional y
la posibilidad de participar en la toma de
decisiones.
Otra línea de pensamiento
argumenta que las condiciones de trabajo y
las expectativas sobre los logros de los alumnos
son factores motivacionales más significativos que
el nivel salarial (Has sel, 2002). Los docentes
preferirían, por ejemplo, ambientes poco
conflictivos y no escuelas con poblaciones
educativas vulnerables y con severos problemas
de disciplina. Pero esto no elimina la importancia
del salario. En definitiva, ¿cuántos de ellos
trabajarían por poco o nada?
Aunque la teoría convencional
no descarta estos factores, tampoco profundiza
otras situaciones no vinculadas al salario o a la
productividad. Se ha reconocido que, aun cuando esta
forma de
razonar facilita el análisis,
su grado de generalización le resta poder
explicativo: tanto por no con templar los otros
factores como por la dificultad de estimar el
efecto neto de las remuneraciones
(Zabalza et al., 1979). Como se
vio, no se consideran situaciones personales o
sociales que puedan estar influyendo en la oferta y,
lo que es más importante, en la calidad del trabajo.
No obstan te, para cada ocupación, profesión y
oficio, se pueden encontrar elementos no
pecuniarios que influyen en la disposición de
las personas a se guir una carrera u
ocupación determinada. Esto sería especialmente
aplicable a la docencia, en la que esos
aspectos no pecuniarios parecerían jugar un rol
importante.
Contra el intento de
deducir las brechas sala riales entre
ocupaciones a partir de los gustos, Carciofi
(1986) expresó claramente la cuestión al señalar que
el elemento psicológico torna, a veces, muy
difícil la explicación de las diferencias de
salarios. Por ejemplo, los puestos que
otorgan prestigio deberían ser relativamente
menos remunerados en relación con otros que
solo difieren en este aspecto. Sin embargo, ocurre
que los atributos que caracterizan a los
puestos de trabajo son difícilmente separables:
el prestigio normalmente está ligado a la
responsabilidad y jerarquía que el cargo
requiere. Cualquier ex plicación corre pues el
peligro de esgrimir argumentos ad hoc donde
siempre es factible encontrar el atributo al
que se le imputa la diferencia buscada.
En cuanto a las percepciones
sociales sobre de terminados puestos, puede
ocurrir que estas se construyan a partir del
salario y no a la inversa. En términos de Dobb
(1973), dentro de una sociedad clasista existe
una marcada tendencia a considerar
desagradables las ocupaciones que por tradición
se pagan mal, y a considerar socialmente más
respetables u honorables las que se pagan mejor.
Ese parecería ser el caso de los docentes en
no pocos sistemas educativos: bajos salarios
acompañados de una pérdida de consideración por
parte del resto de la sociedad. Una razón más para
que potenciales buenos profesionales se muden
junto a su capital cultural a otras ocupaciones.
La medición
Desde un punto de vista
económico, nada impide valorizar aquellas
situaciones que tornan más o menos atractiva la
docencia y observar su evolución. Técnicamente,
los escollos tampoco parecerían ser insalvables.
La ausencia de estudios de este tipo se
debería más que nada a la escasa disponibilidad
de la información pertinente, antes que a reparos
metodológicos (Hernani Limarino, 2005).
Sin embargo, las
condiciones no monetarias de trabajo, jueguen
tanto a favor como en contra, no suelen estar
explicitadas en la relación salarial.
En función de su
importancia, correspondería comenzar a computar
esas condiciones tanto las positivas como las
adversas con el fin de disponer de una medida
más acabada de lo que efectivamente se está
remunerando. Así como debe tenerse especial
cuidado en no confundir el salario total con el que
surge de considerar, por ejemplo, la cantidad de
horas de clase y la mayor cantidad de días de
vacaciones respecto a otros sectores, también
deben contemplarse, entre otras cosas, las horas
de trabajo en el hogar, la (a veces excesiva)
cantidad de alumnos por curso y el (mal) estado de
la infraestructura edilicia. Como se puede
colegir, algunos de estos facto res tenderían a
disminuir el salario efectivo.
Lazear (2003) sugiere y
ejemplifica cómo valorizar algunas condiciones
de trabajo favorables. Su ilustración gira
alrededor de la disponibilidad de
estacionamiento automotor gratuito en la
escuela para los docentes. A estos efectos,
desagrega y explicita los costos para su proveedor
por un lado y los beneficios para el usuario, por
el otro. En algunos casos esas condiciones
podrían asimilarse a un salario indirecto que
correspondería sumar al directo (al
efectivamente percibido).
En lo que atañe a las
situaciones que tienen incidencia negativa en la
valoración de los docentes, se pueden distinguir las
que pueden ser influenciadas por la
administración escolar de las que no pueden ser
modificadas por la política educativa (al menos por
sí sola y en el corto plazo).
Por ejemplo, dentro de las
primeras podría consignarse el ahorro que le
significa al sistema educativo la mayor
cantidad de alumnos en una clase respecto, si se
quiere, a la media o a cualquier otro parámetro
(los docentes de estas escuelas estarían
subsidiando al empleador). En cuanto al mal estado
de la infraestructura, a efectos de estimar los
inconvenientes derivados de trabajar en esos
espacios, podría considerarse la diferencia con el
valor del parque edilicio pro medio (o en
condiciones óptimas) y calcularse su anualización
(total y por trabajador, docente y no docente). En
suma, para cada condición de trabajo
desfavorable de algunas escuelas y cursos, se
podría fijar un precio y, al menos, ponderar
así su incidencia.
En cuanto a las condiciones que
escapan a la posibilidad de ejercer alguna
influencia por parte de la política educativa,
pueden citarse, entre otras, la prestación de
servicios en áreas remotas y en establecimientos con
matrícula desfavorable y en riesgo escolar. Como lo
que se busca es atraer a una oferta determinada, el
factor salarial merece un tratamiento diferenciado
y, por lo tanto, se le dedica en el punto siguiente
un análisis especial.
5. La escasez de oferta
específica
Con el fin de identificar
los distintos factores que podrían estar
incidiendo en las diferencias salariales entre
empleos, Dobb (1973) propone imaginar una
situación en la que existe igualdad de oportunidades
en la elección de la ocupación o profesión y
que, por ejemplo, las condiciones económicas en
las que se encuentran las personas no influyen en la
decisión de elegir el tipo de trabajo a desarrollar.
En una situación como
esta, en competencia perfecta sin barreras de
ningún tipo, uno de los factores por los
que habría disparidades entre la oferta y la
demanda podrían ser las características del
trabajo a realizar. Pero esto sería solo
temporal, ya que las brechas en los ingresos
acercarían o alejarían, según el caso, a los
trabajadores. Si se considera muy penosa o
desagradable una actividad, seguramente se in
tentará atraer a las personas mejorando la
remuneración u otorgando beneficios
supletorios. La gente comenzaría a afluir y,
en algún momento, el mercado fijaría los ingresos
en un punto dado: las diferencias originadas se
explicarían por las particularidades de cada
tarea.
En los sistemas educativos,
aun contando con la cantidad total de docentes
necesaria, suele manifestarse un déficit en
ciertos ámbitos, áreas y perfiles. Frente a ello,
se ha reaccionado estable ciendo o discutiendo
adicionales o compensaciones diferenciales para
incentivar a la oferta efectiva aquella que ya está
trabajando en el sector o que se encuentra en
posibilidad de hacerlo a postularse a determinadas
posiciones.
La existencia de
adicionales por servicios particulares se ha
vuelto algo bastante frecuente. Si algunos de
los conceptos por los que se abonan deben o no
estar diferenciados por la vía de un
suplemento explícito, puede ser materia de
discusión y, al menos, podrían encontrarse
tantos motivos a favor como en contra de
proceder en uno u otro sentido. La cantidad
de situaciones, justificativos y conceptos por
los que se puede abonar un pago adicional son
múltiples y su límite, en algunos casos, está
dado por la imaginación de los responsables de la
formulación de la política salarial.
En Sclafani y Tucker
(2006) se reseñan las tareas que los países
de la OECD requieren de sus docentes y que
no son compensadas con adicionales en las
remuneraciones. Entre ellas se mencionan la
supervisión tanto dentro del horario escolar
como fuera del mismo (excepto durante el
almuerzo), suplir a quienes se ausentan,
asistencia a futuros docentes y nuevos
ingresantes y participación en las actividades
institucionales vinculadas al desarrollo del
currículo. De modo similar, los autores
presentan los ajustes al básico salarial
vigente en esos países. A título ilustrativo,
pueden señalarse las tareas de administración,
horas extra de clase o que superan las
exigidas por el programa curricular, tareas
especiales como la de asesoramiento a otros
docentes, trabajo en actividades deportivas,
participación en las escuelas de verano, apoyo
a alumnos con necesidades especiales, desempeño
excepcional y formación adicional a la inicial
requerida para el ejercicio de la docencia.
