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Torres García por Juan Fló,
un extraordinario libro
Al iniciarse el año 2010, el Museo de
Artes Visuales publicó un libro sobre “Torres García
del profesor Juan Fló”, se trata de un
extraordinario aporte al conocimiento profundo de
este gran pintor. El trabajo de Fló merece una
difusión más amplia que la que ha tenido y sin duda
una nueva reedición.
Mario Sagradini director del MNAV
dice al presentar el libro desde sus primeras
paginas; “Torres García por Juan Fló es uno de los
capítulos – iniciales - de la serie Geometrales (que
presentó el museo en el 2009), aunque con algunas
particularidades. Agregando que a Fló, “Torres
García le fue "impuesto", digamos así. Es que
durante décadas Fló ha trabajado sistemáticamente
sobre Joaquín Torres García, convirtiéndose en una
autoridad en la materia: no hubiera sido buena cosa
ignorar esta consecuencia y lealtad, y al mismo
tiempo, no garantizarle la posibilidad de tener una
relación hasta táctil con la obra del gran artista
uruguayo. La segunda particularidad-creo derivada de
lo anterior- es que el trabajo de Juan Fló incluyó
un texto -a mi juicio- extraordinario, también en
extensión y meticulosidad, con detenimiento y
profundidad
Lo
que sigue son dos momentos del referido trabajo.
“La obra de Torres es
el resultado de una búsqueda empecinada guiada por
una reflexión, también empecinada, que el pintor
inició a comienzos del siglo pasado. Esa reflexión
incansable suscitada por la situación del arte en un
momento de cambios radicales, es lo que dio lugar en
Torres a una actitud que no tiene parangón y que
mantuvo hasta su muerte: una relación bivalente con
la vanguardia de la primera mitad del siglo que lo
hizo formar parte de ella, y ayudarnos a
comprenderla y admirarla, pero, a la vez, lo hizo
rechazarla, consciente de que ese arte renegaba, en
nombre de su independencia y su autosuficiencia, del
sentido profundo que lo hace algo más que solaz o
deleite. Un sentido profundo que no se agota en la
calidad estética sino que es el que le da el valor a
esa experiencia sensible. Un sentido que se
encuentra en las artes primitivas y arcaicas, en las
cuales el arte, según Torres, integra al hombre en
el orden del Universo. Por otra parte, y sin
necesidad de compartir la tonalidad que podemos
considerar religiosa de su pensamiento, lo cierto es
que desde esa impronta pudo percibir que la aventura
del arte en el siglo veinte era a la vez
deslumbrante y frágil. En gran medida percibió
también que la sociedad moderna, en la que veía
solamente un afán por el progreso material -sociedad
acerca de la cual sus dos años neoyorquinos le
enseñaron mucho - no puede sino ignorar o corromper
el arte. Esa percepción lo llevó a tener, ya en
1922, aprensiones proféticas sobre el arte del
futuro.
De la
originalidad de esa concepción -que, sin riesgo de
error, podemos considerar solitaria en el siglo XX-
es de la que proviene, en gran medida, la
originalidad de su obra. No debemos olvidar que una
obra de arte no se agota, por cierto, en los efectos
subjetivos innumerables y diversos que puede
producir en el espectador desprevenido, sino que
ella es también, y sobre todo, el lugar en el que se
suman los sentidos que provienen del contexto de su
producción, y del modo como ellos se entretejen con
los que aportan los diversos contextos de su
recepción a lo largo del tiempo. El arte no se
estima a partir de un efecto inmediato como si se
tratara del disfrute de un sabor. Y es por eso que
las artes visuales -como, por otra parte, ocurre con
todas las artes- son intrínsecamente conceptuales.
Torres
partió de dos pares de convicciones, expresadas de
muchas maneras, que trataré de resumir. El primer
par sostiene que: 1) el arte es algo sagrado que nos
aproxima al orden del universo y no, como lo supuso
la tradición renacentista, un oficio para reproducir
o imitar la realidad visible mediante "seductoras”
imágenes ilusorias; y 2) el arte consiste en un
encuentro con ese sentido profundo mediante obras
que acceden al orden universal a través de la
construcción de estructuras que nos lo revelan. Es
por eso que las artes arcaicas y las artes tribales
fueron producidas de manera canónica, no buscaron la
novedad, y son, por lo tanto, anónimas.
El otro
par de principios puede ser leído como opuesto al
primero y lo resumo así: 1) no es posible un arte
que no tenga un nexo con la realidad. En ese
sentido, son limitados tanto el arte abstracto como
el arte que deforma lo real de un modo arbitrario,
subjetivo y no basado en la medida o la estructura;
y 2) en el arte lo más importante es la personalidad
del artista. Es de zonas inconscientes que surge lo
propio y lo original que, por lo tanto, no puede ser
el resultado de una búsqueda voluntaria.
Estos
dos pares de enunciados, en los que condenso
apresuradamente el pensamiento básico de Torres,
tienen la peculiaridad de estar presentes ya en su
primer libro y en ese sentido podemos decir que el
artista no miente cuando sostiene, a lo largo de una
producción que muestra cambios radicales, la
continuidad esencial de su obra, porque,
efectivamente, en todos los momentos ella se apoya
en este conjunto de tesis.
(...)
Cuando Torres
"inventó" el "Arte Constructivo" en su forma
canónica, para él esto seguramente ya implicaba un
futuro y una misión para ese arte: el de ser
colectivo y eventualmente anónimo. Pero esta idea,
en ese momento, no fue expresada en todos sus
términos y el Arte Constructivo nació ocultando un
proyecto subterráneo. Tan subterráneo como para que
Torres hable con nostalgia del sentido del arte
primitivo y del arcaico pero no exprese, del modo
directo y combativo que tuvo luego en Montevideo, su
proyecto de reconquista de ese pasado.
Es obvio
que Torres no vivió su proyecto sino de un modo
oscilante y contradictorio. Más aún, sus escritos
muestran que se debatió, a menudo, entre su proyecto
magno y el reconocimiento de la imposibilidad de
realizarlo. Sin embargo, si nos atenemos a los
hechos significativos que hemos repasado, es posible
reconocer esa dirección precisa y ver que la no
fácil decisión de volver a Montevideo, en algún modo
ocurrida a su pesar, fue, sin embargo, lo que
permitió que, por fin, tuviese la osadía de intentar
lo que el creía que podía salvar al arte. De allí
que la incesante prédica montevideana haya sido algo
diferente de lo que intentó en toda su historia
anterior. Su objetivo principal ya no consiste en
realizar su propio arte o el de su escuela, ni de
predicar su concepción, sino que el objetivo es
ahora – dicho no siempre con todas las letras -
iniciar un movimiento que, nacido en América del
Sur, pueda imponer el rumbo al arte del futuro para
recuperar el verdadero y profundo sentido que supo
tener en un lejano pasado”.
LA
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