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Vía China de la crisis;
¿burbuja o factor etario?
por Jorge
Majfud
Entre
1958 y 1962 el gobierno de China impuso un paquete
de medidas sociales y económicas con el objetivo de
modernizar su economía. Las antiguas prácticas
agrícolas, el delicado orden económico y cultural
que podríamos llamar “econosistema”, fueron
modificadas casi por decreto en un intento de
industrializar una sociedad agrícola basándose en la
teoría de turno sobre las fuerzas productivas. Esta
práctica radical se conoció entonces como “El gran
salto hacia adelante”.
Se calcula que debido a este gran
salto, en tres años murieron de hambre entre 15 y 30
millones de personas. El gobierno de la época,
refiriéndose a la sequía que afectó China casi en el
mismo periodo, llamó a esta catástrofe “Los tres
años de desastres naturales”. La tragedia recuerda
una de las frases célebres de Augusto Pinochet para
celebrar su golpe de Estado en 1973: “Estábamos al
borde del abismo y dimos un paso hacia adelante”.
Hay muchos ejemplos históricos como
éste, donde una sola decisión autocrática, casi
siempre basada en una teoría de turno y en la fe
infinita que algunos líderes se tienen a sí mismos,
produjeron tragedias similares.
Claro, también la dinámica del
capitalismo incluye una serie conocida de crisis
periódicas. En estados Unidos, las recesiones se
parecen a las manchas solares que se producen cada
once años y están dentro de otro ciclo mayor de
leves y peores crisis. Si se trata de un capitalismo
periférico, estas manchas no son simple desempleo o
descenso del consumo sino que incluyen, con
demasiada frecuencia, hambrunas y violencia social.
Cuando en Estados Unidos hay crisis económica, la
inflación y el dólar bajan junto con la tasa de
criminalidad. En los países que antiguamente la
izquierda llamaba “del capitalismo dependiente”, la
arrogancia del norte clasificaba como “tercer
mundo”, los eufemistas decían “en vías desarrollo” y
ahora los eufóricos llaman “emergentes”, cuando hay
crisis económicas sube la inflación, el dólar y la
criminalidad, hasta convertirse en un problema
social de primer orden.
Pero el capitalismo está lejos de ser
una segunda naturaleza (darwiniana), como pretenden
sus ideólogos. Sus gobernantes son casi tan escasos
como en un país comunista al peor estilo burocrático
y autoritario del siglo XX, aunque no ocupen
directamente los gobiernos. Sus lugares naturales
son las bolsas de valores, las centrales de
inteligencia y los directorios de bancos y de
transnacionales. Sus gremios son los temibles
lobbies. No presionan en las calles sino en los
parlamentos, en los ejecutivos y en la prensa que
disemina sus verdades a cambio de apoyo
publicitario. La paradoja radica en que la
propaganda va en las noticias y las noticias van en
la publicidad.
La virtud de la China de hoy (vamos a
usar los criterios de éxito definidos por la
posmodernidad que todavía nos engloba) consiste en
un eclecticismo intolerable para los antiguos
modernos del siglo pasado. Aunque veloz, la última
etapa de desarrollo de China ha sido producto de una
moderación de casi cuatro décadas de comunismo
capitalista. Sin las libertades de las democracias
burguesas y sin las igualdades del socialismo
proletario (dos anacronismos todavía en
circulación), la población china fluctúa entre la
esclavitud de las factorías administradas por el
gobierno o por compañías extranjeras, el mayor
acceso a la modernidad de las nuevas generaciones y
la euforia de una nueva clase minoritaria de nuevos
ricos.
Pero uno de los factores que más ha
contribuido a ese desarrollo económico es al mismo
tiempo su amenaza más importante: el tamaño de su
población, que en términos marxistas funciona como
un casi infinito Ejército Industrial de Reserva.
Casi infinito no porque sean cientos de millones de
desocupados sino por la abismal diferencia de
ingresos entre un campesino chino (o indio),
potencial obrero citadino, y un obrero en el mundo
desarrollado.
Eso en números presentes. En términos
históricos no tiene nada de infinito, porque el
reloj biológico es el mismo para un país de tres
millones que para otro de más de mil millones.
El envejecimiento de la población
china, derivado de la política de “un hijo por
pareja” podría convertir al gigante ejército
industrial en un gigante geriátrico. Aunque esta
política afectó a menos de la mitad de la población,
estimuló el feminicidio y en los noventa llevó a
China a situar su tasa de fertilidad por debajo del
nivel de reemplazo.
Advirtiendo que en algunos países la
producción de capitales depende (en un porcentaje
creciente y, en casos, mayor que rubros como la
agricultura o la industria) de la producción
intelectual en universidades y en centros de
investigación, el gobierno chino ha invertido de
forma agresiva en estimular el acceso de su juventud
a las universidades. Si bien ha logrado un
incremento en el número de matriculas, por otro lado
aparece en el horizonte un signo contrario: el
número de estudiantes en las escuelas primarias ha
descendido de 130 millones a 100 millones en los
últimos quince años.
Aunque Estados Unidos tiene la mayor
tasa de natalidad del mundo desarrollado (sobre todo
entre los conservadores, porque una alta tasa de
natalidad suele ir asociada a un modelo patriarcal),
tiene un problema semejante al de China, aunque en
menor escala. La explosión demográfica posterior a
la Segunda Guerra (“baby boom”) también fue parte
responsable de las revueltas juveniles y culturales
de los sesenta y, consecuentemente, el declive de la
rebeldía juvenil en los conservadores años ochenta.
No hay que subestimar este factor. El mismo Ernesto
Guevara, cerca de sus cuarenta, observaba un grupo
de jóvenes entusiastas y concluía que la edad puede
significar una diferencia revolucionaria aun mayor
que la clase social. Seguramente por este mismo
factor y no por su condición física, los ejércitos
que van a las guerras están compuestos por una
obscena desproporción de jóvenes, adolescentes sin
edad para consumir alcohol.
Ahora el retiro de los “baby boomers”
es un problema para Estados Unidos. El mismo factor,
amplificado, también es la base de una futura crisis
en China, más lenta y más seria que una muy probable
burbuja inmobiliaria en curso.
A corto plazo, la principal carta
china para atenuar esta crisis es también su
población: el incremento del consumo interno de la
mayoría aún en la pobreza, aún en la esclavitud
asalariada de las factorías. El aumento de los
sueldos en China atenuará por un tiempo la crisis de
su envejecimiento, al mismo tiempo que atenuará en
algo el impacto en otros países exportadores. Pero
también exportará inflación al resto del mundo.
Y, como de costumbre, detrás de las
crisis económicas vendrán los replanteos
existenciales.
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