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Las guerras eternas de Africa, no
tienen como objetivo el poder
por
Jeffrey Gentleman
Hay
una razón muy sencilla por la que algunas de las
guerras más brutales y sangrientas de África
parecen no terminar nunca. En realidad, no son
tales. Al menos, no en el sentido tradicional. Los
combatientes no tienen mucha ideología; no tienen
objetivos claros. No dan importancia a la toma
de las capitales y las ciudades clave.
En realidad,
prefieren los bosques frondosos, donde es más fácil
cometer crímenes. Los rebeldes de hoy parecen
despreciar, sobre todo, la conquista de nuevos
adeptos a su causa; les basta con robar los hijos de
otras personas, colgarles Kaláshnikov o hachas del
brazo y ordenarles que se encarguen de las matanzas.
Si observamos con atención algunos de los conflictos
más persistentes, desde los riachuelos plagados de
rebeldes del delta del Níger hasta el infierno de la
República Democrática del Congo (RDC), eso es lo que
encontramos.
Lo que se ve es el
declive del clásico movimiento de liberación
africano y la proliferación de otra cosa: más
violenta, más desorganizada, más salvaje y más
difícil de penetrar. Si lo quieren llamar guerra, de
acuerdo. Pero lo que está extendiéndose por toda
África como una pandemia vírica no es más que puro
bandolerismo oportunista y armado hasta los dientes.
Mi trabajo como responsable de la corresponsalía de
The New York Times en África Oriental consiste en
cubrir noticias y reportajes en 12 países, pero la
mayor parte del tiempo estoy inmerso en estas
no-guerras.
He presenciado de
cerca –a menudo, demasiado cerca– cómo el combate ha
pasado de enfrentar a soldados contra soldados (una
rareza en África ahora) a oponer soldados frente a
civiles. La mayoría de los guerreros africanos no
son rebeldes con causa: son depredadores. Por eso
estamos presenciando atrocidades tan impactantes
como la epidemia de violaciones en el este de
Congo, donde grupos armados han cometido agresiones
sexuales durante los últimos años contra cientos de
miles de mujeres, que han sido, con frecuencia,
tan sádicas que han dejado a las víctimas un
problema de incontinencia para toda la vida. ¿Cuál
es el objetivo militar o político de introducir un
rifle de asalto en la vagina de una mujer y apretar
el gatillo? El terror ya es un fin, no sólo un
medio.
Esta historia se
repite por toda África, donde casi la mitad de sus
53 países sufre un conflicto activo o lo ha
terminado hace poco. Lugares tranquilos como
Tanzania son excepciones; incluso la accesible
Kenia, repleta de turistas, saltó por los aires en
2008. Si sumamos las bajas de sólo una docena de
países de los que cubro, obtenemos decenas de miles
de civiles muertos cada año. Más de cinco
millones de personas han fallecido en Congo
desde 1998, según el Comité de Rescate
Internacional.
Por supuesto, muchas
de las luchas independentistas de la pasada
generación también eran sangrientas. Se cree que la
rebelión del sur de Sudán, que duró varias décadas,
costó más de dos millones de vidas. Pero yo
no hablo de números, sino de métodos y de objetivos,
y de los líderes que los dirigen. El jefe de la
principal guerrilla de Uganda en los 80, Yoweri
Museveni, solía arengar a sus rebeldes diciéndoles
que estaban en la planta baja de un ejército popular
nacional. Museveni se convirtió en presidente en
1986 y permanece en el cargo (otro problema, otra
historia). Pero sus palabras parecen nobles
comparadas con el líder más conocido de ese país
ahora, Joseph Kony, quien sólo ordena quemar.
Incluso aunque se
pudiera sacar a estos hombres de sus guaridas de la
selva y sentarlos en una mesa de negociaciones, hay
muy poco que ofrecerles. No quieren ministerios o
extensiones de tierra que gobernar. Sus ejércitos
están formados a menudo por niños traumatizados con
experiencia y habilidades (si pueden llamarse así)
incompatibles con la vida civil. Lo único que
quieren es dinero, pistolas y licencia para arrasar
con todo. Y ya han conseguido las tres cosas. ¿Cómo
se negocia con algo así? La respuesta breve es que
no se negocia. La única forma de detener a los
rebeldes de hoy es capturar o matar a sus líderes.
