Sudamérica observa a Europa
- La queda del eurocentrismo
por Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy

La crisis sistémica que vive el sistema-mundo actual, ha traído consigo varias novedades. Entre las de destacar, en esta oportunidad, está la queda del eurocentrismo. Esa forma de ver el mundo a partir de Europa, y por extensión los Estados Unidos de Norteamérica.

 

Mientras tanto, está en proceso la construcción de por lo menos otro sistema-mundo, el de un sector de países emergentes, entre los cuales se encuentran a la cabeza China, la India, Rusia y el Brasil. De cómo perciben las estructuras del poder global estos movimientos tectónicos, depende de la posición geohistórica de cada quien.

 

En Europa, por ejemplo, y desde su patio trasero, el reino de España, esto es visto como la “desoccidentalización”. Tal el título de un interesante artículo del periodista Lluís Bassets, de El País de Madrid, el pasado jueves 18 de marzo de 2010.

 

El periodista Bassets comienza con una frase que ilustra otra variante de la actual ideología del presente. Dice el español lo siguiente: “Las clases medias son las que mandan”.


Que se sepa, quienes continúan mandando y a un ritmo de concentración creciente de las riquezas, son las clases dominantes de cada uno de los Estados contemporáneos.

 

Respecto de las llamadas “clases medias” habría que saber a qué estratos de las mismas se refiere el periodista español, pues las diferencias pueden llegar a ser significativas entre los diversos estratos que las componen.

 

Antes bien, debiera hablarse de las clases dominantes que sí ostentan el poder, en tanto que los diversos estratos de las clases medias, en todo caso, facilitan la manutención del mismo por parte de los estamentos dominantes.

 

Un solo ejemplo alcanza para ilustrarlo: el capitalismo financiero que trajo como resultado esta crisis sistémica, junto con el horrendo manejo – o manipuleo – de las finanzas públicas y privadas de los EUA, vino dado desde las estructuras de poder ubicadas en el vértice superior de la pirámide. Ese lugar que, recordando al historiador francés Fernand Braudel, es el tercer piso de la casa, desde el cual el ansia de lucro lo es todo, sin importar su costo. Lugar éste ocupado, sin duda alguna, por las clases dominantes.

 

De eso, pues, ni palabra, no sea cosa que comenzáramos a ser de izquierdas de veras y no sólo de tinta negra sobre papel blanco o, en su defecto, de un tipo de letra sobre un blanco virtual que luego pase a ser archivo digital compartido comercialmente.

 

En otro artículo del mismo día, en el mismo periódico español, esta vez escrito por el periodista Andrea Rizzi, intitulado “¡Burgueses del mundo, uníos!”, leemos en su subtítulo, lo siguiente: “Las clases medias crecen a un ritmo de vértigo en los países emergentes, pero no combaten a los regímenes autoritarios que los gobiernan”.

 

Es interesante advertir el grado de criticismo que hay, especialmente desde este periódico madrileño, voz principal de un mega grupo económico español, para con los países emergentes. Y es loable, esto es claro.

 

Lástima que nada digan o poco, muy poco, y en forma permanente - como les ocupa, por suerte, nuestra América del Sur -, de otros Estados y regiones. Por ejemplo, sería interesante tener un seguimiento igual de crítico y permanente sobre los regímenes autoritarios en los Estados Unidos de Norteamérica – hablamos del poder permanente y sus efectos concretos en leyes y medidas gubernamentales, bien como de sendos Estados de la Unión Europea.

 

España, este reino contemporáneo – única vía idónea, encontrada hasta la fecha, para mantener unido un territorio desunido -, tan sólo recuerda, en un recuerdo que las más de las veces viene dado allende sus fronteras, a aquellos filósofos, hombres y mujeres que dieron verbo y sangre para la libertad.

Salvo que la España de hoy, tiene como logro primero en lo político, el haber dado y seguir dando políticos de la talla de un Fraga, un González, un Aznar, un Rodríguez y quizá, prontamente, tal vez, un Rajoy. Otros tiempos, otros verbos, ciertamente otras actitudes.

 

Ya avanzado el artículo, cita el periodista Rizzi una frase del historiador británico Lawrence James, autor de “The Middle class: a history”, en conversación telefónica desde Oxford: “Estas nuevas clases medias en países emergentes son todavía frágiles y temen la inestabilidad. Están dispuestas a aceptar regímenes autoritarios que ofrezcan orden, a cambio de que éstos no frustren con excesiva corrupción y clientelismo su ambición de avance social, su aspiración a competir en igualdad de condiciones y su deseo de transmitir a los hijos un futuro mejor”, argüía James.

