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Brasil y el porqué
de crecer al 7%
por
Samuel Pinheiro Guimarães
Este tema es presentado por el
Ministro de Asuntos Estratégicos, Samuel Pinheiro
Guimaraes, político, diplomático e intelectual
brasileño. Pinheiro Guimaraes indica que, 7% anual
corresponde a la tasa promedio de crecimiento del
PBI brasileño entre 1946 y 1979...
En el caso de que se mantenga este
esfuerzo en las décadas siguientes y en el caso de
que la perversa dinámica de distribución de renta y
de riqueza en Brasil sea firmemente enfrentada,
podríamos entonces afirmar que Brasil estaría
iniciando el proceso de volverse un país
desarrollado.
El subdesarrollo,
situación en la que la aplastante mayoría de la
población de un país no puede disfrutar de los
bienes y servicios que el avance tecnológico y
productivo moderno permiten, es siempre una cuestión
relativa. Ningún país es subdesarrollado
aisladamente; esta es siempre una situación
comparativa entre países y sociedades, desarrolladas
y subdesarrolladas, en diferentes grados, en
distintos momentos históricos.
Naturalmente, hay
indicadores objetivos de subdesarrollo: la
explotación al mismo tiempo insuficiente y predadora
de los recursos naturales; la baja escolaridad y
calificación promedio de la mano de obra; la
desintegrada red de transportes; el pequeño consumo
per cápita de energía; la reducida diversificación
de las exportaciones; el pequeño número de patentes
registradas; el acceso restringido de la población
al saneamiento básico; las precarias condiciones de
salud, educación y cultura; el alto porcentaje de la
población que se encuentra por debajo de la línea de
pobreza, etc.
La heterogeneidad es
una característica central del subdesarrollo.
Regiones avanzadas al lado de regiones paupérrimas y
de baja productividad. La ignorancia al lado de la
cultura. La moderna eficiencia tecnológica convive
con el uso de tecnologías del pasado.
La riqueza vecina de
la miseria. Y así sucesivamente. Esta
heterogeneidad, todavía actual, es el resultado de
la evolución de un sistema productivo que se forma a
partir de enclaves modernos, vinculados a centros
económicos externos, cuya mayor productividad no se
extendió hacia el resto del sistema ni dio origen a
procesos de generación y distribución de renta
debido a la estructura social, cuya base era el
latifundio agrícola, o el enclave minero, y el
régimen de mano de obra esclava o servil.
El conjunto de estas
deficiencias lleva a una producción de bienes y
servicios por habitante relativamente pequeña, lo
que, en términos monetarios, se expresa por un bajo
producto per cápita y, en términos sociales, por
una precaria calidad de vida para la inmensa
mayoría, junto a una riqueza de la cual poquísimos
disfrutan.
La producción per
cápita representa el conjunto de bienes y servicios
a que el habitante promedio de un país tendría
acceso por año. Esta media hipotética será tanto más
representativa de la realidad cuanto más igualitaria
sea la distribución de renta en una sociedad, cosa
que no ocurre en Brasil.
Por todos los criterios mencionados
anteriormente, Brasil es un país subdesarrollado,
aunque con importantes bolsones de riqueza y de
producción moderna. A pesar de los esfuerzos de las
últimas décadas, con significativas fluctuaciones y
largos períodos de estancamiento, Brasil continúa
siendo un país subdesarrollado.
¿Con relación a quién?
La situación de
desarrollo de Brasil no puede ser comparada con la
de países que, por las características de
territorio, población y PBI, no enfrentan los mismos
desafíos que la sociedad brasileña. Pequeños y
medianos países europeos, asiáticos y sudamericanos,
aunque a veces ostenten niveles de producto per
cápita o indicadores sociales importantes,
superiores a los brasileños, no tienen el mismo
potencial de Brasil ni tienen que enfrentar desafíos
similares a los nuestros.
Brasil es un país
continental. Si hiciésemos tres listas de países
según el territorio, la población y el PBI,
solamente tres países estarían entre los diez
primeros de cada una de estas tres listas: Estados
Unidos, China y Brasil.
