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España: la flor infecunda
de la guerra civil
por José
Carlos García Fajardo
En las
guerras, el vencedor expulsaba a los enemigos que
habían invadido su territorio, o el vencido se
retiraba de los que había ocupado, y cada parte
trataba de reconstruir su comunidad y modo de vida.
Cuando el vencedor permanecía en los territorios
ocupados utilizó mano dura y privilegios para
mantener subyugada a la población. Por eso, la
victoria nunca trajo la paz porque mantenía vivo el
rescoldo de la venganza. Ni el triunfo, porque
siempre lo es a costa de los vencidos.
Vencer
no es convencer ni nadie se somete libremente,
aunque sí ha sucedido que los vencidos fueran
integrados por la admiración hacia la cultura y
progresos de sus antagonistas. Ser reconocidos como
“ciudadanos romanos” era una de las mayores
ambiciones de los pueblos liberados de otras
servidumbres.
Pero
toda guerra civil empaña la victoria de cualquier
bando con la sangre derramada entre hermanos. Los
masacraban, esclavizaban, forzaban al exilio o los
degradaban en sus profesiones por no haber pensado
como los vencedores, sin haber cometido crimen
alguno. Por el delito de pensar en libertad y de ser
coherentes. “La perversa manía de pensar de los
intelectuales”, dijo Franco. “¡Muera la
inteligencia!”, espetó a Unamuno el generalote
Queipo de Llano, a lo que Don Miguel respondió:
“Venceréis, pero no convenceréis”.
En la
guerra civil española el fratricidio permaneció
durante cuarenta años porque la dictadura necesitaba
el odio, la codicia y el miedo para mantenerse en
el poder. Pretendieron arrojar la memoria al olvido
y secuestraron la inteligencia, la libertad y la
mesura. Se valieron de tabúes que sostenían que la
Venganza les pertenecía porque ellos eran
representantes del Altísimo. De ahí la aberrante
declaración por el Papa de la guerra fratricida como
una “Cruzada” contra el infiel. Así se mantuvo
impuesta por concordatos y privilegios en la
educación y en la represión de las libertades.
Nunca se
entenderá la amargura de esta guerra civil si se
prescinde del componente inquisitorial del poder
religioso. Fue la losa de una ideología totalizante
comprometida con las finanzas, instituciones y
poderes que hubieran debido configurar un Estado de
Derecho pero resultó una amalgama de prejuicios y
prebendas. El control sobre las mentes fue la mayor
obscenidad y lacra de la dictadura franquista.
Acabada
la contienda no se instauró la paz, porque esta es
fruto de la justicia, sino la fuerza del silencio de
los cementerios bajo la luna.
Los
catalogados como “buenos, católicos y de derechas”
recibieron digna sepultura, y en el paroxismo de la
provocación delirante, los proclamaron beatos y
santos.
Murió en
su cama el dictador y parece que dejó “todo atado y
bien atado”, porque impusieron seguridad a cambio de
rendir la inteligencia. La promulgación de la
Constitución y la instauración del Estado de Derecho
y de las libertades estuvo viciada por “poderes
fácticos”, que consideraron el Estado como un
cortijo vedado.
Se
devolvió el Ejército a los cuarteles, la Razón a las
universidades y centros de enseñanza públicos, se
restableció un Poder legislativo pero con la
incoherencia de listas cerradas, sin libertad de
voto para los diputados y el arbitrario poder de los
Partidos. Se proclamó la libertad de prensa con la
carcoma de poderes financieros e ideológicos que las
vician de raíz, y otros logros alumbrados en
descalificaciones que producen sonrojo y el
alejamiento de la ciudadanía que tiene a los
políticos como uno de los peores estamentos.
Permanecía el endiosado poder Judicial, intocable e
indiscutible, pero agusanado por políticos que
controlan sus estructuras, decisiones y silencios.
Causa
pavor que los jueces hayan aceptado denuncias de
minorías fascistas como la Falange, que han llevado
a un magistrado a sentarse en el banquillo acusado
de prevaricación, sin haber dictado sentencia, sino
por la audacia de actuar como si rigiese el
principio de jurisdicción universal que ha servido a
otros países para liberarse de leyes de amnistía
forzadas por la urgencia y el poder de los
conversos.
Más de
200.000 españoles asesinados durante la guerra civil
y la dictadura permanecen en zanjas, fosas comunes y
cunetas. ¿Acaso ha prescrito el derecho de sus
deudos a que se les devuelva la identidad perdida y
puedan recuperarlos? ¿Y los centenares de niños
arrancados a sus madres presas y entregarlos a otros
para garantizar su permanencia en la fe y en los
principios del Movimiento Nacional? ¿No tienen
derecho a saber de quiénes provienen?
En la
historia de la humanidad se ha respetado el derecho
de los vencidos a recoger a sus muertos y darles
sepultura. Pasados setenta años se niega el derecho
de rescatar a seres queridos de las fosas que
quisieron sépticas pero que pugnan por florecer y
así desterrar los frutos infecundos de la guerra
civil.
Profesor Emérito de la
Universidad Complutense de Madrid (UCM).
Director del CCS
fajardoccs@solidarios.org.es
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