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En torno a los
“Derechos del Hombre”
por el
Dr. Alfredo Allende
Los
derechos de los varones
La “Declaración de
los Derechos del hombre y del Ciudadano” fue
aprobada por la Asamblea Nacional Constituyente de
Francia el 26 de agosto de 1789, siendo uno de los
documentos de la Revolución francesa orientado a
definir los derechos personales y colectivos como
facultades universales. Esta Declaración, aunque
establece los derechos fundamentales de los
ciudadanos franceses y de todos los hombres, no
se refiere a la condición de las mujeres; se
toma al pie de la letra la terminología tradicional:
eran sólo derechos reconocidos al varón, en realidad
a ciertos varones, que fungían de auténticos hombres
con la plenitud de las prerrogativas otorgadas por
el marco legal.
Dos mil años antes del Emilio
de Rousseau, Sócrates tuvo un rapto de entusiasmo
por la sumisión de la esposa de Isómaco exclamando
el máximo elogio posible: “¡Por Juno! Que tu
mujer, Isómaco, tiene entendimiento de hombre”.
Las expresiones de éste filósofo y la del más
renombrado fundador de las ideas acerca de los
Derechos del Hombre muchos siglos después, no tienen
mayor variación de apreciaciones desvalorativas
respecto de la condición femenina. Véase lo que
decía, en el siglo XVIII, Rousseau:
“Las investigaciones sobre verdades
especulativas y abstractas, los principios y axiomas
de las ciencias -en pocas palabras, todo lo que
tiende a generalizar nuestras ideas- no es
competencia apropiada para las mujeres (...)
Las obras de genio están
por encima de su capacidad, y tampoco tienen la
suficiente precisión o poder de atención para
obtener éxito en las ciencias que lo requieren”.
El género fue, pues,
un obstáculo infranqueable para el sexo femenino,
que intentó dar coherencia al discurso sobre la
igualdad; en pocas palabras, la “igualdad” se
resolvía en un dominio oligárquico y discriminatorio
de clases, sexos y etnias.[i]
La mujer no era más
la bestia pecaminosa de la Edad Media; en tiempos
modernos ha sido apreciada por adalides del progreso
social, con relación al hombre, “sólo” como una
incapacitada mental.
El voto femenino en
las nacientes democracias no fue aceptado; las
mujeres podían ser prostitutas, mano de obra en
fábricas, en los socavones de las minas, en
hospitales en calidad de enfermeras, mucamas, monjas
o “señoras” de sus hogares comandados por el sistema
patriarcal, pero de ahí a pretender escaños
legislativos o sólo desear votar mediaba una cerrada
indisposición varonil, una carcajada despectiva.
Volviendo a la
Francia revolucionaria, recordemos a un miembro de
la nobleza, matemático que figura en la historia de
las ciencias, pensador y político de fuste, muerto
en prisión en esas borrascosas etapas de la
Revolución, el marqués de Condorcet (1743-1794)
quien fue uno de los pocos varones que reclamó la
igualdad cívica de las mujeres. "El hábito
puede llegar a familiarizar a los hombres con la
violación de sus derechos naturales, hasta el
extremo de que no se encontrará a nadie de entre los
que los han perdido que piense siquiera en
reclamarlo, ni crea haber sido objeto de una
injusticia”.
Agregaba
congruentemente con los fundamentos de la igualdad:
“¿No han violado todos ellos el principio de la
igualdad de derechos al privar con tanta irreflexión
a la mitad del género humano del derecho a concurrir
a la formación de las leyes, es decir, excluyendo a
las mujeres del derecho de ciudadanía? ¿Puede
existir una prueba más evidente del poder que crea
el hábito incluso cerca de los hombres eruditos, que
el de ver invocar el principio de la igualdad de
derechos (...) y de olvidarlo con respecto a doce
millones de mujeres?”.
