La Cultura al frente (IV)
por el Lic. Sergio Navatta

Luego de un lapso prolongado

 sin contacto con los lectores,

 volvemos con  la serie “La cultura

 al Frente”, en este número IV.

 

A la vuelta del II Seminario Internacional de Políticas Culturales Locales, realizado en el Centro Cultural San Martín de la ciudad de Buenos Aires, retomamos el tema, siguiendo el desarrollo de los conceptos vertidos anteriormente y ratificados una vez más en este II Seminario.

 

En los números anteriores, hacíamos referencia a las sucesivas declaraciones de la Unesco, como así también a la Carta Cultural Iberoamericana y a la Declaración de Friburgo sobre los Derechos Culturales, señalando la importancia de la cultura “como base indispensable para el desarrollo integral del ser humano y para la superación de la pobreza y la desigualdad”, (Unesco) .

 

En dicho seminario, cultura y desarrollo no podían estar ausentes del debate, siendo mencionado por los expositores en forma directa o indirecta, hasta que se pone sobre la mesa a raíz de una pregunta concreta de quien escribe. Si la cultura es base indispensable para la superación de la pobreza y la desigualdad, como establece la UNESCO, y para el logro de estos objetivos se requiere de desarrollo económico y social, resulta claro que la cultura es base indispensable para el desarrollo sostenido. Entonces, ¿está siendo necesario o no un nuevo paradigma de desarrollo, en donde la cultura sea su valor central? Ante esta pregunta puesta sobre la mesa, José Ramón Insa (de Zaragoza –España, Coordinador de la Red Interlocal) contestó “no, recuperación del paradigma”, pero más allá de este matiz, de si se trata de recuperar un paradigma perdido o de una nueva construcción, lo importante y en lo que sí hay acuerdo,  es la cuestión de fondo, en donde el término cultura abarca la definición, orientación y proyección del desarrollo en una sociedad, mucho más en la actual sociedad del conocimiento y de la información, de la economía creativa, de la innovación en ciencia y tecnología y del desarrollo de red de redes.

 

Cultura y desarrollo debe ser hoy unos de los ejes centrales del debate en Cultura y de incorporación a la agenda política, concepto que va más allá de una perspectiva económica, en definir a la cultura solo como recurso o como factor de desarrollo, pensamiento bastante común entre los economistas, sino de revertir el análisis e ir a ese origen, al cual tal vez, se estaba refiriendo José Ramón.

 

Si desde ciertas perspectivas económicas se ha considerado a las políticas culturales como gasto, resulta lógico que se construya la noción de que la producción cultural es un mero instrumento de desarrollo y que los bienes culturales son solo mercancías ha ser comercializadas. Pero  pensado el desarrollo cultural como finalidad, se trata de un proceso de desarrollo humano que incrementa su autonomía y libertad.

 

En los números anteriores mencionábamos tanto a la Unesco como a la definición de cultura que surge de la declaración de Friburgo del 2007, una de las más completas y que pone el énfasis en el tema en cuestión,  El término cultura abarca los valores, las creencias, las convicciones, los idiomas, los saberes y las artes, las tradiciones, instituciones y modos de vida por medio de los cuales una persona o un grupo expresa su humanidad y los significados que da a su existencia y a su desarrollo”, y sobre este último resaltado en negrita quiero detenerme.

 

La economía, con un importante desarrollo no se había ocupado, hasta no hace mucho tiempo, de la actividad cultural, no se le había prestado suficiente atención a algo que se le desconocía su valor económico y la capacidad que esta actividad tenía en términos ocupacionales y generadora de ingresos. Así comienza a desarrollarse lo que se ha conocido como “Economía de la Cultura”, pero desde una perspectiva económica, es decir, con un análisis económico de la cultura, utilizando conceptos, criterios y términos provenientes de la economía aplicada a actividades mercantiles.

 

Esta  traspolación, ha llevado a que el sector cultural, inconscientemente, adoptara determinados términos que no son aplicables estrictamente, como por ejemplo: “consumo” y esto banaliza los bienes culturales, a pesar de la aclaración e insistencia que se hace en las declaraciones de Unesco y en la convención sobre la “Protección y Promoción de la Diversidad de las Expresiones Culturales”, en cuanto a la doble naturaleza de los mismos, con su valor económico, pero también como portadores de valores, significados e identidades. Esto es fundamental, porque lleva a nociones conceptuales como el muy escuchado, “la realidad va cambiando y va generando nuevas necesidades”,  ¿será cierto que las necesidades humanas van cambiando o aumentando?  Probablemente no, las necesidades vienen con nosotros, no se crean, puede parecerlo por varias razones:

1.      hoy se satisfacen necesidades que tal vez antes quedaban insatisfechas.

