En torno a los
“Derechos del Hombre”
por el Dr. Alfredo Allende

Los derechos de los varones

 La  “Declaración de los Derechos del hombre y del Ciudadano” fue aprobada por la Asamblea Nacional Constituyente de Francia el 26 de agosto de 1789, siendo uno de los documentos de la Revolución francesa orientado a definir los derechos personales y colectivos como facultades universales. Esta Declaración, aunque establece los derechos fundamentales de los ciudadanos franceses y de todos los hombres, no se refiere a la condición de las mujeres; se toma al pie de la letra la terminología tradicional: eran sólo derechos reconocidos al varón, en realidad a ciertos varones, que fungían de auténticos hombres con la plenitud de las prerrogativas otorgadas por el marco legal.

 

Dos mil años antes del Emilio de  Rousseau, Sócrates tuvo un rapto de entusiasmo por la sumisión de la esposa de Isómaco exclamando el  máximo elogio posible: “¡Por Juno! Que tu mujer, Isómaco, tiene entendimiento de hombre”. Las expresiones de éste filósofo y la del más renombrado fundador de las ideas acerca de los Derechos del Hombre muchos siglos después, no tienen  mayor variación de apreciaciones desvalorativas respecto de la condición femenina. Véase lo que decía, en el siglo XVIII,  Rousseau: “Las investigaciones sobre verdades especulativas y abstractas, los principios y axiomas de las ciencias -en pocas palabras, todo lo que tiende a generalizar nuestras ideas- no es competencia apropiada para las mujeres (...) Las obras de genio están por encima de su capacidad, y tampoco tienen la suficiente precisión o poder de atención para obtener éxito en las ciencias que lo requieren”.

 

 El género fue, pues, un obstáculo infranqueable para el sexo femenino, que intentó dar coherencia al discurso sobre la igualdad; en pocas palabras, la “igualdad” se resolvía en un dominio oligárquico y discriminatorio de clases, sexos y etnias.[i]

 

La mujer no era más la bestia pecaminosa de la Edad Media; en tiempos modernos ha sido apreciada por adalides del progreso social, con relación al hombre, “sólo” como una incapacitada mental.

 

El voto femenino en las nacientes democracias no fue aceptado; las mujeres podían ser prostitutas, mano de obra en fábricas, en los socavones de las minas, en hospitales en calidad de enfermeras, mucamas, monjas o “señoras” de sus hogares comandados por el sistema patriarcal, pero de ahí a pretender escaños legislativos o sólo desear votar mediaba una cerrada indisposición varonil, una carcajada despectiva.

 

Volviendo a la Francia revolucionaria, recordemos a un miembro de la nobleza, matemático que figura en la historia de las ciencias, pensador y político de fuste, muerto en prisión en esas borrascosas etapas de la Revolución, el marqués de Condorcet (1743-1794) quien fue uno de los pocos varones que reclamó la igualdad cívica de las mujeres. "El hábito puede llegar a familiarizar a los hombres con la violación de sus derechos naturales, hasta el extremo de que no se encontrará a nadie de entre los que los han perdido que piense siquiera en reclamarlo, ni crea haber sido objeto de una injusticia”.

 

Agregaba congruentemente con los fundamentos de la igualdad: “¿No han violado todos ellos el principio de la igualdad de derechos al privar con tanta irreflexión a la mitad del género humano del derecho a concurrir a la formación de las leyes, es decir, excluyendo a las mujeres del derecho de ciudadanía? ¿Puede existir una prueba más evidente del poder que crea el hábito incluso cerca de los hombres eruditos, que el de ver invocar el principio de la igualdad de derechos (...) y de olvidarlo con respecto a doce millones de mujeres?”.

