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Argentina: gauchos
asando merluzas
por Juan
Fernando Jiménez Daroca*
El
precio de la carne argentina ha subido un 40% desde
comienzos de año. Los expertos aseguran que el
problema se debe a un déficit importante en la
cabaña bovina. Faltan vacas en una nación donde el
promedio de consumo anual de carne es de 73 kilos
por persona. Es difícil de comprender cómo el país
con un sector cárnico de los más sólidos del mundo
haya llegado a estos extremos.
Para evitar que la escalada de
precios termine por impedir a los argentinos
disfrutar de su tradicional asado, el gobierno ha
orquestado una campaña de fomento de consumo de
carne de pescado, pollo y cerdo. La presidenta
Fernández de Kirchner se ha lanzado a la calle a
promocionar la merluza austral como solución a la
grave crisis interna que vive la industria
alimentaria del país. Incluso ha afirmado que la
carne de porcino tiene “virtudes afrodisíacas”.
Pretende así paliar los efectos de una gestión
política que, en los últimos cinco años, ha llevado
al sector ganadero a una situación difícil. La
cabaña bovina se ha reducido un tercio con respecto
al año anterior. El kilo de carne para el asado de
tira está por encima de los cinco euros, casi el
doble de su precio habitual. En la mente de muchos
esta el recuerdo de las medidas que Néstor
Kirchner adoptó en el año 2005.
En ese año Kirchner decide
cerrar las exportaciones de novillo argentino para
limitar las subidas de su precio en el mercado
interno. Las exportaciones disminuyeron un 30% entre
2005 y 2008. La intención del presidente era
garantizar a la nación su ración diaria de carne, en
lo que se podría considerar un remedo evidente de la
vieja máxima romana “pan y circo”. Kirchner lo
consiguió, a costa de que los ganaderos sufrieran
las consecuencias. Muchos de ellos se vieron
obligados a sacrificar parte de la cabaña para poder
dedicar sus campos a actividades más rentables. Una
de ellas, quizá la más rentable de todas, es el
cultivo de soja transgénica.
La industria ganadera ha cedido
ante el imperio de la soja. Se prevé que la cosecha
para la campaña 2010 sea de unos 52 millones de
toneladas, frente a los 2,4 millones de toneladas de
producción cárnica estimados. La práctica totalidad
de la soja será importada por países del primer
mundo. Es sabido que estos cultivos son fomentados
por los países desarrollados, interesados en la
adquisición de las cosechas pero no en albergarlas
en sus tierras. El primer mundo emplea sus recursos
en producir alimentos para su propio consumo y los
países empobrecidos dedican sus campos a producir
para exportar al mundo desarrollado. La soberanía
alimentaria, que ha permitido la subsistencia de
países como Argentina, cede ante el poder de las
grandes compañías. Con Monsanto a la cabeza, son
auténticos monopolios del cultivo de transgénicos.
Hay un cierto aire neo-colonial en todo este proceso
de “sojización”, como apunta el argentino Alberto
J. Lapolla desde Rebelion.org. ¿Necesita Argentina
toda la cantidad de soja que se cultiva en sus
tierras? ¿Es el cultivo de soja transgénica la
solución para los problemas del país? ¿O es la soja
la responsable? Es paradójico que el mayor
consumidor de carne del mundo se quede sin ganado
mientras que tiene sembrada más de la mitad de su
extensión con un producto que no consume.
La realidad es que los precios
de la carne siguen su ascenso, a pesar de
iniciativas como la de la presidenta, a quien parece
habérsele olvidado que los caladeros de merluza
austral también están por debajo de los niveles
óptimos de explotación. Parece más preocupada por
intentar evitar los costes políticos de la mala
gestión agropecuaria de su gobierno. Desde la Casa
Rosada se culpa a los ganaderos de querer mantener
sus cabañas en el campo, para que engorden y sean
más rentables. Los ganaderos están indignados. Ven
cómo se les restringe la posibilidad de generar
negocio a escala internacional y asisten al
deterioro de uno de los símbolos nacionales: el
novillo argentino.
Decía el periodista bonaerense
Horacio Vázquez Rial que “la Argentina puede
desaparecer en cualquier momento”. De momento
tendrán que preocuparse por la desaparición del
clásico asadito de los domingos. Igual van a tener
que asar merluzas.
*Periodista
ccs@solidarios.org.es
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