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Para reconstruir:
el exilio de Gardel
por Raul
Legnani
La
Cámara de Diputados se dispone a conmemorar el golpe
de Estado del 27 de junio de 1973, esta vez
aportando una visión desde lo que fue el exilio
uruguayo.
No cabe
otra cosa que saludar la iniciativa, en tanto el
exilio fue parte de una época trágica para nuestro
país, donde los mayores dramas los sufrieron los que
fueron muertos, secuestrados, torturados y
exiliados, en ese orden.
Como
sociedad también tenemos que reconocer que el tema
del exilio no ha sido encarado con rigurosidad por
la sociedad uruguaya y su sistema político, y por
ello no se ha podido hacer una síntesis de esa
experiencia humana y política, que por su masividad
no tenía antecedentes. Desde el retorno de la
dictadura ha existido un manto de silencio, donde
todos somos responsables, sobre esta problemática
que no se puede llegar a entender con profundidad,
si no se plantea a la vez el desexilio que se
produjo a partir de los últimos meses de 1984,
cuando ya la dictadura agonizaba. Durante todos
estos años que nos separan del fin de la dictadura,
no supimos transmitir la experiencia humana de miles
de uruguayos, quienes trajeron sobre sus hombros la
influencia de otras culturas y de otros pueblos.
El
exilio y el desexilio se quedaron sin memoria,
perdiendo la oportunidad de ampliar nuestra cultura
nacional, sólo por el pecado de no haber hablado
sobre lo vivido y de no preguntar sobre lo
vivido.Desde 1984 no sólo somos españoles,
italianos, judíos, afrodescendientes y charrúas,
sino que también somos, de alguna manera, mexicanos,
suecos, europeos del este, africanos de sus
distintas esquinas, caribeños, estadounidenses y
canadienses, entre otros.
Pero si
no se actúa rápido las leyes de la vida pueden
borrar por siempre aquellas nuevas formas que
algunos uruguayos supimos aprender de otros pueblos,
con sus sensibilidades particulares para apreciar
los colores, la música, el sonido de las palabras,
el sabor y el olor de las comidas, porque las
sociedades tienen olores particulares y el sentido
de la vida. Estaríamos ante un suicidio cultural,
cometiendo así un grave error. Por eso nuestro
saludo a la iniciativa de la Comisión de Derechos
Humanos de la Cámara de Representantes.
Del
punto de vista político el exilio fue una gran
escuela que tuvo como factor fundamental que los
uruguayos de la diáspora supieron reconstruir las
herramientas políticas que la izquierda había
elaborado en base a lucha, sacrificios y lucidez,
como fueron la Convención Nacional de Trabajadores
(CNT), la Federación de Estudiantes Universitarios
del Uruguay (FEUU) y el Frente Amplio. El exilio
uruguayo fue el único en Latinoamérica que no se
fracturó, lo que es un dato distintivo. En esos años
cayeron las dictaduras de España y Portugal, Vietnam
derrotó a los yanquis, comenzó el desplome del
colonialismo en Africa, triunfó la revolución
sandinista, apareció en Europa el eurocomunismo, la
socialdemocracia recobró nuevos bríos, surgieron las
primeras señales de cambio en la URSS, Cuba siguió
resistiendo y resistiendo, con luces y sombras. Y en
todos estos casos siempre hubo un grupo de uruguayos
que tienen algo para contar, ya sea porque
estuvieron en las zonas de combate o porque vieron
en carne propia no sólo la confrontación, sino el
debate de ideas y el ejercicio de la solidaridad.
Pero lo sustancial fue que a la ola fascista se la
logró detener en las fronteras del sur de Venezuela.
En mi
modesta opinión hubo una concepción que logró
elaborar una estrategia de enfrentamiento al
fascismo, que tuvo como aporte fundamental las
propuestas políticas y teóricas de Rodney Arismendi,
quien en pocas palabras dibujó cuál debería ser el
andar de las fuerzas de izquierda. Eso se tradujo en
la necesidad de establecer la unidad y la
convergencia de gobiernos, partidos y pueblos para
detener y después derrotar la contraofensiva de
Estados Unidos.
Miles de
uruguayos se educaron dentro de esta concepción,
aunque no fueran comunistas. Por eso se pudo lograr
coordinar acciones con Wilson Ferreira Aldunate, por
eso se creó la Convergencia Democrática en Uruguay,
por eso la Internacional Socialista, la Liberal y la
Demócrata Cristiana firmaron un documento común, en
un acto inédito, condenando a la dictadura uruguaya.
Montar a nivel mundial una campaña solidaria con
nuestro país no fue sencillo, pero se logró. Y no
fue sencillo porque el mundo democrático priorizaba
su acción con Chile y en la región con Nicaragua y
los sandinistas. Pero igual se logró, gracias a que
pudo montar una campaña inmensa en torno al general
Líber Seregni, al ingeniero José Luis Massera, a la
desproscripción de todos los partidos, a la libertad
de todos los presos políticos. Todo esto se pudo
lograr por la acción unitaria y lúcida de los
representantes de la cultura uruguaya en distintos
países, cosa que los gobiernos democráticos y sus
cancillerías aún no comprendieron que la cultura es
nuestro mayor producto de exportación y nuestra
mejor carta de identidad.
La
solidaridad internacional prosperó porque dentro del
país, en las cárceles, en los hogares o en las
calles, jamás se apagó la lucha y la resistencia.
También porque en Buenos Aires un grupo de uruguayos
anónimos se mantuvo dentro del infierno, siendo
puente entre la lucha clandestina y la lucha
solidaria. Que conste.
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