 

Se suscitó una cierta alarma entre los custodios del androcentrismo, aun en los círculos de militantes de la izquierda revolucionaria. De esta manera, habiéndose formado el  “grupo Babeuf” en torno a Francois Nöel Babeuf (1760-1797) que propendía a la colectivización de las tierras, Felipe Buonarroti (1761-1837), perteneciente al mismo y discípulo de su jefe político, relataba que en lo tocante a la educación de las mujeres, el sector deseaba respetar la diferencia establecida por la naturaleza, a fin de facilitar la generación de hombres robustos y laboriosos: “Se debe asegurar una buena constitución en aquellas que la naturaleza destina a dar ciudadanos al Estado”. Por consiguiente la mujer debía quedar lejos de ser convocada a la ciudadanía puesto que, acotamos nosotros, su existencia se justificaba en la reproducción de gente sana, como en Esparta y como sucede con las hembras en los rebaños. El propio Babeuf (al que se lo llamó con nombre de Gracchus, en reemplazo de aquéllos de pila, lo que era toda una definición progresista) reclamó que a las mujeres se las tome en cuenta, para no hacer de ellas petimetras de la monarquía y para evitar que no tengan una influencia nefanda a favor de la restauración del trono.[ii] Por razones utilitarias, las féminas deberían integrarse, pero claro, de una forma secundaria que, a pesar de ello, no las dejase enfadadas.

 

Quien fue el redactor o uno de los redactores en 1796 del Manifiesto de los Iguales -de avanzado contenido político y social- Sylvain Maréchal, presentó un proyecto de ley que prohibió a las mujeres el aprendizaje de la lectura. Se creyó en algún momento de la crítica histórica que se trataba meramente de una broma. El contexto en el que fue publicado, la formalidad del proyecto, su contenido y los antecedentes del autor, desautorizan a pensar que se trató de una simple chanza. Por ello, haremos una reserva pues el tema merece un enfoque mejor elaborado.

 

Sin abundar sobre los esmerados fundamentos de la citada ley, Maréchal aclaró el meollo de su posición explicando que estaba contra la idea de una “gran escala de seres” porque todas “las producciones salidas de sus manos (de la naturaleza) son obras maestras”. Entonces la mujer era una obra también maestra, pero como tal, posee -explicaba Maréchal- la perfección de su propia condición y en esa condición; la naturaleza creó sexos disímiles, de manera que si una mujer imitase a un hombre sería horrible y sucedería a la inversa lo mismo. La diferencia entre mujeres y varones: esencial, definitiva e inmutable conforme con el criterio de personas que ¡querían cambiar el rumbo de la Historia!

 

¿Y por qué la lectura sería un instrumento inútil para el género femenino como lo sostenía el pensador revolucionario? Porque no agregaría nada a su excelsitud. Hay que pensar que “la naturaleza misma, al proveer a las mujeres de una prodigiosa aptitud para hablar, parece haberles querido ahorrar el trabajo de aprender a leer y a escribir”. El ambicioso legislador decía paladinamente que “casi siempre cuando las mujeres sostienen la pluma, es el hombre quien la talla”, Maréchal quiso decir que detrás de toda excepcional mujer -de existir algún caso recordable pues la “excelencia” en la mujer no podía llegar a contener altos valores culturales en las letras- buscad al varón (“cherchez l’homme”),  lo que vendría a ser la inversión de un dicho difundido precisamente desde el idioma francés a todo el mundo, “cherchez la femme”. Era peligroso que el intelecto de las mujeres fuera cultivado; sería como mudarse de la naturaleza a la que ellas pertenecían por entero, para trasladarse al mundo de la cultura en el cual serían siempre forasteras y necesariamente imitarían a los varones; no serían entonces perfectas, quedarían adulteradas. Entendemos que Maréchal no quería puntualmente -y seguramente una cantidad de sus cofrades y contemporáneos, revolucionarios o no, era que las mujeres compitieran y coparticipasen en el Poder-; las letras daban saber, y el saber, la información y el conocimiento de datos relevantes constituían -y constituyen-, un probable deslizamiento hacia el Poder.

 

Se trataba de una defensa masculina contra la incursión femenina en la literatura, fuera panfletaria o de ensayos, aunque a los varones no les incomodaba el género privado femenino de correspondencia; sí perturbaba la presencia literaria en todo lo que transformase a una mujer en autora pública.

