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Martínez de Hoz: El rol de los
civiles en la dictadura argentina
por Raúl
Arcomano
rarcomano@miradasalsur.com

Las
fuerzas armadas son las que pusieron en
funcionamiento la brutal maquinaria de exterminio.
Pero los hilos los movieron otros sectores: un vasto
grupo de civiles del poder económico más concentrado
que le dieron sustento ideológico a la última
dictadura. Hay una idea bastante atinada que
despliega Hugo Vezzeti en su libro Pasado y
presente. Dice allí que el denominado Proceso de
Reorganización Nacional anunciaba desde la desmesura
de esa denominación que no le bastaría intervenir
sobre el Estado y las instituciones, sino que la
Nación misma debía ser objeto de una profunda
reconstrucción. Una regeneración –podría decirse–
social y política. Para imponer a sangre y fuego ese
proyecto económico ideado por las usinas
ultraliberales se necesitó de la mano dura los
uniformados. Poco se avanzó en determinar las
responsabilidades de los hombres sin uniforme que
adhirieron, colaboraron e instigaron con el régimen
militar. Como José Alfredo Martínez de Hoz, ex
ministro de Economía. El jefe civil y padre de ese
modelo económico. Hoy su suerte se acabó.
El rol
civil se analiza en Pasado y Presente. Sostiene:
“Las fuerzas armadas intervenían sobre una sociedad
que ofrecía mayormente una pasiva conformidad a lo
que veía como inevitable. Aunque, desde luego,
obtenían el respaldo bastante más entusiasta de
quienes desde antes bregaban por la restauración de
las jerarquías, la preeminencia del principio de la
autoridad y del repertorio de valores de la
constelación conservadora. En esa composición
inestable, de indudable orientación restauradora, la
transformación liberal de la economía buscaba
hacerse compatible con la abundancia discursiva que
insistía con esa mezcla de conservadurismo y
nacionalismo que no era ajenas a tradiciones bien
instaladas en la sociedad”.
En los
años previos al golpe, la gran burguesía agraria e
industrial argentina –con nexos cercanos con
empresas extranjeras– se agolpaba en el Consejo
Empresario Argentino (CEA). Lo dirigía Martínez de
Hoz. Había nacido en el mismo mes y año que Jorge
Rafael Videla: en agosto del ’25. Era hijo y nieto
de terratenientes. Abogado, había participado desde
diferentes cargos en el gobierno de la Revolución
Fusiladora del ’55. Su currículum dice que fue la
cabeza de presidencias y directorios de las empresas
más encumbradas de la época. Era un número puesto
para hacerse cargo de la empresa más grande del
país: el Ministerio de Economía. No fue el único
hombre por el que se preocuparon por sumar los
militares. El otro fue Jaime Perriaux. Los dos
fueron clave en el diseño del golpe y en las futuras
políticas del régimen.
Perriaux
era abogado y tenía fluidos contactos con la
inteligencia militar. Videla les había ordenado a
dos generales afines que mantuvieran línea directa
con él: Santiago Omar Riveros y Guillermo Suárez
Mason. Es que Perriaux era el líder indiscutido del
grupo que llevaba su apellido: un grupo de civiles
defensores del liberalismo más crudo. Entre ellos
estaban –además de Martínez de Hoz– Enrique Loncán,
Mario Cadenas Madariaga, Luis y Carlos García
Martínez, Guillermo Zubarán y Horacio García
Belsunce. Había otra usina de poder que interesaba a
los militares: el grupo La Plata. Lo encabezaba
Alberto Rodríguez Varela. Y eran miembros Jaime
Smart, Roberto Durrieux y Raúl Salaberry. A los dos
grupos los fascinaba el color verde oliva. La
atracción era recíproca. No fueron los únicos que
aportaron hombres. Hubo muchos otros que llenaron
las oficinas de diferentes ministerios. Muchos de
ellos, la mayoría, se reciclaron en la democracia.