Se suscitó una
cierta alarma entre los custodios del androcentrismo,
aun en los círculos de militantes de la izquierda
revolucionaria. De esta manera, habiéndose formado
el “grupo Babeuf” en torno a Francois Nöel Babeuf
(1760-1797) que propendía a la colectivización de
las tierras, Felipe Buonarroti (1761-1837),
perteneciente al mismo y discípulo de su jefe
político, relataba que en lo tocante a la educación
de las mujeres, el sector deseaba respetar la
diferencia establecida por la naturaleza, a fin de
facilitar la generación de hombres robustos y
laboriosos: “Se debe asegurar una buena
constitución en aquellas que la naturaleza destina a
dar ciudadanos al Estado”. Por consiguiente la
mujer debía quedar lejos de ser convocada a la
ciudadanía puesto que, acotamos nosotros, su
existencia se justificaba en la reproducción de
gente sana, como en Esparta y como sucede con las
hembras en los rebaños. El propio Babeuf (al que se
lo llamó con nombre de Gracchus, en reemplazo de
aquéllos de pila, lo que era toda una definición
progresista) reclamó que a las mujeres se las tome
en cuenta, para no hacer de ellas petimetras de la
monarquía y para evitar que no tengan una influencia
nefanda a favor de la restauración del trono.[ii]
Por razones utilitarias, las féminas deberían
integrarse, pero claro, de una forma secundaria que,
a pesar de ello, no las dejase enfadadas.
Quien fue el redactor
o uno de los redactores en 1796 del Manifiesto de
los Iguales -de avanzado contenido político y
social- Sylvain Maréchal, presentó un proyecto de
ley que prohibió a las mujeres el aprendizaje de la
lectura. Se creyó en algún momento de la crítica
histórica que se trataba meramente de una broma. El
contexto en el que fue publicado, la formalidad del
proyecto, su contenido y los antecedentes del autor,
desautorizan a pensar que se trató de una simple
chanza. Por ello, haremos una reserva
pues el tema merece un enfoque mejor elaborado.
Sin abundar sobre los
esmerados fundamentos de la citada ley, Maréchal
aclaró el meollo de su posición explicando que
estaba contra la idea de una “gran escala de
seres” porque todas “las producciones salidas
de sus manos (de la naturaleza) son obras
maestras”. Entonces la mujer era una obra
también maestra, pero como tal, posee -explicaba
Maréchal- la perfección de su propia condición y en
esa condición; la naturaleza creó sexos disímiles,
de manera que si una mujer imitase a un hombre sería
horrible y sucedería a la inversa lo mismo. La
diferencia entre mujeres y varones: esencial,
definitiva e inmutable conforme con el criterio de
personas que ¡querían cambiar el rumbo de la
Historia!
¿Y por qué la lectura
sería un instrumento inútil para el género femenino
como lo sostenía el pensador revolucionario? Porque
no agregaría nada a su excelsitud. Hay que pensar
que “la naturaleza misma, al proveer a las
mujeres de una prodigiosa aptitud para hablar,
parece haberles querido ahorrar el trabajo de
aprender a leer y a escribir”. El ambicioso
legislador decía paladinamente que “casi siempre
cuando las mujeres sostienen la pluma, es el hombre
quien la talla”, Maréchal quiso decir que detrás
de toda excepcional mujer -de existir algún caso
recordable pues la “excelencia” en la mujer no podía
llegar a contener altos valores culturales en las
letras- buscad al varón (“cherchez l’homme”), lo
que vendría a ser la inversión de un dicho difundido
precisamente desde el idioma francés a todo el
mundo, “cherchez la femme”. Era peligroso que el
intelecto de las mujeres fuera cultivado; sería como
mudarse de la naturaleza a la que ellas pertenecían
por entero, para trasladarse al mundo de la cultura
en el cual serían siempre forasteras y
necesariamente imitarían a los varones; no serían
entonces perfectas, quedarían adulteradas.
Entendemos que Maréchal no quería puntualmente -y
seguramente una cantidad de sus cofrades y
contemporáneos, revolucionarios o no, era que las
mujeres compitieran y coparticipasen en el Poder-;
las letras daban saber, y el saber, la información y
el conocimiento de datos relevantes constituían -y
constituyen-, un probable deslizamiento hacia el
Poder.
Se trataba de una
defensa masculina contra la incursión femenina en la
literatura, fuera panfletaria o de ensayos, aunque a
los varones no les incomodaba el género privado
femenino de correspondencia; sí perturbaba la
presencia literaria en todo lo que transformase a
una mujer en autora pública.
El proyecto malogrado
de Maréchal, no fue una advertencia aparentemente
formal que sería evidentemente rechazado como
documento con fuerza de ley: de manera apenas
socarrona, fue una manifestación honda, y
ciertamente grave, de resistencia a la paridad que
se proclamaba en la voz igualdad para todo el mundo.
