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Música para la desolación,
desde “Esa puta memoria”
por
Germán García
El pensamiento no es un
imperio en el imperio
de la lengua, sino el avance
que el lenguaje
adquiere para sí mismo:
lenguaje posible.
Pierre Alféri
En pocas semanas será presentada en Montevideo la
novela “Esa puta memoria” de nuestro colaborador
desde Argentina Eduardo Silveyra, publicada por
Editorial Leviatán.
Al decir del crítico Rubén Sacchi, “la novela, de
marcado perfil autobiográfico, habla del Río de la
Plata, pero no es un ensayo sobre el acuífero que
baña estas costas, sino un fresco de su gente. La
historia está acompañada de un fondo musical. Suena
a jazz pero sabe a tango, es un libro de pérdidas y
abandonos, de nostalgia con dejo arrabalero. A
través de un estilo coloquial y un lenguaje
marcadamente poético, se percibe un trabajo interior
que atraviesa la historia poniéndola a flor de piel
y haciendo que algunos párrafos estén
maravillosamente logrados, dotados de una alta dosis
de sensibilidad”.
Por gentiliza de su autor, La ONDA digital adelanta
a sus lectores el prologo de esta novela escrito por
Germán García que acompaña la novela que en breve se
podrá encontrar
en las librerías de Montevideo.
Eduardo
Silveyra encontró en el jazz una música para la
desolación que atraviesa este libro, del que poco se
puede entender sin llegar el final, después de
atravesar sus diversas configuraciones marcadas por
las exigencias de los personajes, los paisajes
urbanos y las vibraciones del amor, el deseo y la
violencia.
Para el narrador, que no se
lleva por delante a los diversos personajes que
forman la trama de su vida, se trata del relato de
una iniciación con sus pérdidas y sus hallazgos:
“Los lazos montevideanos se deshacían y con los
restos creaba los que me atarían a ese Buenos Aires
psico, a ese Buenos Aires trasatlántico, ahora soy
de aquí, pero en aquel lugar, en esa otra ciudad que
mira al río como si buscara una verdad, siempre
alguien me espera”.
La novela que comienza con el
doctor Segovia despliega una serie de personajes
femeninos que, a partir del nombre propio, son
llamados con variadas aliteraciones que trasmiten
los estados en que se encuentra el narrador. Esos
nombres varían algunas veces de manera despectiva,
otras de forma erótica: “Si sé que esas presencias
pendulares, crean un lenguaje cargado de signos, con
los cuales se emprende una leyenda. Soy lo que me
escribo. Eran piernas de mujer de tango...el
amor...los besos de una puta...le hubiera gustado
verla correr contra el viento...”
Soy lo que escribo; llamo la
atención sobre el reflexivo porque al escribir a los
otros el narrador se escribe una leyenda que incluye
una generación, porque los signos de ese lenguaje
están entretejidos con acontecimientos políticos,
con expectativas que llevaron a callejones sin
salidas, con maneras de amar donde la satisfacción
de cualquier deseo parecía conducir a la desolación
de los cuerpos: “Recuerdo para recordar. Con esa
fórmula Segovia establecía sus leyes con la
melancolía”.
El tono lírico que predomina en
algunos momentos está atravesado por una intriga
precisa, que conduce los hilos entre los encuentros
azarosos y el erotismo; algunas veces festivo y
otras veces sórdido.
En pocas palabras el narrador
define el nudo que presenta: “La violencia es un
estallido erótico, más allá de qué causas la
provoquen. Soy de una generación erótica, que como
era previsible, sucumbió ante Tánatos. Eso es lo que
me posibilitó, en algún momento de mi vida, usar mi
cuerpo como un arma y a veces como una tumba”.
El final de la frase muestra
tanto la precisión como la economía que, en más de
un momento, encuentra la novela: “Y los demasiados
recuerdos de la noche... ese fragmento de historia
en la memoria...fuimos a tirar unos cócteles... es
sólo la imaginación que rescata del olvido...entre
otros el buen hombre Molotov...íbamos en una
moto...el conducía...yo iba atrás...en una mochila
llevaba las botellas...la primer acción... y aún no
tenía 17 años...la revolución no tiene edad... la
muerte no tiene edad...”.