Muchos son sólo personajes retorcidos cuyas
organizaciones desaparecerían con ellos. Eso es
lo que pasó en Angola cuando fue acribillado el
jefe rebelde de UNITA y traficante de diamantes
Jonas Savimbi y se puso fin de forma fulminante a
uno de los conflictos más intensos de la guerra
fría.
En Liberia, en el
momento en el que fue arrestado el señor de la
guerra reconvertido en presidente, Charles Taylor,
en 2006, cayó el telón en un circo macabro con
asesinos de 10 años cubiertos con máscaras de
Halloween. Un número incontable de dólares, horas y
vidas se han desperdiciado en vanas rondas de
conversaciones que nunca culminarán en resultados
tan claros. Lo mismo podría decirse de las
acusaciones contra líderes rebeldes por crímenes
contra la humanidad por parte de la Corte Penal
Internacional. Con la espada de Damocles de un
juicio sobre sus cabezas, los combatientes nunca
dejarán las armas.
¿Cómo hemos llegado a
este punto? Puede que sea pura nostalgia, pero los
rebeldes africanos de antes tenían un poco más de
clase. Luchaban contra el colonialismo, la
tiranía o el apartheid. Las insurgencias
triunfadoras venían a menudo de la mano de un
líder seductor e inteligente que esgrimía una
retórica convincente. Eran hombres como John Garang,
que lideró la rebelión en el sur de Sudán con su
Ejército de Liberación del Pueblo de Sudán. Él
consiguió lo que pocas guerrillas han conseguido:
entregarle a sus compatriotas su propio país.
Gracias en parte a su tenacidad, el sur de Sudán
celebrará un referéndum el año que viene para
independizarse del norte. Garang murió en un
accidente de helicóptero en 2005, pero la gente
sigue hablando de él como si fuera un dios. Por
desgracia, la región parece bastante dejada de la
mano de Dios sin él. Yo me desplacé al sur de Sudán
en noviembre para informar de cómo las milicias
étnicas, formadas en el nuevo vacío de poder, se han
dedicado a asesinar civiles por miles.
Incluso Robert Mugabe,
el dictador de Zimbabue, fue en su momento un
guerrillero con un plan. Después de transformar la
Rhodesia gobernada por los blancos en el actual
Zimbabue, liderado por la mayoría negra, convirtió
el país en una de las economías con mayor
crecimiento y diversificación al sur del Sáhara,
durante la primera década y media de su régimen. Su
estatus de héroe de guerra y la ayuda que prestó a
otros movimientos de liberación africanos en los
80 explican la reticencia de muchos líderes del
continente a criticarle hoy, aunque haya conducido a
Zimbabue directamente al infierno.
Estos hombres son
reliquias vivientes de un pasado reducido a cenizas.
Si juntamos en una habitación al educado Garang y al
Mugabe de antes con los líderes sin ideales de hoy,
no tendrían nada en común. Lo que ha cambiado en una
generación ha sido, en parte, el propio planeta. El
fin de la guerra fría generó el colapso de los
Estados y el caos. Allí donde antes las grandes
potencias veían dominós cuyo desplome había que
evitar, de pronto no había ningún interés nacional
(por supuesto, con excepción de los recursos
naturales).
África se calienta
Los científicos
llevan tiempo advirtiendo del calentamiento global y
de la escasez de recursos, que traerán como
resultado conflictos más violentos. La Casa Blanca
incluso encargó a su órgano de inteligencia el
estudio de las posibles implicaciones de la
seguridad nacional en el cambio climático. Pero
las pruebas que muestran que el aumento de las
temperaturas puede causar un conflicto armado son
poco precisas de momento. En un estudio reciente
publicado en Proceedings of the National Academy of
Sciences, un equipo de economistas hizo una
comparativa de las distintas temperaturas con el
índice de conflictos en el África subsahariana entre
1981 y 2002, y los resultados fueron sorprendentes:
la temperatura aumentó un grado Celsius, en
contraposición con el aumento del 49% del índice de
guerra civil. En las décadas siguientes la situación
parece mucho peor. Según los aumentos de temperatura
global estimados para el futuro, los autores
observaron un aumento del 54% de los conflictos
civiles en la región. Si ocasionan el mismo número
de muertes que durante las guerras ocurridas durante
el periodo que engloba este estudio, puede que
África alcance la cifra de 393.000 muertos de guerra
en 2030. La razón principal de la violencia prevista
es el impacto del calentamiento global en la
agricultura, pero podrían existir otros factores.
