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Ruanda: ¿cuál ha sido
el papel de Francia en
el genocidio?
por Juan
Montero
Hace
ya mucho tiempo que intento, con temor, acercarme a
al genocidio en Ruanda, y tratar de comprender cómo
es posible que algo tan atroz se haya producido.
¿Pertenece a lo humano lo que allí sucedió?; o más
bien se traspasaron todos los límites y no hay
palabra capaz de hacernos entender esa orgía de
sangre. No hay duda de que el mal es una dimensión
de lo humano, pero el mal por sí sólo no explica lo
que allí sucedió. Cierto es que el genocidio forma
parte de la historia de la humanidad pero eso no lo
vuelve más comprensible. Sé de lo imposible de esta
tarea, sé que las palabras no bastan, de ahí el
temor, sé que me harían falta años frecuentando la
pesadilla para tal vez poder ir encontrando algunas
claves que pudiesen volver entendible el proceso
que, no sólo en Ruanda, desencadena tanto desprecio
y tanta muerte.
El lenguaje no basta,
pero es lo único que tenemos. Creo sin embargo que
hay que ser profundamente cuidadoso en su uso, de
ahí también el temor a escribir, por eso hablo del
genocidio en Ruanda y no del genocidio de Ruanda,
ignoro si acierto pero procuro resaltar cómo la
pesadilla elige un lugar en donde reproducirse pero
que, en ningún caso, es algo propio de ese lugar. No
es peor el criminal ruandés que el de la Alemania
nazi, la Rusia de Stalin, la China de Mao, la
Camboya de Pol Pot, la Turquía de Armenia, los
EE.UU. de tantos frentes, bástenos nombrar Hiroshima
y Nagasaky, o, sin necesidad de mirar tan lejos, la
España de Franco. Tal vez, la diferencia principal
sea que Ruanda es un escenario africano y, tal y
como nos portamos habitualmente con ese continente,
corre mucho más riesgo que los otros de ser
despreciado y caer en el olvido.
Por eso quiero hablar
hoy de Ruanda, por eso y por la frase de Boubacar
Boris Diop que encabeza este artículo. Los tres
artículos dedicados al genocidio en su libro
“L’Afrique au-delà du miroir” (África más allá del
espejo), me sirven de hilo conductor para
transmitirles unos datos que conviene que no caigan
en el olvido.
Ruanda, tarde del 6
de abril de 1994, el avión del presidente hutu
Juvenal Habyarimana, aliado del gobierno francés de
François Mitterrand, cae abatido por un misil en las
proximidades de Kigali (capital de Ruanda). En el
mismo atentado moría el presidente de Burundi, el
también hutu Cyprien Ntaryamira.
Treinta minutos
después son colocadas las primeras barreras, los
líderes políticos hutus moderados son liquidados a
partir de listas preestablecidas, inmediatamente
después empieza la matanza de Tutsis. Según la ONU,
entre abril y junio de 1994, se produjeron entre
500.000 y 800.000 asesinatos. Según las autoridades
ruandesas, las víctimas mortales pasaron del millón,
diez mil muertos diarios sin interrupción durante
tres meses.
Boubacar Boris Diop
afirma: “... el genocidio de 1994 no fue el brusco
despertar de una atávica sed de sangre, sino el
resultado de varios decenios de una puesta a punto
metódica...” (1). Hagamos pues un poco de historia
y, sobre todo, tengamos en todo momento presente que
los términos Hutu y Tutsi no remiten a dos etnias en
el sentido estricto del término y que jamás hubo,
antes del período colonial, ninguna matanza entre
ellos. Antes bien, convivían sin graves problemas:
aquí es donde aparecen los aprendices de brujo
europeos.