Algunas de esas situaciones
también se remuneran en América Latina. A
veces, como un haber básico más alto; por
ejemplo, para tareas de administración o
dirección. Otras brindan mayor puntaje tanto para
titularizar un cargo como para ingresar a la
docencia por la vía de interinatos o suplencias,
pues esos antecedentes les permiten adelantarse en
los listados de prelación en futuros concursos para
ocupar una plaza. En lo que sigue, se enfoca la
reseña en el modo en que se han ido
discutiendo o diseñando algunas de las
compensaciones extrasalariales para inducir a
los docentes a desempeñarse en contextos
desfavorables tanto de escuelas como de áreas
remotas. Asimismo, se registra el probable
vínculo entre el salario y la dificultad para captar
docentes de determinadas disciplinas y
retenerlos en el sector.
La ruralidad y los contextos
desfavorables
No es poco frecuente que
los analistas de los sistemas educativos se
lamenten por la dificultad de atraer docentes
calificados a zonas rurales o escuelas con
matrícula vulnerable. Suele observarse que,
aun existiendo adicionales salariales para
revertir esa situación, quienes terminan
acercándose a esos centros escolares son aquellos
que tienen menos calificación o años de experiencia
para la tarea requerida. A priori, podría sugerirse
como hipótesis que ello se debería a que, en
rigor, el nivel absoluto de tales incentivos no
sería suficiente para compensar los
inconvenientes derivados de tener que trabajar en
entornos adversos. En la región, por ejemplo,
Urquiola y Vegas (2005) presentan evidencia
sobre la ineficacia del adicional por zona
rural en Bolivia para atraer a docentes más
calificados.
Probablemente, para captar
a esos docentes con mayores competencias se
deba recalcular el adicional y,
simultáneamente, modificar algunas regulaciones;
principalmente, el umbral de exigencia para
acceder a esas escuelas (forma ción y
experiencia). No establecer algún tipo de
requisito implicaría reconocer que el objeto
del adicional se limita a garantizar la
cobertura de las vacantes disponibles, con
independencia del tipo de docente que se
contrate. De ser así, no habría que asombrarse
por la falta de interés en trabajar en estas
escuelas por parte de los mejo res profesionales.
Diferentes áreas del
conocimiento
En general, el sector educativo
no ha contempla do la posibilidad de compensar con
un mayor haber a quienes son poseedores de
determinadas habilidades y/o son más difíciles
de encontrar. Entre estos se pueden incluir a
docentes de matemáticas, física, química, de
idiomas extranjeros, con capacidades
pedagógicas particulares para atender a
poblaciones específicas, como las clases de
primer grado y alumnos en riesgo educativo.
Tradicionalmente se ha defendido el principio de
igual remuneración por igual trabajo. Este
principio puede aplicarse en la forma, aun
que no necesariamente en la sustancia. Si,
por ejemplo, el tiempo de formación en una
disciplina fuera mayor que en otras, se
comprendería el motivo por el cual el salario
de reserva también lo sea. Y, aun cuando la
preparación fuera igual, el esfuerzo, dedicación
o las competencias también podrían diferir. En
estos casos, lisa y llana mente, estarían
operando las leyes de mercado para explicar la
menor oferta. No es de extrañar, entonces, la
escasez de recursos humanos que se observa en
algunas áreas en que el factor económico
explicaría buena parte de ese déficit. Una medida
aparentemente equitativa para los trabajadores
estaría, en definitiva, vulnerando el derecho a
disponer de docentes con unas características dadas
y deseadas.
A diferencia del adicional
por ruralidad o por trabajo con poblaciones
específicas, ámbitos particulares en los que
se sugiere exigir la verificación de las
competencias para el desempeño en el
reclutamiento de profesionales para deter
minadas disciplinas, en principio y como en
las demás áreas, bastaría su certificación y
el cumplimiento de las regulaciones comunes a
todos los docentes.
La antigüedad
Tradicionalmente, se
visualizó la antigüedad como un modo de compensar
la mayor experiencia y, por esa vía, un eventual
mejor desempeño. Este criterio ha merecido numerosas
y vigorosas críticas, referidas esencialmente a
la pretensión de reconocer una productividad
no verificada en la práctica. En rigor, este
adicional sería un pobre sustituto frente a la
ausencia de una carrera profesional atractiva: si no
se aplicara, no habría perspectivas de
reconocimientos salariales a lo largo del
tiempo en la mayor parte de los sistemas
educativos (Waterreus, 2007).
Suele soslayarse que si la
antigüedad reflejara efectivamente un diferente
desempeño, la contratación de docentes con
menor cantidad de años de experiencia sería, como
mínimo, inconsistente con los objetivos
perseguidos, además de una potencial afrenta al
principio de igualdad de oportunidades: parte de
los alumnos tendría docentes con menos experiencia
y, por lo tanto, una eventual menor capacidad
profesional (al menos, en la lógica subyacente
al adicional). A priori, como en cualquier
organización, esto parecería inevitable. Aunque
esto no se verifique en la concentración de
docentes jóvenes que se estaría operando en
algunas escuelas urbanas marginales. Una
posible medida para corregir esta situación
sería si se descarta la eliminación de la
antigüedad como opción la distribución de
los docentes entre las escuelas, grados y años
de estudio de modo tal que ningún estudiante se
vea sometido a la posible desventaja que
supone la exposición constante a docentes con
menor pericia.
Pero el adicional por
antigüedad no se aplica solo al reconocimiento de
la experiencia: también forma parte de los
mecanismos que las organizaciones utilizan
para retener a sus trabajado res. Basándose
en la teoría del capital humano, Grissmer y
Kirby (1987) analizan las distintas razones que
pueden inducir a la permanencia de los docentes
dentro del sistema educativo. Su objetivo no es
estudiar cómo llegan a ser docentes sino los motivos
económicos por los que con tinúan trabajando como
tales. Sus consideraciones permiten encontrar
elementos comunes entre este sector y el resto de
los mercados laborales. Así, por ejemplo, los
autores hacen hincapié en el capital
específico (en general, no transferible a
otras ocupaciones) que se acumula a lo largo
de los años y que frena el impulso a
alejarse de la actual ocupación. Más aún si,
como en la docencia, el pago de adicionales por
antigüedad crecientes en el tiempo ayuda a reforzar
su permanencia. Esto contribuiría a explicar por qué
es tan frecuente el mayor retiro relativo entre
docentes con menos años de servicio en los
distintos sistemas educativos.
En función de estos
diagnósticos se ha comenzado a ensayar con
el pago de un mayor adicional por antigüedad
al comienzo de la carrera (Barber y Mourshed,
2008). Esto permitiría no solo desestimular el
retiro en los primeros años, sobre todo en contextos
de mayor rotación, sino fijar un salario inicial
más alto para atraer mejores perfiles al
sector. Según este criterio, al comienzo
correspondería remunerar por encima del valor
de la productividad del trabajo. Luego, a
medida que va transcurriendo el tiempo,
debería incrementarse la remuneración en menor
proporción que en la actualidad para, finalmente,
estabilizarse.
De esta forma se
neutralizaría el impacto fiscal de la medida.
Como se observa, eso cambia de modo
considerable el punto de vista tradicional,
pues se estaría disociando explícitamente el
factor experiencia como sustento para el pago de la
antigüedad. De todos modos, seguiría sin
resolverse el problema de aquellos que tienen
un menor desempeño y continúan permaneciendo
en el sistema. Para ello, corresponde
necesariamente abordar la otra gran dimensión de
los mercados: la demanda de trabajo docente.
III. La demanda
Como sucede en toda la economía
laboral, también en educación, la demanda es
derivada. Esto significa que no se realiza como un
fin en sí misma sino porque es necesaria para la
prosecución de una actividad: en este caso, la
instrucción. Pero a diferencia de otros
sectores, la contratación de docentes no
refleja, necesariamente, el valor de la
productividad del trabajo.
1. La determinación de
la cantidad
Muy sintéticamente, para la
economía neoclásica, los requerimientos de recursos
humanos sur gen a partir de esa productividad. En su
cálculo, convendrá seguir convocando
trabajadores si una unidad adicional de producto
incrementa los ingresos en mayor medida que el costo
que implica el salario (y demás insumos). Por eso la
teoría aconsejaría incrementar recursos humanos
y/o salarios mientras el beneficio de lo que añaden
al desempeño compense el costo de elevarlos.
Si fuera posible medirla con exactitud, no sería
necesario, posible ni deseable pagar a los docentes
ni más ni menos que el valor de esa
productividad. Sin embargo, como es sabido,
su cuanti ficación no es para nada sencilla.
La medición del desempeño
docente no ha estado exenta de discusiones
teóricas e impedimentos prácticos. Desde una
perspectiva meramente económica, una forma
razonable y ajustada a la propia teoría sería
medirlo a través de los retornos económicos
de la educación. Pero esto traería apareja
dos tantos o más problemas metodológicos que
los que ya entrañan los controvertidos resultados
en las pruebas estandarizadas de aprendizaje,
que constituyen los indicadores más utilizados
para realizar estas mediciones. Más allá de
la dificultad de traducir esos resultados en
valores monetarios, intuitivamente, la regla
señalaría que mientras se verifiquen mejoras en
los logros de los alumnos como consecuencia
de un aumento en la cantidad de recursos en
este caso, de docentes y sus salarios, el sistema
educativo se beneficiará con su incorporación.