Los países con
quienes Brasil tiene que ser comparado son países
como los Estados Unidos, China, Rusia, India,
Alemania y Francia. Estos tienen que ser nuestros
referentes y estos son nuestros competidores (y
eventuales colaboradores) en la dinámica del sistema
internacional y en la disputa por el poder político
y por la apropiación de la riqueza.
Todavía, China e
India tienen un producto per cápita muy inferior al
de Brasil, enfrentan desafíos sociales muy
superiores y disponen de recursos naturales
inferiores a los nuestros, lo que dificulta su ardua
tarea de tornarse países desarrollados. Rusia, a
pesar de sus recursos naturales y del avance
tecnológico en ciertas áreas, enfrenta dificultades
extraordinarias en términos sociales y de
reestructuración de su economía. Alemania y Francia,
con todo el avance que ya alcanzaron, enfrentan
importantes dificultades debido a sus limitaciones
de territorio y de población y, por lo tanto,
presentan vulnerabilidades derivadas de la necesidad
de importar insumos y de la dependencia excesiva de
su economía con relación al mercado internacional.
Tal vez el mejor
paradigma para Brasil sean los Estados Unidos.
Nuestras características territoriales y
demográficas son similares, mientras que nuestro PBI
es muy diferente. Los Estados Unidos son el país más
poderoso del mundo en términos militares, de PBI y
de tecnología. Nuestras sociedades democráticas,
multiculturales y multiétnicas son similares y
grande es la diversidad de recursos naturales y la
capacidad agrícola de ambos países.
El producto per
cápita de los Estados Unidos en 1989 era 22.100
dólares y el de Brasil 3.400. La diferencia era, por
lo tanto, en aquella fecha de 18.700. Ahora, Brasil
y los Estados Unidos crecieron en términos reales a
la misma tasa en los últimos 20 años: los Estados
Unidos al 2,5% anual y Brasil al 2,5% anual. En los
Estados Unidos, esta tasa de crecimiento podría ser
considerada razonable y adecuada pero, en el caso de
Brasil, refleja el estancamiento de la economía
brasileña, de la producción y del empleo, en el
período de 1989 a 2002. Esta situación se modificó
entre 2002 y 2009, en el Gobierno del Presidente
Lula, período en el que Brasil creció a una tasa
promedio del 3,4% y los Estados Unidos a una tasa
promedio del 1,4% anual.
Estas tasas de
crecimiento, debido a las bases de PBI muy distintas
de las que partían y a las tasas diferentes de
crecimiento demográfico, hicieron que la producción
per cápita americana pasase de 22.100 dólares, en
1989, a 46.400 dólares, en 2009, mientras que la de
Brasil aumentó de 3.400 dólares a 8.200 dólares.
Así, la brecha del producto per cápita entre los
Estados Unidos y Brasil aumentó entre 1989 y 2009,
pasando de 18.700 dólares a 38.200 dólares. El
atraso relativo, el subdesarrollo, aumentó.
Si el objetivo
central de la sociedad brasileña fuese vencer el
subdesarrollo, la economía tendrá que crecer a
tasas más elevadas de las que se han dado en el
pasado reciente, mientras que las políticas
de distribución de renta tendrán que ser más
vigorosas para incorporar al sistema económico y
social moderno a las inmensas masas que se
encuentran en situación de grave pobreza: cerca de
60 millones de brasileños.
Si el PBI de los
Estados Unidos creciese al 2% anual hasta 2022
(inferior a su tasa del 2,5% anual entre 1989 y
2009, y así esta hipótesis tiene en cuenta los
efectos de la crisis actual sobre la economía
americana), el PBI per cápita americano alcanzará a
53.100 dólares; si, en este mismo período, la
economía brasileña creciese a la tasa del 5% anual,
el PBI per cápita brasileño alcanzará los 14.200
dólares. La brecha de producción per cápita
aumentaría en 700 dólares.
Si el PBI de los
Estados Unidos de aquí hasta 2022 creciese al 2%
anual y si Brasil creciese al 6% anual, la
diferencia del producto per cápita se mantendrá
prácticamente igual entre los dos países: los
Estados Unidos alcanzarán 53.100 dólares y Brasil
16.000 dólares. La brecha, que en 2009 era de 38.200
dólares, se reduciría a 37.100 dólares. Una mejora
de 1.100 dólares en 12 años: cien dólares por año...