Por ejemplo, la
violencia criminal tiende a aumentar cuando se dan
temperaturas altas, mientras que la productividad
económica disminuye. Incluso desde un punto de vista
optimista, el crecimiento económico y la reforma
política de las próximas décadas “no son capaces de
revertir los grandes efectos del aumento de la
temperatura en los índices de guerras civiles”. –Joshua
E. Keating
De repente, lo único
que se necesita para ser poderoso es un arma, y,
como se ha podido comprobar, había muchas. Los AK-47
y las municiones baratas manaban del colapsado
bloque oriental hasta el último rincón de África.
Era la oportunidad perfecta para los que no tienen
suficiente moral ni carisma.
En la República
Democrática del Congo ha habido docenas de esos
hombres desde 1996, cuando los rebeldes se
levantaron contra el dictador del gorro de piel de
leopardo, Mobutu Sese Seko, probablemente el hombre
más corrupto en la historia de este corruptísimo
continente. En realidad, tras el derrumbamiento del
Estado de Mobutu, nadie lo reconstruyó. En la
anarquía que floreció, los líderes rebeldes se
hicieron con feudos muy ricos en oro, petróleo,
diamantes, cobre y estaño, entre otros minerales.
Entre ellos estaban Laurent Nkunda, Bosco Ntaganda,
Thomas Lubanga, un tóxico batiburrillo de
comandantes mai mai, genocidas ruandeses y los
lunáticos líderes de un grupo extravagantemente
cruel llamados “los rastas”.
Conocí a Nkunda en su
guarida de las montañas a finales de 2008, rodeado
de soldados con cara de críos. El general, delgado
como un palillo, lanzó una elocuente perorata sobre
la opresión de la minoría tutsi a la que decía
representar, pero se puso de uñas cuando le
pregunté sobre los impuestos que, cual señor de la
guerra, estaba cobrando, y sobre todas las mujeres a
las que sus soldados habían violado. Nkunda no está
del todo desacertado en cuanto al lío de la RDC. Las
tensiones étnicas son una parte real del conflicto,
junto con las disputas por las tierras, los
refugiados y la injerencia de los países vecinos.
Lo que he llegado a entender es la rapidez con la
que las reivindicaciones legítimas de estos Estados
fallidos o en camino de serlo acaban convertidas
en un voraz derramamiento de sangre en busca de
beneficios. El país soporta hoy una rebelión por
los recursos en la cual unos vagos sentimientos
antigubernamentales sirven de excusa para el robo
de propiedades públicas. Las superabundantes
riquezas de la RDC pertenecen a sus 70 millones de
habitantes, pero en los últimos diez o quince años
ese tesoro ha sido secuestrado por un par de docenas
de caudillos rebeldes que lo emplean para comprar
aún más armas y causar más estragos.
Imagen ampliada
El ejemplo más
molesto de una no-guerra africana está en el
Ejército de Resistencia del Señor (LRA, en sus
siglas en inglés), nacido como un movimiento
rebelde en el norte de Uganda durante los anárquicos
80. Como las bandas del río Níger, contaminado por
el petróleo, el LRA tenía, al principio, algunas
quejas legítimas: la pobreza y la marginación de
las áreas acholi. Su líder, Joseph Kony, era un
joven autodenominado profeta con cabellera postiza
y discurso incoherente comprometido con los Diez
Mandamientos. Pronto incumplió todos. Empleó sus
supuestos poderes mágicos (y drogas) para enardecer
a sus seguidores y los lanzó sobre los mismos acholi
a los que debía defender. El LRA se abrió camino a
guantazo limpio, dejando a su paso un reguero de
extremidades amputadas y orejas cortadas. Ya no
hablan de los Diez Mandamientos, y algunos de los
que dejaron tras de sí prácticamente no pueden
hablar. Nunca olvidaré mi visita al norte de Uganda
hace unos años en la que conocí a un grupo de
mujeres a las que los maniacos de Kony habían
rebanado los labios. Sus bocas estaban siempre
abiertas mostrando sus dientes. Cuando Uganda se
compuso y tomó medidas firmes, Kony y sus hombres se
marcharon. Hoy, su maldición se ha extendido a una
de las regiones más anárquicas del mundo: la
frontera entre Sudán, Congo y la República
Centroafricana.