Pero este esquema tiene un
límite. La teoría pos tula que, manteniendo
fijos los demás factores de producción, a medida
que se fuera incrementando alguno de ellos en este
caso, el trabajo, a partir de un cierto punto los
rendimientos irían disminuyendo. Debido a ello,
hay un techo a la incorporación de personal.
Este fenómeno se de nomina rendimientos
decrecientes. Mientras que en gran parte de las
actividades de la economía moderna este fenómeno ya
no aparece con tanta nitidez, sigue estando presente
en la enseñanza.
En el sector, este
principio de los rendimientos decrecientes se
puede ejemplificar con el sencillo caso de una
escuela con una cantidad fija de alumnos, espacio
físico y equipamiento. La incor poración de más
docentes podría incrementar la productividad al
inicio (independientemente, en principio, de
cómo se la mida; en lo inmediato podemos
suponer que sea mediante pruebas de aprendizaje).
Por ejemplo, si el punto de partida fuera de cien
alumnos por clase y comenzaran a dividirse en
varios cursos, llegado un punto, seguir
disminuyendo la cantidad de estudiantes por grupo
probablemente no mejore ese desempeño. La
determinación de la cantidad óptima de alumnos por
curso es una cuestión largamente debatida que no
tiene, por ahora, respuesta definitiva.
Desde el punto de vista de los
costos, no resulta indiferente conocer el
momento a partir del cual la adición de más
recursos no tiene impacto en el desempeño escolar.
Si se verificase que exponer a los alumnos a más
horas de enseñanza no tiene incidencia en los
aprendizajes, la mayor inversión podría ser
ineficaz, por lo tanto, ineficiente y, en esa
línea, un derroche de recursos.
Por el contrario, si la
productividad neta aumentara, será conveniente
incrementar la producción ya que los beneficios son
mayores. En educación eso se traduciría en el
hecho de que para un salario dado, si es posible
elevar el producto, resultará ventajoso expandir
la cantidad del factor que contribuyó a ese
incremento. La presunción de que la adición
de recursos deriva en más y mejores
aprendizajes sustenta, argumentalmente, la mayor
inversión en edificios, equipamiento y horas de
clase. Algo similar puede decirse de los
salarios: manteniendo fija la cantidad de re
cursos, convendrá aumentarlos si mejoran los
rendimientos en el aprendizaje. Esto dará pie
al pago por mérito. En rigor, como se verá,
este pago no sería otra cosa que el
reconocimiento de la mayor productividad y su
correspondiente emolumento. Si no existiera ese
adicional o, para decirlo de un modo menos
controvertido, si el nivel salarial no reflejase
adecuadamente el mayor desempeño, se estaría
lucrando a expensas del trabajo, cuestión que,
al menos esta teoría, no admite ni promueve.
En la práctica, para
determinar la cantidad de docentes a
contratar, los sistemas educativos se guían
por estándares o por la inercia. En la
mayoría, el determinante último de los
recursos necesarios para brindar el servicio
educativo son los alumnos. Esto no requiere
mucha explicación: conceptual o idealmente,
las relaciones de insumoproducto sectorial son
estándares y presentan cierto grado de
proporcionalidad respecto de la cantidad de
estudiantes (por ejemplo, relación
alumnos/docentes, alumnos/equipamiento,
alumnos/curso y alumnos/establecimiento). Luego,
las definiciones de la acción estatal influyen,
moldean e impactan en la demanda de docentes. Por
solo nombrar algunos de los múltiples facto res en
juego, se pueden señalar los modelos de organización
escolar, los programas curriculares, la duración
y obligatoriedad de los ciclos de es tudio, el
tamaño de las escuelas y sus cursos, la extensión
de la jornada escolar, los regímenes de
licencias y suplencias, la tasa de crecimiento de la
población y su estructura etaria.
En suma, en los hechos y con
sus variaciones, la demanda de trabajo docente
depende de la demanda social por educación.
Después, son las restricciones presupuestarias
las que terminarán de definir la cifra final de
docentes.
Pero difícilmente a alguien
se le ocurra ni sea conveniente asociar y
limitar la noción de productividad a la
cantidad de alumnos, o al crecimiento de la
cobertura escolar. Sobre todo cuando lo que
corresponde es considerar la productividad por
unidad de factor interviniente. En el caso que
aquí nos ocupa: de personal docente y su
remuneración. Si se procede de ese modo, una
vez que se alcanzara el máximo de alumnos por
curso (a nivel micro) o la cobertura universal (a
nivel macro) no habría posibilidades de mejoras
salariales. A pesar de sus debilidades, los
resultados en las pruebas estandariza das de
aprendizaje constituyen la variable más empleada
para establecer los parámetros de esa productividad.
En síntesis, las
administraciones educativas suelen soslayar
tanto los rendimientos decrecientes como el
desempeño al momento de requerir y remunerar
a los docentes: la demanda se determina de
otra manera. Precisamente, uno de los mayores
desencuentros y desafíos de la discusión salarial
es la disociación entre la productividad, las
remuneraciones y la cantidad y calidad de
docentes pretendida. Los estudios sobre el
vínculo entre esas variables no son
concluyentes. Cuando se encontró que un mayor
ingreso no conduce necesariamente a un mejor
desempeño docente, también se constató que el
contrato salarial no contiene ningún elemento
que pueda conducir a tales resultados. Esto
daría lugar a las propuestas de reformulación
de las carreras magisteriales, por un lado, y a la
introducción del pago por mérito, por el otro. En
esencia, el problema es la dificultad para
identificar los mejores candidatos capaces de
promover ese mayor desempeño, contratarlos,
compensar los y retenerlos.
2. lA información
Asimétrica y el desempeño Las organizaciones
especialmente, las más grandes muestran
deficiencias en términos de control y problemas
de motivación, tanto para los participantes de menor
nivel como para aquellos que tienen el máximo
grado de responsabilidad. Los esquemas de
remuneraciones y ascensos del personal pueden
limitar los incentivos para el buen desempeño y
provocar efectos disuasivos para individuos con
iniciativa que, de otra manera, estarían dispuestos
a trabajar en la organización. Estos problemas y
las críticas que se derivan de ellos se acentuarían
en el ámbito estatal ya que, por su carácter
público, debe garantizar determinados derechos
a sus empleados condiciones de trabajo,
promoción, salario y estabilidad que reducen la
motivación y la superación personal (Mayntz, 1993).
En los sistemas educativos se
han hecho evidentes las diferencias de información
que tienen los distintos actores. El nivel
central nunca estaría bien informado acerca de
las necesidades y las capacidades de los
actores locales, lo que derivaría en una
asignación ineficiente y, por lo tanto, en un
desperdicio de recursos. No es inusual que las
administraciones escolares en particular las que
tienen a su cargo sistemas de gran tamaño
cuenten con información escasa o distorsionada
acerca de lo que ocurre tanto en el nivel local como
en las propias escuelas. Por ejemplo, el sistema de
educación pública no siempre ofrece información ni
señales sobre la calidad de los centros, la
evolución de su desempeño y quiénes son los
docentes.
La literatura suele
diferenciar dos grandes ver tientes de aplicación
del problema planteado por la existencia de
información asimétrica, es decir, la incertidumbre
acerca de si la forma en que los agentes situados
en un rango menor en la estructura
organizacional adoptan sus decisiones y realizan
las acciones de modo coincidente con los intereses
de la organización.
La selección adversa: antes del
ingreso al sistema Una de estas corrientes se ocupa
de la escasez de información que tiene el empleador
o superior jerárquico acerca del tipo o
atributos del potencial contratado. Esto se aplica
a situaciones muy disímiles. Por ejemplo, en el
ámbito de las organizaciones, este hecho se asocia
inmediatamente al desconocimiento por parte de los
empleadores
de las características de los
potenciales emplea dos y, por ende, a la
incertidumbre sobre si resultarán o no adecuados
para un trabajo dado. En estos casos, el
elemento común es la necesidad de seleccionar la
persona adecuada.
La situación en la
docencia no es muy diferente (Rockoff et
al., 2008). Como en otras tantas dimensiones
de la administración de recursos humanos en
el sector público, el reclutamiento docente
apunta a garantizar la igualdad de
derechos para el ingreso a
la organización (Zan, 1993). En tal sentido,
dos de los aspectos que diferencian a la
administración privada de la pública en esta
materia son la despreocupación por este
principio y la existencia de requisitos
informales para que tenga lugar la
contratación. Mientras que el método imperante
en el sector público estaría intentando
imprimir un vínculo (seudo)equitativo, el
sector privado estaría haciendo hincapié en la
eficiencia. Esto no significa que uno sea
ineficiente y el otro injusto. Se trata, más bien,
de criterios dominantes al momento de la
incorporación de nuevo personal en la organización.
En el caso particular de la educación, las
regulaciones para el ingreso de nuevos docentes
apuntarían a justificar la primacía de la
eficiencia. Pero esto se aplica solo
formalmente, ya que la igualdad de
oportunidades en el trabajo es el principio que
prevalece.
Este problema de la
administración ha sido estudiado por la
economía con el nombre de se lección adversa.