Este luchador, ante la nivelación proclamada en el
movimiento de Babeuf, deseaba hacer entender que los
varones continuaban mandando, de manera menos
despótica si se quiere, y con un sentido
democratizador para ellos que no alcanzaba al sexo
femenino, proclamado perfecto en su puesto, en el
lugar que la naturaleza lo ha querido instalar, con
el huso y el cuidado interno del hogar.
Chanza hubo en este
proyecto, sin lugar a duda alguna, pero fue puesta
al servicio de un objetivo, de una sesuda
argumentación que, en su exageración,
convergentemente jugaban la pulla y la reflexión
profunda reaccionaria y misógina.
Desde la Revolución
francesa arrancaron con creciente fuerza los
reclamos feministas; la simiente de la igualdad se
había esparcido y ese capitalismo naciente, misógino
y hasta machista, portó en su seno la capacidad de
la destrucción del androcentrismo porque requirió la
inserción al trabajo de la mujer, otorgó algunos
insoslayables márgenes de libertad para las
expresiones de protesta y facilitó la solidaridad,
sin proponérselo, entre obreros, empleados, alumnos
y profesionales de los distintos géneros ocupados en
los mismos ámbitos laborales, de estudio, de
investigación, y de reivindicaciones como han sido
los sindicatos. La democracia, con los altibajos por
todos conocidos, no ha dejado de ganar terreno en la
consciencia de los pueblos y en la demanda del
humanismo fraterno, de la dignidad del conjunto de
los Hombres.
Mártires feministas
En pleno período de
la Revolución Francesa, heroicas revolucionarias
dieron la vida por la causa republicana, luego de lo
cual algunas fueron llevadas al cadalso por intentar
la lucha feminista con denuedo; otras, con más
suerte, fueron reprimidas, encarceladas y sufrieron
la disolución de sus organizaciones de género.
Théroigne de Méricourt enloqueció luego de ser
expuesta desnuda y castigadas con latigazos por su
osadía de peticionar el equilibrio de los derechos
con los varones. A pesar del enorme significado e
influencia que a la postre tuvo la Revolución, esa
igualdad por varias décadas, fue de pacotilla, y
creemos que por tal razón la libertad estuvo
distorsionada como siempre ocurre cuando hay focos
amplios de pobreza, mujeres sujetas a la
estratificación de los sexos, privilegiados e
ignorantes.
Otro ejemplo trágico
lo dio Marie Gouze, nacida en 1748 en el sur de
Francia, que tomó el nombre de Olimpia de Gouges.
Luchó por los grandes ideales del momento, con un
programa concreto de relacionadas reivindicaciones
sociales: abolición del comercio de esclavos y de la
esclavitud, la erección de talleres para desocupados
y la creación de un teatro nacional para mujeres. Al
estallar la Revolución reclamó un nuevo “contrato
social” para regular las relaciones entre ambos
sexos.
Además, poseedora de
una perspicacia superior a la media masculina se
opuso a la muerte del monarca: “Temo que una sola
gota de sangre derramada provoque torrentes”.
Con respecto a la propia Revolución reprochó la
ceguera de las mujeres por su adhesión incondicional
a esa causa porque señaló que ninguna ventaja les
dejaba, que únicamente transmitía la “convicción
de la injusticia del hombre”. Rodó su cabeza el
3 de noviembre de 1793, con un espléndido mensaje de
doloroso sarcasmo: “Lego mi corazón a la Patria,
mi probidad a los hombres (tienen necesidad de
ella). Mi alma a las mujeres”.
[iii]
Se dictó el famoso
Código de Napoleón, (1804) modelo en el mundo
respecto de los derechos civiles, del tratamiento
privilegiado a la propiedad privada, del cuidado
dispensado a los contratos entre particulares y en
conjunto, de la inviolabilidad de los nuevos
principios relativos a los derechos individuales. En
su artículo 321 determinó la obediencia de la mujer
al marido, concediéndole la facultad de acceder al
divorcio sólo en caso de que el esposo instalara a
su concubina en el domicilio conyugal. (Al menos se
superaba la permisividad medieval de la barragana
legítima asentada en la propia casa del
amante-señor). Se consagraba además la minoría de
edad perpetua de las mujeres, aun las que eran
madres; quedaban en poder de sus padres o del
esposo, sin derecho a administrar su propiedad, sin
poder ejercer la patria potestad o trabajar sin el
permiso de sus protectores-amos varones de la
familia. Puesto que sus cuerpos no les pertenecían,
como igualmente ocurría en la Edad Media, se les
fijaron delitos específicos en circunstancias de
adulterio o aborto. Quedaron fuera del régimen
conocido, sin derecho al sufragio y excluidas del
sistema educativo normal.
