Histórico descrédito
intelectual y sagrado a la mujer
por Alfredo E. Allende

En La República platónica, Sócrates preguntó a su interlocutor, Glaucón, si conocía alguna profesión humana en la que el género masculino no fuera superior al femenino, para aclarar él mismo de inmediato: “No perdamos el tiempo en hablar de tejido y confección de pasteles o de guisos, trabajos para los que las mujeres parecen tener cierto talento y en los que sería inconcebible que fueran vencidas”. Se mencionaban habilidades menores citadas para irrisión y no reales virtudes. Platón (427-348 a.C) a través de Sócrates -harto probablemente exponiendo el propio pensamiento y el del maestro- hacía resaltar mejor la inferioridad femenina con esta supuesta imbatibilidad de la mujer en menesteres simples. El interlocutor asintió admitiendo que hay mujeres mejores que muchos hombres en bastantes aspectos; “pero, en general, las cosas son como tú dices”. Se estableció así el principio filosófico-social de la superioridad del varón en el ambiente intelectual occidental, notoriamente influenciado por los grandes pensadores griegos.

 

Según opiniones respetables, podía interpretarse que se consagraba la igualdad esencial de ambos géneros ya que las diferencias serían “sólo” cuestión de grado. En este sentido cabría argumentar que Platón otorgaba al género femenino un papel igual al de los hombres en la defensa de la polis, porque las mujeres estaban dotadas como los varones para cualquier actividad. Pero allí residía la argucia que ha engañado a algunos comentaristas de la obra política de este filósofo; el tópico es similar al que luego expondrá Aristóteles: ellas pueden hacer las misma y duras tareas, pero los varones siempre las harán mejor simplemente porque son superiores.

 

En cuanto a Las Leyes, concibió Platón la ciudad dividida en cinco mil cuarenta grupos familiares; cada uno de los cuales tenía asignada una parcela de tierra. Todos los ciudadanos en esta nueva fórmula utópica estaban obligados a contraer matrimonio, y obligados a disolverlo en caso de esterilidad. La esposa quedaba bajo el control directo del marido, pero siendo ellas “por naturaleza más inclinadas a esconderse y a la astucia”, para quedar asegurada esa vigilancia debía ir acompañada por la del Estado. El autor, ya maduro, no mostraba recelos en exigir abiertamente la sumisión femenina, un tanto sesgada en su obra anterior. A fin de lograr que las mujeres fueran “menos insolentes, y los maridos menos esclavos y menos serviles delante de ellas, de lo que serían a causa de la rica dote que hubieran aportado”, Platón estableció normas que instituían equilibrios en los aportes maritales. Se planteó también en esta utopía la necesidad de impedir que las esposas utilizaran los bienes aportados al casamiento, para evitar la probabilidad de soliviantarlas frente al hombre, jefe indiscutido del hogar y del Estado en todas sus expresiones. 

 

 En el Timeo llegó a un grado extremo de antifeminismo, el similar que fue característico de otros autores de siglos posteriores sobre los que influyó grandemente. Platón, que tuvo especial ascendencia en el período renacentista -aunque estudiado con pasión justamente en Timeo durante la Edad Media- contribuyó, en casi todos sus trabajos, a este enfoque misógino de las grandes mentes de la antigüedad y de las medioevales. Hacia la finalización de esa obra, y luego de largas exposiciones entre míticas y místicas sobre la formación del universo y de los seres humanos, se refirió al surgimiento de la mujer, cuyo origen se debería a una degeneración del varón: “Todos los varones cobardes y  que llevaron una vida injusta, según el discurso probable, cambiaron a mujeres en la segunda encarnación”. Anticipó previamente esa idea señalando que el varón, habiendo llevado una vida ajustada a los buenos preceptos, al fallecer iría a morar en uno de los astros, en donde tendría una existencia feliz como la del propio astro al que perteneciera (que eran dioses o seres divinos, según es dable desprender de la abstrusa exposición platónica en esta obra). Pero si su comportamiento hubiese sido reprochable sufriría una transformación, tomando en el momento de un segundo nacimiento la naturaleza de una mujer, así los hombres caían desde su alto nivel al del femenino, a lo que agregó: “Y, siguiendo por estas transformaciones, si él persistiera en su maldad, sería transformado en un animal que hubiera pecado, siempre en la semejanza de su vicio”. Entonces, si el alma encarnada en una mujer continuaba con sus conductas inadecuadas, una nueva caída la arrojaría al ámbito de las bestias. La jerarquía surge clara: la mujer en el medio de los extremos, entre los animales y los seres terrestres superiores.

