Tabaré Vázquez: el desarrollo
exige inteligencia y capacidad
Discurso Completo desde Maruecos
Marrakech, marzo 17, 2010

Señor  Yusuf Amrani,

Secretario General del Ministerio de

Relaciones Exteriores del Reino de Marruecos;

 

Señor Bruno Joubert,

Embajador de Francia en este país;

 

Señor Olav Kjörven,

Director del Bureau de Políticas de Desarrollo

de  Programa de Naciones Unidas para el desarrollo;

 

Señoras y señores participantes en este evento;

 

Amigas y amigos:

 

Agradezco al Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, al gobierno del Reino de Marruecos  y al Ministerio de Asuntos Exteriores de Francia haberme asignado el honor y el desafío de abrir este evento.

 

Agradezco también a todos ustedes la hospitalidad con que me reciben. Aquí  en Marrakech, entre ustedes amigos marroquíes y de todos los  países representados en este encuentro,  me siento como en casa.

 

Sentirse como en casa genera un ambiente de confianza en el cual deseo compartir con ustedes algunas consideraciones, (… apenas algunas consideraciones…) en torno al desafío que nos convoca que es, nada menos que el de la capacidad para el desarrollo.

 

Enfatizo la palabra capacidad porque el desarrollo, siendo un objetivo tan plausible, tan necesario, tan compartible y tan posible, no es un objetivo al que se llega por milagro, por inercia o por decreto.

 

Por el contrario: el desarrollo es un proceso que exige, además de voluntad y compromiso,  inteligencia y capacidad.

 

Capacidad que, a su vez,  hay que adquirir pero que no se compra en los supermercados.

 

Parece un trabalenguas, pero no lo es ....

 

En materia de desarrollo y capacidad para el desarrollo no hay fórmulas mágicas, recetas infalibles, ni atajos mediáticos.

 

Hay, en mi opinión y desde mi experiencia,  algunas claves que intentaré exponer muy brevemente para no aburrirlos y para dar paso a un diálogo dinámico y fecundo entre todos los aquí presentes.

 

 “No hay destino más hermoso para el ser humano que desempeñar dignamente el oficio de ser hombre”, expresaba  hace casi cinco siglos Michel de Montaigne.

 

Conviene tener presente aquella enseñanza. Pero no para usarla como adorno sino para asumirla como tarea colectiva y cotidiana porque  también hoy, quinientos años después de Montaigne, el oficio más hermoso, el que más dignifica al ser humano, sigue siendo asumir plenamente su condición de tal.

 

Con ventajas y agravantes respecto a aquel entonces: nunca antes la humanidad tuvo tantas oportunidades de progresar, pero nunca antes la sobrevivencia de la especie humana corrió tantos riesgos.

 

Hay señales inequívocas de esta suerte de bipolaridad. Pero el mundo no puede ser, como en algunos aspectos hoy parece serlo, un manicomio administrado por sus pacientes.

 

De nosotros, solamente de nosotros, depende  disipar los riesgos y aprovechar las oportunidades.

 

La dignidad de los hombres no se mide por lo que tienen, sino por lo que son.

 

Y en primer lugar han de ser libres. Porque sin libertad la vida no tiene sentido.

 

…. Han de ser libres, …. pero también han de ser iguales. Porque así como los derechos son la ética de la democracia, la igualdad es la ética de la libertad.

 

Y porque una cosa es ser  diferentes y otra  es ser desiguales. La diversidad es un factor de democracia y prosperidad,  pero la desigualdad es una pesada carga  para las mismas.

 

Lo digo con propiedad y con dolor, porque provengo de Latinoamérica una región que no es la más pobre del mundo, pero es la más desigual. Un tercio de los 180 millones de latinoamericanos son pobres, y de ellos casi un tercio son indigentes . Esta realidad que padecen tantos, nos afecta a todos.

 

Y si bien en el contexto latinoamericano Uruguay, mi país, es uno de los  “menos desiguales”,  ello no nos exime de responsabilidades y tareas

 

No se trata de caer en el igualitarismo a partir de una lectura simple y unilateral de la realidad, sino de responder a la complejidad de ésta con equidad y, sobre todo,  igualdad de oportunidades.

 

Y eso es lo que Uruguay está haciendo.  Nuestro país - un país joven,  pequeño en términos territoriales y demográficos, calificado como un país de renta media- no tiene vocación ni pretensiones de modelo perfecto ni de ejemplo a seguir y yo no tengo el propósito de enumerar aquí todas las políticas públicas que Uruguay instrumenta a favor de la equidad e igualdad de oportunidades.