En el mercado laboral se aplica cuando el
empleador ignora las características del
postulante. Para simplificar, el postulante
puede pertenecer al grupo de los trabajadores
productivos o al de los improductivos. Si
forma parte de este último grupo, el
candidato no tendrá incentivos para revelar su
falta de cualidades para el puesto. Si el
contratante pudiera diferenciar a uno de otro,
propondría escalas salariales acordes a la
productividad de cada uno de esos grupos; única
forma de no perder dinero. Pero como ese no es
el caso, fija un salario uniforme. La única solución
ventajosa para el empleador es que la definición
de esa remuneración refleje el desempeño del
grupo de productividad baja. Si el salario
ofrecido se estableciera en cualquier valor por
encima de ese nivel, pero por debajo del salario
de reserva de los buenos trabajadores, se
correrá el riesgo de que solo se presenten
los postulantes más improductivos. Si se
considerase dentro de la función de oferta la
variable salarial exclusivamente y no las
motivacionales o de otro tipo, los de mayor
desempeño, con un salario de reserva más alto y, por
lo tanto, con un costo de oportunidad más elevado,
no ofrecerán sus servicios a la remuneración
que se ofrece. De allí la denominación de
selección adversa: las diferencias de
información y la uniformidad salarial derivan
en una solución contraria a la deseable.
Ante esa situación, y si
efectivamente interesara la atracción de los
mejores candidatos, una alternativa que ha
comenzado a discutirse es la implantación de
períodos de prueba antes de la efectivización
(por ejemplo, dos y hasta cuatro o cinco años):
de esta forma se contaría con una suerte de
estadio intermedio entre el egreso de la
formación inicial y el ingreso definitivo a la
docencia, que permitiría
conocer a los aspirantes a los puestos y, en
función de ello, recién ahí incorporarlos de un
modo estable. Colateralmente, esto permitiría
formar en el trabajo. Otra opción sería
ofrecer contratos con condiciones favorables a
los de mayor productividad y contratos con
propuestas desfavorables para los de menor
productividad (Montoya y Montoya, 2005). Por
ejemplo, la introducción de mayores exigencias y
requisitos para ingresar a la posición, acompaña das
con un salario más elevado. De lo contrario, los
eventuales postulantes manteniendo todo lo demás
constante continuarían prefiriendo otros trabajos
que reconozcan sus mayores capacidades. Si se
pudieran establecer condiciones de ingreso que
discriminen a los buenos de los malos,
probablemente se configuraría una situación de
autoselección en la que los propios
postulantes con menos calificaciones para los
puestos decidan excluirse del proceso de selección
(Tobón et al., 2007).
Pero en el ingreso por
oposición de antecedentes que se aplica en las
administraciones centraliza das no se utilizan
técnicas de medición, pruebas, entrevistas ni
otros tipos de métodos más idóneos de selección
de personal. El proceso se limita a verificar que se
cumplan las formalidades sin importar mucho si
el candidato sabrá hacer lo que debe hacer.
Las condiciones necesarias
medidas a través de esos
requisitos son las que priman y, en el caso del
ingreso a la docencia, se convierten en suficientes.
Estas cuestiones dieron
lugar a algunas de las críticas más duras
que se le han hecho a esta fase del ciclo de
la administración docente en la región. Solo una
de las partes tiene libertad de optar: el
docente (aunque este no sea siempre el caso,
sobre todo entre los aspirantes más jóvenes
cuyos antecedentes, aún insuficientes, limitan
el acceso a las escuelas de su preferencia).
La contracara de estos procedimientos es que
el personal directivo y la propia comunidad
se encuentran imposibilitados, al menos
normativamente, de decidir sobre la
conformación del equipo profesional del
establecimiento.
Esto tiene implicancias tanto
para la macro como para la microadministración. Para
la primera, salvo casos aislados, el sistema no
puede asignar a los docentes donde más los
necesita o resultan convenientes. En cuanto a
la microadministración, la escuela o, si se
quiere, el director, no puede seleccionar a los
integrantes de su organización y, conformar, de ese
modo, su equipo institucional. Naturalmente esto
permite, a no pocos de ellos, no
responsabilizarse de los logros de los
establecimientos a su cargo.
El resultado final puede
derivar en la peor de las combinaciones
posibles: la de la ineficiencia acompañada de
inequidad. La primera, por la mala asignación
de los recursos humanos y, la segunda, por el
impacto negativo que ello puede implicar en los
alumnos.
El riesgo moral: una vez dentro
del sistema
La otra forma de
manifestarse el problema de la información
asimétrica se origina en que las jerarquías
desconocen si los agentes y niveles inferiores
actúan en forma coincidente con los intereses
de las organizaciones. En teoría, el empleador
y/o el superior jerárquico siempre es capaz
aunque en diferente medida según las
características del trabajo encomendado de
observar el resultado de la acción del
agente o del órgano responsable de determinado
proceso(piezas fabricadas, productos vendidos). Sin
embargo, en la práctica: a) puede desconocer o no
ser capaz de observar su labor o, b) aun
observándola, puede no contar con otro tipo
de información que hace al resultado de la
operación y que, en cambio, la parte supervisada sí
tiene.
Cuando la acción del
agente no es fácilmente supervisable a simple
vista, se presenta la posibilidad del riesgo
moral (expresión proveniente del mercado
asegurador en que el asegurado no toma en cuenta
todos los riesgos en que puede incurrir, porque
la compañía no percibe el potencial o efectivo
mal funcionamiento o desarrollo de la acción).
Desde esta perspectiva, en el caso de los
centros educativos estatales, como no quiebran,
tampoco toman los recaudos necesarios para no
perder alumnos. En cuanto a los docentes, como
no son despedidos, no se esforzarían para que sus
alumnos transiten con éxito su trayectoria escolar.
Mientras que la selección adversa es previa a
la vigencia del contrato, el riesgo moral es
posterior a él.
La literatura considera
estos comportamientos como oportunistas. Una de
las implicancias de la información asimétrica
está vinculada a esas eventuales acciones del
personal de la organización. Esto se debe a que,
como se dijo, el agente puede optar por
perseguir su propio interés a expensas de los
demás (de ahí que la información constituya un
problema para el empleador). Este problema no
requiere, necesariamente, que el personal actúe de
manera contraria a los intereses del contratante:
la sola posibilidad de que esto ocurra es lo que
puede generar el problema (Petersen, 1995). Hay
quienes van más allá y sostienen que, con
frecuencia, una de las grandes diferencias en
el modo de organizar la producción entre el
mercado y las burocracias en nuestro caso,
particularmente las estatales reside en la
posibilidad de evitar esas potencia les
conductas oportunistas (Milgrom y Roberts,
1992).
Respondiendo a este
problema, algunas organizaciones aplican el
salario de eficiencia como instrumento para
elevar el desempeño. Este nivel remunerativo es
tal que hace que el trabajador se autoexija por
temor a la pérdida de empleo o algún otro tipo
de penalidad. La diferencia con su salario de
reserva induce a una mejora en la productividad.
Desde otra perspectiva, podría considerarse como
la prima o moneda de cambio que se abona por la
derogación de la estabilidad en aquellos empleos
donde esta se encuentra instituida.
El reconocimiento no
siempre explicitado de la dificultad de
encontrar mecanismos que transparenten esos
desempeños a las administraciones centrales,
contribuye a contextualizar las propuestas
descentralizadoras en educación. Ya sea que se
trate de las que promueven una mayor
autonomía escolar, más participación de la
comunidad, el financiamiento por el lado de
la demanda (capitación), o la transferencia de
servicios a niveles de gobierno locales. Como la
gran cantidad de información y conocimiento que
poseen los individuos sería imposible de
gestionar centralmente, para la teoría convencional
se vuelve imperativo que las pequeñas unidades
organizacionales dispongan de mayores márgenes de
acción.
Pero en América Latina, las
experiencias recientes de traspaso de
responsabilidades han generado estructuras
policéntricas que suelen replicar normas y
comportamientos del viejo centro. Las normas
de contratación y permanencia no han cambiado
y, cuando lo hicieron, no siempre con tribuyeron a
promover un mejor desempeño (un análisis sobre
la ausencia de efectos esperados en el caso de
la carrera magisterial mexicana se puede ver en
McEwan y Santibáñez, 2005).
Más arraigada se encuentra
la capacitación (u otras variantes de
formación continua). Esta ha sido la vía no
salarial preferida para enfrentar el bajo
desempeño, ya sea que este se origine en un
déficit en la formación de base o se deba a
que las habilidades requeridas se deterioran a lo
largo del tiempo por falta de actualización, interés
o motivación. En los sistemas educativos no
se contemplan por lo general alicientes
monetarios explícitos e inmediatos para que los
docentes se perfeccionen o, en términos más
generales, intenten superarse a sí mismos. Con
frecuencia, la capacitación solo es funcional como
antecedente para ascender en la escala
jerárquica. Si, por ejemplo, al docente no le
interesa el ejercicio de tareas de dirección, no
hay ningún mecanismo monetario que lo induzca a
continuar progresan do. Naturalmente, ello no
significa que cada curso o cada acción deba redundar
en mayores remuneraciones, pero en la actualidad se
asiste al fenómeno inverso en el que una mayor
formación y/o capacitación, en lo inmediato, no se
refleja en un mayor pago para el docente.