 

Según la utopía de Platón sólo los hombres -los varones sabios, los filósofos- regirían su Estado. Claro que también Sócrates, en El Banquete de Jenofonte, durante la escena en que una danzarina hacía juegos malabares, señaló que tales pruebas se pueden enseñar “incluso a las mujeres”, y que la educación opera benéficamente incluso en ellas. El Maestro y su discípulo se referían a una distinción de naturaleza, no sólo de grado, posición que, como se ha visto, resulta rotundamente confirmada en el Timeo.

 

Por su parte,  Aristóteles, nacido en 384 a.C., defendió el orden jerárquico social basado en un criterio de subordinación natural. Su método de esencializar las diferencias, convirtiéndolas en permanentes, y luego fundar en ellas los protagonismos sociales, fue posteriormente imitado y aún hoy se utiliza para justificar en las funciones reproductivas de las mujeres, la enajenación de su autonomía y la limitación de su acceso a muchos bienes sociales. La afirmación de Homero:  “El silencio es un adorno de la mujer”, Aristóteles la aplica aclarando que no es ajustable al hombre, sentencia que se lee también en un discurso de Pericles, por lo que se nota la influencia del ambiente cultural de Atenas, y la convicción acerca de la bondad y justicia encerrada en este dicho. En la Odisea (muy anterior a Platón y Aristóteles), Telémaco, el hijo del héroe y de Penélope, en una conversación en la que ella procuraba persuadir a un aedo o rapsoda para que no cantara más, le suelta a su madre que se calle, agregando: “Marcha a tu habitación y cuídate de tu trabajo, el telar y la rueca, y ordena a las esclavas que se ocupen del suyo. La palabra debe ser cosa de hombres, de todos, y sobre todo de mí de quien es el poder en este palacio”. La palabra pertenecía a todos los varones -libres, se entiende- pudiendo unos sobresalir en este aspecto entre otros, pero siempre era “cosa de hombres”. El ámbito de la mujer, fuese reina o de cualquier otro nivel social, estaba en el gineceo o la cocina, y su función consistía en el servicio a los varones en el mayor silencio posible.

 

Esta noción sobre la palabra se trasmitió durante mucho tiempo y se le dio una cálida acogida en los medios cultos del Medioevo, incluso llegó a ser la “Palabra” porque tuvo una resonancia religiosa enorme. Con la Palabra, el Verbo, Dios había creado todo lo existente; con ella, el sacerdote realizaba el milagro cotidiano de la transubstanciación. Acompañada de algunos gestos, se procedía con la Palabra a la bendición, al perdón de los pecados, a realizar actos de extrema significación humano-divina. El poder taumatúrgico de la Palabra no podía ser sino del varón. Todos los que tenían la capacidad de su óptima utilización, eran varones.

 

San Juan comienza diciendo que en el principio existía la Palabra, el Verbo, en griego el Logos. La Palabra era Dios. No podía dejar de influir esas célebres frases del evangelista en la historia de la cristiandad, que comprendiendo o sólo intuyendo, el sentido de la expresión, subsumía a la Palabra dentro de un nimbo y fulgor de misterioso poder. Resultaba imposible a la teología misógina ceder ese valor superior del Verbo graciosamente al género inferior porque hubiera sido reconocer en la mujer capacidad reservada para quienes por su condición de varones, en ocasiones unida a funciones religiosas o de autoridad, gozaban de la magia inherente al Verbo; hubiese sido rendir las facultades viriles ante las debilidades inherentes a la femineidad.

 

 El silencio es equivalente a sometimiento. Nada hay más humano que la Palabra; negada al esclavo y al niño, la prohibición es extensiva a las mujeres. La concepción de la humanidad plena era ciertamente restringida entre los griegos, por más que consideraran a los miembros del sexo femenino como integrantes de la polis, “pues las mujeres son la mitad de la población libre”. Pero ser “libre” no constituía de por sí una virtud que otorgaba facultades colmadas de todos los derechos gozado por algunos varones ciudadanos; se era libre en ciertos casos porque no eran esclavos/as, categoría desprovista de cualquier derecho. La condición inicial para el ejercicio pleno de la libertad, diríamos, era ésa, la Palabra que resume los derechos a la participación activa o pasiva en el gobierno, a circular libremente, a testimoniar en los juicios, administrar sus bienes. Ninguna de esas facultades era otorgada sin fuertes restricciones a las mujeres o vedada enteramente.

