Aniversario de UE
Reflexiones: auge y caída
por Pallavi Aiyar y Jean-Pierre Lehmann*

Pallavi Aiyar es corresponsal en Bruselas del periódico de la India “Bussiness Standard” y es integrante de la Universidad de Negocios de Suiza IMD.

Por su parte, Jean-Pierre Lehmann es profesor de Política Económica Internacional en la IMD de Suiza y director

del Evian Group en la misma institución.

 

 

Mayo 9, 2010: es el aniversario número 60 de la propuesta emitida por el político francés Robert Schuman para la creación de una Unión Europea (UE), proyecto que él consideraba indispensable para mantener la paz en un Continente que apenas comenzaba a surgir tras una carnicería que duró más de medio siglo.

 

Durante ese periodo, alrededor de 90 millones de personas murieron en Europa como resultado directo de la guerra. Desde nuestra perspectiva, no cabe lugar a dudas de que lo que se llegó a conocer como “La Declaración Schuman” demostró ser un asombroso éxito; Europa ha prosperado y disfrutado un tipo de paz prolongada que 60 años atrás parecía impensable.

 

Pero entrar a la tercera edad invita a reflexionar sobre el pasado y en torno al legado que quedará para generaciones futuras.

 

El auge de Europa como potencia global comenzó en 1492 cuando Cristóbal Colón zarpó del Puerto de Palos en Andalucía, España, y el subsiguiente “descubrimiento” de América inauguró la Era del Imperio. Sucesivamente, potencias europeas tales como Portugal, España, Gran Bretaña, Francia y los Países  Bajos, se embarcaron en sus propias odiseas colonizadoras a través del mundo y lo que hasta entonces había sido una región remota y atrasada para el Continente euroasiático se convirtió en adelante en el impulsor de su inexorable ascenso.

 

Tras la Ilustración, la Revolución Industrial, la Revolución Francesa y la colonización de las más vastas regiones de la Tierra, Europa alcanzó el apogeo de su poderío global alrededor de 1900. Luego se estancaron en el desastre, hasta que, en décadas más recientes, con el establecimiento de la UE, Europa intentó reafirmar una vez más su rol global.

 

Que apropiado resulta entonces que sea España el que una vez más comienza a delinear la nueva partida de Europa hacia el nuevo mundo. Pero mientras que hace 600 años lo que se marcó fue el inicio del ascenso global de Europa, los más recientes giros en el curso de los acontecimientos podrían estar señalando hacia su descenso.

 

La simetría es aún mayor si tomamos en cuenta el hecho de que el ascenso de Europa inició con el descubrimiento de América y el descenso comienza con un desdén realizado por los americanos a Europa.

 

Los líderes de Europa están muy ofendidos por el rechazo que manifestó el presidente Barack Obama al rehusarse a asistir a la Cumbre EU-UE, en España el 24 y 25 de mayo. Pero ante los ojos de muchos No-Europeos –y de algunos europeos perspicaces– este rechazo no es más que el reconocimiento de la turbulenta realidad que azota a estos tiempos en constante transformación.

 

Irónicamente, ahora que la UE se expande para incorporar a 27 nuevos países como miembros (incluyendo a varios que anteriormente se encontraban bajo el régimen soviético) está siendo relegada a un papel cada vez más pequeño en el escenario mundial.

Ha habido algunos logros, especialmente el Mercado Común, la expansión de sus membresías y la introducción del euro.

 

Pero son otras las fuerzas que al final han resultado más decisivas. La impotencia de Europa frente a la desintegración y matanza de la antigua Yugoslavia, especialmente frente a la guerra de Bosnia, fue una temprana y vívida demostración de su incapacidad para mantener las cosas bajo control.

 

Si en 1990 en los Balcanes se tuvo que hacer un llamado a los americanos para que intervinieran, una década más tarde, mientras la administración de Bush pronosticaba su imprudente tarea de invadir Iraq, los estadounidenses debieron haber sido detenidos. Sin embargo, la profunda indecisión en torno a la guerra de Iraq entre Inglaterra e Italia, por un lado, y Alemania y Francia, por el otro, eran una señal estridente de la euro-confusión.

 

Los líderes europeos han tenido que resignarse al hecho de que la UE nunca será capaz de rivalizar con el poder de EU.