En lo que se refiere a
su vínculo con el salario, las prescripciones
podrían ser más o menos claras a no ser por
la dudosa calidad de la mayor parte de los
cursos impartidos. Si los cursos no fueran
remunerados o incluidos dentro de la
estructura de la carrera magisterial, solo
serán realizados por cuestiones motivacionales o
deberán establecerse compulsivamente. Si estas
instancias de formación mejorasen el desempeño,
deberían reconocerse monetariamente; en caso
contrario, el empleador se estaría apropiando
de la mayor productividad. De no traducirse
en una mejor práctica, correspondería reformar
radicalmente sus formatos actuales, estándares
y exigencias. Las conclusiones que se derivan
de estos argumentos no varían por el hecho de que se
trate de instancias voluntarias u obligatorias.
Frente a los límites que
presenta la descentralización y las distintas
alternativas que se han intentado con la
capacitación, las miradas suelen posarse sobre la
relación salarial. Como se dijo, los estudios sobre
el vínculo entre nivel de remuneraciones y
resultados en las pruebas de aprendizaje son tan
numerosos como poco concluyentes. Por eso,
los análisis críticos suelen ser bastante más
contundentes cuando cuestionan el diseño de las
estructuras salariales vigentes que cuando proponen
los respectivos cambios.
3. La rigidez y
uniformidad
Una de las características más
extendidas de las estructuras salariales docentes
de la región es que las escalas actuales son
definidas central mente. En general, entre sus
principales ventajas se puede señalar que: son
objetivas y, por lo tanto, no están sujetas a
discrecionalidad por parte de ninguna autoridad;
el salario es predecible, ya que
desde el ingreso a la carrera se puede
conocer lo que se va a percibir en el futuro; su
administración y comprensión por parte de los
docentes es sencilla; y reducen, o
eventualmente eliminan, la competencia entre
docentes, aunque es cierto que tampoco proveen
mecanismos que favorezcan la cooperación entre
ellos.
Adicionalmente, tienen un rasgo
de justicia al remunerar igual a docentes con
similares atributos (experiencia, título,
desempeño).
Desde un punto de vista
pedagógico, la mayor ventaja de las escalas
uniformes es que si bien no fomentan la
iniciativa individual, tampoco la inhiben. En
trabajadores con aversión al riesgo y en un
contexto de pagos por desempeño, la innovación
sin resultados a la vista podría poner en juego
parte de su haber (Harris, 2007). Sin
embargo, en sentido contrario, en pos de
lograr el reconocimiento monetario, los
docentes podrían verse movidos a cambiar sus
prácticas por aquellas que mejor se ajusten a las
necesidades del estudiante.
En un esquema de
remuneraciones con cláusulas de productividad,
cualquier comportamiento que siga un docente
entraña riesgos para los aprendizajes y para
su salario. En cambio, en el modelo de ingresos
fijos preestablecidos, la matriz de pagos
juega a su favor; aunque no necesariamente de sus
alumnos.
Ahora bien, las desventajas de
esas escalas preestablecidas no son menores que
los aspectos positivos. Aun más, su importancia es
tal que la corriente generada a favor de su
transformación se origina, precisamente, en
esas falencias. Algunas de las desventajas más
relevantes se refieren a que: docentes mediocres
tienen la misma remuneración que otros con
mejor calificación, preparación y compromiso con su
trabajo; docentes con títulos vinculados a la
docencia de mayor graduación que la
magisterial reciben el mismo pago que aquellos
que no siguen estudios superiores; docentes con
mayor experiencia no son aprovechados ni
remunerados en trabajos más desafiantes y
difíciles de llevar a cabo; el régimen de
compensaciones se encuentra desvinculado de las
actividades desarrolla das en las escuelas; y
las estructuras vigentes pagan lo
mismo por
diferentes esfuerzos y
aptitudes.
Además, las escalas salariales
uniformes podrían estar implicando que se considere
a la docencia como un trabajo más, y no como una
carrera profesional, lo que se suma a los
impedimentos para atraer a perfiles deseosos de
progreso (Harris,2007).
4. Las propuestas
Frente a las críticas
reseñadas, el primer desafío sería encontrar la
estructura remunerativa que permita optimizar y
distinguir a los docentes de mayor y menor
desempeño. De lo contrario, se correría el
riesgo de beneficiar a algunos y desincentivar al
resto. Socialmente, habría una pérdida neta de
productividad. La otra cuestión a discutir es si el
hecho de lograr diferenciar y contemplar esos
desempeños será suficiente para promover los
mayores y mejores resultados. Solo hay dos
unidades de medida para el pago de los
trabajadores en cualquier ocupación: por su tiempo o
por su producto (o una combinación de ambas).
Cuando pueden elegir, los trabajadores optarán
en general por planes basados en el tiempo,
ya que el nivel de producción puede depender
de factores ajenos a su voluntad y no solo
de su
esfuerzo. Dada la supremacía de
las escalas uniformes en educación y su carácter de
barreras a la mejora del desempeño, los medios que
se han discutido o implementado para superar esos
límites han sido el pago basado en
competencias y las remuneraciones vinculadas a
resultados. Su diferencia esencial es que mientras
en el primero se paga por lo que hacen los docentes,
en el segundo se paga por lo que hacen los
alumnos (Harris, 2007).
Odden y Kelly (1997)
sintetizan las características del pago por
competencias. Este sistema reemplazaría el pago
de la antigüedad por un componente que responda
a las aptitudes profe sionales debidamente
evaluadas y certificadas. En este caso, a
diferencia del adicional que se está
sustituyendo, no necesariamente todos los
docentes cobrarían el suplemento salarial. Sin
embargo, contrariamente al pago por mérito, no
hay obstáculos a que todos los docentes lo perciban
toda vez que logren acreditar esas
habilidades, pues no hay disputa entre ellos
por una suma fija a repartir previamente
estipulada. En consecuencia, este mecanismo
podría llegar a fomentar la cooperación, en la
medida que quienes alcancen los objetivos sean
acreedores del mayor salario (o de puntos para la
promoción, de acuerdo a lo que se haya definido).
Algunos diseños de carreras
horizontales con templan esa forma de pago,
ya que exigen la acreditación de competencias
para la promoción a estadios superiores en los
que las
remuneraciones son, también,
más altas. Su mayor limitación es que
persiste el problema de que se incentivan los
insumos (Mizala y Romaguera, 2005); es decir, se
continuarían compensando condiciones necesarias,
pero no suficientes. En cambio, en los
sistemas de incentivos ex post, tales como el
pago según el desempeño (de los alumnos), se da
implícitamente por supuesto, en general: a) la
posesión de ciertas capacidades y b) que ellas son
suficientes para influir en los resultados
escolares. Mientras que el pago por mérito puede ser
fluctuante y es un adicional salarial que en
determinado momento puede recibirse y en otro
no, las carreras horizontales basadas en las
competencias alcanzadas derivan, por el contrario,
en un crecimiento permanente del salario
(porque se trata de promociones).
Ahora bien, desde una
perspectiva argumentativa favorable a este
sistema, el pago por mérito no debería
tomarse como un premio, sino como el
reconocimiento del mayor esfuerzo, intensidad y
dedicación. Simbólicamente puede parecer un
premio desde el momento que incentiva la
prosecución de determinados resultados y los
remunera, contra lo que habitualmente sucede.
Técnicamente, la dificultad para implementarlo
en determinadas actividades estriba en que
solo se puede aplicar cuando el producto es
homogéneo, lo que lo torna medible y divisible en
piezas similares. Pero si estas características
no están presentes, su correcta aplicación se
vuelve problemática, si no imposible. Además,
si bien se atribuye a la tarea de enseñar
un rol central en el desempeño escolar de otro
modo, no tendría razón de ser el sistema de
pagos sugerido , en ocupaciones donde los
logros no dependen enteramente del trabajador
su implementación solo puede generar resistencias.
Esto contribuye a explicar, también, la oposición
sindical, que negocia salarios colectivamente. Si el
resultado es variado y, eventualmente, sujeto a
evaluaciones discrecionales, no puede pactarse
la lista de precios que refleje los logros
alcanzados (Dobb, 1973).
La evaluación del método
de pago no es independiente del tipo de trabajo
y ni del contexto en que se aplica. Si el
básico sobre el que se calcula el adicional
es bajo, podría considerárselo como una forma de
completar y no de suplementar el salario. A su vez,
si el umbral de desempeño para percibir el adicional
es alto, puede incidir negativamente en la moral
ante la percepción de que, haga lo que se haga, no
se alcanzará el bonus. A pesar de que se
impuso el método de que los salarios tengan
un piso adecuado antes de sumarse el pago
por productividad, de modo tal que los que no
alcanzasen el incentivo no se vieran perjudicados en
sus ingresos, el hecho de no hacerse acreedor del
adicional salarial puede percibirse como un castigo,
generando una des motivación adicional al trabajador
que, de por sí, ya tuvo un menor desempeño
(relativo) a otros.
Dentro del ámbito de la
educación, algunas de las dificultades y
críticas más importantes para su implementación
se vinculan a la forma de medir ese desempeño, la
limitación de los recursos a repartir, su
utilización como represalia y no como
estímulo, el riesgo de identificar calidad con
mayor cantidad de trabajo, el supuesto subyacente
de que la mayor calidad se debe a una
contribución individual y no del equipo escolar y,
finalmente, la constatación de que se
terminaba recompensando a unos pocos maestros, pero
no se elevaba el nivel general de la
enseñanza (la referencia clásica sobre algunos de
estos puntos es el trabajo de Murnane y Cohen,
1986).