 

El proyecto malogrado de Maréchal, no fue una advertencia aparentemente formal que sería evidentemente rechazado como documento con fuerza de ley: de manera apenas socarrona, fue una manifestación honda, y ciertamente grave, de resistencia a la paridad que se proclamaba en la voz igualdad para todo el mundo. Este luchador, ante la nivelación proclamada en el movimiento de Babeuf, deseaba hacer entender que los varones continuaban mandando, de manera menos despótica si se quiere, y con un sentido democratizador para ellos que no alcanzaba al sexo femenino, proclamado perfecto en su puesto, en el lugar que la naturaleza lo ha querido instalar, con el huso y el cuidado interno del hogar.

 

Chanza hubo en este proyecto, sin lugar a duda alguna, pero fue puesta al servicio de un objetivo, de una sesuda argumentación que, en su exageración, convergentemente jugaban la pulla y la reflexión profunda reaccionaria y misógina.

 

Desde la Revolución francesa arrancaron con creciente fuerza los reclamos feministas; la simiente de la igualdad se había esparcido y ese capitalismo naciente, misógino y hasta machista, portó en su seno la capacidad de la destrucción del androcentrismo porque requirió la inserción al trabajo de la mujer, otorgó algunos insoslayables márgenes de libertad para las expresiones de protesta y facilitó la solidaridad, sin proponérselo, entre obreros, empleados, alumnos y profesionales de los distintos géneros ocupados en los mismos ámbitos laborales, de estudio, de investigación, y de reivindicaciones como han sido los sindicatos. La democracia, con los altibajos por todos conocidos, no ha dejado de ganar terreno en la consciencia de los pueblos y en la demanda del humanismo fraterno, de la dignidad del conjunto de los Hombres.

 

Mártires feministas

 En pleno período de la Revolución Francesa, heroicas revolucionarias dieron la vida por la causa republicana, luego de lo cual algunas fueron llevadas al cadalso por intentar la lucha feminista con denuedo; otras, con más suerte, fueron reprimidas, encarceladas y sufrieron la disolución de sus organizaciones de género. Théroigne de Méricourt enloqueció luego de ser expuesta desnuda y castigadas con latigazos por su osadía de peticionar el equilibrio de los derechos con los varones. A pesar del enorme significado e influencia que a la postre tuvo la Revolución, esa igualdad por varias décadas, fue de pacotilla, y creemos que por tal razón la libertad estuvo distorsionada como siempre ocurre cuando hay focos amplios de pobreza, mujeres sujetas a la estratificación de los sexos, privilegiados e ignorantes.

 

Otro ejemplo trágico lo dio Marie Gouze, nacida en 1748 en el sur de Francia, que tomó el nombre de Olimpia de Gouges. Luchó por los grandes ideales del momento, con un programa concreto de relacionadas reivindicaciones sociales: abolición del comercio de esclavos y de la esclavitud, la erección de talleres para desocupados y la creación de un teatro nacional para mujeres. Al estallar la Revolución reclamó un nuevo “contrato social” para regular las relaciones entre ambos sexos.

 

 Además, poseedora de una perspicacia superior a la media masculina se opuso a la muerte del monarca: “Temo que una sola gota de sangre derramada provoque torrentes”. Con respecto a la propia Revolución reprochó la ceguera de las mujeres por su adhesión incondicional a esa causa porque señaló que ninguna ventaja les dejaba, que únicamente transmitía la “convicción de la injusticia del hombre”. Rodó su cabeza el 3 de noviembre de 1793, con un espléndido mensaje de doloroso sarcasmo: “Lego mi corazón a la Patria, mi probidad a los hombres (tienen necesidad de ella). Mi alma a las mujeres”. [iii]

 

Se dictó el famoso Código de Napoleón, (1804) modelo en el mundo respecto de los derechos civiles, del tratamiento privilegiado a la propiedad privada, del cuidado dispensado a los contratos entre particulares y en conjunto, de la inviolabilidad de los nuevos principios relativos a los derechos individuales. En su artículo 321 determinó la obediencia de la mujer al marido, concediéndole la facultad de acceder al divorcio sólo en caso de que el esposo instalara a su concubina en el domicilio conyugal. (Al menos se superaba la permisividad medieval de la barragana legítima asentada en la propia casa del amante-señor). Se consagraba además la minoría de edad perpetua de las mujeres, aun las que eran madres; quedaban en poder de sus padres o del esposo, sin derecho a administrar su propiedad, sin poder ejercer la patria potestad o trabajar sin el permiso de sus protectores-amos varones de la familia. Puesto que sus cuerpos no les pertenecían, como igualmente ocurría en la Edad Media, se les fijaron delitos específicos en circunstancias de adulterio o aborto. Quedaron fuera del régimen conocido, sin derecho al sufragio y excluidas del sistema educativo normal.