En la etapa
revolucionaria francesa surgieron también mujeres
atemorizadas de los pasos que daban las integrantes
de su sexo en busca de la igualdad efectiva en el
ámbito político, que, temían, traería enormes
efectos en el privado. Madame Bernier, por ejemplo,
fue un adalid de la causa masculina de dominio. En
1803 mereció un premio otorgado por la “Sociedad de
ciencias y artes del Lot” en virtud de su aporte al
tema, anticipatorio de la respuesta al papel
subordinado adjudicado al género femenino: “¿Cuál
es para las mujeres el tipo de educación más
apropiado para forjar la felicidad de los hombres en
sociedad?”. Madame Bernier respondió sin
reticencias que su destino resplandecía al llevar a
cabo el bienestar doméstico del hombre; para lo cual
debía encaminarse su educación. Estaba todo dicho:
la mujer no es una persona con fin en sí misma
(¿sería entonces -nos interrogamos- una persona?).
Su tarea era de esencia puramente instrumental,
ceñida a lo doméstico y dentro de ese recinto, al
servicio del sexo naturalmente superior. Esta señora
se ganó el máximo galardón del certamen, como se
puede apreciar merecidamente, si se tiene en cuenta
el tenor de la pregunta citada de la “Sociedad del
Lot”.
Muchas mujeres, educadas en su propia
adjudicada inferioridad, al internalizar esa
formación llegan a creer sinceramente que sus
condiciones naturales las subalternan.
Madame Bernier ha sido un ejemplo
laureado de tal tipo de femenino acatamiento a las
normas y educación dictadas por el orden
androcéntrico.
La mujer, perpetua
ironía de la comunidad
Para Friedrich
Hegel (1770-1830), en sede humana coexisten dos
normas cuyas secuencias y contradicciones conforman
el desenvolvimiento de la Historia. Una es la
masculina y estatal, la de la luz del día, y la
otra, femenina y familiar, la ley de las sombras.
Sus maneras de manifestarse son normativas y no
naturales ya que los sexos existen en comunidades
normativas, en la “eticidad”, como lo expresa en su
Fenomenología.[iv]
Lo único que verdaderamente existe es la sustancia
viviente, el Espíritu. Aquella realidad natural, los
sexos poseen realidad natural pero se manifiestan en
el mundo espiritual ya que cualquier conciencia
pertenece a una de esas dos formas o principios o
leyes: se es varón o se es mujer. El colectivo
masculino es diferenciado y conciente, en tanto el
femenino es genérico, es “lo conciente de lo
inconciente”; carecen sus integrantes de plena
individualidad, están referidas como madres, hijas,
esposas, de alguien que posee individualidad, quedan
remitidas a algún varón que es el hijo, el padre o
el esposo. La madre, “en el hijo que ha dado a
luz, ha traído a su señor”. Dentro de su
dimensión legal, lo femenino no posee intereses
universales y obviamente está fuera de toda
ciudadanía. Las mujeres están en la sociedad estatal
pero no lo reflexionan; son, por lo tanto, “la
perpetua ironía de la comunidad”. Los varones
tienen como finalidad vivir para el Estado, suprema
creación espiritual en la comunidad, pero las
mujeres caricaturizan al Estado, convirtiéndolo en
su antítesis: lo entiende como asunto de familia;
aquél es la superación de la familia.
Si por actitudes
individuales los varones no maduran y se estancan en
su primera juventud dejando de lado las labores de
la madurez, se hace necesario mediante la guerra
incorporarlos a sus grandes tareas específicas,
cancelando en ellos todo sentimiento femenino o
familiar; de lo contrario la decadencia sobreviene a
la sociedad. Final darwiniano para la concepción de
Hegel; a fin de eludir la feminización de la raza
humana, nada mejor que la matanza, especialmente la
guerra de los Estados para hacer desaparecer los
rastros prevalecientes de femineidad.