Sería un error creer que
el reconocimiento del mayor desempeño sea
cual fuere el medio para hacerlo implicará
un mayor esfuerzo presupuestario sin su
contraparte en los recursos. Un aumento de la
productividad necesariamente reporta un beneficio;
precisamente, de eso se trata. El problema en el
sector público es que las ganancias fiscales por
la mejora en la enseñanza no se observan
inmediatamente. En el largo plazo, la mayor
recaudación impositiva derivada del mayor
crecimiento promovido por la mejor educación,
es la que permitiría recuperar los costos.
Desde el punto de vista hacendístico de corto
plazo, las autoridades actuales no tienen
incentivos a mejorar el salario ni los trabajadores
a esforzarse más allá de lo que lo hacen a
esa tasa y contrato salarial.
Frente a las limitaciones que
tendrían los incentivos individuales, se han
comenzado a proponer e implantar otros esquemas que
entrañarían una menor agresión al ethos escolar.
Concretamente, pueden ser sustituidos por un esquema
de incentivos grupales cuando se plantean
dificultades para atribuir el producto a un
solo trabajador. Donde existen, los pagos al
equipo docente en su conjunto para su
posterior distribución entre sus miembros no
han encontrado la oposición que sí ha tenido el
pago por mérito. En América Latina, la experiencia
más relevante, y la que ha sido mejor seguida y
documentada, es la chilena (entre sus numerosos
trabajos sobre el tema, ver Mizala y Romaguera,
2005).
5. Las evaluaciones
Es poco lo que se puede
añadir a la amplia y muy buena literatura tanto
favorable como crítica sobre el pago por mérito.
Prácticamente, no ha quedado aspecto sin abordar.
Empero, no se ha insistido lo suficiente sobre la
esencia del problema que es la evaluación. Para
sortear este in conveniente, se ha estado
discutiendo la aplicación o revisión de los
mecanismos de evaluación a los docentes. A
pesar de ser una acción muy extendida en todos
los niveles y modalidades del sistema educativo,
tal vez sea también uno de los puntos más
importantes y controvertidos de la política de
recursos humanos.
Existen diversas formas de
evaluación de la práctica profesional docente
y de aquellos aspectos que guardan relación
con ella. Así, a los docentes se los evalúa
con el fin de conceder méritos o incentivos,
de promocionarlos para un cargo dentro del
escalafón jerárquico de la carrera profesional
o para establecer un sistema de ponderación
salarial. Sin embargo, no es frecuente
encontrar que entre los objetivos se propongan
mejorar el desarrollo profesional (Schulmeyer,
2002).
En general, dentro de la
escuela, esa potestad evaluadora la poseen los
directores y, fuera de ella, cuando
intervienen, los supervisores. La evaluación
suele sustentarse en un instrumento formal.
Las herramientas utilizadas pueden ser la
cobertura de formularios estándares (cuyos
rubros pueden ser, por ejemplo, el ausentismo, la
conducta y la puntualidad), la observación de clases
o anotaciones de concepto. Estas no poseen
demasiada legitimidad ya que, prácticamente, no
se registran antecedentes de docentes que
hubieran recibido calificaciones por debajo de la
excelencia. Vaillant (2008) hace referencia a
la laxitud con que se llevan a cabo algunas
evaluaciones en Estados Unidos, además de
señalar que los sistemas de puntuación se
establecen por rankings y no en función de la
calidad de la enseñanza. Como se ve, se trata
de una situación similar a la de los
concursos por antecedentes que se aplican en
la región, que derivan en listados por orden
de prelación y no en una selección sobre la
base de umbrales mínimos y elevados de
competencias.
Por eso existe una
percepción generalizada sobre la insuficiencia y
futilidad de los instrumentos aplicados cuando
se aplican para la evaluación docente durante
su ejercicio profesional. En general son
evaluaciones subjetivas y su modalidad de
implementación las convierte en meros requisitos
formales. En definitiva, se configura el entramado
de una simulación: se hace como si se
evaluara. En otras palabras, es una práctica
repetitiva, no sujeta a crítica que, allí donde
existe, se ha transformado en un trámite
adicional, carente de sentido. Se ha desarrollado de
modo tal que ha llegado a ser un derecho,
no una recompensa o una sanción (Dupuy y
Thoenig, 1993). Por eso, tal como están dadas las
cosas, una buena calificación dice poco o
nada acerca del verdadero desempeño docente.
La supervisión, que debería cumplir un rol
protagónico en la evaluación e identificación de
necesidades de desarrollo profesional,
tradicionalmente se dedicó cuando efectivamente
lo hace más a vigilar
y controlar el cumplimiento de
la normativa que a apoyar el ejercicio profesional
(Uribe, 2000). Perazza y Terigi (2008)
distinguen las situaciones sobre desempeño que
son más o menos sencillas de identificar
respecto de las difíciles. En general, las
primeras son observables; por ejemplo, la
discriminación y las inasistencias. Si solo se
tratara de este tipo de situaciones, la
evaluación no entrañaría la complejidad que
suele presentar. Pero también existe una
dimensión subjetiva en un ámbito donde, en
general, las variables consideradas en
diferentes ocasiones y situaciones son objetivas. A
efectos de ilustrar, se puede mencionar, por
ejemplo, la antigüedad, criterio neutral (si los
hay). Se trata de dos dimensiones totalmente
contrapuestas: la evaluación tradicional es
subjetiva, en tanto la segunda refleja el
impersonalismo de la norma. Sin embargo, el modo
de organización imperan te ha impreso a la
primera las características de la segunda:
objetivando características subjetivas.
Posiblemente, haya algo de inevitable en ello:
es el único recurso que poseen las
jerarquías inmediatas para eludir el
conflicto, en un contexto de aislamiento de la
administración central y de incertidumbre sobre
el apoyo que puedan recibir ante una eventual
situación conflictiva.
6. Motivación e
incentivo
La economía convencional
suele ver gran parte de las acciones humanas a
través de la lente de los incentivos. Los
precios de los cuales el salario es uno de los
más importantes constituyen el incentivo por
antonomasia. En materia laboral, se visualiza los
salarios como medios apropiados para promover
comportamientos, entre otras razones, porque no
son compulsivos ni coercitivos, sino de aceptación
voluntaria. Además, como su fin es la obtención de
resultados, son más fáciles de monitorear y,
dentro de determinados límites (según de qué
acción se trate), permiten promover la iniciativa
individual.
Estos enfoques tienen el
atractivo de brindar soluciones aparentemente
sencillas a problemas complejos. Aunque a veces
esconden un franco desconocimiento acerca de cómo
se debe operar un cambio. No debe perderse de
vista que los incentivos no son un objetivo
en sí mismo. Son, simplemente, un mecanismo,
un medio para alcanzar determinados
resultados. Esta cuestión suele soslayarse en no
pocos análisis cuando se eluden otras dimensiones
diferentes al estímulo monetario.
Una política que se
desentendiera de su responsabilidad y
descansara preponderantemente en los incentivos
daría lugar, por ejemplo, a que la autoridad
central no juegue rol alguno en la mejora de
la productividad más que la definición de
algunas metas y la difusión de las ideas que
deberían ser probadas por los maestros, como
sugiere Monk (1992). Este autor continúa
señalando que, en una versión extrema de esta
visión, no hay nada que pueda ser aprendido de la
experiencia ajena y es un trabajo del
docente encontrar el sentido de la realidad
única que debe enfrentar y descubrir las
formas de alcanzar las metas consensuadas.
Como no existe ningún tipo de sistematicidad, la
probabilidad de éxito es esencialmente azarosa y
así puede surgir la necesidad de premiar a
algunos docentes que hubieran alcanzado ese
éxito: solo de ellos depende alcanzar los logros
esperados.
Para que los incentivos
funcionen se requiere, en primer lugar, una buena
definición de objetivos y reglas de juego
claramente formuladas. Es decir, los criterios
de asignación deben estar bien diseñados,
disponerse de buenos indicadores y equilibrar
las sumas a otorgar. Estas cuestiones atañen a
la faz instrumental, aunque su descuido puede
devenir en el fracaso de los esquemas mejor
intencionados. Desde una perspectiva más general,
las acciones que se llevan adelante en
educación y la implementación de incentivos
forma parte de ellas se vinculan al contexto en el
que se desarrollan. En general, la respuesta a
determinado tipo de incentivo dependerá de: las
características personales, tales como el
género, las habilidades, la especialización en
determinada área temática; y la decisión que
deban adoptar en cada circunstancia. Por
ejemplo el camino a seguir frente a un
adicional puede ser diferente si se trata de
ingresar o permanecer en la docencia (Santiago, 2002
y 2004).
