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El chiflido
del chancho
por Raúl
Legnani*
Dicen que en la noche
del domingo se escuchó un largo chiflido, que no se
sabe bien de donde partió. Algunos dicen que fue
desde Pan de Azúcar, otros, más desconfiados,
aseguran que no partió de un solo lugar, sino que se
movía de un punto a otro, con una velocidad
inusitada.
El chiflido por
momentos aparecía y por momentos desaparecía.
Comenzaba suavecito y lentamente iba creciendo.
Hasta que se cortaba de golpe. Era un chiflido
emocionado.
La gente, que estaba
festejando, no supo comprender bien ese fenómeno
extraño o - mejor dicho-, casi no le puso atención,
a pesar de que sabía que el autor andaba entre los
olivos o detrás de algún medano.
El Clota y el Negro
Acosta, agudos conspiradores, resolvieron contratar
el viejo camión del Yuyo, para salir a recorrer la
zona, pensando que se iban a encontrar con alguna
especie extraña de animal cuadrúpedo y de múltiples
colas. Con uñas alargadas, por cierto, tal como lo
muestra la tele.
Cansados de tanto
buscar y no encontrar nada, resolvieron volverse
para sus casas e informarle al Flaco del fracaso de
la operación pero, justo, en ese momento, comenzó el
chiflido otra vez.
El Misterioso, con
gestos de alarma, que los esperaba en la puerta,
solicitó de inmediato un informe detallado, mientras
el Baby registraba todo en su grabador. “Dicen que
es un chancho”, aseguró. “Pero es difícil que un
chancho chifle”, agregó La Petisa, siempre en todo
polémico.
En esas horas se supo
por parte de la Academia Mundial de Porcinos
dependiente del Consejo de Seguridad de la Onu, que
en Uruguay existe una especie de chanchos que
chiflan, bastantes rebeldes por cierto, por más que
les sea difícil. Y chiflan cuando están contentos,
dicen los biólogos y antropólogos.
“Escuchen, ahí está
otra vez el chiflido”, dijo el Nacho, que ya sabía
por donde se escondía el bendito chancho colorado,
que estaba muy agrandado y que le decía a sus
amigos: “No hay nadie que pierda, si lleva un libro
mío bajo el brazo”, lo que era absolutamente una
flor de mentira, porque solo una vez, en una noche
de domingo, se había dado esa extraña conjunción de
un candidato con un libro. Por lo cual no tenía
valor estadístico. Pero el chancho, que era un
baboso, se adjudicaba los éxitos, no por creérsela,
sino porque le daba prestigio en el boliche y así se
entretenía dándole manija al Pepe, al Vidriero y a
Juan Carlos.
El Búho, con cara de
profesor de matemáticas amargado, miraba para un
lado y otro, sorprendido por la reacción del conejo,
los ciervos y las comadrejas, que despavoridas
corrían sin rumbo, por culpa de aquel bendito
chiflido. “El Flaco es el padre de esta batalla”,
decía el Búho, mientras el perro Negro lloraba al
pie del árbol, el mismo can que había acompañado al
chancho en la semana de turismo y que nadie sabe por
qué puta andaba por ahí.
Cuando llegó el
amanecer del lunes, cuando aparecieron las primeras
luces en el horizonte, se escuchó: “Ffffuiiiiiiiiiiiiiiii”.
El Flaco, que escondía el cigarro para que el Nacho
y Lucía no supieran que estaba fumando, se limitó a
decir: “Es dialéctico, hay un tipo de chanchos que
también chiflan bajo determinadas circunstancias
históricas” y después largó todo su rollo sobre la
sociedad civil, el desarrollo de las fuerzas
productivas, la descenralización y la construcción
de la democracia avanzada, sin olvidarse que nació
en el 110.
El búho, parado en el
árbol, le hizo una guiñada al Flaco, cerró los ojos
y se puso a dormir en la rama más alta. “Pobre
tipo”, dijo para sus adentros, “recién le empiezan
los problemas”.
Ffffuiiiiiiiiiiiiiiii”,
fue lo último que se escuchó, porque ya el sol había
salido y empezaba un nuevo día. Parecía luminoso.
Solo el tiempo lo dirá.
*
Esta nota fue publicada el domingo 9 de mayo en La
República, antes de conocerse el resultado
electoral.
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