Estamos a finales del
siglo XIX, en la conferencia de Berlín de 1885 en la
que, algunas naciones europeas, se reparten África a
escuadra y cartabón generando toda una serie de
estados de complicada viabilidad que conforman
todavía hoy el mapa político de África. Ruanda queda
entonces en el área de influencia alemana. La
etnología colonial vigente entonces en occidente
aplica, sin ningún pudor, sus criterios raciales
entre la población ruandesa. Para ella los Hutus, de
origen bantú, y los Twa, de origen pigmeo, son
consideradas las razas autóctonas, los dos grupos
negroides: de baja estatura, piel oscura e
inteligencia más bien corta. Frente a ellos, los
Tutsis, de rasgos finos, piel clara, más altos y por
lo tanto, para los europeos, más apuestos, son
considerados más próximos, en la línea evolutiva, a
los blancos y, por lo mismo, poseedores de una
inteligencia superior y de unas innatas dotes de
mando.
De delirio en delirio
se abren paso -en el intento trágicamente frecuente
de inventar una historia no africana para un país
africano (ya lo hacían los árabes y los propios
reyes o emperadores negros islamizados cuando,
buscando prestigio, trataban de ligar sus dinastías
a alguna de las ramas familiares del profeta en una
ridícula operación conocida con el nombre de
cherifismo)- todo tipo de especulaciones que buscan
encumbrar, de manera falsa, a los Tutsis dentro de
la comunidad ruandesa. Son presentados como un
pueblo camita, llegado desde Egipto remontando el
Nilo, como un pueblo originario de Etiopía o incluso
como judíos o caucasianos. Tal vez, se dice de
ellos, se trate de una antigua población de raza
blanca perdida, desde mucho tiempo atrás, en la
región de los Grandes Lagos.
Cuando los belgas,
por mandato de Naciones Unidas, se hacen con la
administración del territorio desde finales de la
Primera Guerra Mundial hasta su independencia formal
el 1 de julio de 1962, se toman todas estas
supercherías muy en serio y tras diversas medidas
antropométricas, estudios genéticos y de grupos
sanguíneos, declaran la superioridad genética de los
Tutsis. Así, tal y como destaca el propio Boubacar
Boris Diop (en adelante BBD), en un país como Ruanda
donde no existía antes de la colonización europea
etnia en el sentido preciso del término “... la
etnología colonial, convertida en ideología
dominante, ha llevado a los ruandeses a percibirse
como razas totalmente diferentes las unas de las
otras...” (2). Y no contentos con eso los belgas, a
lo largo de su estadía y, sobre todo, del proceso de
descolonización, se preocuparon en dejarlos
profundamente enfrentados creando un conflicto
étnico allí donde, antes, no existía siquiera
consideraciones de este tipo.
Indagando en los
porqués de las matanzas, BBD, añade: “... Incluso
aunque no podamos pretender desbrozar todos los
mecanismos, nos hemos visto obligados a admitir que
la violencia política bajo una forma tan masiva fue,
en Ruanda, de origen colonial. Bélgica no tiene nada
que ver con los acontecimientos de 1994 pero éstos
resultan, históricamente, de su gestión de Ruanda y
sobre todo de su voluntad de enconar étnicamente, en
contra del buen sentido, el proceso de acceso del
país a la independencia...”
Y Francia, ¿cuál ha
sido el papel de Francia en el genocidio?. Partamos
de una afirmación categórica de BBD, él nos dice que
aunque todavía queda mucho por hacer y tal vez lo
más importante que será lo que escriban los hijos y
los nietos de aquellos ruandeses implicados en las
matanzas, se ha escrito mucho a fecha de hoy sobre
el genocidio en Ruanda. Pues bien, añade: “... no
existe ninguna obra por imparcial que pretenda
ser que no aporte pruebas, a veces sorprendentes, de
la implicación activa y decidida de Francia en
el genocidio ruandés...”
Se trató de un
genocidio minuciosamente preparado: “... Un Estado
muy centralizado puso su ejército, sus fuerzas
paramilitares, los Interhamwe, creadas para la
ocasión (BBD traduce este nombre como “los que
marchan juntos”, en alguna otra obra o artículo lo
he visto traducido como “los que matan juntos”, en
realidad tendría una lógica siniestra juntar ambas
interpretaciones y traducirlo como “los que marchan
matando juntos”, aquellos, en definitiva, a los que
une el crimen) y toda su administración al servicio
de la eliminación de una parte de la población
ruandesa elegida en función de su pertenencia a una
“etnia”...”