Si el valor establecido permite
atraer y retener a las personas en la docencia, esto
dependerá de múltiples factores y no solo del
incentivo asignado. El problema no se limita
a la presencia o ausencia de incentivos sino,
como se dijo, también deben tenerse en
cuenta las motivaciones del potencial o
eventual perceptor del estímulo monetario. Al
respecto, Windham y Peng (1997) señalan que un
incentivo es un premio o castigo intencional o no
que tiene por objeto la modificación de
algún comportamiento. Por su parte, la
motivación es la condición de ser alentado
para comportarse de determinada manera... es el
resultado de la interacción de los incentivos con
valores individuales y capacidades. Se puede
incentivar con un adicional salarial, pero la
posible respuesta depende de las motivaciones
que tenga cada persona para reaccionar ante
ese estímulo (por ejemplo, un adicional por
trabajar en una zona desfavorable puede tener
diferentes respuestas).
Los factores motivacionales
se pueden abordar según se refieran: a) a
características propias del trabajo docente
tales como su estabilidad, el placer de
enseñar y transmitir conocimiento, estatus, y
valoración por la tarea desarrollada; y al trabajo
en determinada escuela o ambiente en particular,
entre las que se pueden mencionar la
cercanía, seguridad, composición de la matrícula,
el prestigio del centro y el equipo docente.
Naturalmente, hay
dimensiones como las condiciones de trabajo
que se presentan en ambos niveles de análisis.
Además, todas ellas están atravesadas por las
características, historias y situaciones
personales de cada trabajador. A los efectos de
aportar al diseño o análisis de políticas
públicas que contemplen estas dos
características, es posible sistematizar y resumir
el vínculo entre incentivos y motivación a través de
esta sencilla matriz:
Incentivo No
Incentivo Motivación I II No
Motivación III IV
Cuando ambas confluyen, la
situación podría catalogarse casi de ideal
(primer cuadrante). Se dispone de los
recursos, se diseñan los mecanismos correctos
y adecuados para implementar el incentivo y
los eventuales beneficiarios reaccionan
positivamente. Parecería que, ex ante, las
condiciones para la eficacia se encuentran
presentes. Esto se podría extender a cualquier
política: en el ámbito educativo, por ejemplo,
se podrían señalar el impacto positivo
esperado de los adicionales salariales que se
proponen disminuir el ausentismo docente, los
aportes a las escuelas que alcancen un
desempeño determinado y las becas estudiantiles.
El segundo cuadrante podría
significar la pérdida de una oportunidad. El
actor desea o está dispuesto a comportarse
de determinada manera, pero la ausencia de
incentivos puede dificultar el sostenimiento de
la situación en el tiempo. El ejemplo
emblemático en educación sería, una vez más,
el salario docente (porque el incentivo no
es, necesariamente, una suma adicional a la
remuneración básica; bien podría serlo el ingreso en
su totalidad). Los maestros y profesores pueden
estar muy motivados y ser entusiastas en su trabajo,
pero los bajos ingresos podrían minar el ánimo hasta
del mejor predispuesto.
Por su parte, cuando no
existe motivación ni incentivos (cuarto
cuadrante), las perspectivas no son nada
halagüeñas y el desafío de la eventual política
pública es mucho mayor. No actuar implicará,
probablemente, el statu quo o el agrava miento de la
situación actual. Por otro lado, si se decide
proceder y modificar el estado de cosas,
deberá avanzarse simultáneamente en ambas
dimensiones. Porque incidir positivamente en la
motivación y no en el incentivo, podría
conducir a la situación ya descripta para el segundo
cuadrante.
Por último, contar con el
incentivo y no con la motivación, se
corresponde con la situación del tercer
cuadrante. Así, se puede intentar inducir el
mejor desempeño con un reconocimiento monetario
dado, pero la posible respuesta dependerá del
contexto y motivaciones que tenga cada docente
para reaccionar ante ese aliciente. Por eso,
aunque conociéramos o fuéramos capaces de
diseñar un sistema de adicionales (de todo
tipo) algebraica y económicamente perfectos, la
respuesta dependerá, en última instancia, de
cómo se posicionen las personas frente al
estímulo. Entre otras razones, es por eso
que los incentivos no siempre tienen impacto
o, cuando lo tienen, es posible que
funcionen, pero de un modo diferente al esperado.
Para sintetizar, la eventual
incidencia de una medida salarial dada dependerá
de la presencia o ausencia, según el caso, de
numerosos factores que se influyen mutuamente. En
grandes líneas, se puede considerar:
1. A pesar de los
múltiples experimentos y discusiones que ha
se han registrado en torno al salario, no
es mucho lo que se sabe sobre su verdadera
influencia respecto a la atracción y re tención de
buenos docentes. Desde un punto de vista
teórico, los contextos, las historias y los factores
institucionales que inciden sobre la decisión de
seguir la carrera docente, por un lado, y la de
contratarlos, por el otro, son tan potentes
y, en ocasiones, divergen tanto de la teoría
económica convencional, que no es fácil
predecir cuál será la respuesta ante un cambio en
las reglas de juego. Todavía se desconoce hasta qué
punto el salario afecta la decisión de ingresar y
permanecer en la docencia. No obstante, esto no debe
llevar a la resignación y, por lo tanto, a la
parálisis. Si los factores económicos no solo
el salario no fueran variables importantes,
no habría mucho más para discutir y, sea
cual fuere el camino a seguir, no se dispondría
de mucho espacio para albergar esperanzas de
cambios. Solo restaría continuar discutiendo el
nivel absoluto del salario en el tradicional
contexto de las pujas distributivas.
Sin embargo, es necesario
tener presente que las remuneraciones poseen una
doble importancia: para los individuos y para
la organización. Para los docentes representan los
ingresos con los cuales procuran satisfacer sus
necesidades. Asimismo, pueden influir en su
comportamiento como miembros de un colectivo
específico, y por lo tanto, en su
rendimiento. Las teorías sobre el vínculo
entre las formas de remunerar y las
motivaciones dentro de una organización
son numerosas. Aunque no
existen unanimidades, hasta los analistas más
escépticos aceptan el hecho de que si bien el
salario y la carrera dentro de una institución
pueden no ser factores motivacionales, podrían
llegar a constituir una causa de
insatisfacción. Por otra parte, la mayoría de
los estudios señala que los docentes, como
sucede con otros actores en la sociedad,
ajustan su comportamiento conforme los
incentivos existentes en su trabajo. Además,
estas mismas investigaciones señalan que cuanto
más explicitados y claramente formulados se
encuentran dichos estímulos, mejores y mayo res
efectos producen (ver, por ejemplo, Odden y Kelley,
1997; Hanushek et al. 1994 y Umansky,
2005).
Desde el punto de vista
organizacional, el tipo de estructura salarial no
solo significa costos en personal que deben
contemplarse para garantizar su adecuado
funcionamiento: el (buen) diseño del sistema de
compensaciones forma parte de las herramientas
disponibles para diferenciar y reconocer el
comportamiento de los individuos dentro de la
organización.
Por eso, son varios los
factores que deben tener se en cuenta para
definir eventuales cursos de acción. Entre ellos:
la carrera y las oportunidades de desarrollo
profesional; la situación de los mercados y
condiciones laborales de otras profesiones;
la tasa de desocupación de la
economía y, en forma más general, su vínculo con el
ciclo económico; la evolución y
magnitud de la propia oferta de maestros; y los
beneficios supletorios.
Estos son solo algunos de
los tantos aspectos que integran el amplio abanico
de condicionantes que se entrecruzan e inciden
sobre la cantidad de personas dispuestas a
trabajar y permanecer en la docencia.
Respecto al análisis
salarial propiamente dicho, también son varias
las cuestiones que deben considerarse. La
revisión somera de algunos de los puntos
tratados en el trabajo arroja como mínimo, un
temario que abarca:
1) el análisis de la
remuneración básica, tanto
al inicio como durante la
trayectoria laboral;
2)su contribución a la canasta
de consumo;
3) la relación con
otros trabajadores comparables de la economía;
4) los adicionales
salariales y demás beneficios pecuniarios y no
pecuniarios que eventual mente pudieran definirse;
5) la valorización
monetaria de las condiciones
laborales;
6) la tasa de retorno de
la docencia en distintos países de la región y su
contraste con el de otras ocupaciones;
7) la incidencia de los
factores institucionales sobre las estructuras
salariales y de incentivos; y
8) el estudio de los
puestos de trabajo sus requisitos y su
correspondencia con la de terminación de los
salarios.
Son estas también algunas
de las cuestiones a integrar dentro del
cuadro de elementos que se conjugan para que
alguien se sienta atraído por esta profesión.
2.
En lo que se refiere a la demanda, se trata
de continuar indagando y experimentando con
las medidas salariales que promuevan un mejor
desempeño. Este ha sido uno de los temas más
sensibles en el debate de los últimos lustros. No
obstante, cabe recordar que si la cuestión
sala rial resulta insuficiente para resolver
este tema, es porque constituye solo una de
las tantas dimensiones que deben atenderse. Esta
es una de las tantas razones por las que limitar los
cambios a aumentar solo el salario podría implicar
que se incremente la cantidad de oferentes de la
calidad prevaleciente, sin lograr que se
acerquen aquellos candidatos cuyos salarios de
reserva sean mayores.