Así, Brasil en 2022,
en el bicentenario de su Independencia, continuaría
tan subdesarrollado como lo es hoy, a pesar de que
su producto per cápita haya alcanzado los 16 mil
dólares y a pesar de los enormes esfuerzos para
sacar de la pobreza a la mayoría de su población y
para realizar amplios programas de construcción de
su infraestructura y de financiamiento a grandes
inversiones.
Solamente en la
hipótesis de que los Estados Unidos crezcan al 2%
anual y Brasil al 7% anual, alcanzando los Estados
Unidos 53.100 dólares y Brasil 18.100 dólares, la
diferencia de producción, de bienestar, de
desarrollo, entre los dos países se reduciría de
38.200 dólares a 35.000 dólares. Podríamos entonces
afirmar que Brasil estaría iniciando el proceso de
tornarse un país desarrollado. Esto en el caso de
que se mantenga este esfuerzo en las décadas
siguientes y en el caso de que la perversa dinámica
de distribución de renta y de riqueza en Brasil sea
firmemente enfrentada. Además, este 7% anual
corresponde a la tasa promedio de crecimiento del
PBI brasileño entre 1946 y 1979...
En caso contrario, en
el caso de que crezcamos a una tasa anual promedio
inferior al 7% anual, a pesar de todos los esfuerzos
bien intencionados, el sentido común y la prudencia
monetarista (la cual, además, habría impedido la
integración territorial brasileña y la
transformación de Brasil en una gran economía
industrial, ya que habría vetado el Plan de Metas de
Juscelino Kubitscheck pues lo habría considerado
inflacionario) que nos quiere obligar a crecer a una
tasa del 4,5% anual, harán que Brasil continúe
siendo en 2022 una sociedad subdesarrollada,
caracterizada por la extraordinaria disparidad de
renta y de riqueza. En ella, continuaremos
enfrentándonos con la extrema pobreza, la ignorancia
profunda, la exclusión perversa y la violencia
anómala al lado de una riqueza ostensiva, suntuaria,
portentosa y excesiva, disfrutada por el 0,04% de la
población brasileña (cerca de 80.000 personas) cuya
renta mensual, en 2009, era superior, a veces muy
superior, a 50.000 reales.
Hay, siempre,
planteados por parte de los cautos, tres obstáculos
al crecimiento de la economía brasileña a tasas
superiores al 4,5% anual o 5% anual. El primero se
refiere al supuesto retorno de la inflación a tasas
superiores a las que serían “tolerables”, con todos
sus efectos sobre precios relativos y, en especial,
porque la inflación perjudicaría principalmente a
los pobres. Esta preocupación generosa con la
situación de los pobres no tiene en cuenta, en
primer lugar, que lo que afecta a los pobres de
forma más grave es el desempleo, la miseria, la
violencia, la exclusión y la falta de oportunidades
que resultan del bajo crecimiento en una economía
subdesarrollada y tan dispar como la de Brasil. En
segundo lugar, que la tendencia inflacionaria está
presente en cualquier proceso de desarrollo
acelerado y que es posible preservar a los segmentos
más pobres de la población de los efectos sobre los
precios de un desarrollo más rápido.
Una palabra sobre la
inflación. El proceso de superación del
subdesarrollo, debido a las grandes inversiones en
infraestructura de energía, de transportes, de
prospección y explotación mineral, de investigación
tecnológica, de comunicación, que son esenciales
aunque de larga maduración y de retorno incierto, y
en programas sociales, también de larga maduración y
también de retorno incierto, como en salud,
educación y cultura, provocan, necesariamente,
aumentos de demanda sin el correspondiente e
inmediato aumento de producción. Como estas
inversiones en infraestructura física y social
tienen que sucederse en períodos de décadas, para
superar el atraso relativo del país, la presión por
el aumento de precios pasa a ser constante. Todavía,
el crecimiento del PBI al 7% anual, cuando es
sustentado a mediano y largo plazos, significa que
se está dando una ampliación de la capacidad
instalada, de la formación bruta de capital fijo, lo
que es hecho por empresas que deciden invertir, esto
es, deciden ampliar sus unidades de producción, sus
fábricas, sus cultivos, etc. y que el Estado decidió
invertir directamente por parte de sus empresas
(pocas, en el caso de Brasil solamente en el sector
financiero y en el sector de energía) o
indirectamente, contratando a empresas privadas para
la construcción de obras de infraestructura o
financiando inversiones privadas para producir
bienes de consumo y de capital. Ahora, el
crecimiento, el desarrollo, a la tasa del 7% anual
significa la expansión de las empresas, del
capitalismo en Brasil, del empleo y de los lucros.