Así lo escribe BBD.
Pues bien, Francia no sólo armó, en los años previos
y durante el genocidio, a las FAR (Fuerzas Armadas
Ruandesas), ejército de su gobierno aliado presidido
por Juvenal Habyarimana a quién había llevado al
poder con un golpe de Estado en julio de 1973. Un
golpe de esos que tanto practica Francia en sus
colonias aún cuando Ruanda nunca había pertenecido a
su patio trasero. No sólo armó a ese ejército que
preparaba sin ningún complejo la masacre, sino que
armó también y preparó con sus propios instructores
militares a las fuerzas paramilitares Interhamwe,
ejecutores directos, e incluso, algunos militares
franceses sobre el terreno, en plena barbarie
genocida, actuaron como “hermanos de armas” de las
FAR y de los Interhamwe, revelándoles el escondite
de no pocos Tutsis.
Francia hizo todo
esto a sabiendas de las intenciones asesinas de su
gobierno aliado que, desde hacía tiempo, no sólo no
las ocultaba sino que las jaleaba durante meses, día
tras día, a través de las ondas de la Radio de las
Mil Colinas, esas mismas colinas que rodean Kigali y
que iban a ser sembradas de cadáveres tutsis en una
solución final que no distinguiría entre edades ni
sexos. François Mitterrand no sólo era el presidente
mejor informado en ese momento de lo que se fraguaba
en Ruanda sino, como deja bien claro BBD en uno de
sus artículos, una orden suya al gobierno ruandés
habría impedido o detenido el genocidio.
No sólo no lo hizo
sino que se permitió ironías y frases ingeniosas en
torno a los hechos. Bástenos ahora una frase de
quién, en el momento de las matanzas, era su
ministro del interior en el gobierno de su entonces
primer ministro Édouard Balladur, el delincuente
Charles Pasqua, condenado hoy, a sus ochenta y tres
años, como rúbrica de toda una vida dedicada a las
cloacas del Hexágono, a sólo un año de prisión, pena
esta exenta de cumplimiento como corresponde a un
venerable representante de esta derecha europea que
considera que la caja pública le pertenece bien por
cuna, bien por derecho divino.
Implicado en varios
delitos de malversación de fondos el último de los
cuales, recientemente sentenciado, le condena por
haber recibido jugosas comisiones de Sofremi,
empresa estatal de exportación de armas dependiente,
cómo no, del Ministerio del Interior, Charles Pasqua
es hoy senador por el partido gobernante UMP del
presidente Nicolas Sarkozy de quien fue testigo, el
23 de septiembre de 1982, en su boda con Marie
Dominique Culioli. Como vemos la mierda se hereda
entre presidentes de nuestra vecina república, da
igual que sean socialistas impostores a lo
Mitterrand o fascistas sin complejos como Sarkozy.
Cuestión de Estado le llaman, nada que no conozcamos
en profundidad aquí en nuestro país donde premiar al
delincuente de guante blanco es algo más que un
deporte nacional. Curiosamente entre “los nuestros”
se usa también eso de hacerlos testigos de sus
convenientes bodas principescas.
Pues bien el inefable
Pasqua siendo como acabo de decir ministro del
interior francés entre 1993 y 1995, perfectamente
informado de lo que estaba sucediendo en Ruanda,
dijo al periodista que le entrevistaba, a fines de
junio de 1994 en el momento álgido y final de la
masacre, en el telediario de las 20.00h. de máxima
audiencia en Francia y sin que aparentemente
conmoviese a nadie a juzgar por cómo salió del
plató, relajado y orgulloso, por su propio pie y sin
las muñecas esposadas, lo siguiente: “Sabe usted,
hay que comprender que para esta gente el carácter
horrible de lo sucedido no tiene en absoluto la
misma consideración que para nosotros”. Pasqua sólo
traducía lo que su presidente, su gobierno, la clase
política francesa con aspiraciones de Elíseo y buena
parte de la sociedad civil francesa pensaba. Sólo
eso. África, ya se sabe, es otra historia.