 

Pero esta frase, a nosotros, por ejemplo, que bien podemos concordar en mucho de lo que trae consigo, parecía estar reflejándonos, con suma claridad, a la propia sociedad inglesa.

 

Esa sociedad que ni el propio Orwell pudo imaginar tan vigilada, tan represiva y a la vez tan desaprensiva con los problemas de los otros. Esa sociedad ya no inglesa, sino británica que supo aupar personas de hierro y arlequines de sonrisa supina como lo fue Tony Blair, destructora de las mayores conquistas sociales la primera, en tanto que el segundo, creador de una tercera vía hacia la nada, pasando por el sendero de la indignidad y el oprobio.

 

Realmente, y volviendo a los dichos del inglés y su relator español, es toda una osadía el endilgarse, en primer término, la potestad de emitir juicios de valor sobre realidades que no se ocupan en estudiar a fondo, máxime cuando huyen, españoles y británicos, si bien que franceses y portugueses, también, de mirar en su propio derredor cuánta hipocresía e iniquidad siguen dando aire a la peor historia, la central, de Europa, ese conglomerado variopinto que hoy, como ayer, pero más desembozadamente, está al garete de los vientos producidos por otros.

 

 Europa se deshilacha y ni así consigue decirle al mundo lo que ocurre, dentro y fuera de fronteras.

 

Presa del capitalismo casino – España es un fiel ejemplo del mismo -, se ahoga en disputas internas, mientras diversos Estados-Nación van incumpliendo las metas trazadas sin que nadie sepa, a ciencia cierta, quién y cómo va a pagar los platos rotos.

 

Tiempo tienen, eso sí, y quizá sea la peor rémora de un eurocentrismo con aroma a naftalina, de pontificar, enarcando las cejas sobre males existentes en los otros, pero sin poder apreciar, y corregir, los mismos males, sólo que ya con una permanencia patológica en sus propios territorios.

 

Por último, pero no menos importante, observamos, desde ese ojo-de-buey español, que es El País, un más que interesante artículo del periodista Carlos Mendo, de fecha 19 de marzo de 2010, intitulado “El declive de Europa”.

 

Dice Mendo en su párrafo inicial, lo siguiente: “Antonio Hernández Mancha, brillante abogado del Estado y efímero presidente de Alianza Popular, se hacía eco el lunes en estas páginas del temor creciente a que Europa, si no reacciona pronto, desaparezca como factor de decisión en el mundo, aplastada, dice Hernández Mancha, entre China y Estados Unidos. Esta preocupación, recogida muchas veces en este periódico por mis compañeros de columna Lluís Bassets, Nacho Torreblanca y Paco Basterra, entre otros, no sólo no decrece sino que aumenta a medida que se comprueba la ineficacia, cuando no la falta de protagonismo, de la Unión Europea en los grandes temas del momento desde la energía al cambio climático, desde la defensa a la presencia en las catástrofes naturales.” (El subrayado es de mi responsabilidad)

 

Podríamos agregar, sin temor a equivocarnos, que Europa tampoco puso freno al casino de las finanzas (lo reiteramos: España es su más ilustrativo ejemplo) sino que tampoco propuso y dispuso medidas activas y productivas para un desempeño, desde la economía política, sano en cuanto a generación auténtica de nuevas y mejores producciones.

 

Al contrario, Europa, la Vieja Europa de los imperios habidos y los otros jamás producidos, continuó discriminando a los otros, es decir, a nosotros los emergentes, en beneficios de unos pocos de los suyos, sobrevalorizando hacia dentro de fronteras y, consiguientemente, desvalorizando nuestras propias producciones.

 

Así, Europa la Vieja, la irresoluta, continuó dilapidando su poder de otrora, manteniendo políticas desleales, discriminatorias y, por ende, injustas, en beneficios de sus sectores de poder que, so pretexto de defender a una parte del campesinado, siguió engordando a sus clases dirigentes. Clases que siguen llamándose lo que son: dominantes, fueron las culpables de haber cometido el desliz de dejarse seducir por el casino y jugar hasta el hartazgo.

 

Luego, esta crisis sistémica  - que unos pocos pero poderosísimos medios de comunicación, quieren hacernos creer que pasó - continúa desarrollándose sin que nadie la haya puesto el cascabel al gato, tanto en EUA como en Europa, en términos generales.

 

Continuemos en el análisis del artículo sobre el declive europeo.

 

Al promediar el mismo, Mendo nos dice que: “Los Estados nacionales, especialmente Alemania y Francia, y sus sistemas fiscales, sus leyes laborales, sus políticas exteriores y de defensa, sus sistemas de pensiones hacen impensable e imposible una armonización a escala europea de los 27 Estados de la Unión.”