 

En la etapa revolucionaria francesa surgieron también mujeres atemorizadas de los pasos que daban las integrantes de su sexo en busca de la igualdad efectiva en el ámbito político, que, temían, traería enormes efectos en el privado. Madame Bernier, por ejemplo, fue un adalid de la causa masculina de dominio. En 1803 mereció un premio otorgado por la “Sociedad de ciencias y artes del Lot” en virtud de su aporte al tema, anticipatorio de la respuesta al papel subordinado adjudicado al género femenino: “¿Cuál es para las mujeres el tipo de educación más apropiado para forjar la felicidad de los hombres en sociedad?”. Madame Bernier respondió sin reticencias que su destino resplandecía al llevar a cabo el bienestar doméstico del hombre; para lo cual debía encaminarse su educación. Estaba todo dicho: la mujer no es una persona con fin en sí misma (¿sería entonces -nos interrogamos- una persona?). Su tarea era de esencia puramente instrumental, ceñida a lo doméstico y dentro de ese recinto, al servicio del sexo naturalmente superior. Esta señora se ganó el máximo galardón del certamen, como se puede apreciar merecidamente, si se tiene en cuenta el tenor de la pregunta citada de la “Sociedad del Lot”.

 

Muchas mujeres, educadas en su propia adjudicada inferioridad, al internalizar esa formación  llegan a creer sinceramente que sus condiciones naturales las subalternan. Madame Bernier ha sido un ejemplo laureado de tal tipo de femenino acatamiento a las normas y educación dictadas por el orden androcéntrico.

 

La mujer, perpetua ironía de la comunidad

 Para Friedrich Hegel (1770-1830), en sede humana coexisten dos normas cuyas secuencias y contradicciones conforman el desenvolvimiento de la Historia. Una es la masculina y estatal, la de la luz del día, y la otra, femenina y familiar, la ley de las sombras. Sus maneras de manifestarse son normativas y no naturales ya que los sexos existen en comunidades normativas, en la “eticidad”, como lo expresa en su Fenomenología.[iv] Lo único que verdaderamente existe es la sustancia viviente, el Espíritu. Aquella realidad natural, los sexos poseen realidad natural pero se manifiestan en el mundo espiritual ya que cualquier conciencia pertenece a una de esas dos formas o principios o leyes: se es varón o se es mujer. El colectivo masculino es diferenciado y conciente, en tanto el femenino es genérico, es “lo conciente de lo inconciente”; carecen sus integrantes de plena individualidad, están referidas como madres, hijas, esposas, de alguien que posee individualidad, quedan remitidas a algún varón que es el hijo, el padre o el esposo. La madre, “en el hijo que ha dado a luz, ha traído a su señor”. Dentro de su dimensión legal, lo femenino no posee intereses universales y obviamente está fuera de toda ciudadanía. Las mujeres están en la sociedad estatal pero no lo reflexionan; son, por lo tanto, “la perpetua ironía de la comunidad”. Los varones tienen como finalidad vivir para el Estado, suprema creación espiritual en la comunidad, pero las mujeres caricaturizan al Estado, convirtiéndolo en su antítesis: lo entiende como asunto de familia; aquél es la superación de la familia.

 

Si por actitudes individuales los varones no maduran y se estancan en su primera juventud dejando de lado las labores de la madurez, se hace necesario mediante la guerra incorporarlos a sus grandes tareas específicas, cancelando en ellos todo sentimiento femenino o familiar; de lo contrario la decadencia sobreviene a la sociedad. Final darwiniano para la concepción de Hegel; a fin de eludir la feminización de la raza humana, nada mejor que la matanza, especialmente la guerra de los Estados para hacer desaparecer los rastros prevalecientes de femineidad.

