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En el mes de la mujer,
recordemos a las olvidadas lemnias
por el
Dr. Alfredo Allende
Menos famosas que las
amazonas, las lemnias ocuparon un lugar curioso
dentro del cuadro mitológico de mujeres con algunos
poderes sobre los hombres. Ellas habían tenido
maridos pero fueron castigadas por Afrodita a raíz
de una ofensa que le infligieron a esta diosa
griega, quedando impregnadas de una fetidez de tal
naturaleza que los varones jóvenes huían de sus
brazos y preferían a las esclavas de otros pueblos.
Las lemnias tomaron venganza degollando a los
habitantes del otro sexo y convirtieron a Lemnos en
una comunidad exclusiva de mujeres. Cuando llegó el
mítico Jasón con sus argonautas, las damas de Lemnos
los acogieron y desapareció de inmediato el
repugnante olor de sus cuerpos. Jasón entonces se
casó con la reina virgen Hipsíla y a partir de ese
matrimonio todo volvió a la anterior normalidad. No
podemos olvidar que el mal olor de las lemnias
desaparece por su unión con los varones, y que se
restableció el orden civilizado cuando ellas
abandonaron la actitud hostil hacia éstos.
En ambos casos
-amazonas y lemnias-, se trató de mujeres crueles y
belicosas; si se las hace protagonistas de una saga
de matriarcado en illo tempo no queda bien parado
el prestigio femenino. Entendemos que sí quedó
evidenciado el temor masculino. Ambos pueblos
mujeriles ponían en claro la violencia y la
peligrosidad anidadas en el espíritu femenino cuando
queda librado a sus propias decisiones.
La reminiscencia de
una supuesta edad en la que el matriarcado se
conducía contra las normas propugnadas por la polis
patriarcal fue persistente. Se mezclaba el celado
terror a lo femenino con la barbarie; ésta servía de
excusa para apuntalar la misoginia y la ginecofobia.
Las doctrinas sobre la escasa e inferior importancia
de la participación de la mujer en la concepción de
una nueva vida, que Aristóteles revistió de
pretendido carácter filosófico-científico, habrá
aportado cierta tranquilidad al varón concebido así
como un dios capaz de dar forma a la materia bruta
de la naturaleza humana (ver este apunte 4°. 8). Y
de recrear la civilización, destruida por las
amazonas y las lemnias.
En una obra de
su vejez, de Platón[i],
se nos ocurre hay un ejemplo diáfano sobre la
posición de las mujeres en las ciudades griegas.
Sócrates está conversando con su amigo Teodoro quien
elogia con entusiasmo las virtudes intelectuales de
un joven, Teetetes. Esto da curiosidad al Maestro
-inalterable buscador de interlocutores valiosos a
fin de volcarlos a la sabiduría-, quien luego de
expresar que recibía una buena noticia por
las alabanzas de Teodoro a ese muchacho pregunta: ¿Pero,
de quién es hijo? En el diálogo no se desliza
el nombre de la madre y la demanda estaba dirigida
al nombre del padre, no pudiendo Teodoro recordarlo
pero sí Sócrates, quien hace una brevísima apología
de él, por lo que queda augurado para el hijo una
recomendación introductoria, sin que llegue jamás a
hablarse de la madre. Como se advierte, el caso dado
es sencillo y nítido. En la polis interesaba sólo la
procedencia paterna, los varones no tenían en cuenta
a parientes femeninos.
No se deja de hablar
de mujeres en esta obra de Platón, claro que se
establece una jerarquía adecuada a la superioridad
del hombre; se las menciona para que sirvan de
mensura que resalta la mayor altura del varón. En
efecto, en el diálogo entre Sócrates y Teetetes,
aquél explica que es hijo de una partera y que él
mismo actúa en el oficio, aunque resalta que lo suyo
es superior porque partea con hombres -no con
mujeres-, a los que extrae la sabiduría de la que
está preñada el alma de ellos. El oficio de
matronas es muy inferior al mío, pues busca
hacer nacer ideas, y no cosas físicas, fácilmente
discernibles.