En esta época
denominada moderna, un caso especial lo representa
Arturo Schopenhauer (1788-1860)[v]
por sus imprecaciones sin límites contra el sexo
femenino. Ninguno lo supera en la ginecofobia de
esta etapa. Bien está que su modo de ser expresivo
no ahorró a casi nadie adjetivos duros, incluso a su
propia nación germana de la que escribió estar
avergonzado; fue antes que nada un misántropo. (“Le
gustaban las palabras furibundas, biliosas,
verdinegras”, comentó el misógino Fiedrich
Nietzche, agregando que Schopenhauer “necesitaba” de
enemigos). Y contra la mujer llegó en la forma y el
fondo a escarnios y vituperios pasmosos: “Sólo el
aspecto de la mujer muestra que no está destinada a
los grandes trabajos de la inteligencia ni a los
grandes trabajos materiales”. Son las líneas
iniciales de El amor, las mujeres y la muerte,
con las cuales se lanza sobre su presa, a la que le
reconoce una vida sufrida, pero insignificante.
Aduce que cuando más acabada es una maduración,
resulta más lenta: las mujeres llegan a su plenitud
a los 18 años, los varones, una década después;
ellas permanecen en su edad de “florecimiento”,
porque nunca llegan a la maduración, no tienen un
desarrollo ulterior, y por ende son siempre niñas;
las mujeres sólo son naturaleza.
Repudia la llamada
belleza femenina: “sexo de corta estatura,
estrechos hombros, anchas caderas y piernas cortas”.
Únicamente el instinto empuja hacia ellas. “En
vez de llamarle bello, hubiera sido mejor llamarle
‘inestético’.” Pertenecen al “sexos sequior”,
el segundo sexo, “desde todos los puntos de vista”.
La galantería, los buenos modales dirigidos a la
mujer son consecuencia de la antigua moda francesa y
“de la necedad germano-cristiana”. Sería una
estúpida actitud que sólo tendría lugar en Occidente
sobre todo a favor de las damas, las señoras de
rango social superior, esos engendros que están
sacados de la naturaleza a la que pertenecen
esencialmente. Lo racional es lo que realizan los
varones orientales, haciendo llevar los fardos a
sus mujeres, mientras ellos andan en sus caballos.
¿Por qué tenerles miramientos que hace a ellas
imaginar tonterías y, lo que es peor, evadirse de
sus papeles, de la sumisión y del servicio al varón
soberano?
“No ven más que lo
que tienen delante de sus ojos, se fijan sólo en el
presente, toman las apariencias como realidad y
prefieren las fruslerías a las cosas más
importantes”. La mujer, absorta por el momento
presente, goza más de él, es más jovial, con lo cual
distrae y, a veces, reconoce el filósofo, consuela
al varón, “abrumado de preocupaciones y penas”.
El varón es reflexivo, la mujer, inmediata, él
inteligente, ella astuta. El ser humano se distingue
de la animalidad por la razón; el varón “confinado
en el presente, se vuelve hacia el pasado y sueña
con el futuro”. Pero la “débil razón de la
mujer no participa de esas ventajas ni de esos
inconvenientes. Padece miopía intelectual”. Se
reitera el planteo de la Antigüedad: las mujeres son
inferiores por su débil grado de razonamiento, que
aun existente es prevalecido por las pasiones que
las atenacean.
Schopenhauer
enlaza este desprecio-odio contra la mujer con su
concepción filosófica que tenía una vertiente
kantiana y otra oriental; es el primer gran pensador
que incorpora a la filosofía Occidental la visión
brahmánico-budista. Para no extender el tema más
allá de lo necesario dentro del presente trabajo,
así se puede sintetizar el pensamiento de
Schopenhauer en este aspecto: 1°.- La vida no es más
que sufrimiento, nacido éste del deseo o voluntad.
