La política del desarme
del gobierno Obama
por el profesor José Luís Fiori

“America´s interests and role in the world require armed forces with unmatched capabilities and a willingness on the part of the nation to employ them in defense of our interests and the common good. The United States remains the only nation able to protect and sustain large-scale operations over extended distances. This unique position generates an obligation to be responsible stewards of the power and the influence that history, determination and circumstance have provided”

Department of Defense, USA, Quadrennial Defense Review Report,
February 2010

 

Después de quince meses de discursos y indecisiones, el presidente Barak Obama consiguió transformar en hechos, lo que desea que sea la marca de su política externa, volcada hacia el desarme y el control nuclear. A principios del mes de Abril, Obama redefinió la estrategia nuclear de los Estados Unidos, prometiendo no utilizar más armas atómicas contra países que no las posean, y que firmen y cumplan con el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP). Casi enseguida, el 8 de abril, Barak Obama, firmó - en Praga - un acuerdo con el presidente ruso Dimitry Mevedev, con el objetivo de reducir el arsenal nuclear de las dos mayores potencias atómicas del mundo. Y cuatro días después, Barak Obama lideró la reunión de la Cúpula de Seguridad Nuclear, reuniendo en Washington, a 47 jefes de Estado, para discutir su propia propuesta de control de la proliferación nuclear, alrededor del mundo, con vistas a la reunión quinquenal de revisión del Tratado de No Proliferación Nuclear, que se realizará en el próximo mes de mayo, en la ciudad de New York, con la participación de los 189 estados firmantes del TNP.

 

Hasta aquí, la retórica y la puesta en escena fueron perfectas, pero los límites y contradicciones de esta nueva propuesta de desarme del presidente Obama, están a la vista. En primer lugar, lo que él llamó de “nueva estrategia nuclear americana”, no pasa de una decisión y de un compromiso verbal que puede ser revertido y abandonado en qualquier momento, dependiendo de las circunstancias y de una decisión arbitraria de los propios EE.UU. En segundo lugar, el acuerdo entre los presidentes Obama y Mevedev, implica una reducción insignificante y prácticamente simbólica, de sus arsenales atómicos, permitiendo al mismo tiempo, la sustitución y modernización de las cabezas nucleares de los vectores ya existentes. Más allá de esto, el nuevo acuerdo de desarme no incluye ninguna discusión con respecto al aumento geométrico de los gastos militares norteamericanos en este año 2010, ni con respecto al perfeccionamiento de los nuevos vectores X 51 de la Boeing, con capacidad nuclear y que entrarán en acción dentro de 30 meses, siendo capaces de alcanzar a cualquier país del mundo, en menos de una hora. Ni tampoco se habló de los nuevos submarinos rusos Yassen, que tienen la capacidad de transportar 24 misiles a bordo, cada uno con seis bombas atómicas.

 

En tercer lugar, en ningún momento y en ninguna de estas reuniones se mencionó el armamento atómico de la OTAN, ubicado secretamente, en Alemania, Italia, Bélgica, Holanda y Turquía. Ni mucho menos se incluyó en la discusión los arsenales atómicos de Israel y Pakistán, que están hoy bajo el control de gobiernos con fuerte presencia de fuerzas fundamentalistas y belicistas, y que actúan bajo la batuta de los propios norteamericanos. Finalmente, como es lógico, no aparece en ningún momento, en esta agenda pacifista de Barak Obama, la profundización reciente de la Guerra de Afganistán, y los preparativos de los Estados Unidos y de Israel, para un ataque arrasador contra Irán, que es un país que no posee armamento atómico, y que firmó el Tratado de No Proliferación, contrariamente a lo que hizo Israel.

 

Estas contradicciones no son nuevas ni sorprendentes, forman parte de la política externa de los Estados Unidos, desde el fin de la Guerra Fría. Lo importante, en este caso, es que los demás países involucrados entiendan y asimilen la lección, y sepan posicionarse en función de sus propios intereses. Los Estados Unidos son un “poder global”,  y los “intereses nacionales” de un poder global envuelven posiciones a defender en todo el mundo, lo que disminuye mucho su capacidad de sustentar principios y valores universales. Por eso, después del fracaso del fundamentalismo casi religioso del gobierno Bush, el presidente Obama viene sorprendiendo a algunos analistas con el realismo pragmático y relativista de su política externa. Pero su objetivo central sigue siendo el mismo, o sea, la primacía mundial de los Estados Unidos. Más allá de esto, al contrario de las apariencias, en plena crisis económica, Barak Obama decidió cambiar de enfoque y consolidar y dedicarse a la consolidación del poder militar americano en todo el mundo, sin preocuparse demasiado con los derechos humanos o con la difusión de la democracia, y demostrando plena consciencia de que este poder militar es indispensable para la reconstrucción de la economía americana y del propio liderazgo mundial del Dólar. Desde este punto de vista, lo que el presidente Obama está proponiendo, de hecho, es una especie de congelamiento de la actual jerarquía del poder militar mundial, con el mantenimiento del derecho y de la obligación americana de aumentar continuamente sus propios arsenales.

 

Los reveses económicos y militares de los Estados Unidos, en la primera década del siglo XXI, alcanzaron el proyecto de poder global de los EE.UU., pero no fue abandonado. Hoy, está en curso un realineamiento interno de fuerzas dentro del establishment americano - como ocurrió en la década del 70 - y de esta lucha interna podrá surgir una nueva estrategia internacional, como sucedió en los años 80, con el gobierno Reagan. Pero estos procesos de realineamiento tienen por costumbre ser lentos y sus resultados dependerán de la propia lucha interna y de la evolución de los conflictos externos en que los Estados Unidos están involucrados. De cualquier manera, lo importante es comprender que sea cual sea el resultado de esta disputa interna, los EE.UU. no abdicarán voluntariamente del poder global que ya conquistaron y no renunciarán a su expansión futura. La política externa de las potencias globales tiene una lógica propia, y por eso mismo, con o sin política de desarme, los EE.UU. deberán seguir aumentando su capacidad militar de forma continua, y a una velocidad que deberá crecer en los próximos años, en la medida en que se aproxime la hora de la superación de la economía americana, por parte de la economía china.

Traducido para LA ONDA digital por Cristina Iriarte

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