Se ha reiterado
que la ciudad griega era un club de hombres (de
hombres libres, pues los esclavos estaban
tajantemente excluidos de participar) del cual
estaban prescindidas las mujeres, con una pretendida
excepción a veces señalada, Esparta, particularidad
que sin embargo no parece reflejar la realidad de la
vida pública lacedemonia, completamente varonil. En
el mejor de los casos se habría tratado de una
masculinización masiva de la población femenina
espartana que no implicó una paridad en el poder del
país; pensamos que fue al revés de lo supuesto: las
mujeres desaparecieron para dar lugar a una especie
de marimachos no sólo en lo físico. La actividad
gimnástica de las espartanas ha sido explicada por
Plutarco como una práctica enderezada a apuntalar la
estricta función femenina de procreación; se
preparaban como los jóvenes varones se entrenaban. En
otras palabras, la desnudez y el ejercicio de las
robustas espartanas no llegan a ser concebidos como
reflejo de una igualdad entre los sexos, sino como
auténtica virilización.[ii]
El meneo femenino en Esparta fue una empresa cívica
destinada a dar a luz machos fuertes y mujeres
viriles con tenaz resistencia y vocación hacia la
recreación de las generaciones.
En cambio, Atenas
emitía reglas que reclamaban recato e inmovilidad
para las mujeres. Hestia era la diosa olímpica que
cuidaba desde su hierática configuración, el fuego
sagrado hogareño ateniense, misión importante,
forjada en el recinto cerrado de la morada que
consagraba el esencial y obligado inmovilismo de las
mujeres. No faltaron voces en Atenas que zaherían
las costumbres de las espartanas, incitadoras,
lúbricas, con sus ejercicios en las palestras,
exhibiendo muslos desnudos, melenas sueltas. Así
protestaba Eurípides en Andrómaca.
En la antigüedad
griega ese club de hombres llegó a negar que la
mujer transportara su religión doméstica al nuevo
hogar, el perteneciente a su esposo; quedaba
desligada de los penates propios de su familia
paterna, de los ritos y fórmulas rogatorias que,
según Fustel de Coulanges, eran exclusivos de cada
hogar.
Para despejar toda
duda sobre el carácter de sometimiento al que se la
reducía, tenemos por entonces la famosa ceremonia
del ingreso al hogar en brazos del novio. Sea que se
la entendiese sólo como una reminiscencia de los
raptos o que de esta manera se probase la falta de
importancia de la voluntad de la desposada (ya que
debía entrar por la fuerza), se simbolizaba el acato
a los dictados del esposo y la inexistencia de voz
femenina en el nuevo estado civil.
Por supuesto que el
ajuste entre las normas y la realidad no era siempre
férreo; en el espacio doméstico podía llegar a tener
la esposa una cierta jurisdicción de hecho, que
ejercería sin mayores impedimentos. Queremos
subrayar es que en principio, por efecto de los usos
y de la legislación, la exclusión no nos parece que
merezca ser puesta en discusión, a pesar de alguna
tentativa existente por exaltar la presencia
femenina en la vida de la polis.
La ciudad entendida
como un emprendimiento político, como un proyecto de
vida, descartaba a las mujeres de cualquier
determinación pública, y aun de las importantes
privadas. Las diferencias entre una fémina libre y
una esclava podían no resultar siempre muy tajantes;
las distinciones radicaban principalmente en que
aquélla podía hasta cierto punto ser sujeto de
algunos derechos menores, sobre todo de carácter
negativo (no podían ser vendidas, no debían sin
causa quedar encadenadas, etcétera) en tanto las
esclavas eran sólo objetos del derecho de los amos.
Las esclavas, al margen de efectuar las labores
domésticas o rurales que se les exigían, satisfacían
los reclamos sexuales de los varones de la familia;
sus hijos pertenecían al patrón, a su patrimonio.
Pero la mujer
denominada libre tampoco participaba, de la misma
forma que la esclava, normalmente de las ceremonias
religiosas, de las asambleas, de las magistraturas;
las damas aristocráticas y las de clase que
podríamos denominar media, no realizaban compras
fuera de su oikos, de su casa y tierra confortantes
del hogar significado por esa voz griega; estaban
confinadas a lo que se llamaría el gineceo; las
mujeres no educaban a sus hijos, no asistían a
ningún centro de estudio, de manera tal que
resultaba harto difícil que pudieran desenvolver sus
capacidades mentales ni siquiera medianamente. La
presencia en el foro, en el estadio o en las marchas
bélicas, constituyeron un trajín propio y exclusivo
del varón, de acuerdo con el imaginario de los
espacios griegos.
[i]
Diálogos. Teetetes o de la ciencia.
C.S. Ediciones. Buenos Aires, 1996.
[ii]
En De amazonas a ciudadanos de Ana
Iriarte Goñi, cap. V.
LA
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