 

Con el fracaso de la Agenda de Lisboa 2000, a través de la cual la UE aspiraba a “convertirse para 2010 en una de las economías basadas en el conocimiento más competitivas y dinámicas, capaces de un desarrollo económico sostenible con más y mejores trabajos y una mayor cohesión social”, muchos líderes europeos se resignaron también al hecho de que la UE podría estar perdiendo su poder económico global.

 

El rápido crecimiento de las economías emergentes de Asia es desafiante y probablemente, si las predicciones son ciertas, eclipsará el poder económico europeo.

 

La crisis financiera global solo ha servido para enfatizar este cambio de Oeste a Este en la balanza del poder. Mientras Europa sigue peleando para arrancar a su economía de la recesión, mientras siguen enfrentándose a su problema griego y posiblemente a las riesgosas deudas de otras soberanías, las principales economías asiáticas crecen a grandes pasos, mientras demuestran su gran adaptabilidad al cambio apuntando así al Talón de Aquiles de la UE, que carece justamente de esta capacidad.

 

La crisis demostró la clara y pronta necesidad de ajustar el gobierno de la economía global pero los parloteos y riñas infantiles intra-europeos han impedido que la UE, a pesar de que ésta representa la mayor economía mundial, emerja como una sola y contundente voz. De tal modo que en las cumbres del G20, no sólo los miembros originales del G7 (Francia, Alemania, Italia, y el Reino Unido) insisten en estar presentes, pero eventualmente tuvieron que aumentar sus números para incluir a la Comisión Europea, a España y a los Países Bajos.

 

El comportamiento de las potencias europeas va en contra de sus propias intenciones: mientras el mundo estaba pasando por la transformación más grande que ha visto en siglos, quizás la más importante desde el “descubrimiento” de América en 1942, la UE estaba a punto de iniciar el proceso –inicialmente a través de una nueva constitución a través de un tratado firmado en Lisboa– de emprender la más improductiva exploración de ombligos antes vista.

 

El tan asediado Tratado de Lisboa entró en vigor el primero de diciembre de 2009. La escala de capital político que se gastó en abrirle paso hasta alcanzar su aprobación se justificó con el argumento de que, a través de Lisboa, Europa finalmente atraparía a esa escurridiza voz conjunta con la cual hablaría en el escenario mundial.

 

Pero durante las primeras semanas en que el Tratado estuvo en vigor, demasiados baños de agua fría se derramaron sobre estas esperanzas, sobre todo tras los resultados de la Conferencia Sobre Cambio Climático en Copenhague, pues la misión de guiar y rescatar al planeta del peligro del calentamiento global se había vuelto una parte esencial tanto en la percepción que tenía Europa de sí misma como en la percepción que el resto del mundo tenía de ella.

 

La UE no sólo no tuvo influencia en el resultado, sino que fue ignorada y mientras que EU y el G4 (Brasil, Sudáfrica, India y China) llegaron a un acuerdo, Europa quedó relegada al olvido, lo cual ha sido un trago amargo para su poderío.

 

Así, mientras que a la edad de 60 la UE puede celebrar el pasado de manera legítima, no puede escaparse de los severos retos que la esperan en el futuro.

 

Actualmente, parece que Europa se encamina firme hacia su propio declive, lo cual es cierto respecto de su poder económico, su mano dura y su superioridad demográfica. En 1900, los europeos representaban 24% de la población mundial, para el año 2000 ese número se ha reducido a más de la mitad y se espera que se reduzca de igual modo para 2050.

 

Pero el declive de Europa no tiene que ser total, podría suceder con un cierto grado de dignidad que le permitiera mantener influencia y liderazgo en los asuntos globales, pero para ello necesita un rejuvenecimiento. Necesita una visión que involucre a los europeos que tendrán 60 en 2070.

 

Mientras tanto, Obama está en lo correcto al negarse a asistir a la cumbre española. Solo cuando (si es que esto sucede) la UE sea capaz de hablar con una sola voz a sus socios globales es que tendrá credibilidad como interlocutor.

 

Con un poco de suerte, la cachetada que Obama plantó en la cara de Europa servirá como la señal de alarma que los despierte de su letargo.

* Fuente: El Semanario (de Mexico)

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