Este fraseo, que saluda de paso
a Celine, contrasta con el fraseo sin puntuación que
evoca a Molly Bloom, cuando el narrador llega tarde
a una cita política y ve como la policía detiene a
LaRubiecita – escrita así. Como en otro lugar
leemos: Griselda-Grisucha-Grisina, después de una
alusión como al descuido a La caza del Snark de L.
Carrol. Con esto quiero llamar la atención sobre los
diversos tonos que pone en juego una novela con
fondo musical; que recurre al jazz como Julio
Cortazar o Néstor Sánchez en Siberia Blues.
Estos tonos se alternan con
frecuentes y variados diálogos que cumplen la
función de improvisación entre los momentos más
concentrados y densos de la narración: “7.65.45, 38
largo y corto. La numeración de los calibres tiene
un algo atrayente. Entre esos números y la muerte se
establece una poética que se podría explicar con una
aritmética de la muerte. Una poesía matemática
difícil de entender”. La frase siguiente dice que
quizá no deba explicarse: “No me importaba la muerte
porque el camino era de una erótica casi suprema,
que por momentos adquiría la sustancia de una obra
de arte. Una obra hecha con la misma vida”.
La estetización de la muerte ha
querido ser identificada con una ideología política.
Pero, como dice Boris Groys, cuando se usa la
palabra “ideología” es porque se ha renunciado a
entender. En esta novela la belleza tiene una
función vinculante, en particular la belleza de las
mujeres. Y más, ciertos detalles de esa belleza que
el lector encontrará en diversas situaciones. Porque
el cuerpo que puede ser arma y tumba, es también el
refugio del placer y las paradojas del goce: “El
clima oscila entre mariconadas Zeta, hippismo Malu
la rubia y la lucha armada Clara Clarita. Y las
palabras circulaban, arrobadas en la violencia de la
rapidez. Todos hablan. Todos querían decir. Y al
final, lo que uno puede comprobar y para no andar
con tantas vueltas, es que el dinero le crea culpas
a alguna gente”.
Y como no falta el homenaje
explícito a Osvaldo Lamborghini la sexualidad y la
política se encuentran en un sinónimo
contundente:”...si hay que proletarizarse, empecemos
por el sexo...nada mejor que esas vaginas de clase
media que quieren ser conchas proletarias”.
El deseo de la belleza, incluso
de la santidad, es un horizonte en esa tortuosa
iniciación: “A veces sólo queremos vivir, para
sobrevivir a la desolación que somos, a todos los
fantasmas, a todos los desprecios, a todas las
humillaciones. Y después si es posible, ser un
puro”. Y en el revés de la trama: “Tampoco demos
tantas vueltas y seamos sinceros. En el fondo somos
todos bastantes farsantes”.
Poco ganaría esta novela con
alguna enumeración de sus peripecias, puesto que se
trata de subrayar los modos que emplea para
encontrar la música de una desolación que resulta de
la soledad que es el propio lenguaje, de la soledad
de esos restos que se hacen presente como espectros
que no intercambian una palabra con los viviente y
que exigen que se hable de ellos (basta recordar
Hamlet). Cuando se logra la música buscada el acoso
de los espectros se esfuma: “Uno podía quedarse
parado en el balcón, mirando las copas de los
árboles movidas por el viento y pensar que ese
movimiento correspondía a un fragmento, de una
melodía que hay que descifrar. Era una noche fresca.
De ese frescor de verano.
El aire, a veces empujaba olor
a tilo. Era agradable y perturbador estar parado en
ese balcón, donde además de las copas de los árboles
veía a mis semejantes desde arriba”.
En ese gusto por ver a los
semejantes desde arriba Sartre creía descubrir su
platonismo, su tendencia a encontrar el único mundo
que habitamos como la sombra de algún esplendor que
nunca conoceremos. Y de eso hay mucho en la soledad
del lenguaje, en la desolación de la música del
deseo: un esplendor pasado que ya no existe, un
futuro luminoso que no llegaremos a conocer.
El narrador de la novela de
Eduardo Silveyra podría decir, como Francisco de
Quevedo: “soy un fue y un será y un es cansado”.
