Catástrofes ambientales y
energía nuclear
Samuel Pinheiro Guimarães

La acumulación de gases de efecto invernadero en la  atmósfera provoca el calentamiento global y sus catastróficas consecuencias. Cerca del 77% de estos gases corresponden a CO2, dióxido de carbono, resultado inevitable de la quema de combustibles fósiles para generar energía eléctrica y para mover industrias y vehículos, desde automóviles a aviones y navíos. Esta es la base de la economía industrial moderna, desde la construcción de una máquina a vapor, capaz de girar una rueda, en 1781, por James Watt.

 

La reducción de las emisiones de dióxido de carbono es esencial para impedir que la concentración de gases, que hoy alcanza 391 partículas por millón, sobrepase los 450 ppm. Este nivel de concentración correspondería a un aumento de 2ºC en la  temperatura, un umbral hoy considerado como el máximo tolerable, debido al deshielo de los glaciares polares y al calentamiento de los océanos lo que, al producirse de forma gradual y combinada, llevaría a la inundación de las zonas costeras de muchos países, donde vive cerca del 70% de la población mundial.

 

Asimismo, desde la firma del Protocolo de Kyoto, en 1997, que estableció metas para 2008-2012 de reducción de estas emisiones a niveles 5% inferiores a aquellos verificados en 1990, la emisión de gases de efecto invernadero aumentó.

 

El 70% de la energía eléctrica en los Estados Unidos es generada por termoeléctricas a carbón y gas; 50% de la energía eléctrica producida en  Europa es generada por termoeléctricas a carbón y a gas; 80% de la energía eléctrica china tiene como origen termoeléctricas a carbón.

 

En gran medida, la solución de la crisis ambiental depende, así, de la transformación radical de la matriz energética, en especial de las usinas de generación de electricidad, de forma tal a los efectos de que comiencen a utilizar fuentes renovables de energía.

 

Muchos de los países que son importantes emisores de gases de efecto invernadero que tendrían que transformar sus matrices energéticas (responsables por el 70% de las emisiones de estos gases), nol tienen recursos hídricos suficientes (China, India, Europa etc.) o no tienen capacidad económica para generar energía eólica y solar, fuentes que por ser intermitentes (la usina eólica funciona, en promedio, 25% del tiempo y la solar solamente durante el período diurno), no aseguran continuidad de suministro ni su energía puede ser almacenada. Incluso la producción económica de energía a partir de la biomasa (etanol) se aplicaría más a la sustitución de nafta y gasoil en vehículos, que a la producción de energía eléctrica.

 

De esta manera, queda solo la energía nuclear como solución viable para la generación de energía eléctrica a gran escala, dado que están superados los problemas ambientales y de seguridad. La energía nuclear, que hoy representa el 20% de la energía eléctrica producida en los Estados Unidos; 75% en  Francia; 25% en Japón y 20% en Alemania, es producida, como se sabe, a partir del uranio.

 

Patrick Moore , fundador de Greenpeace, fue enfático al declarar: “la energía nuclear es la única gran fuente de energía que puede sustituir a los combustibles fósiles.”

 

El 81% de las reservas de uranio conocidas se encuentran en seis países. Brasil tiene la 6ª mayor reserva de uranio del mundo, teniendo todavía pendiente de explorar más del 80% de su territorio y la estimación es que Brasil puede llegar a detentar la tercera mayor reserva del mundo. Cinco compañías en el mundo producen el 71% del uranio.

 

El uranio en la naturaleza se encuentra en un grado de concentración del 0,7%. Para ser usado como combustible este uranio debe ser extraído, beneficiado, convertido en gas, enriquecido a cerca del 4%, reconvertido en polvo y transformado en «pellets», que es la forma del combustible utilizado en los reactores.

 

Este proceso industrial es extremadamente complejo y apenas ocho países del mundo poseen el conocimiento tecnológico del ciclo completo y la capacidad industrial para producir todas las etapas del ciclo. Uno de ellos es Brasil.