En cualquier caso
conviene saber que Francia pudo actuar así gracias a
la complicidad de los organismos internacionales.
Una vez más, el papel subalterno de la ONU fue
repugnante. A este respecto BBD nos cuenta en
relación con uno de los informes titulado “Ruanda:
el genocidio evitable”, encargado por La
Organización de la Unión Africana a una comisión de
investigación integrada por distintas personalidades
internacionales nada sospechosas de parcialidad, lo
siguiente: “... En el curso de la presentación de
los resultados de este trabajo a la prensa, el 10 de
julio de 2000, Stephen Lewis (antiguo embajador y
representante de Canadá ante la ONU y antiguo
director general adjunto de Unicef), uno de sus
miembros (de la comisión), ha sido particularmente
duro con Madeleine Albright, entonces representante
americana en la ONU: “El papel de los Estados Unidos
en este affaire ruandés [...] ha sido una vergüenza
incomprensible.
No sé cómo Madeleine
Albright consigue vivir con la conciencia de ello”,
declaró de forma incontestable. El diplomático
canadiense ponía de esta forma el acento en el hecho
de que Mme Albright hizo lo imposible por evitar una
eventual acción de la ONU en Ruanda. Era vital para
los EEUU impedir la utilización de la palabra
“genocidio” que habría vuelto obligatoria una
intervención militar en virtud de la Convención de
Ginebra de 1948. La razón de esta prudencia, hela
aquí: menos de un año antes –el 3 de octubre de
1993- los cadáveres mutilados de diecinueve marines
habían sido arrastrados por las calles de Mogadiscio
por una multitud de Somalíes indignados. El choque
había sido inmenso y América no tenía ningún deseo
de enviar a sus “boys” a África. La situación se
puede resumir así: para proteger la vida de algunos
soldados profesionales, la administración
Clinton dejó morir sin piedad a centenares de miles
de ruandeses...” (6).
Roméo Dallaire,
general canadiense encargado de la devaluada y
torpedeada misión Minuar (Misión de las Naciones
Unidas para la Asistencia a Ruanda), un hombre en
tratamiento psiquiátrico desde entonces y con varios
intentos de suicidio en su haber, un hombre que,
según sus propias palabras, no puede soportar el
silencio porque la cabeza se le llena de imágenes de
un genocidio al que asistió con las manos atadas por
los acuerdos internacionales, muchos años después,
cuando pudo, escribió un libro titulado “J’ai serré
la main du Diable” (Yo he estrechado la mano del
Diablo) en el que, con meridiana claridad, dice:
“... Muchas veces en
este libro, he hecho la pregunta: “¿Somos todos
nosotros seres humanos o algunos de entre nosotros
son más humanos que otros?”. Nosotros que vivimos en
países desarrollados, actuamos como si nuestra vida
tuviese más valor que la de otros ciudadanos del
planeta. Un oficial americano ni siquiera se inmutó
al decirme que la vida de ochocientos mil ruandeses
no vale arriesgar la vida de más de diez soldados
americanos; tras haber perdido diez soldados, los
belgas declararon que la vida de los ruandeses no
justificaba arriesgar la vida de un sólo soldado
belga más...” .
La Operación
Turquoise, que así se llamó la cínica operación
humanitaria que, con consentimiento del Consejo de
Seguridad de la ONU, Francia monta a fines de junio
de 1994 cuando, con amarga ironía, muchos
comentadores dicen que ya no quedaba nadie a quién
salvar, se hace única y exclusivamente para
salvaguardar los intereses de Francia en la zona.