2°.- La razón es hija de la voluntad de
supervivencia del ser humano, siendo la voluntad el
centro del ser. 3°.- El deseo, el instinto que
comanda la existencia nos impulsa a la generación,
al amor y de similar manera como los animales,
buscamos desde el egoísmo, desde la satisfacción
personal la permanencia de la especie, incluso sin
tenerlo en claro. 4°.- Entre los sexos humanos la
mujer es débil de razón, es fuerte de instinto, y
nos empuja a la propagación de la vida que no tiene
sentido más que como padecimientos sin esperanzas.
5°.- El anonadamiento del ser debería ser el único
objetivo para evitar el sufrimiento. 6°.- Para ello
se precisa la abolición de la voluntad, de la
voluntad de ser, de prolongarse en otros para un
futuro sin sentido.[vi]
En estos encadenamientos se encuentra el eslabón más
peligroso: el de la mujer, con su avidez de mantener
la especie; de aquí el soporte ideológico, el fondo,
que sustenta la misoginia de Schopenhauer.
Ha sido una
contribución más, nada desdeñable para quienes en
épocas de proclamadas igualdades percibían el
peligro de la ciudadanía para las mujeres puesto que
“la mujer necesita un amo”, y varias pueden
tener el mismo. Están destinadas a obedecer, es la
ley de su naturaleza. Que cesen entonces de reclamar
respetos.
Emmanuel Kant
(1724-1804) representa desde el nivel intelectual,
en este sucinto y parcial sumario de la pertinaz
misoginia moderna, una feroz crítica a la mujer
enmascarada con una terminología casi cortés, si
comparamos sus oraciones con la de los anteriores
filósofos. Para el gran filósofo las mujeres
instruidas “emplean los libros como lo hacen con
sus relojes; los llevan para que veamos que los
tienen” y no les importa si funcionan
correctamente: exhiben la maquinita como un adorno,
algo que se agrega a su atavío. También el saber lo
utilizan, según él, para embellecer su apariencia.
Existirían dos
sentimientos o virtudes en todos los seres humanos,
una dirigida a lo bello –virtud en rigor “adoptada”
y que prevalece entre las mujeres- y otra a lo
sublime –virtud “genuina” y que se
manifiesta en el campo masculino. Esta última está
regida por principios que informan a los hombres,
por contraposición a las calidades bellas o
adoptadas por las mujeres y no practicadas. Las
mujeres evitarán el mal no por injusto sino por feo:
actos virtuosos son para ellas los moralmente
bellos. “Nada de deber, nada de necesidad, nada
de obligación”. En verdad el saber pertenece
naturalmente a los varones; ellas tienen
inteligencia igual a la de los varones “sólo que
es un bella inteligencia, mientras que la nuestra
debe ser profunda, lo que significa sublime”.
Está claro: el
cuerpo impera en las mujeres sobre el espíritu. Más
aún: si la belleza física es superada por el
entendimiento en algunas, sus encantos se debilitan,
encantos que en su plenitud “tienen una gran
fuerza sobre el otro sexo”.[vii]
No importa que así estén establecidas las
diferencias; al contrario, es bueno que el hombre se
haga más perfecto como hombre y la mujer como mujer.
Es conveniente no alterar nada, y no empecinarse en
una lucha contra la naturaleza que desfigura los
encantos del bello sexo.
En las reflexiones de
Kant surgen visiones clasistas, como ha sucedido
entre otros pensadores burgueses; él sólo tenía en
cuenta y exageraba las imágenes que resaltaban en su
derredor, la de mujeres de las capas medias
(imágenes, por lo demás, construidas desde un
frívolo androcentrismo), y se olvidaba de las
integrantes del “bello sexo” hundidas en las minas,
arrumbadas en los prostíbulos, abandonadas por
maridos, maltratadas por esposos golpeadores,
relegadas por las creencias religiosas, desprovistas
de libertades mínimas para elaborar su personalidad,
parturientas doblegadas por la debilidad y el
sufrimiento, celosas guardianas de sus hijos contra
cualquier adversidad y a las que se vedaba todo
intento serio de progreso intelectual.
Sufrió Kant de
condicionamientos apriorísticos -para utilizar de
alguna manera sus famosos conceptos- que fueron los
provenientes de su formación típica de burgués de su
tiempo y espacio, embebidos culturalmente de
misoginia. No alcanzó entonces a ver el fenómeno
femenino, sino que sólo obtuvo lo que sus sentidos,
atravesados por sus condicionamientos -y prejuicios-
le transmitían a su cerebro. Le escapó la realidad
objetiva, como el “noumeno” a los filósofos, según
afirmaba que acontecía.
