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¿Criticar a Cuba
sin ser facho?
por
Alfredo Boccia
El
caso de los huelguistas de hambre cubanos plantea
dilemas interesantes para las conciencias
progresistas del mundo. Muchos de los que sienten
preocupación ante el drama humano de los disidentes
temen sumar ingenuamente su voz al coro hipócrita
que utiliza el tema de los derechos humanos para
atacar a Cuba.
Por un lado, hay que librarse
de la vocinglera indignación de los que denuncian la
situación de los "presos políticos" de Cuba, pero
callan inmoralmente cuando hay que hablar de las
ejecuciones extrajudiciales cometidas en Colombia o
la tortura a extranjeros utilizada por Estados
Unidos en algunas partes del mundo. Hablando de
Cuba, bueno es recordar que Guantánamo queda en la
isla. ¿Hay presos y muertos que valen más que otros?
Claro que sí; ya decía Mao que miles de muertos en
China son una noticia, pero un muerto norteamericano
es una tragedia.
Pero, por otra parte, es
preocupante que también a la izquierda se le
extravíe la objetividad y en casos como éste, solo
un incómodo silencio sea la respuesta. Es difícil
superar los sesgos de las simpatías ideológicas a la
hora de juzgar cómo trata un gobierno a sus
oponentes. Porque de opositores hablamos; no hay
libertad de expresión si existen muchos medios de
prensa que hablan bien del gobierno. Esta existe
cuando se permite, además, la publicación de los que
son críticos. Este dogma universal se olvida cuando
se llega al poder.
Esa solidaridad implícita entre
los conservadores y cualquier régimen derechista o
entre los izquierdistas y los sistemas políticos
socialistas, oscurece la razón, sobre todo porque de
ambos lados, hay argumentos difíciles de discutir.
Fíjese usted que el Parlamento europeo emitió una
condena contra Cuba, Almodóvar y Ana Belén firmaron
petitorios de libertad y la pluma de Vargas Llosa
denunció el silencio de los gobiernos democráticos
de América Latina porque, "cuando se trata de Cuba,
en lugar de ser coherentes, miran para otro lado".
Y, al mismo tiempo, hubo
vigorosas opiniones en defensa de un país que desde
hace medio siglo soporta un bloqueo criminal
-condenado por toda la comunidad internacional- de
los Estados Unidos. Ninguno de los disidentes fue
penado por delitos de opinión, sino por recibir
fondos económicos de un gobierno "en guerra con
Cuba". Y tampoco faltaron firmas prestigiosas a
favor, como la del uruguayo Eduardo Galeano, quien
recordó que "se mira a Cuba con una lupa que
magnifica todo lo que interesa a sus enemigos. Pero
esa lupa se distrae y no alcanza a ver otras cosas
importantes que los medios de comunicación no
informan".
Esta polémica -con argumentos
respetables de ambos lados- ocupa espacios en muchos
diarios del mundo. Pero, fíjese usted que la huelga
de hambre no tuvo ningún eco entre los más de once
millones de cubanos. Es que los medios de prensa y
el acceso a internet están bajo el control del
Estado. En las democracias no existen los presos
políticos, nadie va preso por pensar distinto y la
libertad de expresión está garantizada. He ahí el
problema con Cuba. Ninguna pirueta dialéctica puede
sostener que debido a su singular proceso histórico
y político sea posible eximirla de cumplir los
parámetros de respeto a los derechos humanos que se
les exigen a otras naciones.
Los derechos humanos son
universales. Y su violación no puede ser acallada
por los demócratas. Cada preso político cubano es
una prueba de autoritarismo. Para quienes admiramos
los gigantescos logros humanos de la revolución,
todo sería más fácil si las críticas despertadas por
las huelgas de hambre motivaran una mayor apertura
de las libertades públicas.
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