Como nos cuenta BBD en su libro, el pánico corrió
entre los estrategas parisinos cuando el primer
presidente democráticamente elegido en Sudáfrica,
Nelson Mandela, ante la pasividad internacional,
comunica su decisión de enviar tropas para detener
las matanzas. ¡Francia no podía admitir la presencia
del enemigo anglosajón en su patio trasero!.
No podemos olvidar
que la frontera de Ruanda con la República
Democrática del Congo es el lago Kivu, con dos
puntos terrestres de contacto, Goma y Bukavu. Ruanda
es un país pequeño y sin recursos, pero no es ese el
caso de la RDC, y menos aún el territorio del Congo
que linda con esa frontera, rico en todo tipo de
minerales codiciados por nuestras multinacionales y,
muy especialmente, el coltán, sin el cual nuestros
adorados móviles no funcionarían así como buena
parte de nuestro material informático. Probablemente
el último i-pod tenga más valor que la vida de un
ruandés o un congoleño... A Francia no le interesaba
particularmente Ruanda, sino su posición estratégica
en el tablero continental africano y, cómo no, su
prestigio como gran metrópoli colonial, a fin de
cuenta se trata de su África y ellos han sabido
siempre cómo manejarse.
Pues bien, Francia,
en pleno genocidio, siguió armando a las Fuerzas
Armadas Ruandesas y a los Interhamwe a través del
aeropuerto de Kigali y del punto fronterizo de Goma
y, cuando el avance desde Uganda, excolonia
británica, del anglófilo y anglófono FPR, Frente
Patriótico Ruandés, del tutsi Paul Kagame, actual
presidente de Ruanda, hizo evidente la derrota hutu,
Francia dio cobertura a los genocidas, gobierno y
tropas, en su repliegue hacia Goma. La República
Democrática del Congo, con una interminable guerra
de la codicia, sigue hoy sufriendo las consecuencias
de la presencia de estas y otras bandas de asesinos
en su territorio con un saldo, en estos últimos
años, aparte de desplazados, de cinco millones de
muertos. Un genocidio más del que apenas hablamos.
Y sin embargo ni
podemos ni debemos olvidar. Como dice la frase que
encabeza este artículo, es deber de todo ser humano
intentar comprender el encadenamiento de los hechos
que han desembocado en este drama. En éste y en
cualquier otro drama de magnitud parecida, de igual
intención, genocida. Porque como nos dice Boubacar
Boris Diop en un momento de su lúcida disertación:
“... Para impedir que
un acontecimiento se reproduzca, es esencial tener
un conocimiento del mismo lo más preciso posible.
Pues, si es verdad que la palabra “Ruanda” tiene
todavía una cierta resonancia, la huella de esos
Cien Días en las mentes no es tal vez tan profunda
como debería. Por esto es tan importante que
continuemos hablando. El simple hecho de recordar un
genocidio –incluso de la forma más neutra- es un
reconocimiento de la dignidad humana de las víctimas
y participa de una lógica de prevención. Las
ambigüedades sostenidas por la ignorancia hacen
sobre todo el juego a los negacionistas. El deber de
memoria es también la reconstitución banal de los
hechos...” .
Esto se llama Memoria
Histórica y nosotros también, como pueblo, tenemos
una cita pendiente con ella que dignifique a las
auténticas víctimas de nuestro drama. Todas aquellas
que entre 1936 y más allá incluso de 1977, fueron
víctimas no sólo de Franco y de los franquistas,
sino también de nuestro cobarde olvido, de un pacto
de silencio que pretendió borrar de nuestras mentes
la línea precisa que separa y separará siempre al
verdugo de la víctima. Porque en un genocidio,
detestados verdugos, no existe la equivalencia.
(7)
Roméo Dallaire: “J’ai serré la main du Diable” (“Yo
he estrechado la mano del Diablo”) Outrement,
Éditions Libre Expression, 2003.
Del (1) al (8) Boubacar
Boris Diop: “L’Afrique au-delà du miroir” (“África
más allá del espejo”) Éditions Philippe Rey, 2007.
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África Centro Unesco Gran Canaria
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