En el
libro El dictador –de María Seoane y Vicente
Muleiro– se afirma que Videla había sido el elegido,
el brazo armado de esos civiles y militares cuyo
proyecto nacional correspondía a una Argentina
feudalizada. “Porque –escribieron– una cosa parecían
compartir Videla y los suyos: había que retrotraer
al país a un estadio previo a la existencia del
peronismo y del yrigoyenismo”. En medio de los
entretelones golpistas que se sucedían, Videla y
Massera tuvieron una fuerte discusión. Fue en enero
del ’76. Ganó la Marina y prevaleció su postura:
cada fuerza tendría el 33 por ciento del poder en
todas las áreas del Estado. Sobre el aniquilamiento
acordaron que nadie debería rendir cuentas sobre lo
que sucedía con los detenidos en sus respectivas
áreas. La otra pata del plan, la más importante, la
arreglaron una noche de marzo Videla, Massera y
Agosti. Llamaron a Martínez de Hoz a Kenia, donde se
encontraba de cacería. Le ofrecieron ser ministro de
Economía. El empresario les habló hasta la
medianoche, sin parar. El plan económico de la
dictadura ya tenía sustento ideológico. Y fue
anunciado el 2 de abril de 1976.
Seoane y
Muleiro analizan lo que buscó la CEA y Martínez de
Hoz con el plan económico que la dictadura implantó
con muerte y desapariciones. “El plan era una
reedición de las variantes ortodoxamente liberales:
internacionalización de la economía con sesgo
agroexportador, apertura irrestricta del comercio
exterior, drástica concentración de la riqueza y
reducción del crédito a pequeñas y medianas
empresas, y endeudamiento externo.” Un plan para un
país con diez millones de habitantes. Es decir:
sobraba la tercera parte. Sobretodo, los obreros
industriales. La monumental biografía de Videla
señala que ese plan tenía un solo y necesario
aliado: la represión a cargo del Ejército.
En Bases
para una Argentina moderna. 1976-1980, el libro que
se dedicó a sí mismo, Martínez de Hoz defiende su
gestión y dice: “Se actuó con una unidad de
orientación ideológica que permitía lograr una
verdadera acción de ‘equipo’”. El texto está
prologado por Videla: “Alguna vez expresé
públicamente mi concepto sobre el valor personal y
dije que valor no es sólo el coraje para afrontar el
riesgo, sino también el temple para sostener sin
claudicar nuestras convicciones.” Luego le dedica
unas sentidas palabras a su soldado: “Demostró en
todo momento poseer el coraje necesario para aceptar
situaciones de riesgo en las que estaba en juego su
propia vida. Tuvo además la firmeza suficiente en
llevar adelante un programa de profundos cambios en
la economía”. Y vaya si lo fueron.
El
destino se volvió esta semana en contra de ese
hombre de orejas prominentes y mirada fría que
intentó ser el restaurador de la economía. La Corte
Suprema confirmó la inconstitucionalidad del indulto
firmado por Carlos Menem, que lo beneficiaba. La
Corte recordó que el crimen por el que se acusa es
imprescriptible. Martínez de Hoz está imputado por
el secuestro en el ’76 de los empresarios Federico y
Miguel Ernesto Gutheim. Detenidos de manera ilegal,
fueron secuestrados y obligados a firmar un acuerdo
con empresarios de Hong Kong. En ese convenio estaba
interesado personalmente Martínez de Hoz.
La
Secretaría de Derechos Humanos también lo querelló
por la desaparición de Juan Carlos Casariego de Bel,
funcionario de Economía que se opuso a la
estatización de la Italo. La mejor defensa es un
ataque. Lo que hizo Martínez de Hoz: en una
solicitada denunció que sufre “una persecución
interminable”. “No parece que existan frenos
institucionales que contengan la ensañada y
larguísima persecución en mi contra, que no tiene
precedentes en el país”. El juez federal Norberto
Oyarbide prohibió la salida del país de Martínez de
Hoz. Y podría pedir su detención.
Fuente:
El Argentinocom
LA
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