 

Pero no puedo dejar de mencionar una en la cual somos, modestamente, pioneros. Me refiero al Plan CEIBAL que, según he sido informado,  ha obtenido el Primer Premio en la Feria del Conocimiento que se realiza en el contexto de este encuentro.

 

Para no agobiarlos detallando la sigla, digamos que el Plan Ceibal es  la   versión uruguaya del programa “una computadora/un niño” y “una computadora por maestro” entregada gratuitamente por el Estado.

 

Y de eso se trata, en principio: adjudicar gratuitamente a cada alumno y maestro del sistema escolar público del país, una computadora portátil con acceso también gratuito a Internet.

 

El  Plan  se inició en mayo/2007 y es  financiado en su totalidad con recursos del Estado uruguayo, que desde entonces ha destinado más de  USD 100 millones para la adquisición de prototipos y montaje de infraestructura, y USD 15 millones anuales para su  mantenimiento y extensión.

 

Pero el Plan Ceibal  va mucho más allá, es mucho más que comprar, preparar, repartir  y mantener computadoras. El Plan Ceibal es una verdadera revolución en términos educativos y en materia de igualdad de oportunidades de acceso de los niños uruguayos a la  comunicación, a la información y al conocimiento.  Porque en esta materia (como en otras)  la igualdad no puede ser  un privilegio que llega  con la mayoría de edad, sino que ha de ser una condición que viene desde la cuna.

 

El Plan Ceibal no es un lujo, ni un adorno, ni una moda. 

 

Interactúa  con una fuerte apuesta a la salud, a la educación, al empleo calificado, a la protección social,  a la innovación tecnológica, a la investigación científica, al crecimiento económico con justicia social, al desarrollo productivo y sustentable, a la identidad nacional y a la inserción internacional…. en síntesis: es parte de una estrategia de país.

 

Permítanme detenerme un instante en este concepto que también considero clave en el tema que nos ocupa.

 

Las naciones son construcciones históricas. Son tradición, …son pasado, … pero también son futuro, … son proyecto.

 

Futuro y proyecto que,  insisto aún a riesgo de ser agobiante, se construyen pertinaz, colectiva y democráticamente.

 

Construcción en la cual nadie está demás, todos somos importantes y en la que los gobiernos y el Estado (que no son lo mismo, también es bueno recordarlo) tienen competencias y responsabilidades ineludibles e intransferibles.

 

Los gobiernos tienen que gobernar el presente. ¿Qué duda cabe cuando hay problemas que no pueden esperar y que requieren atención permanente?

 

Para decirlo en términos de arquitectura: gobernar es reformar una casa habitada.  Requiere un proyecto, requiere planificación, pero también requiere que lo proyectado y planificado se cumpla,  requiere eficiencia, requiere respeto y tolerancia entre todos, porque todos sabemos lo que es reformar una casa con gente adentro ….

 

Sin perjuicio de lo anterior, gobernar es también prever el futuro, anticiparse al mismo, modelarlo con la mirada puesta en el horizonte y con los pies sobre la realidad.

 

Se dice que soñar no cuesta nada, pero lo cierto es que  los sueños imposibles suelen  resultar caros (en credibilidad, en autoestima, en problemas  sociales  e incluso en costos económicos).

 

Es necesario que las sociedades y las naciones puedan verse a sí mismos con una perspectiva de 20, 30, 50 años hacia delante. Hay instrumentos y metodologías bastante  más precisos que una bola de cristal  para ello y, en tal sentido y pasando de la arquitectura al automovilismo, gobernar también es circular con las luces largas encendidas. 

 

¿Y el Estado?  Podrá discutirse si más grande  o más pequeño, eso no es lo sustancial. Lo sustancial e indiscutible es  su rol como articulador de la sociedad, como regulador de sus conflictos, como sintetizador de sus acuerdos.

 

También es indiscutible  la necesidad de un Estado más cercano a la gente, más transparente y más eficiente. La gente no quiere que le dirijan la vida, pero tampoco quiere andar sola por la vida.

 

En Uruguay, un país de fuerte tradición estatista, iniciamos un proceso de transformación hacia   un Estado que atienda las necesidades básicas de los sectores más vulnerables, que estimule el desarrollo productivo,   que defienda la soberanía nacional, que estimule la integración regional y la inserción internacional; un Estado más  transparente en sus procedimientos y participativo en sus políticas. 

