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El periodismo no está
en crisis, son los medios
por Jorge
Jiménez*
La supervivencia
de los medios se encuentra en proporcionar el
conocimiento necesario para comprender el mundo que
nos rodea. Las raíces de la actual crisis de los
medios se encuentran en un modelo de negocio.
El
periodismo vive lo que, posiblemente, sea la crisis
más importante desde su nacimiento. Las noticias
sobre medios que cierran o pasan por fuertes apuros
económicos son incesantes. Algunos expertos se han
apurado en dar por muerto el periodismo bajo la
avalancha de Internet. Pero no es el periodismo
el que está en crisis, sino los medios de
comunicación.
Las
raíces de esta crisis de los medios se encuentran en
un modelo de negocio que es también uno de sus
mayores lastres: la publicidad. Los mismos
directivos que llevaron a los medios hasta el
escenario actual buscan una solución para volver a
ganar dinero, sin pensar que la estructura que les
soporta es un gigante con pies de barro. La
conclusión parece clara: “si no hay publicidad por
la reducción del consumo, que sean los lectores
quienes soporten todo el coste”.
Sólo
pagamos por lo que consideramos valioso. ¿Consideran
los posibles lectores que la información es valiosa?
Sin duda lo ha sido a lo largo de la historia cuando
el problema tradicional era acceder a ella,
escondida y controlada como solía estar. Hasta el
final de la era anterior, la labor teórica del
periodista era buscar esa información donde
estuviera para hacérsela llegar a los ciudadanos que
no tenían otra forma de conocerla y, por ello,
estaban dispuestos a pagar.
En
nuestros días, la cuestión es ser capaces de
seleccionar la información pertinente entre la
ingente cantidad de información que nos rodea.
Parece que el tradicional papel del periodista ya no
tiene sentido.
¿Tiene
sentido pagar por lo que cualquier persona con un
teléfono móvil puede enviar a otras miles sin costo
alguno? ¿Es razonable pedir que los visitantes
paguen por leer en la web el mismo texto de agencia
que publican otras decenas de medios?
Las
experiencias de quienes han querido cobrar por
acceder a la información no parecen corroborarlo,
pero quizá la solución está en ofrecer a los
lectores lo que ellos no pueden hacer: conseguir la
información a cualquier hora en cualquier lugar y
gratis, pero no pueden contrastarla ni relacionarla
ni procesarla hasta convertirla en conocimiento (el
bien más valioso de la era de la información).
Muchos ciudadanos que no pagan por simple
información, estarían dispuesto a hacerlo por
conocimiento.
Hace
meses, un grupo de congresistas estadounidenses
proponían convertir a los medios en fundaciones sin
ánimo de lucro para acabar con la crisis del sector.
Planteaban que los ciudadanos paguen directamente a
los profesionales que recolectan y procesan la
información. La propuesta no tuvo ningún resultado
práctico pero quizá en un futuro próximo los
periodistas trabajen agrupados en cooperativas a
sueldo de agrupaciones de lectores o en fundaciones
sufragadas con donaciones o bajo cualquier otra
institución independiente de intereses políticos o
de grupos económicos. Lo que sí parece evidente es
que la supervivencia de los medios se encuentra en
proporcionar el conocimiento necesario para
comprender el mundo que nos rodea.
Cuanto
más cerca esté el periodista de su lector, cuantos
menos intermediarios haya, más calidad. El auge del
fenómeno de los blogs supone exactamente eso: línea
directa entre el origen de la noticia y el lector.
La
ordenación del mundo periodístico no sólo afecta al
lado de la rentabilidad y los costes, sino, sobre
todo, al objeto teórico del periodismo. Los
graduados MBA que comenzaron a dirigir la estrategia
de los medios han convertido estos en meros
apéndices de las grandes multinacionales. El
objetivo no era ya intermediar en la información
para hacérsela llegar a los ciudadanos, sino
“proveer de contenidos multimedia”. Es decir,
promocionar y vender los contenidos que genera la
empresa (libros, música, cine, programas o
personajes políticos). Estas grandes multinacionales
progresaban en connivencia con los intereses
políticos hasta fundirse en un todo del que es
difícil separar al político del periodista. De esta
manera, los medios perdieron sin disimulo el ideal
de la objetividad para tomar un partido evidente por
aquel grupo político que mejor beneficiara los
intereses de su cuenta de resultados: se acabó el
cuarto poder (si es que lo hubo alguna vez).
Los
medios ahora tienen que vérselas con la interacción
no sólo comunicativa sino intelectual de sus
lectores y perder la presunción de verosimilitud.
Los lectores se convierten en suministradores de
contenidos, un papel hasta ahora sólo reservado a
los medios que asisten perplejos a su
destronamiento. Frente a esto, los medios responden
con barata opinión y los nuevos lectores huyen de
los medios tradicionales. El cóctel del desencanto
está servido: los ciudadanos están en el siglo XXI,
los medios, en el XIX.
Posiblemente, hemos pasado ya la época de los medios
de comunicación como grandes negocios. No obstante,
la necesidad de información relevante sigue
existiendo porque ahora más que nunca necesitamos
saber qué pasa y por qué.
* Profesor en la Facultad de
Comunicación y Humanidades de la Universidad Europea
de Madrid
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