 

Aristóteles afirmó en su Política que el macho es por naturaleza superior y la hembra inferior, lo cual luego de lo comentado no puede sorprender. El primero debe gobernar pues tiene mayores aptitudes para el mando, y la segunda está destinada a ser gobernada: “El macho es más apto para el mando que la hembra, exceptuando algunos casos contra natura”. En verdad, en la misma obra venía sosteniendo la necesidad de que los seres se emparejaran para subsistir; por ejemplo el macho y la hembra, con vistas a la generación, en virtud del impulso de dejar tras de sí a otro individuo semejante a uno mismo, aunque aclaraba que se requería el dominio de quien por naturaleza sujeta a otro para preservar su propia supervivencia y la supervivencia del dominado. “Porque el que es capaz de previsión con su inteligencia es un gobernante por naturaleza y un jefe natural. En cambio, el que es capaz de realizar las cosas con su cuerpo es súbdito y esclavo, también por naturaleza. Por tal razón amo y esclavo tienen una conveniencia común”. Y agregó: “De tal modo, por naturaleza, están definidos la mujer y el esclavo”. Según Aristóteles las virtudes son dote de todos en general; ocurre que tanto la templanza masculina y la femenina como el valor y la justicia de un hombre y una mujer no son iguales: el valor de un varón se demuestra por autoridad, el de una mujer por obediencia. Justificó así, ontológicamente, la relegación social, jurídica, moral y económica de las mujeres, otorgando validez universal a las relaciones entre los sexos de la sociedad en la que vivió, e instituyendo la estructura escalonada característica de su Estado como válida “por naturaleza” para toda época y lugar.

 

La racionalidad no está equitativamente repartida entre hombres y mujeres. El alma humana es para Aristóteles un compuesto de racionalidad y emotividad, y como toda diferencia es resuelta en jerarquía, una de las partes -la racional- gobierna a la otra -emocional-, y por eso el hombre tiene autoridad sobre el esclavo que carece de capacidad deliberativa, y sobre las mujeres, cuyas emociones predominan en ellas. No hemos observado en su obra que esa falta de capacidad deliberativa la adjudique a la condición forzada del esclavo, que sin ser igual a la situación femenina se le asemeja, porque la mujer estaba sometida a reglas basadas en el silencio, la obediencia y le servidumbre, notas característica del estatus de esclavo llevadas a un grado extremo en este último caso.

Aristóteles revistió de un pretendido carácter científico-filosófico a estas reflexiones. Para mejor aclarar sus ideas es conveniente hacer una mención de su concepción de fondo. Materia y forma de las cosas físicas eran elementos que se podían distinguir pero no separar en las realidades. La materia no existía jamás en estado puro sino siempre “informada”. La forma existiría a veces en estado puro, pero ello no podría ocurrir con los entes físicos, porque sólo eran apreciadas formas puras: Dios, las inteligencias que mueven las esferas y probablemente la propia  razón humana, antes de su encarnación y después de su período de unión con el cuerpo. En la pareja el macho realizaba la generación de otro ser, la hembra, era el mero principio material, el elemento pasivo, el receptáculo de la obra generatriz; en cambio, la forma, esto es, el alma y el movimiento, pertenecían al macho, principio generador. En consecuencia, el varón es el principio de la causa eficiente, la mujer, de la causa material. La mujer, absorbida en la materia; el varón inmerso en la forma, en el intelecto.

 

La cualidad insuperable de los machos, incluido el varón, surgía clara: “El semen posee en sí el movimiento que el generador le ha impreso”. En la especie humana, por tanto, la mujer está excluida de la provisión del alma, que es derivada únicamente del macho. Esta noción estaba radicada desde antes en la cultura griega: la había esgrimido Esquilo con Las eumónidas en los mitos sobre Cronos y Urano, aclaración que no siempre se ha realizado, tal vez para otorgar mayor gloria al Filósofo como iniciador de la doctrina esencialmente androcéntrica. Aristóteles fue, por lo tanto, un pionero, no el único, acerca de la teorización de la materialidad dominante en la mujer, en contraposición al varón portador natural del logos.

 

Explicaba que el dimorfismo sexual es una cuestión de más y de menos, con lo que creía superar el problema definitivamente de las desigualdades entre machos y hembras, varones y mujeres. Aristóteles “dixit”: “La hembra es menos musculosa, tiene las articulaciones menos pronunciadas; también tiene el pelo más fino, en las especies que lo tienen, y, en las que no lo tienen, aquello que hace las veces de tal”. Las carnes de las hembras son más blandas, y sus piernas más finas, la carne masculina por el contrario, es compacta. La mujer, en sí misma es un defecto; viene a ser un macho o varón inacabado, malogrado. Incluso la mujer es más “fría”, le falta el calor vital, carencia que entraña una debilidad de la “cocción” (algo así como el metabolismo), lo que explicaría las menstruaciones, puesto que para Aristóteles en un “ser más débil debe producirse necesariamente un residuo más abundante cuya cocción sea menos acabada”. La descarga menstrual era considerada un fracaso, no por lo que se suele decir en medicina desde hace tiempo respecto de la ovulación frustrada por el desencuentro con los espermatozoides, sino porque la mujer era ideada por Aristóteles incapaz de efectuar la cocción necesaria para la producción de esperma. En cuanto al misterio de la producción de sexos diferentes, en vez de ser todos masculinos dado el imperio del esperma sobre el útero, se explicaba la variedad con el grado de calor o frialdad del semen; habría una debilidad del semen masculino en la generación de seres femeninos. Así como los varones de conductas inapropiadas se trocarían en mujeres con la transmigración en Platón, la debilidad física del varón con Aristóteles daría lugar a descendencia femenina.