Por ejemplo, si un aumento
del salario relativo indujera a una mayor
oferta docente, librarlo a las fuerzas de
mercado debería, teóricamente, ayudar a alinear la
oferta y demanda docente en un contexto de
escasez. Un incremento salarial debería
implicar una mayor oferta y, probable mente,
de mejor calidad. Esto último se podría
verificar por dos vías: a) atrayendo a
aquellos que tienen salarios de reserva más
altos o b) elevando las credenciales
requeridas frente a la mayor oferta. En la
mejor tradición de la teoría de las filas, la
demanda no competiría por atraer a los mejores
docentes ni acomodaría el salario en función
de los postulantes, al menos dentro del
circuito estatal que es mayoritario en buena
parte de los sistemas educativos. Por el
contrario, son los docentes los que se ajustarían a
esa demanda. En los concursos por antecedentes,
por ejemplo, los listados de orden de
prelación responden a este patrón. Esto no
constituiría problema alguno si no fuera porque
contribuye a consolidar diferentes circuitos (ya
segmentados): en general, los mejores profesionales
no se inscriben en las escuelas donde son más
necesarios, sino en aquellas en las que las
condiciones de trabajo (les) son más favorables.
De ahí que el salario no
puede ni debe ser la única forma de promover
cambios: como mínimo debe estar acompañado de
regulaciones que garanticen el logro de los
objetivos perseguidos. Pero como es un instrumento
muy sensible y, paralelamente, se trata de uno
de los precios más importantes en cualquier
mercado, la economía convencional deposita
toda su atención en esa variable. Este
trabajo también focalizó su atención en el
salario, aunque no está de más insistir en que
representa solo uno de los instrumentos con
que cuentan las políticas de personal. La
atracción y retención de buenos docentes
también depende de las formas de reclutamiento, se
lección, incorporación, distribución, evaluación,
formación, capacitación y condiciones laborales.
Tradicionalmente, la discusión de los eventuales
cambios en las estructuras salariales docentes
se ha realizado a partir de ese emergente,
soslayando la necesidad de contemplar el
resto de las fases del ciclo de administración de
recursos humanos. El mayor inconveniente no se
deriva del necesario recorte analítico, sino
de la falsa creencia de suponer que, a
partir de un único instrumento, se puede
mejorar la enseñanza y remediar los déficit
heredados de etapas anteriores (por ejemplo, la
deficiente formación o las debilidades del proceso
de reclutamiento).
Suelen entonces plantearse
varios objetivos simultáneos hacia los que se
deberían orientar los cambios. Sintéticamente,
Hassel (2002) señala que se debe:
promover que
más personas con potencial
para la docencia entren a la
profesión;
convencer a los
buenos docentes que permanezcan en sus escuelas;
inducir a que
más docentes asuman tareas
más difíciles;
promover la
capacidad de los docentes en la
utilización de prácticas más
efectivas; y
alentar a que los
docentes de bajo desempeño se alejen de la docencia.
Luego de una vasta
revisión, lectura y reflexión sobre los aspectos
teóricos y las experiencias de reformas, no podría
menos que coincidirse con el autor en que quizás
no sea posible encontrar el sistema que
funciona sino, más modestamente, aquel que mejore
la situación actual.
Para ello habría que
aquilatar si los medios empleados se adecuan
a los objetivos que se espera alcanzar. Para
analizar esa racionalidad, hay que estudiar la
coherencia entre los instrumentos, los
procedimientos y los métodos (Chiavenato, 1999). En
tiempos recientes, comenzó a hacerse hincapié en
la dimensión de la eficacia; es decir, el grado
de cumplimiento de los objetivos. En lo que se
refiere a la dimensión de la administración de
recursos humanos, se considera que los objetivos
se alcanzan cuando, entre otras cosas:
hay capacidad
para encontrar el personal
adecuado;
la satisfacción con
el trabajo es alta;
la rotación y
ausentismo es baja; y
hay capacidad
para adaptarse al ambiente
externo (Chiavenato, 1999).
En otras palabras, el
objetivo de la administración de personal
docente es disponer de profesionales
calificados y motivados con la menor rotación
posible.
3.
Aunque con sus particularidades en los
distintos países, las señales que se les envía a los
aspirantes a la docencia configuran una situación
tal que no sorprenden los escasos resultados
alcanzados. Si estos se interesaran por conocer las
regulaciones de este trabajo, se les podrían
reseñar, entre otras, algunas de las
siguientes características:
menos años de
estudio que otras carreras;
menos exigencias
en el ingreso a la profesión;
probablemente, una
mayor remuneración por
hora de trabajo;
más previsibilidad;
estabilidad y
seguridad (salvo casos excepcionales, nadie será
expulsado de su empleo);
los aumentos
salariales son escalonados en el tiempo,
independientemente del desempeño;
posibilidad de
elegir el lugar de trabajo;
no es obligatorio
(hacer el esfuerzo de) actualizarse;
tampoco se
compensa si se lo hace, ni se
sanciona el no hacerlo;
la evaluación al
desempeño cuando existe es inconducente y no
configura compromisos de ningún tipo; y
todas las demás
características discutidas a lo largo de este
trabajo.
Es lógico considerar que un
solo instrumento resultará insuficiente para reparar
las consecuencias derivadas de algunos de esos
atributos de la administración docente.
Revertir la situación requiere
del acompañamiento de acciones tanto por el lado de
la formación, como de la acreditación y de los
requisitos exigidos para ingresar y permanecer
en la docencia. Al avanzar simultáneamente sobre
varios frentes, se estarían encarando los
problemas de disminución de la oferta (en
cantidad y calidad) y el incremento de la
demanda.
Por último, en lo que se
refiere específicamente a la cuestión salarial, las
opciones para preceder o acompañar los demás
cambios no son pocas. El rango comprende un menú
que abarca desde una mayor regulación y control
estatal, hasta medidas que emulen el libre
mercado (o una combinación de ambas). Las
alternativas a seguir recibirán apoyos u
objeciones según quienes las sustenten y la
perspectiva desde las que se trate el tema:
económica, administrativo organizacional,
histórica, social o cultural. Frente a este
panorama, si no se dispone de un mejor camino, al
menos no debería optarse por el peor, que es la
inacción.
Postscriptum
Una versión preliminar de
este trabajo se presentó en el Tercer
Encuentro del Subgrupo de Salarios del Grupo
sobre Desarrollo Profesional Docente del PREAL. Del
fructífero intercambio que suscitó, se destaca que
si bien en los comentarios finales hay un
punteo sobre futuros temas a contemplar, es
conveniente ordenarlos y precisarlos de un
modo alternativo y complementario a la vez.
En particular, Claudio de Moura Castro tuvo la
gentileza de sintetizar los aportes realizados
en la reunión y sugirió tener en cuenta o
profundizar en próximas discusiones varios aspectos,
entre lo cuales se destacan los siguientes:
1.
Deberíamos interrogarnos, una
vez más: a) en qué medida la teoría económica puede
explicar y generar políticas de remuneraciones
docentes y, b) cuál es el rol de la política
salarial en la gestión de una educación de
calidad. Esto implica discutir, por ejemplo,
la validez del marco analítico disponible y la
versión de la teoría micro económica a aplicar.
En forma más directa sugiere que nos
preguntemos si la teoría económica puede
explicar algunos de los comportamientos y problemas
planteados a lo largo del trabajo.
2.
Debe continuar discutiéndose
sobre los incentivos, seguir explorando por
qué en algunos casos parecerían ser eficaces y en
otros no, cuáles son los factores que estarían
limitando su potencial y la influencia de los
aumentos salariales, tanto sobre la oferta como
sobre el desempeño. También se destaca un punto
que subyace o, en todo caso, debería subyacer
en estos debates: si la especificidad del trabajo
docente es tal que permite justificar o
comprender los motivos por los cuales el análisis
a desarrollar deba ser diferente al de las demás
profesiones.
3. Se debe reflexionar
sobre la influencia de los factores
institucionales sobre el mercado de trabajo
docente. Aquí están presentes la determinación de
los salarios al nivel central, el importante rol
del sector público en la contratación de los
docentes y la gran cantidad de regulaciones
estatales sobre la carrera magisterial. Se sugiere
la conveniencia de incluir en la agenda una
eventual revisión de varias de dichas
regulaciones; por ejemplo, sobre las exigencias de
la formación docente, requisitos mínimos para
ingresar a la profesión, la carrera y todo lo que
ella involucra.
4.Corresponde continuar
indagando sobre las acciones para inducir a
mejorar y aumentar, si fuera el caso, la
oferta de docentes. Aquí debe analizarse el
papel de las condiciones de trabajo, el
potencial de las tecnologías para elevar la
productividad, la evolución del empleo, la
productividad del resto de los sectores y el
comportamiento del ciclo económico y su influencia
en la cantidad de personas dispuestas a trabajar en
la docencia.
Naturalmente, el salario es
la variable omnipresente y contra las que se
contrastan cada una de todas las cuestiones
aquí tratadas. Por ello, deben continuarse
explorando las distintas
medidas que lo hagan no solo
comparable a través del tiempo, entre países y
con otras ocupaciones, sino que permitan
además determinar si fuera posible cuál
es la remuneración al inicio y a lo largo de la
carrera que corresponda al valor de reproducción de
su fuerza de trabajo y, por lo tanto, que
al contemplar su contribución social, permita
atender al desafío de siempre: cómo atraer y
retener buenos docentes.
LA
ONDA®
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