Obama ignora cómo ayudar
a la clase media de su país
por Joseph Stiglitz
Premio Nobel de Economía (2001)

Mientras yo escribía mi último libro, Caída libre, el presidente Barack Obama asumía un gran riesgo al inicio de su administración. En lugar del cambio que había prometido su campaña, conservó a muchos de los funcionarios de antes y mantuvo la misma estrategia de "goteo de la riqueza hacia abajo" para enfrentar la crisis financiera. Sus colaboradores creían que ofrecerles suficiente dinero a los bancos era la mejor manera de ayudar a propietarios y trabajadores.

 

Si el intento de Obama de ingeniárselas para hacer algo hubiera funcionado, se habrían evitado algunas grandes batallas filosóficas. Pero no funcionó, y hacía mucho tiempo que la antipatía popular contra los bancos no era tan grande.

 

Los intentos de Obama por complacer a todos, tan evidentes en las últimas semanas, probablemente no atemperen a nadie. Los pregoneros del déficit -especialmente entre los banqueros que se quedaron paralizados durante el rescate gubernamental de sus instituciones, pero que ahora han regresado para vengarse- utilizan la preocupación por el creciente déficit para justificar recortes en el gasto. Pero estas opiniones sobre cómo administrar la economía no son mejores que la estrategia de los banqueros para administrar sus propias instituciones. Reducir el gasto ahora debilitará la economía.

 

En un intento por "hallar la cuadratura del círculo" entre la necesidad de estimular la economía y complacer a los pregoneros del déficit, Obama propuso reducciones del déficit que, al tiempo que alienaron a los demócratas liberales, resultaron demasiado pequeñas como para satisfacer a los halcones. Otros gestos para ayudar a la agobiada clase media norteamericana pueden demostrar una profunda sensibilidad, pero son demasiado pequeños como para marcar una diferencia significativa.

 

Hay tres cosas que sí pueden marcar una diferencia: un segundo estímulo, contener la ola de embargos de casas encontrándole una solución a aproximadamente el 25% de las hipotecas cuyo valor supera el de la vivienda y reformular nuestro sistema financiero para poner riendas a los bancos.

 

Hubo un momento hace un año cuando Obama, con su enorme capital político, tal vez habría podido llevar a buen puerto esta ambiciosa agenda y, tomando estos éxitos como base, podría haber luego intentado resolver los otros problemas de Estados Unidos. Pero la furia que generó el rescate y la desilusión por las crecientes pérdidas de empleos han circunscripto marcadamente su espacio de maniobra.

 

De hecho, hay señales de escepticismo incluso respecto de si Obama podrá llevar adelante sus bienvenidos y demorados esfuerzos por poner límites a los bancos demasiado grandes para quebrar y a su imprudente toma de riesgo. Sin eso, lo más probable es que la economía enfrente otra crisis en un futuro no tan distante.

 

A la mayoría de los norteamericanos, sin embargo, lo que más les preocupa es la crisis de hoy, no la de mañana. Se espera que el crecimiento en los próximos dos años sea tan anémico que apenas podrá crear empleos suficientes para quienes recién entran en la fuerza laboral, mucho menos regresar el desempleo a un nivel aceptable. Los mercados sin restricciones pueden haber causado esta calamidad, y los mercados por sí mismos no nos sacarán de ella, al menos en el corto plazo. Es necesaria la acción del gobierno, y eso exigirá un liderazgo político efectivo y convincente.

Fuente: viviendared

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