 

Fue casi unánime la aceptación de este criterio en el Medioevo. Pere Torroella o Pedro Torrellas -por dar un ejemplo-, en el siglo XV versificaba en castellano una coplas  sobre Las cualidades de las donas que, entre otras líneas, traían las siguientes de fiero corte aristotélico “científico” (volcadas al castellano casi actual): “Mujer es un animal / que se dice hombre imperfecto, / procreado en el defecto / del buen calor natural; / aquí se incluyen sus males / e la falta de bien suyo / e pues les son naturales / cuando se demuestran tales, / que son sin culpa concluyo”. Antes había expresado pensamientos tales como “Son todas naturalmente / malignas e sospechosas (…) Si las queréis enmendar, / las habéis por enemigas / e son muy grandes amigas / de quien las quiere lisonjear”.  Se desprende que la maldad de las mujeres no tiene remedio, en principio, porque la naturaleza las empuja a la perfidia por ser, en definitiva, “hombre imperfecto” y “procreado en el defecto”.

 

Plotino -nacido hacia el año 203 de nuestra era-, personalidad importante en el desarrollo del pensamiento occidental, incluida la mística, tuvo fuerte impacto en el Renacimiento. De Plotino se ha llegado a sostener que tuvo percepciones metafísicas adaptables al cristianismo.

 

En la Enéada, comentando a Platón, adujo que en Zeus hay un Alma y una Inteligencia regias. Afrodita, que “es su hija, nacida de él y con él, habrá de ser identificada con el Alma, llamada Afrodita por la esplendorosa belleza y la delicada inocencia del Alma. Además, si a los dioses varones los identificamos con el Intelecto y a las diosas con las Almas de aquéllos basándonos en que junto con cada intelecto hay un Alma como socia, también por este concepto Afrodita se identificará con el Alma de Zeus”. Queda como conclusión que Zeus, dios varón y principio superior, posee en plenitud Alma e Inteligencia, mientras que Afrodita, aunque parece coetánea e hija de él, posee Alma, pero no el pleno Intelecto representado por Zeus. Algo similar ocurriría con los otros dioses según sus sexos.

 

Si acudimos al Filebo -al cual hace referencia Plotino-, que contiene otro de los diálogos platónicos con Sócrates como principal personaje, se le hace decir al maestro: “El intelecto siempre gobierna el universo”. Aun en el mundo de los dioses -en realidad figuraciones metafísico-teológicas- se puede captar el papel prioritario del principio viril; de otra manera sería injustificable u objetable el dominio sobre la Tierra de los varones.

 

Que luego las religiones hebrea y cristiana se esmeraran en reiterar estos pensamientos, no debe llamar la atención. Y fue así que la gran rebelión de Eva por el saber, por el progreso, (simbolizado en el fruto prohibido), quedó transformada en un acto de insubordinación a los dictados divinos. Todo el linaje de Eva en adelante quedó estigmatizado porque de ella había salido las sugestiones para que Adán cometiera el Pecado de los Pecados, que remitió el universo a su descalabro que aún continúa.

 

Con coherencia se manifestó en contra de conceder la palabra a las mujeres el papa Honorio III (1216-1227), en una carta a los obispos de Burgos y Valencia en la que reclamaba que prohibieran hablar a las abadesas desde el púlpito, práctica habitual por entonces: “Las mujeres no deben hablar porque sus labios llevan el estigma de Eva, cuyas palabras han sellado el destino del hombre”.

 

Fue la consagración del rigor discriminatorio en desmedro de la mujer que continúa oficializada, confirmada y sellada por la Iglesia, por la tradición greco-romana y por las grandes religiones de influencia en Occidente. El género femenino sufre, al menos en esta parte del mundo, dos descréditos históricos: el intelectual encabezado por los grandes pensadores de la Antigüedad, y el sagrado sancionado por la historia religiosa. Y si bien estas visiones peyorativas han amenguado modernamente su furia misógina, subyace en el imaginario colectivo y en las supersticiones, la fantasía de que el hombre es naturalmente y debe ser el jefe indiscutido de la sociedad, de la cultura, de las jerarquías eclesiásticas, de las familias, de las empresas, el dueño exclusivo, en fin, del destino humano, a pesar de los horrores padecidos bajo nuestro mandato.

LA ONDA® DIGITAL

© Copyright 
Revista
LA ONDA digital