 

En esta época denominada moderna, un caso especial lo representa Arturo Schopenhauer (1788-1860)[v] por sus imprecaciones sin límites contra el sexo femenino. Ninguno lo supera en la ginecofobia de esta etapa. Bien está que su modo de ser expresivo no ahorró a casi nadie adjetivos duros, incluso a su propia nación germana de la que escribió estar avergonzado; fue antes que nada un misántropo. (“Le gustaban las palabras furibundas, biliosas, verdinegras”, comentó el misógino Fiedrich Nietzche, agregando que Schopenhauer “necesitaba” de enemigos). Y contra la mujer llegó en la forma y el fondo a escarnios y vituperios pasmosos: “Sólo el aspecto de la mujer muestra que no está destinada a los grandes trabajos de la inteligencia ni a los grandes trabajos materiales”. Son las líneas iniciales de El amor, las mujeres y la muerte, con las cuales se lanza sobre su presa, a la que le reconoce una vida sufrida, pero insignificante. Aduce que cuando más acabada es una maduración, resulta más lenta: las mujeres llegan a su plenitud a los 18 años, los varones, una década después; ellas permanecen en su edad de “florecimiento”, porque nunca llegan a la maduración, no tienen un desarrollo ulterior, y por ende son siempre niñas; las mujeres sólo son naturaleza.

 

Repudia la llamada belleza femenina: “sexo de corta estatura, estrechos hombros, anchas caderas y piernas cortas”. Únicamente el instinto empuja hacia ellas. “En vez de llamarle bello, hubiera sido mejor llamarle ‘inestético’.”  Pertenecen al “sexos sequior”, el segundo sexo, “desde todos los puntos de vista”. La galantería, los buenos modales dirigidos a la mujer son consecuencia de la antigua moda francesa y “de la necedad germano-cristiana”. Sería una estúpida actitud que sólo tendría lugar en Occidente sobre todo a favor de las damas, las señoras de rango social superior, esos engendros que están sacados de la naturaleza a la que pertenecen esencialmente. Lo racional es lo que realizan los varones orientales, haciendo llevar los fardos a  sus mujeres, mientras ellos andan en sus caballos. ¿Por qué  tenerles miramientos que hace a ellas imaginar tonterías y, lo que es peor, evadirse de sus papeles, de la sumisión y del servicio al varón soberano?

 

No ven más que lo que tienen delante de sus ojos, se fijan sólo en el presente, toman las apariencias como realidad y prefieren las fruslerías a las  cosas más importantes”. La mujer, absorta por el momento presente, goza más de él, es más jovial, con lo cual distrae y, a veces, reconoce el filósofo, consuela al varón, “abrumado de preocupaciones y penas”. El varón es reflexivo, la mujer, inmediata, él inteligente, ella astuta. El ser humano se distingue de la animalidad por la razón; el varón “confinado en el presente, se vuelve hacia el pasado y sueña con el futuro”. Pero la “débil razón de la mujer no participa de esas ventajas ni de esos inconvenientes. Padece miopía intelectual”. Se reitera el planteo de la Antigüedad: las mujeres son inferiores por su débil grado de razonamiento, que aun existente es prevalecido por las pasiones que las atenacean.

