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El insospechado universo
de Amerindia (I)
por Jorge
Majfud, PhD.
El
mes pasado un reconocido filósofo español convocó a
una reunión cerrada en una universidad de Nueva York
para discutir una posible reforma del hispanismo. En
el amplio pen house de la biblioteca principal nos
reunimos en un círculo una decena de profesores de
diversos estados invitados especialmente para la
ocasión. En cada oportunidad se la nombró como “mesa
redonda”. Estaban las sillas, la forma circular y la
idea de un debate equitativo sobre el rancio
espíritu conservador de la tradición hispanista que
había impuesto un corpus arbitrario de textos
consagrados. Todos coincidimos en el rechazo a gran
parte de esa tradición, sobre todo a los valores
impuestos por la cultura hegemónica que había
surgido después del siglo XV, en detrimento de una
modernidad ilustrada más rica y más diversa que le
había precedido. Uno de los panelistas insistió en
la necesidad de definir “lo que era” la ilustración
y no lo que “no había sido”.
En la referida mesa
redonda faltaba la mesa redonda. El ejemplo
ilustraba mi posición expuesta en el libro
Evolución y revolución de los signos. En la sala
de discusión faltaba la mesa, pero el elemento
ausente estructuraba el espacio y la idea. La fuerza
del ausente era tal que aún presente en el mismo
nombre, “la mesa redonda”, pasaba perfectamente
inadvertido ante los ojos de una decena de
especialistas en cultura y lenguaje.
Entiendo que de la
misma forma los elementos ausentes pueden y suelen
estructurar, inducir y controlar prácticas y
pensamientos a un grado que se subestima a favor de
una supuesta conciencia histórica, colectiva o
individual. En el libro antes referido —acabado como
tesis doctoral hace varios años y en prensa en el
2010— el elemento invisible como clave de búsqueda
es el elemento reprimido por la conquista y las
sucesivas colonizaciones territoriales y, sobre
todo, morales y culturales. Es decir, ese océano
casi desconocido del mundo equívocamente llamado “pre-hispánico”,
que tradicionalmente se refiere a una cultura
indígena que terminó con la llegada de los europeos
al continente de los pájaros. Por ejemplo, ¿por qué
se ha estudiado hasta el hastío las lecturas de Sor
Juana Inés de la Cruz, sus influencias provenientes
del Siglo de Oro español, y no se ha estudiado las
relaciones de la niña Juana Inés con sus criadas
indias? ¿Cómo explicar el feminismo de la monja
rebelde recurriendo al misoginismo de los escritores
españoles del siglo XVI y XVII? Incluida a la misma
Santa Teresa, defensora de la sumisión femenina al
poder masculino citada por la misma Sor Juana, más
por conveniencia política que por convicción
ideológica. ¿Por qué desestimar que la llamada
cultura machista de México no era tal o era mucho
menos machista y misógina que la Europa de la Edad
Media y del Renacimiento?
Sin embargo, el
espíritu amerindio sobrevivió, no a pesar de la
violencia sino, quizás, por la violencia misma de
una forma muchas veces subterránea, camuflada y
travestida pero fortalecida, más allá del
reconocimiento artesanal y de una tradición
pintoresca, fácil de consumir por el turismo y la
mentalidad museística y voyerista contemporánea. Una
historia que en cierta medida fue la historia de los
cristianos primitivos hasta la crisis mayor de su
oficialización en el siglo IV, por razones
imperiales, y la historia de moros y judíos
conversos en el sur de España a partir del siglo
XVI.
Una de las hipótesis que he manejado
en el libro anterior considera que un elemento
siempre presente en la cultura y la militancia del
siglo XX procede de los primeros tiempos de esa
región que hoy se conoce imprecisamente como América
Latina; ni todo ni tanto de
l’intellectuel engagé
representado por Zola o Sartre.
Esta actitud, esta práctica y concepción del
compromiso y la militancia del intelectual
latinoamericano hunden sus raíces en la conciencia
traumática de la Conquista en el siglo XVI y los
siglos de brutal colonización que le siguieron.
La experiencia de la violencia y de
la ilegitimidad de todo orden social está presente
desde las primeras crónicas de los conquistadores y
se acentúa a medida que los nativos, criollos e
indígenas se abocan a la tarea de autonarración y de
reflexión sobre su identidad. Pero también hay una
cosmogonía
que no es europea.
Las sociedades
amerindias continuaron siendo fundamentalmente
agrícolas, conservaron y adaptaron sus idiomas, sus
mitos, sus prácticas de producción y reproducción y
sus formas particulares de sentir y de pensar no
europeos hasta bien entrado el siglo XX y, en muchos
casos, hasta hoy en día. Pero también debieron
adoptar, de forma ortopédica, una ideología y un
corpus de valores hegemónicos que servían a su
propia explotación, desde elaboradas teorías sobre
la inferioridad racial de los colonizados hasta una
sensibilidad estética que moldeó la percepción de la
superioridad blanco-europea pasando por un corpus
diverso de disquisiciones teológicas producidas en
la metrópoli y de aleccionadores sermones de pueblo.
Parte de esta ideología procuraba, precisamente, la
desvalorización de aquello que lo distinguía del
colonizador o de la posterior clase criolla
dirigente.
Esa clase minoritaria
que fundó las repúblicas de papel lo hizo basada en
la cultura ilustrada de Europa mientras una
población mayoritaria en vastas regiones de Perú,
México y de las republicas centroamericanas hasta el
siglo XX ni siquiera hablaban el español como
primera lengua ni estaban enteradas del Siglo de las
Luces, de la Libertad del Mercado o de la Dictadura
del Proletariado más allá de las consecuencias
bélicas en las que debían participar. Razón por la
cual las democracias liberales por mucho tiempo y a
lo largo de muchos pueblos apenas significó la
legitimación de estados autoritarios al servicio de
minorías dirigentes.
Es decir, aunque un
estado presente de la sociedad y una forma de pensar
no están rígidamente determinados por el pasado,
como pueden estarlo las órbitas de los planetas, el
presente tampoco es indiferente a su influencia.
Cada paradigma, por radical que sea, es el resultado
de una larga historia al mismo tiempo que sus
individuos ejercemos parte de esa libertad a la que
aspiran todas las liberaciones propuestas por la
tradición humanista. Querámoslo o no, siempre
partimos de una base preestablecida sobre la cual
pensamos y sentimos. No inventamos ningún lenguaje;
apenas nos valemos de él para conservarlo o para
cambiarlo pero no podemos actuar libremente fuera de
él, fuera de los parámetros mentales que formaron
nuestro universo desde que abrimos los ojos por
primera vez. Apenas si podemos ver por el ojo de la
cerradura en un intento de reflexión y autoanálisis.
Jacksonville
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