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A Garzón le han roto las piernas,
pero han hecho que parezca
un accidente
por José
María Mena*
La
noticia de la suspensión de Baltasar Garzón es una
mala noticia. Ciertamente, es una suspensión
provisional, derivada del enjuiciamiento de la
primera de las tres persecuciones penales a que se
enfrenta. Pero el cariz de esta primera andanada no
permite extremar los optimismos.
Posiblemente el Consejo General del Poder Judicial
no haya tenido muchas otras opciones, en este
concreto incidente. La ley ordena la suspensión
«cuando se hubiera dado lugar a proceder por delitos
cometidos en el ejercicio de sus funciones». Y
Luciano Varela había dado lugar a proceder contra
Garzón. Esto puede explicar la unanimidad de la
decisión del Consejo, aunque también cabía esperar,
al menos de algunos vocales, un esfuerzo de
imaginación interpretativa de esos que nos
sorprenden en otras ocasiones.
El
presidente del Consejo, con tono episcopal, pedía
paz, es decir, silencio, para que los jueces
trabajen con sosiego. Pero los jueces no pueden
pedir silencio cuando trabajan en el corazón de un
problema humano o social. Deben trabajar con
serenidad, aun en el fragor del conflicto jurídico,
como los militares deben hacerlo en el fragor del
combate, y más modestamente, los albañiles en el
vértigo de lo alto del andamio. No es aceptable la
petición de silencio, disfrazado de sosiego, sobre
todo cuando son ellos mismos los que han armado el
inmenso barullo.
Por eso
es necesario volver a decir, alto y claro, que las
tres querellas contra Garzón, sospechosamente
coetáneas, sospechosamente admitidas pese a su
triple inviabilidad, constituyen una agresión
revanchista contra la independencia judicial, que ha
desencadenado el natural escándalo jurídico y
mediático, que ahora no es posible acallar.
El juez
Varela, en su auto del 11 de mayo, había abierto la
puerta del juicio oral, colocando al Consejo en una
situación inevitable que no sabemos si hay algún
vocal que lamente. Ese auto es un texto que retrata
a su autor. Egocéntrico y soberbio, herido por el
precedente recurso del fiscal, que discrepaba de su
actuación persecutoria, dedica la mayor parte de su
escrito a zaherir al fiscal, en relación con otros
asuntos precedentes. De Garzón se ocupa, casi
incidentalmente, en tres renglones. Todo lo que dice
es que «se formulan hechos que pudieran ser
constitutivos del delito del artículo 446.3 del
Código Penal, por lo que procede abrir el juicio
oral». O sea, que se remite a lo que digan ML y FE
(me resisto a escribir los nombres de estos
indeseables colectivos).
Y a
continuación dice: «Dispongo: que procede ordenar y
ordeno la apertura del juicio oral por los hechos
objeto de acusación en cuanto constitutivos del
delito de prevaricación». Todos, sin ser expertos en
leyes, pueden observar que se permite ordenar, lo
cual es una expresión de soberbia desafortunada e
insólita, pero sintomática, pues el destinatario de
esa inoportuna orden es el Tribunal Supremo, al que
él, naturalmente, nada puede ordenar. Y obsérvese,
además, que ahora ya los hechos no «pudieran ser
constitutivos de delito», sino que son constitutivos
de delito. Con esta afirmación entierra su
imparcialidad, más hondo aún de cuanto ya lo había
hecho hasta ese 11 de mayo.
El papel
histórico de esta patética historia desempeñado por
ese juez de instrucción me trae a la memoria a don
Luis de Góngora. A la pregunta de «¿quién mató al
conde?», respondió: “El matador fue Bellido, y el
impulso, soberano”. El Bellido del caso de Garzón
sería el juez Varela, y el soberano del impulso
serían los fascistas, los corruptos y los
burócratas. En términos de siglo XXI, no hay mejor
traducción, adaptada al caso que nos ocupa, que la
que ha dicho Millás hace un momento por la radio: a
Garzón le han roto las piernas, pero han hecho que
parezca un accidente. Ahora dicen que, por lo menos,
en un caritativo ejercicio de interpretación legal
funambulesca, es posible que le dejen irse a La
Haya. Pero será como si, después de romperle las
piernas, le regalasen una silla de ruedas. Pero
Garzón es Garzón, y la independencia de la justicia
es una necesidad democrática. Con ruedas se puede
volver.
* Exfiscal jefe de Catalunya
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