 

Vean ustedes: Éste es el modelo que, siguiendo con el eurocentrismo, nos quieren hacer seguir a nosotros, los llamados emergentes…

 

Pero el periodista Mendo dice más y mejor al finalizar su penetrante artículo: “Más que nunca, y ante las medianías existentes al frente de los Gobiernos nacionales, Europa necesita un líder capaz de sacar a la UE del marasmo actual. Y ese líder debiera producirlo Alemania como motor económico de Europa. Pero, existe un problema: Angela Merkel no quiere, por ahora, conducir la locomotora europea. Por razones de política interna prefiere actuar, como dice Newsweek, “a cámara lenta”. Y ni Europea, ni el mundo están para esperas. E pluribus unum, de muchos uno, es el lema de Estados Unidos. La Europa actual parece abrazar el contrario, de uno, muchos. Seguiremos con las diferencias.” Culmina así el artículo. (Negritas y subrayado son de mi responsabilidad)

 

Y después España intenta endilgarnos a los sudamericanos el haber producido “el caudillismo”. Ellos que, aun hoy, precisan, como el aire, alguien que “los conduzca”.

 

Y observen que no sólo pide un líder, sino un líder alemán ¡Qué impostura, por favor!

 

¡Qué cruda realidad muestra a una Europa postrada e incapaz de salir de su peor historia: la despótica, la de las diferencias groseras!

 

Esa historia en la que es posible hablar, genéricamente, de las clases medias pero absolutamente inconveniente estudiar las propias clases dominantes que siguen subyugando a sus pueblos.

 

Y pensar que el francés Jean Monet, creador de la Sociedad del Carbón y de la Sal, génesis de la UE actual, manifestó, años después y ante una entrevista que si tuviera la oportunidad de comenzar de nuevo, la construcción europea, lo haría desde la cultura. Es que, aunque tarde, Monet advirtió la falla estructural que presentaba el edificio que, cual torre de Babel, hoy se presenta ante el mundo.

 

Es la misma Europa que, siguiendo con el ejemplo español, persiste en el intento tragicómico de dar vida a un neocolonialismo llevado adelante con sus megas empresas y con la coordinación “académica” del Real Instituto Elcano.

 

Ciertamente, podríamos citar más ejemplos y desde el mismo periódico en las mismas fechas, sobre cómo y qué quieren se perciba la realidad o realidades… de los otros, pero con los presentados creemos habernos sabido expresar con claridad.

 

A veces, es interesante mirar hacia el otro lado del Atlántico para recordar lo que han hecho y aquello que nosotros no debemos hacer, en el sentido de reiterar sus errores y sus horrores. Obviamente, que de este lado no reina la equidad y la igualdad sino que se está, con claroscuros, en proceso de lograrlas, cosechando avances no pocas veces de manera mancomunada entre nuestros pueblos y sus gobiernos.

 

Porque aquí, vale la pena decirlo, si la discriminación es mucha, si las diferencias son groseras, también es cierto que no pocos son los avances y que al darse se producen también desde lo cultural y a partir del crisol de sus gentes.

 

Lo que sí no solemos hacer es lo que ellos acostumbran a hacer: acusar y ofender, mientras buscan a tientas en sus faltriqueras, cómo seguir robando, cómo seguir hurgando en la bolsa de los otros (subsidios, etcétera).

 

Europa busca un líder, en tanto que Sudamérica se busca en igualdad como destino de los otros, de los diferentes, sin pretender conquistar o reconquistar a nadie.

 

Lo hacemos, con nuestras diferencias, con todos los matices que se quiera colocar, pero desde el indeclinable deseo de ser y de dejar ser a todos, en armonía con los dictámenes republicanos y democráticos, desde una base común de respeto, de dignidad y de equidad. Eso que Europa no tuvo ni nunca tendrá para las clases bajas; esas clases de las que nunca habla porque no las reconoce, como tampoco lo hace desde el opuesto de aquellas: las dominantes, porque las padece desde el silencio y en la oscuridad.

Europa, en suma, busca un líder alemán, un conductor; al menos así lo hace la clase dominante europea y así lo expresan sus voceros más connotados.

 

Sudamérica busca un mejor destino para los suyos, en democracia, ese sistema que Europa aun lo vive como escenografía pero no como sistema auténtico de vida. Porque para ser demócrata no sólo hay que serlo con los suyos sino y especialmente con los otros, los diferentes.

 

Con el tiempo, Europa aprenderá de nosotros.

LA ONDA® DIGITAL

© Copyright 
Revista
LA ONDA digital