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Último adiós a Cuba
Carlos Franqui
(1921-2010)
por
Martín Bentancor
Figura de peso en los orígenes de la Revolución
Cubana, devenido desidente, Carlos Franqui se
convirtió en el mayor crítico del accionar de Fidel
Castro en Cuba.
El pasado 16 de mayo, a los ochenta y nueve años,
Franqui falleció en Puerto Rico.
Al
igual que su amigo Guillermo Cabrera Infante, Carlos
Franqui conoció a la revolución cubana desde dentro
y, como aquel, pasó de la algarabía al repudio al
ver de primera mano el accionar del dictador Fidel
Castro al hacerse con el poder. Al morir, la semana
pasada en Puerto Rico, varios diarios encabezaron
sus obituarios definiéndolo como “el intelectual
disidente más importante que aún vivía”, extraño
honor que compartió hasta el 2005 con Cabrera
Infante. Hombre por demás culto – en esa acepción
que ata a la alta cultura con la cultura popular –
es autor de un puñado de libros heterogéneos
temáticamente (arte, pintura, poesía, la Revolución)
pero homogéneamente Franqui, esto es, escritos con
la visión y el pulso de un hombre comprometido con
cada una de sus causas y sus pasiones.
En el
ensayo “Un retrato familiar”, incluido por Guillermo
Cabrera Infante en su libro Mea Cuba, el autor de
Tres tristes tigres, realiza una suerte de
progresión biográfica de Carlos Franqui, una
síntesis entre su sentir revolucionario al bajar de
las sierras y su nacimiento como escritor (lo que no
deja de ser otro bautismo de fuego revolucionario):
“Carlos
Franqui es uno de esos raros casos de un
revolucionario que decide (o es impelido por la
inercia política) convertirse en escritor. Franqui
que era moroso (o cauto) hasta para responder una
carta desde el poder. Tiene antecedentes ilustres
sin embargo. Uno de ellos, el más eminente, es
Trotski, salvando las distancias parciales y la
cabeza entera. Franqui, al revés de Trotski, ingresó
desde joven en el Partido Comunista cubano y sin
ninguna vacilación. Por su edad debía militar en la
Juventud Comunista, pero era entusiasta y por lo
tanto útil a la causa. Pobre de nacimiento,
campesino de solemnidad que no pudo gozar siquiera
el privilegio de una ciudad cercana o de un pueblo
de campo, Franqui era lo que se llama en Cuba un
guajiro macho, un montuno, un campesino remoto. Pero
tuvo la suerte de que lo encontrara una maestra
extraordinaria, Melania Cobo, que era negra como su
nombre y con completa cultura: uno de sus hijos
llegó a ser un notable crítico musical en La Habana.
Melania Cobo le sembró a Franqui la semilla del
interés por la cultura bien temprano, como para que
creciera con la inquietud política que Franqui
llevaba ya adentro cuando Fidel Castro era todavía
un aprendiz de jesuita.
La
tenacidad heroica del padre salva a Franqui niño de
la muerte inminente de un apéndice reventado
corriendo leguas al galope desesperado de un mal
caballo hasta el hospital de emergencia en la
ciudad. Desde entonces, con el mismo callado
heroísmo, Franqui ha ido salvando su propia vida
espiritual y física. La vida física ha tenido que
ponerla demasiadas veces en peligro por su fe en dos
o tres ideas que son todo menos contradictorias. Su
vida intelectual ha colocado al hombre en múltiples
situaciones azarosas. Decir cómo Franqui ha
franqueado estos obstáculos en oposición llenaría un
tomo – que su modestia, estoy seguro, impediría
completar”.
Muerto a
los ochenta y nueve años, Carlos Franqui no contó
con la vida suficiente para volver a recorrer la
desolada provincia de Villa Clara ni para pasear por
el Malecón de La Habana junto a Cabrera Infante
difunto. En algún lugar de la vieja ciudad que
fundara don Diego Velázquez de Cuéllar, el demonio
barbudo – aparentemente eterno – se refriega las
manos y enciende un habano de ciento cincuenta
dólares.
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