2.      la intensidad de las mismas puede ser diferente,

 y la más importante

3.      la multiplicidad y sustitución de “satisfactores” (factores o productos que satisfacen las necesidades), esto es lo que se crea, cada vez más “satisfactores” para las mismas necesidades y esto es lo que define a las sociedades de consumo.  

 

Es decir, en la medida que haya más satisfactores para las mismas necesidades, tenemos la posibilidad de elegir, de cambiar, de sustituir una vez consumida su vida útil o inclusive antes debido a que las prestaciones del producto nuevo resulta más eficiente. La sustitución es un elemento clave para el consumo, en la medida en que los productos sean intercambiables y se “consuman” para cumplir con su función, los podemos sustituir por otro igual o diferente que cumpla la misma función.  Hoy tenemos electrodomésticos que nos facilitan las cosas y nos ahorran tiempo, pero antes, la misma necesidad igual se satisfacía de otra manera y con utensilios más primitivos. Pero cuando hablamos de bienes culturales, nos referimos a lo que importa, es decir, a los contenidos culturales y estos,  no se “consumen”,  se  conservan.  Las obras artísticas, tienen un contenido intrínseco, la originalidad, por lo cual no opera la sustitución sino la acumulación, por lo tanto la palabra “consumo” no parece la más adecuada. Y en este nivel, en el que estamos hablando, tampoco el término “competencia”  sería adecuado, porque las cosas que son diferentes no compiten entre sí. Por lo general, en nuestras casas tenemos una heladera, y cuando elegimos una desechamos las otras, pero cuando golpea en nuestra puerta un vendedor de libros, no salimos a decirle: “No, gracias, ya tengo uno”, si esto nos parece absurdo, entonces, ¿por qué utilizar el concepto de  “competencia” en los contenidos culturales?, cuando los autores y sus obras no compiten en el mercado, se superponen. Sí es válido, naturalmente, la competencia entre los aparatos y los soportes físicos de los contenidos artístico-culturales y esto hace al desarrollo de las “industrias culturales” pero no necesariamente al desarrollo cultural.

 

Volviendo al punto, de lo que se trata es poner arriba de la mesa algunos conceptos y reflexionar sobre ellos, “necesidad”, “satisfactor”, “consumo”, “competencia”,  “desarrollo”, etc  y la propuesta es analizar determinadas cosas desde una perspectiva cultural, invirtiendo los términos, por ejemplo es muy útil la economía de la cultura, nos da elementos cuantitativos, datos, cifras, pero el desarrollo de la “economía de la cultura” tampoco significa desarrollo cultural.  Debemos pensar, también en términos de “cultura económica”, de “cultura del consumo”, de “cultura política”, de “cultura ciudadana”, de “cultura democrática”, de  “cultura de derechos humanos”, de “cultura de la administración pública” (“cultura burocrática”), y muchos etc, desde una perspectiva global-cultural, volviendo a ese origen al que interpreto que se refería José Ramón, recuperar la noción de la cultura como finalidad y no como instrumento que sin duda provocaría consecuencias en nuestra forma de vida, en las nociones del espacio público, en las formas de repensar los valores, en las maneras de conformación y relacionamiento de nuestras comunidades.

 

La centralidad de la cultura

Si bien la instrumentalización de la cultura desvirtúa su esencia, tampoco se trata de “culturizar” excesivamente todo proceso de desarrollo, pero si, de no perder de vista que el desarrollo humano es cultural y obviamente al hacer esta afirmación se está expresando un concepto de desarrollo integral, de realización de vida humana y no el tradicional, que presupone solo progreso material. Y estas distinciones son básicas, para no confundir, como suele suceder, nivel de vida con calidad de vida.