Cuanto menor es el crecimiento económico menores son
las oportunidades de lucro, menores las inversiones,
menor la generación de empleo (para absorber la mano
de obra que ingresa en el mercado todos los años,
cerca de 2 millones de nuevos jóvenes trabajadores)
mayor la violencia y la exclusión social. Por otro
lado, la demanda generada por las inversiones en
infraestructura económica y social es una demanda,
en parte, por bienes de consumo lo que estimula la
ampliación de la producción y la inversión privada,
inversión cuyo plazo de maduración es más corto, lo
que reduce la presión inflacionaria. Por otra parte,
China e India han crecido a tasas superiores al 7%
anual sin que se haya producido una inflación
significativa.
Un segundo obstáculo,
según los precavidos, será que la economía brasileña
no tendría como generar el ahorro necesario a la
realización de las inversiones. Ahí, hay cuatro
respuestas posibles: la primera, que el propio
Estado brasileño, a través de una política de
intereses más adecuada, dispondría de recursos
adicionales significativos para invertir directa o
indirectamente. La segunda, que todavía queda un
vasto espacio para la ampliación del crédito para
inversión. La tercera, que no se puede apartar,
teniendo en vista el elevado grado de
desconocimiento de los recursos del subsuelo
brasileño, la posibilidad del descubrimiento de
recursos naturales importantes, como fue el caso de
los descubrimientos en el pré-sal que ubicarán a
Brasil entre los seis mayores productores mundiales
de petróleo. La cuarta, que una economía en
expansión dinámica, con las características de
Brasil, atraerá como ya se verifica, capitales
extranjeros en volúmenes significativos, como
ocurrió y ocurre con China. Además, las inversiones
chinas (que tienen 2,3 trillones de reservas) están
llegando en cantidades muy expresivas a Brasil, en
la compra de sistemas de transmisión, en la
construcción de hidroeléctricas y en la explotación
del petróleo, tornando a China el tercer mayor
inversor en Brasil.
El tercer obstáculo
al desarrollo a tasas más elevadas sería la escasez
de mano de obra calificada, en especial de
ingenieros, en los más diversos sectores, que ya
estaría siendo detectada. Ahí hay dos soluciones
posibles, por lo menos: la primera, expandir los
programas de formación y de re-entrenamiento de
ingenieros lo que podría hacerse rápidamente a bajo
costo ya que estudios recientes indican la
existencia de un gran número de vacantes disponibles
en las escuelas de ingeniería; la segunda,
“importar” mano de obra calificada sin perjudicar la
mano de obra nacional, bastando con que se exija
respeto por los índices salariales de la categoría,
aprovechando, inclusive, la situación de crisis en
la que se encuentran los países desarrollados, donde
hay abundancia de mano de obra calificada,
desempleada.
Sin embargo,
finalmente y por otro lado, en caso que se desee
mantener a Brasil como un país pobre y
subdesarrollado, basta crecer a tasas modestas,
obedeciendo a todas las metas y a supuestos
potenciales máximos de crecimiento, y, así, lograr
mantener la economía estable aunque miserable. Este
bajo crecimiento corresponderá a un costo humano y
social elevadísimo para la inmensa mayoría de la
población, excepto para los super-ricos, que se
transformarán, cada vez más, en propietarios
rentistas y ausentes, distantes y ajenos a los
conflictos que se agravarán cada vez más en la
sociedad brasileña.
Traducido para LA
ONDAdigital por
Cristina Iriarte
LA
ONDA®
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