 

No es un proceso sencillo ni breve. Requiere modificaciones legales y reglamentarias que no son fáciles, pero sobre requiere, ante todo,  un cambio cultural.  ¡Y eso sí que es difícil!!!

 

Pero no hay otra alternativa. Mantenerlo como está, sin otro fundamento que la inercia institucional o el interés corporativo de usuarios y trabajadores vinculados a determinada actividad  sería una actitud tan irresponsable  como la de quienes  pretendieron sacrificarlo ante el mercado.

 

No hay incompatibilidad entre el mercado y el  Estado.  Al Estado se le reivindica  mejorando su estructura y su gestión,  adecuándolo a los objetivos del país.

 

Y en esa tarea  estamos los uruguayos.

Una estrategia de país y la igualdad de su gente ante la ley y ante la vida son importantes como capacidad de desarrollo. Pero no son suficientes.

 

El desarrollo, en tanto proceso, requiere sustento político y social. 

 

Ninguna estrategia -por mejor inspirada que esté, por  sólida que sea en sus fundamentos técnicos- , puede prosperar si no logra concitar mayorías que la hagan viable.  El desarrollo requiere gobernabilidad.

 

¿Qué esto tampoco  es sencillo? Por supuesto!!! Pero así es la democracia.  Y ella, aún siendo compleja, es la mejor forma de gobierno y el mejor estado de la sociedad. 

 

Democracia que lejos de ser un estorbo o   un adorno del desarrollo,  es el núcleo del mismo.

 

Y la democracia requiere   ciudadanía.  También estimo  importante  resaltarlo en estos tiempos tan propensos a confundir ciudadanía con teleaudiencia,  política con espectáculo y prosperidad con opulencia.

 

Creo que hay  que rescatar y fortalecer a la ciudadanía como sistema de derechos y responsabilidades, a la política como articulación democrática de la sociedad y a la prosperidad como ser mejores y no como tener más, porque la gente no vale por lo que tiene sino por lo que es.

 

Otro aspecto referido a la capacidad para el desarrollo que me interesa compartir con ustedes se ubica en un plano que trasciende las fronteras nacionales.

 

En efecto; ningún país, por grande y poderoso que sea, puede darse el lujo de la soledad (suponiendo que la soledad sea un lujo, lo cual es bastante discutible…).

 

La capacidad para el desarrollo de un país pasa también por su inserción internacional.

 

Uruguay, ya lo dije, es un país pequeño en términos de territorio y población.

 

Pero también es una región que a su vez no termina en sí misma. Asumimos esa pertenencia que a su vez es nuestra identidad.

 

Por eso no solamente creemos en la paz, en la libertad, en la democracia y en la justicia;  sino que también –o mejor dicho, en consecuencia- rechazamos todo tipo de violencia y discriminación, respetamos el derecho internacional y promovemos el multilateralismo, entendiendo que el mismo debe abarcar también la liberalización de comercio, pues el proteccionismo es al comercio lo que el autoritarismo a la democracia.

 

En ese contexto, somos firmes partidarios de una cooperación Sur - Sur  que abarque, además de inversiones y comercio,  la creación de capacidades productivas que permitan a nuestras naciones aprovechar las ventajas de la globalización y avanzar en sus objetivos de desarrollo.

 

Siento que no puedo  cerrar esta intervención –que en realidad es apenas la enumeración de  algunos puntos iniciales para una discusión más profunda- sin mencionar algo que tal vez debí haber dicho al principio: que Uruguay es el único país de renta media que integra el Programa Piloto de Naciones Unidas “Construyendo Capacidades para el Desarrollo”.

 

Programa que en nuestro caso  abarca proyectos que apuntan a la cohesión social, la modernización de la gestión pública, la seguridad energética, la producción sustentable, el empleo, la promoción de la gestión integral del  territorio, el monitoreo ambiental, el desarrollo local  y la inserción internacional.

 

Reitero que tal vez debí haberlo dicho al principio de la intervención, pero opté por decirlo ahora como forma de expresar que no vine a Marrakech a presenciar una reunión sobre un asunto lejano y ajeno,   sino que estoy aquí como ciudadano de un país que  está generando capacidades para el  desarrollo según las claves que he expuesto para compartir con ustedes.

 

Un país que está un poco lejos, al otro lado del Océano Atlántico. Pero este océano, que en el pasado tanto nos separó,  hoy es un puente que nos une hacia el futuro.

 

Un futuro que puede ser mejor. De nosotros depende que lo sea.

 

Muchas gracias.

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