Nada más que cansancio puede
leerse en esta observación: “Ese encanto de la
opresión. Hay una estética en esas pensiones que
también se haya en las comisarías y en las
escuelas”. O también: “La precariedad duerme
vestida”. Y un poco después: “Toda esa soledad que
circundaba el rancho asumía un vínculo estrecho con
la belleza. Desde un lugar en que lo bello duerme
con lo precario. Un obrero, a veces es el
constructor de ese hecho que transforma a lo
precario en pobre. Es una acción que es ignorada por
él mismo. Sucede porque tiene que suceder”. Aquí no
queda nada del ímpetu juvenil: sucede porque tiene
que suceder. Lo que se viene anunciado con la
dispersión política: “Huidos. Erráticos. Estábamos
todos un poco alterados (...) Cada uno buscaba algo
distinto. O al menos eso era lo que parecía
suceder”.
Y, en cuanto al refugio en el
amor y la satisfacción de algún deseo, también se
conoce el límite: “Al rato, medio nos dormimos en la
situación de cada cual en su sueño”. Ya que en la
novela se nombra al menos dos veces a Lacan, digamos
que la frase citada es una variación de la
enigmática afirmación: no hay relación sexual. Cada
cual en su sueño, aunque sueñe con fundirse en el
otro.
Pero el narrador sabe que
“basta agregar la palabra ‘misterio’ a cualquier
cosa que uno diga, para pensar que se ha dicho algo
que es silencio y a la vez está desprovisto de
silencio. La gente y uno mismo, termina
conformándose con cualquier retazo de saldo”.
La desolación, el cansancio,
los espectros y los sueños del pasado, son la
materia de un deseo nuevo que se llama literatura:
“Y más allá de mi deseo, yo no sé si existe una
posibilidad cierta de poder apresar el alma de lo
que se enuncia. Es terrible, pero no deja de ser una
maravilla sospechosa”.
Y la leyenda que se narra
descubre tanto sus límites como sus posibilidades
cuando, al invocar a Eva Perón, el narrador puede
reflexionar sobre su propia operación estética:
“Pasar por el cuerpo es una enseñanza poética, que
pertenece a lo ritual y lo litúrgico, por lo cual
está en el orden de lo indescifrable. Su territorio
es la poesía y la leyenda. Leyenda es hacer una vida
legible. Pasar por el cuerpo es más difícil que
atravesar el puente. Atravesar el puente pertenece
al campo de lo político, es decir de lo establecido.
Y si se quiere, lo opuesto a revolucionario. A pesar
de que aquí deban confluir hacia la conformación de
lo discursivo”. Ya que en la novela hay abogados y
ex-jueces, se puede decir que a confesión de partes
relevo de pruebas. Se trata de lo que confluye a la
conformación de lo discursivo. Lo que vuelve extraño
el “modelarse en el sacrificio” propuesto por Ruiz,
el personaje que intenta fortalecerse a través del
deporte para resistir, llegado el caso, la tortura.
Este Ruiz que derrocha entusiasmo aunque el narrador
sabe que, por lo general, “se encamina al desastre
en la acción” pero le queda el gusto por “el camino
sinuoso” que regala tantas cosas que “al final la
andada es lo que importa”.
Para concluir citaré un párrafo
que describe al narrador y una compañera política
que entran en un Albergue Transitorio – para usar el
eufemismo – y esperan para escapar de una pinza del
ejército: “Estuvimos con la luz apagada, como si la
ausencia de luz fuera también un cobijo. Un
resguardo en ausencia de lo visible. En la oscuridad
los objetos sólo existen desde lo imaginado. Ahí en
ese cuarto. En ese ámbito creado con obscenidad y
donde los espejos reflejan tinieblas difusas, sólo
la penumbra de la puerta del baño entreabierta,
cortaba la oscuridad al medio. Tendidos sobre una
cama podíamos escuchar los latidos y los sonidos con
que la respiración humana irrumpe en el aire. Éramos
como dos muertos que aún estaban vivos. Su mano
tibia aferrada a la mía, resolvía todos los
contactos físicos que un hombre y una mujer pueden
concebir. Después de un lapso impreciso, nos
abrazamos. Abrazarse era un gesto de olvidar a la
muerte, que se abatía como un presagio. Calamidades.
Momentos fatales.”
Como las sombras de la Odisea,
las experiencias que habitan este libro volverán a
la vida con cada lector que les transfiera algo de
su tiempo presente. Y eso podrá ocurrir en tiempos
muy diversos. Es el milagro de la literatura.
LA
ONDA®
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