 

Desarrollar los ítems anteriormente mencionados y analizar desde una perspectiva cultural a la economía, a  la política, al consumo,  a la administración pública, a los derechos humanos, etc  excedería las posibilidades y pretensiones de este artículo, sería necesario una serie de notas, que tal vez suceda,  pero no quisiera dejar pasar esta oportunidad para mencionar de manera sintética un par de temas que siguen en el tapete, uno porque es un tema de indudable trascendencia, porque es un tema sensible, porque es una cuestión de valores y porque forma parte de la discusión política de hoy: los derechos humanos y el otro, porque se trata de una deuda pendiente del Estado que no es menor: reforma del Estado.

 

En el desarrollo histórico, primero surgieron los derechos civiles y políticos; luego los económicos y sociales; y finalmente los derechos culturales, lo que resulta llamativo ya que sin ninguna duda los derechos humanos son culturales, su desarrollo es histórico y se sustenta en el cambio cultural.

 

Los derechos culturales suelen calificarse de "categoría subdesarrollada" de derechos humanos. Esta denominación se escogió como título del seminario celebrado en 1991 en la Universidad de Friburgo y fue ampliamente aceptada entonces. Lo cual significaba, la falta de reconocimiento a una porción de los derechos humanos, que luego y muchas veces al ser tomados como una reivindicación minoritaria frente a las mayorías, indujo a un error conceptual en el sentido de relacionarlo con derechos de las minorías, cuando los derechos culturales forman parte del patrimonio de todos los seres humanos.

 

Esta evolución histórica de los derechos fundamentales de la persona humana, que fue ampliando el reconocimiento de los mismos, desde la revolución francesa, fue pasando por diferentes estadios de conciencia colectiva en donde el cambio cultural ha hecho posible el desarrollo sostenido y lo que es fundamental en toda transformación permanente de la humanidad, la irreversibilidad de los procesos.

 

Es así que lo derechos humanos se constituyen en universales, patrimonio de la humanidad toda, con convenciones internacionales que los consagran, que los Estados ratifican y asumen el compromiso de respetarlos y defenderlos. Pero esto no es solo una formalidad legal, sino una transformación de nosotros mismos, una apropiación social de conceptos y valores que se integra a nuestra vida cotidiana y a nuestro ser, única forma que logra la irreversibilidad y la superación de diferentes estadios de la humanidad. Y en tal sentido pasa a ser un “deber ser”, incorporado a nuestra cultura que la deontología analiza y explica, vamos contrayendo obligaciones morales sin retorno.

 

Por lo cual, no hay mayoría circunstancial de una determinada comunidad que pueda revertir este proceso, que pudiera recorrer el camino inverso de la humanidad de manera  permanente y sostenida, porque las transformaciones que llegan a la irreversibilidad se logran a través de procesos individuales y colectivos de convicción, apropiación, participación y gestión.

 

Cada vez hay más derechos “internacionalizados”,  supranacionales con mayor cantidad de instituciones internacionales para dirimir controversias y los derechos humanos siguen ese camino, no serán la excepción en tanto la violación a los mismos sea considerada de lesa humanidad.

 

Hoy ya no es pensable, que una comunidad determinada por una mayoría circunstancial expresada soberanamente en un momento histórico, instaure nuevamente la esclavitud. Y aún así, ¿Cuáles serían las consecuencias y la reacción de la comunidad internacional?  ¿Sería viable?

 

No hay posibilidad, aún recurriendo al principio de diversidad cultural y a su fundamentación en términos de “tradición cultural de la comunidad”,  una violación a los derechos humanos, como bien se expresa en forma genérica en el numeral 2 del artículo  20 de la Convención de la Unesco, sobre la Promoción y Protección de la Diversidad de las Expresiones Culturales:Ninguna disposición de la presente Convención podrá interpretarse como una modificación de los derechos y obligaciones de las Partes que emanen de otros tratados internacionales en los que sean parte”.

 

En este sentido, toda legislación nacional o local que interrumpiera este proceso de la humanidad, en el desarrollo de los derechos humanos, no tendría duración permanente, tarde o temprano caería y más vale temprano, porque no dejaría de ser una “mancha” en la historia de los derechos humanos de un país democrático de derecho.

 

Aún, cuando se refiera a hechos del pasado y no se aplique a hechos del presente, habría igual una aplicación de sus efectos en el presente en tanto se intentara la reconstrucción de ese pasado.

 

Los procedimientos jurídicos serán discusión de especialistas, pero desde el punto de vista de una “cultura de los derechos humanos”, que va más allá de una cuestión “política” e incluso de una “cultura política” que pretendemos transformar,  no debería haber discusión alguna.

 

Continuará……

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