La mujer
siempre ha sido peligrosa, aun cuando fuere una
persona común, como lo atestiguó José P. Proudhon,
(1809-1865) socialista-anárquico -se diría hoy, un
progresista extremo-; y aconsejó con prudencia:
hasta tal punto es temible que el varón debe dormir
con un ojo abierto si tiene una cualquiera de ellas
en su lecho. En la mujer más encantadora siempre “hay
disimulación, es decir, una bestia feroz. En
definitiva es un animal domesticado que vuelve a su
instinto”.[viii]
Los teólogos medievales hubiesen querido ser los
autores de esta descripción, y de esta advertencia
proveniente de la izquierda agnóstica dirigida a los
hombres acechados por el peligro de la femínea
presencia en su entorno.
Friedrich
Wilhelm Nietzche (1844-1900) indicaba que los
filósofos de todos los rincones del mundo han
repudiado a la sensualidad, con una irritación de la
que Schopenhauer no sería más que el caso de mayor
elocuencia; y la sensualidad “es” mujer, en
tanto el filósofo, el hombre superior tiene como
ideal lo ascético: sólo le interesa el “optimun” y
alcanzar su “maximun”, afirmación que nos hace
recordar al sentido de la “areté” (perfección) entre
los griegos; en el alemán no es sino el poder,
queriendo decir, sin duda, el dominio sobre sí mismo
y el señorío sobre todo lo que lo rodea que nada
tiene que ver con la felicidad; más aún, podría ser
esta vocación de poder el camino hacia su
infelicidad. El horror a la sensualidad, y por ende
hacia la mujer, no significa virtud en el sentido
tradicional, “sino como las condiciones más
propias y naturales de su existencia óptima, de su
más ‘bella’ fecundidad”.[ix]
Estorbos contrarios a la tendencia hacia el poder
-hacia lo dionisíaco agregamos nosotros tratando de
interpretar a Nietzche- lo constituyen la
sensualidad, el matrimonio, los hijos, el ruido
perturbador de las muchedumbres, la charlatanería,
la mansedumbre, la bondad, todos valores y
sentimientos de los que debe despojarse el verdadero
filósofo, en definitiva, el hombre (el varón)
superior.
[i]
Conf. Celia Amorós, Feminismo y filosofía
y Adrián Ferrero en Feminismos de París a
La Plata en el ensayo Narrar el
feminismo. Catálogos, 2006.
[ii]
Los dos hermanos Gracos, intentaron en el
siglo 2° a. C. realizar una reforma agraria
que favoreciese a los pobres en Roma. Fueron
asesinados por sicarios de los poderosos.
[iii]
Expresiones de Olimpia de Gouges extraídas
de Cuatro mujeres en la Revolución
Francesa, con textos auténticos,
traducidos, de las revolucionarias. Biblos,
2007.
[iv]
Fenomenología del espíritu, sobre
todo, VI “El espíritu”, FCE, 2006. México,
DF.
[v]
Su
obra básica: El mundo como voluntad y
representación. Son útiles Fragmentos
para la historia de la filosofía.
Extraemos citas de “Las mujeres” en El
amor, las mujeres y la muerte, del mismo
autor.
[vi]
El
lector curioso podrá apreciar las analogías
entre estos pensamientos de Schopenhauer con
la noción central de la visión budista, las
“cuatro verdades”.
[vii]
La primera cita kantiana pertenece a la
consultada Anthropologie du point de vue
pragmatique,
Pléiade, pág. 1120. Las siguientes provienen
de Kant en Lo bello y lo sublime,
principalmente cap. III. Espasa-Calpe, 1984.
[viii]
La
Pornocratie ou les Femmes dans les temps
modernes,
Lacroix, 1875. París. Se reproducen citas y
fuentes, algunas hallables en La mujer
fatal que tiene un breviario de los
escupitajos varoniles contra el sexo
femenino expelidos a través de los tiempos.
[ix]
Si bien Genealogía de la moral nos
suministra estas teorías de Nietzche, mejor
es completar con el conjunto de su obra, en
la que machaca a martillazos verbales ideas
similares, por ejemplo en Así hablaba
Zaratustra, y en Más allá del bien y
del mal.
LA
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