Fracasa la “Jirga de la paz”,
oscuro panorama en Afganistán
por Alberto Arce

Análisis sobre la situación de Afganistán tras el nuevo fracaso de establecer vías para la negociación con la insurgencia.

 

Desde el aire Afganistán se deja ver tan árido como la imaginación lo representa antes del viaje. Tal y como la realidad lo mostrará una vez comience a caminarse. Inmensas superficies de color arena e incertidumbre -apenas interrumpidas por pequeños valles que serpentean teñidos de verde en los que se concentra la población- preparan con su escasez para los pocos momentos de lucidez en medio de la violencia que algunas conversaciones con los habitantes de este país arrojarán. Durante el falso sueño que precede al aterrizaje puede verse por primera vez un avión no tripulado sin que suponga ningún peligro. ¿Cómo es posible? Sólo tras la protección de la ventanilla de un avión comercial que vuela aún más alto. Aterrizaje, pies a tierra y fin de la ilusión.

 

Kabul celebró entre el 2 y el 5 de junio una “Jirga de la Paz”. Como conclusión principal el gobierno afgano reitera algo que no es noticia: tratará, una vez más, de abrir un canal de negociación con “la insurgencia”, esa nebulosa entidad que ha tratado de volar la asamblea por los aires a pocos minutos de su inicio. Destituir ministros, reacción inmediata de Karzai en represalia por no ser capaces de frenar esos mismos ataques a los que el Presidente se declara “acostumbrado” no es más que una cortina de humo para tratar de esconder que ni siquiera muchos miembros de su gobierno estaban de acuerdo con la escenificación representada.

 

Sólo es posible hablar del fracaso total de la “Jirga”. Ante la ausencia de la mayoría de los actores relevantes en el conflicto interno afgano, especialmente de aquellos que se enfrentan al gobierno, Karzai se enroca en negociar a toda costa mientras no sólo la insurgencia se niega a dar legitimidad a los esfuerzos del Presidente por abrir un canal de diálogo. Incluso los líderes del Partido de la Unidad Popular y el Movimiento Islámico -aliados políticos que auparon al Presidente a la victoria en la primera ronda de las elecciones- han rechazado esta “Jirga de la paz” restándole gran parte de su legitimidad.

 

Hace tiempo que el gobierno de Karzai pretende negociar con una difusa coalición no coordinada de antiguos señores de la guerra y líderes de la fragmentada resistencia talibán. Karzai pide diálogo y la respuesta que recibe es clara: “sólo con una calendario cerrado de retirada de las tropas extranjeras”. En tanto eso no suceda- y nada lo apunta a corto plazo- la asamblea que acaba de cerrarse no es más que una reedición limitada y con menos participantes de la asamblea de Bonn que colocó a Karzai en el poder hace varios años. No contar entonces con aquellos a quienes se derrocaba provoca que casi una década más tarde Afganistán regrese al mismo punto de partida. Si antes no se quería hablar con talibanes y ciertos señores de la guerra, son ellos ahora los que no quieren hablar, sobrados de fuerza y con menos prisa que Karzai.

 

Esos interlocutores con los cuales se pretende establecer un diálogo, divididos en tres facciones, son cada vez más poderosos. La más importante sería Hizb-i-islami, grupo del paradigmático señor de la guerra Gulbudin Hekmattyar, superviviente de todas las luchas desatadas en Afganistan desde la década de los 70 y travestido desde la izquierda prosoviética hasta recibir millones de dólares de los norteamericanos a través de los servicios secretos saudíes para luchar contra el ejército rojo. Se convirtió en fugaz Primer Ministro durante los años 90 e incluso se reivindica, fanfarrón, como el hombre que ayudó a escapar en su día a Bin Laden.

 

El segundo grupo en importancia sería el de Sirajuddin Haqqani, representante de la “Shura de Quetta” o “los chicos de Islamabad” como se les conoce en la terminología de la inteligencia norteamericana. Las estructuras tribales pashtunes que lucharon del lado de los muyahidines contra los soviéticos, se aliaron posteriormente con los talibanes y adquieren ahora autonomía frente al tercer grupo, quizás el más marginal pero más extendido a lo largo de territorio y al mismo tiempo ruidoso, llamémosles los talibanes “de toda la vida”.

 

Liderados por una serie de comandantes jóvenes cuyas identidades cambian continuamente -en caso de que se pueda hablar aún de “los talibanes” como un grupo con objetivos comunes, estrategias similares e interlocución válida y no, con un enfoque más realista, como una serie de grupúsculos autónomos- avanzan provincia a provincia y continúan constituyendo un actor que tiene algo que decir en la política afgana. Muchas veces finiquitados en la prensa internacional, nunca han sido vencidos totalmente sobre el terreno.

 

La principal preocupación de los afganos que continúan manteniendo en su agenda la defensa de los derechos humanos y la construcción de un gobierno mínimamente democrático es clara. Lo primero que desaparecería del escenario político de tener lugar algún pacto con “la insurgencia” es el mínimo avance producido en materia de derechos humanos, imperio de la ley y libertades individuales. Siempre desde la perspectiva más optimista, esa que considera que el país puede haber avanzado significativamente en alguna de esas materias.

 

El fracaso de la “Jirga de la paz”, escenificada exclusivamente por y para grupos que ya estaban de acuerdo antes de comenzar a leer sus discursos y sin la presencia de voces disidentes, no sirve más que para demostrar el fracaso de un gobierno al que cada vez más voces acusan de ilegítimo. Recordemos que no se celebró segunda vuelta en las últimas elecciones tras la retirada del segundo candidato entre denuncias de fraude y la Constitución afgana no recoge si siquiera la existencia de ese escenario.

 

La insurgencia, que avanza -sin prisa pero sin pausa- no tiene, por tanto, ninguna prisa por negociar nada. Y en algún momento la coalición internacional que lo protege se cansará de que Karzai se desmarque continuamente del “amigo americano” y sus aliados, su único apoyo efectivo, esas tropas internacionales que, pese al constante aumento de tropas y sus continuas ofensivas, tampoco puede anunciar ningún avance militar concreto. Acabarán por ofrecer un cabeza de turco a quien culpar de su propia incompetencia militar. Tiempo al tiempo. El problema es por ahora no disponen de alternativa a Karzai

 

El panorama afgano es tan oscuro como la tormenta de polvo y arena que oscurece Kabul el día después de la “Jirga de la paz”.

Fuente: Periodismohumano com

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