Los niños soldados
son parte inherente de estos movimientos. El LRA,
por ejemplo, nunca se adueñó de territorios, sólo de
menores. Sus filas están plagadas de niños y niñas a
quienes les han lavado el cerebro, que saquean
pueblos y machacan hasta la muerte a recién
nacidos en morteros de madera. En la RDC, una
tercera parte de los combatientes tiene menos de 18
años. Puesto que el nuevo estilo depredador de
guerra africana está motivado y financiado por el
crimen, el apoyo social es irrelevante para estos
rebeldes. La otra cara de no preocuparse por ganar
la batalla por las mentes y los corazones es que
así no se consiguen muchos reclutas. Secuestrar y
manipular a niños se convierte en la única forma de
sostener el bandidaje organizado. Y los chicos han
resultado ser las armas ideales: es fácil lavarles
el cerebro, son intensamente leales, no tienen miedo
y la oferta es inagotable.
En esta nueva era de
guerras interminables, hasta Somalia se percibe de
otro modo. Ese país evoca la imagen del Estado
africano más caótico (excepcional, incluso en su
vecindario), debido a su conflicto perpetuo. Pero ¿y
si Somalia fuera menos una irregularidad que un
terrorífico avance de aquello en lo que va a
convertirse la guerra en África? En apariencia, el
país parece destruido por un conflicto civil de
trasunto religioso entre un Gobierno de transición
con apoyo internacional, pero sin poder efectivo, y
la milicia islamista Al Shabab. Sin embargo, la
lucha está alimentada por el mismo clásico problema
somalí que persigue a este mísero país desde 1991:
los señores de la guerra. Muchos de los hombres que
mandan o financian milicias en Somalia hoy son los
mismos que hicieron trizas el país durante los
últimos veinte años en su disputa por los escasos
recursos que quedan: el puerto, el aeropuerto, los
postes de teléfono y las tierras de pastoreo.
Pero lo que más miedo
da es cuántos Estados enfermos como la RDC presentan
ahora síntomas similares a los de Somalia. Cada vez
que surge un potencial líder que pueda volver a
imponer el orden en Mogadiscio, aparecen redes
criminales que financian a su oponente, sea quien
sea. Cuanto más tiempo pasan sin Estado estas áreas,
más difícil es volver al mal necesario que es el
gobierno.
Todo esto puede
parecer una burda simplificación, y, en efecto, no
todos los conflictos de África encajan en este nuevo
paradigma. El viejo compañero –el golpe militar– aún
constituye una forma común de insurrección
política, como comprobaron Guinea en 2008 y
Madagascar no mucho tiempo después. También me he
topado con unos pocos rebeldes no sanguinarios que
parecían tener motivos legítimos, como algunos
cabecillas de Darfur (Sudán). Pero aunque sus
demandas políticas están bien definidas, las
organizaciones que lideran no lo están. Los rebeldes
clásicos africanos pasaban años en los bosques
perfeccionando su capacidad de liderazgo, puliendo
su ideología antes de ver a un diplomático
occidental o sentarse ante las cámaras para una
entrevista de televisión. Ahora los rebeldes salen
del anonimato con una página web y una oficina de
prensa (léase, un teléfono por satélite).
En cuanto al resto,
son no-guerras, esos conflictos incesantes que me he
pasado la vida catalogando a medida que avanzan
inexorablemente, triturando vidas y escupiendo
cadáveres. Recientemente estuve en el sur de Sudán,
trabajando en un artículo sobre la persecución de
Kony por el Ejército de Uganda, y conocí a una mujer
llamada Flo. Había sido esclava en el LRA durante 15
años y había escapado hacía poco tiempo. Tenía las
espinillas llenas de cicatrices y una mirada
glacial, y a menudo había largos silencios después
de mis preguntas, durante los cuales Flo se quedaba
contemplando fijamente el horizonte. “Sólo pienso en
la carretera que lleva a mi casa”. Ella nunca tuvo
claro por qué luchaba el RLA. En su opinión, era
como si hubieran estado vagando por la selva,
caminando en círculos. En esto se han convertido
muchos conflictos en África: círculos de violencia
en el bosque, sin un final a la vista.
Fuente: Fride
LA
ONDA®
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