Schopenhauer enlaza este desprecio-odio contra la mujer con su concepción filosófica que tenía una vertiente kantiana y otra oriental; es el primer gran pensador que incorpora a la filosofía Occidental la visión brahmánico-budista. Para no extender el tema más allá de lo necesario dentro del presente trabajo, así se puede sintetizar el pensamiento de Schopenhauer en este aspecto: 1°.- La vida no es más que sufrimiento, nacido éste del deseo o voluntad. 2°.- La razón es hija de la voluntad de supervivencia del ser humano, siendo la voluntad el centro del ser. 3°.- El deseo, el instinto que comanda la existencia nos impulsa a la generación, al amor y de similar manera como los animales, buscamos desde el egoísmo, desde la satisfacción personal la permanencia de la especie, incluso sin tenerlo en claro. 4°.- Entre los sexos humanos la mujer es débil de razón, es fuerte de instinto, y nos empuja a la propagación de la vida que no tiene sentido más que como padecimientos sin esperanzas. 5°.- El anonadamiento del ser debería ser el único objetivo para evitar el sufrimiento. 6°.- Para ello se precisa la abolición de la voluntad, de la voluntad de ser, de prolongarse en otros para un futuro sin sentido.[vi] En estos encadenamientos se encuentra el eslabón más peligroso: el de la mujer, con su avidez de mantener la especie; de aquí el soporte ideológico, el fondo, que sustenta la misoginia de Schopenhauer.

 

Ha sido una contribución más, nada desdeñable para quienes en épocas de proclamadas igualdades percibían el peligro de la ciudadanía para las mujeres puesto que “la mujer necesita un amo”, y varias pueden tener el mismo. Están destinadas a obedecer, es la ley de su naturaleza. Que cesen entonces de reclamar respetos.

Emmanuel Kant (1724-1804) representa desde el nivel intelectual, en este sucinto y parcial sumario de la pertinaz misoginia moderna, una feroz crítica a la mujer enmascarada con una terminología casi cortés, si comparamos sus oraciones con la de los anteriores filósofos. Para el gran filósofo las mujeres instruidas “emplean los libros como lo hacen con sus relojes; los llevan para que veamos que los tienen” y no les importa si funcionan correctamente: exhiben la maquinita como un adorno, algo que se agrega a su atavío. También el saber lo utilizan, según él, para embellecer su apariencia.

 

Existirían dos sentimientos o virtudes en todos los seres humanos, una dirigida a lo bello –virtud en rigor “adoptada” y que prevalece entre las mujeres- y  otra a lo sublime –virtud “genuina” y que  se manifiesta en el campo masculino. Esta última está regida por principios que informan a los hombres, por contraposición a las calidades bellas o adoptadas por las mujeres y no practicadas. Las mujeres evitarán el mal no por injusto sino por feo: actos virtuosos son para ellas los moralmente bellos. “Nada de deber, nada de necesidad, nada de obligación”. En verdad el saber pertenece naturalmente a los varones; ellas tienen inteligencia igual a la de los varones “sólo que es un bella inteligencia, mientras que la nuestra debe ser profunda, lo que significa sublime”.

 

Está claro: el cuerpo impera en las mujeres sobre el espíritu. Más aún: si la belleza física es superada por el entendimiento en algunas, sus encantos se debilitan, encantos que en su plenitud “tienen una gran fuerza sobre el otro sexo”.[vii] No importa que así estén establecidas las diferencias; al contrario, es bueno que el hombre se haga más perfecto como hombre y la mujer como mujer. Es conveniente no alterar nada, y no empecinarse en una lucha contra la naturaleza que desfigura los encantos del bello sexo.

 

En las reflexiones de Kant surgen visiones clasistas, como ha sucedido entre otros pensadores burgueses; él sólo tenía en cuenta y exageraba las imágenes que resaltaban en su derredor, la de mujeres de las capas medias (imágenes, por lo demás, construidas desde un frívolo androcentrismo), y se olvidaba de las integrantes del “bello sexo” hundidas en las minas, arrumbadas en los prostíbulos, abandonadas por maridos, maltratadas por esposos golpeadores, relegadas por las creencias religiosas, desprovistas de libertades mínimas para elaborar su personalidad, parturientas doblegadas por la debilidad y el sufrimiento, celosas guardianas de sus hijos contra cualquier adversidad y a las que se vedaba todo intento serio de progreso intelectual.

 

Sufrió Kant de condicionamientos apriorísticos -para utilizar de alguna manera sus famosos conceptos- que fueron los provenientes de su formación típica de burgués de su tiempo y espacio, embebidos culturalmente de misoginia. No alcanzó entonces a ver el fenómeno femenino, sino que sólo obtuvo lo que sus sentidos, atravesados por sus condicionamientos -y prejuicios- le transmitían a su cerebro. Le escapó la realidad objetiva, como el “noumeno” a los filósofos, según afirmaba que acontecía.