 

Brasil combina, así, la posesión de reservas sustanciales, y potencialmente muy superiores, con el conocimiento tecnológico y la capacidad industrial más allá de contar con la capacidad industrial que permitiría producir reactores.

 

A pesar de que la Agencia Internacional de Energía Atómica preve un crecimiento moderado de la demanda por uranio enriquecido, el hecho es que países como China e India necesitarán instalar capacidades extraordinarias de usinas no contaminantes para aumentar la oferta de energía eléctrica sin aumentar de forma significativa sus emisiones de CO2. China planea aumentar su capacidad instalada total de generación de energía eléctrica en 100.000 MW por año, lo que equivale a toda la actual capacidad brasileña.

 

En el caso de que los países desarrollados no aumentasen su producción industrial y pudiesen así mantenerse los niveles actuales de generación de electricidad y, por lo tanto, de emisión de gases y los grandes países emergentes tampoco aumentasen sus emisiones actuales de gases (y por lo tanto mantuviesen su producción actual, con crecimiento económico cero) el nivel del umbral del aumento de temperatura, 2ºC, sería alcanzado mucho antes de lo previsto, e incluso superado.

 

Por lo tanto es necesario y urgentísimo disminuir la emisión de gases de efecto invernadero y, al mismo tiempo, mantener el crecimiento económico/social elevado para sacar a centenas de millones de seres humanos de la situación de pobreza extrema en la que viven. Esto sólo es posible mediante la generación de energía eléctrica a partir del uranio. Para generar 1Kw de energía eléctrica, una usina a carbón genera 955 gramos de CO2; una usina a petróleo 818g; una usina a gas genera 446g y la usina nuclear 4g (¡cuatro!) de CO2.

 

Por lo tanto, los grandes países productores de energía tendrán que cambiar su matriz energética, cuya base hoy son los combustibles fósiles, para utilizar combustibles renovables y no fósiles, como la energía nuclear, que es la única que se adapta a los requisitos de regularidad, de suministro, de economía y de ubicación flexible.

 

Sin embargo, los extraordinarios intereses de las grandes empresas productoras de petróleo, de gas y de carbón de los países que detentan los principales yacimientos de estos combustibles fósiles: carbón (Estados Unidos y China); gas (Rusia y EE.UU.); y petróleo (Arabia Saudita, etc.) y los costos, difíciles de exagerar, de transformación de sus matrices energéticas y de sus hábitos de consumo, tienden a incidir sobre las consideraciones de los técnicos que elaboran dichas estimaciones conservadoras de la Agencia Internacional de Energía – AIE, que preven el continuo uso de combustibles fósiles y un pequeño aumento de la demanda por energía nuclear en los próximos años.

 

A pesar de todo, el deterioro de las condiciones climáticas y los fenómenos extremos, harán que se imponga la urgencia de medidas de reorganización económica, inclusive por la presión de los ciudadanos sobre los gobiernos a pesar de la contra-presión de los intereses de las mega-empresas. Así, a pesar de aquellas estimaciones modestas, el mercado internacional para el uranio enriquecido será extremadamente importante en las próximas décadas, en la media en que se quiera evitar catástrofes climáticas irreversibles.

 

Ciertas iniciativas de los países nucleares, bajo el pretexto de enfrentar amenazas terroristas, pueden afectar profundamente las posibilidades de participación de Brasil en este mercado.

 

Estas iniciativas se caracterizan por procurar concentrar en los países altamente desarrollados la producción de uranio enriquecido y de impedir su producción en otros países, en especial en aquellos países que poseen reservas de uranio y la tecnología para su enriquecimiento. En otros países, que son la mayoría, el tema no tiene importancia, y sirve apenas para crear medidas de presión sobre los primeros. Esto afecta directamente a Brasil, desde el punto de vista económico y de vulnerabilidad política.

