Sudáfrica 2010
Detrás de la “cara amable”
por Daniel Rodríguez*

La organización del mundial a cargo de Sudáfrica comenzó a gestarse cuando dicho país estaba fuera de la FIFA por su política de discriminación racial. En 1974 llega a la presidencia de la FIFA Joao Havelange, apoyado por las federaciones de fútbol del tercer mundo. Los votos venidos de Latinoamérica, pero sobre todo de Asia y de los países africanos surgidos tras el colonialismo, derrotaron al “centralismo” europeo que dominaba a la FIFA desde su creación.

 

El brasileño se comprometió con sus nuevos aliados a universalizar el fútbol y llevar sus grandes competencias por todo el mundo. Pero Havelange no chocó de frente con la elite europea, sino que buscó cambiar el orden establecido con un nuevo reparto de roles. Llevar el mundial a Asia y África era uno de los fines de ese proceso. ¿Imaginaría Havelange por entonces que sería Sudáfrica el país elegido?

 

La fundación de la FIFA en 1904 transformó el fútbol-juego en fútbol-competencia a escala mundial, cosa que los británicos hicieron solo para su isla en 1863 con la fundación de la Football Asociation.  70 años después, el primer presidente de la FIFA no europeo, convirtió en su gestión al fútbol-competencia en fútbol-industria/espectáculo.

 

En ese nuevo orden de cosas, los poderosos europeos no perdieron poder y aumentaron sus ganancias. El “nuevo mundo” del fútbol recibía torneos, aumento de cupos directos a los mundiales, programas de desarrollo y dinero. Se creó una nueva casta de dirigentes, cuya pertenencia a la “familia del fútbol” les otorgaba poder e influencia.

 

La “era Havelange”, vigente ahora en manos de su ex mano derecha Joseph Blatter, sorteó disputas a su poder de parte del bloque europeo y de los clubes más poderosos. También sobrevivió a la quiebra de la empresa ISL, socia comercial de la FIFA, que puso en riesgo su capital. Y mantiene aún la lealtad de buena parte de los países que la impulsaron

 

En África se disputó el primer mundial Sub-19, evidencia de la descentralización del fútbol. Desde aquel torneo de Túnez, decenas de competencias para juveniles se disputaron fuera de Europa. En 2002 llegó el mundial de mayores a Corea y Japón. Dos años antes, la “misteriosa” abstención del dirigente neozelandés Charles Dempsey en el Comité Ejecutivo de la FIFA hizo que Sudáfrica perdiera por un voto con Alemania la organización del mundial 2006. Pero la FIFA resolvió casi un mes después calmar el frente interno, asegurando el torneo de 2010 para África.

 

Fue el 15 de mayo de 2004 que Sudáfrica ganó la candidatura, con Nelson Mandela como estandarte, frente a Marruecos, Egipto y Libia. Que el primer mundial en África se juegue en el país que abandono el racismo como forma de vida, resulta la síntesis perfecta de los valores de unidad  y fraternidad que la FIFA pregona a través del deporte… ¿casualidad?

 

Detrás de esa cara amable que se mostrará a través del fútbol, Sudáfrica tiene 50 millones de habitantes. Casi la mitad de ellos son pobres y el desempleo es del 24%. El presidente Jacob Zuma admitió una pérdida de casi un millón de puestos de trabajo a causa de la crisis internacional de 2009.

 

El gobierno invirtió unos 4.284 millones de dólares en obras y organización del mundial.  El torneo provocó un aumento del empleo en la construcción y dejará mejoras en carreteras, infraestructura y servicios. Pero el miedo a la falta de trabajo post mundial es tangible.

 

Sudáfrica, rica en recursos naturales y con un perfil económico muy diferente al buena parte del continente, no encontró solución a serios problemas sociales. Poco más de 5 millones de personas tienen VIH o SIDA y es un país con altos niveles de delincuencia. La mayoría negra no mejoró sustancialmente su vida tras el fin de la segregación.

 

En 1995, Mandela  se puso el cuadro al hombro. Aquella vez fue el de rugby. En casa se organizaba el mundial de un deporte con el que se identificaba la minoría blanca. El entonces presidente, preso por años del régimen racista, buscó allí una demostración de convivencia entre los sudafricanos. El éxito deportivo era posible y resultaba necesario. En primera fila Mandela libró una batalla cultural porque entendía que su país solo sería viable con una sociedad multirracial conviviendo en paz. Aquella vez todo el país celebró el triunfo.

 

15 años después tengo la duda si es justo reclamar que “la familia del fútbol” busque lograr algo más que un mundial exitoso; tengo la duda si un gran evento como este puede servir para cambiar la vida de millones de personas que sufren la pobreza y la postergación.

 

La reflexión sigue abierta. Al menos Sudáfrica será el primer país del África pobre y explotada en recibir un mundial de mayores, y los grandes eventos deportivos no desembarcan con frecuencia en esas costas. Tal vez como nunca en mucho tiempo, los medios tendrán la chance de describir los dramas que vive buena parte de la humanidad, generando un poquito de conciencia.

 

Por lo pronto, Mandela, 20 años después de su liberación, será homenajeado y aplaudido hasta el cansancio. A diferencia de él, ni sus sucesores en el poder, ni los ideólogos del mundial sudafricano, llegaron a plantearse públicamente la meta de una construcción colectiva superior para su país a partir del deporte. Como mucho, si la selección local logra una hazaña, el festejo multirracial será otra cara amable.

*Periodista

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