 

La mujer siempre ha sido peligrosa, aun cuando fuere una persona común, como lo atestiguó José P. Proudhon, (1809-1865) socialista-anárquico -se diría hoy, un progresista extremo-; y  aconsejó con prudencia: hasta tal punto es temible que el varón debe dormir con un ojo abierto si tiene una cualquiera de ellas en su lecho. En la mujer más encantadora siempre “hay disimulación, es decir, una bestia feroz. En definitiva es un animal domesticado que vuelve a su instinto”.[viii] Los teólogos medievales hubiesen querido ser los autores de esta descripción, y de esta advertencia proveniente de la izquierda agnóstica dirigida a los hombres acechados por el peligro de la femínea presencia en su entorno.

 

Friedrich Wilhelm Nietzche (1844-1900) indicaba que los filósofos de todos los rincones del mundo han repudiado a la sensualidad, con una irritación de la que Schopenhauer no sería más que el caso de mayor elocuencia; y la sensualidad “es” mujer, en tanto el filósofo, el hombre superior tiene como ideal lo ascético: sólo le interesa el “optimun” y alcanzar su “maximun”, afirmación que nos hace recordar al sentido de la “areté” (perfección) entre los griegos; en el alemán no es sino el poder, queriendo decir, sin duda, el dominio sobre sí mismo y el señorío sobre todo lo que lo rodea que nada tiene que ver con la felicidad; más aún, podría ser esta vocación de poder el camino hacia su infelicidad. El horror a la sensualidad, y por ende hacia la mujer, no significa virtud en el sentido tradicional, “sino como las condiciones más propias y naturales de su existencia óptima, de su más ‘bella’ fecundidad”.[ix] Estorbos contrarios a la tendencia hacia el poder -hacia lo dionisíaco agregamos nosotros tratando de interpretar a Nietzche- lo constituyen la sensualidad, el matrimonio, los hijos, el ruido perturbador de las muchedumbres, la charlatanería, la mansedumbre, la bondad, todos valores y sentimientos de los que debe despojarse el verdadero filósofo, en definitiva, el hombre (el varón) superior.

 

[i] Conf. Celia Amorós, Feminismo y filosofía y Adrián Ferrero en Feminismos de París a La Plata en el ensayo Narrar el feminismo. Catálogos, 2006.

[ii] Los dos hermanos Gracos, intentaron en el siglo 2° a. C. realizar una reforma agraria que favoreciese a los pobres en Roma. Fueron asesinados por sicarios de los poderosos.

[iii] Expresiones de Olimpia de Gouges extraídas de Cuatro mujeres en la Revolución Francesa, con textos auténticos, traducidos, de las revolucionarias. Biblos, 2007.

[iv] Fenomenología del espíritu, sobre todo, VI “El espíritu”, FCE, 2006. México, DF.

[v] Su obra básica: El mundo como voluntad y representación. Son útiles Fragmentos para la historia de la filosofía. Extraemos citas de “Las mujeres” en El amor, las mujeres y la muerte, del mismo autor.

[vi] El lector curioso podrá apreciar las analogías entre estos pensamientos de Schopenhauer con la noción central de la visión budista, las “cuatro verdades”.

[vii] La primera cita kantiana pertenece a la consultada Anthropologie du point de vue pragmatique, Pléiade, pág. 1120. Las siguientes provienen de Kant en Lo bello y lo sublime, principalmente cap. III. Espasa-Calpe, 1984.

[viii] La Pornocratie ou les Femmes dans les temps modernes Lacroix, 1875. París. Se reproducen citas y fuentes, algunas hallables en La mujer fatal que tiene un breviario de los escupitajos varoniles contra el sexo femenino expelidos a través de los tiempos.

[ix] Si bien Genealogía de la moral nos suministra estas teorías de Nietzche, mejor es completar con el conjunto de su obra, en la que machaca a martillazos verbales ideas similares, por ejemplo en Así hablaba Zaratustra, y en  Más allá del bien y del mal.

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