 

Por otro lado, estos países procuran restringir por todos los medios la transferencia de tecnología, procuran impedir el desarrollo autónomo de tecnología y buscan conocer lo que los demás países están haciendo, sin revelar lo que ellos mismos hacen. El Protocolo Adicional a los Acuerdos de Salvaguarda con la AIEA, previstos por el TNP (Tratado de No Proliferación) es un instrumento poderoso, en especial en aquellos países donde existe capacidad de desarrollo tecnológico, como es el caso de Brasil. Donde no existe esta capacidad, el Protocolo no tiene ninguna importancia, ni para los que se benefician de él (los Estados nucleares), ni para aquellos que se someten a sus obligaciones (los Estados no-nucleares que no poseen uranio, ni tecnología, ni capacidad industrial y que son la aplastante mayoría de los Estados del mundo).

 

La aprobación de Brasil a la firma de un Protocolo Adicional al TNP permitiría que inspectores de la AIEA, sin previo aviso, inspeccionasen cualquier instalación industrial brasileña que considerasen de interés más allá de las instalaciones nucleares (inclusive las fábricas de ultracentrífugas) y el submarino nuclear, y tuviesen acceso a cualquier máquina, a sus partes y a los métodos de su fabricación, o sea, a cualquier lugar del territorio brasileño, ya sea civil o militar, para inspeccionarlo, inclusive instituciones de investigaciones civiles y militares. Ahora, los inspectores son formalmente funcionarios de la AIEA, pero, en realidad, técnicos altamente calificados, en general oriundos de países desarrollados, naturalmente imbuidos de la “justicia” de la existencia de un oligopolio nuclear no sólo militar, sino también civil, y siempre dispuestos a colaborar - no sólo con la AIEA, lo que hacen por deber profesional - sino también con las autoridades de los países de los que son oriundos.

 

El Protocolo Adicional y las propuestas de centralización en instalaciones internacionales de la producción de uranio enriquecido son instrumentos disfrazados de revisión del TNP en su pilar más importante para Brasil, que es el derecho de desarrollar tecnología para el uso pacífico de la energía nuclear. Esta fue una de las condiciones de Brasil para adherir al TNP, mientras que la otra el desarme general, tanto nuclear como convencional, de los Estados nucleares (Estados Unidos, Rusia, China, Francia e Inglaterra), como lo estipula el Decreto legislativo 65, del 2/7/1998: “la adhesión de Brasil al presente Tratado está vinculada al entendimiento de que, en los términos del artículo VI, se tomarán medidas efectivas apuntando al cese, en una fecha próxima, de la carrera armamentista nuclear, con la total eliminación de las armas atómicas”.

 

Sin embargo, desde 1968, cuando fue firmado el TNP, a la fecha, los Estados nucleares, bajo diversos pretextos, aumentaron sus gastos militares e incrementaron de manera significativa la letalidad de sus armas, no sólo nucleares sino convencionales y así, por lo tanto, no respetaron las obligaciones que asumieron solemnemente al suscribir el TNP. Y ahora desean rever el Tratado para tornar su situación aún más privilegiada, su poder de arbitrio todavía mayor y la situación económica y política de los países no nucleares aún más vulnerable frente al ejercicio de este arbitrio.

 

Al contrario de la mayor parte de los países que firmaron el Protocolo Adicional, Brasil conquistó el dominio de la tecnología de todo el ciclo de enriquecimiento del uranio y tiene importantes reservas de uranio. Sólo tres países: Brasil, Estados Unidos y Rusia tienen esta situación privilegiada en un mundo en el que la energía nuclear será la base de la nueva economía libre de carbono, indispensable para la supervivencia de la humanidad. Aceptar el Protocolo Adicional y la internacionalización del enriquecimiento de uranio sería un crimen de lesa humanidad.

Traducido para LA ONDA digital por Cristina Iriarte

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