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Chile
“La trampa de la renovación
en el progresismo”
por
Daniel Grimaldi
Una cosa
es la renovación de dirigentes, otra la renovación
de la organización del partido y otra muy distinta,
la renovación de la izquierda. Estas tres
dimensiones se confunden hoy en el debate,
instalando la idea que el recambio de dirigentes en
el socialismo democrático -hoy llamado progresismo-
implica por añadidura los otros dos cambios,
llevándonos a falsas expectativas de las
“transformaciones posibles”.
Primero,
el recambio de dirigentes es un fenómeno casi
natural cuando no hay quiebres. Dirigentes que han
sido formados y beneficiados por una cierta cultura
partidaria y lógica de distribución del poder,
tienden a asegurar la continuidad de un sistema que
perpetúa su hegemonía, como lo indicara Michels en
su estudio ya clásico de las oligarquías
partidarias. El promedio de edad de los altos cargos
en el Ejecutivo durante la Concertación bordeaba
los 45 años. Gente relativamente joven se podría
pensar, pero esta condición depende de qué espacio
se ocupe en la estructura de poder y a qué cultura
se pertenezca, a la de los veteranos “dominantes” o
de los jóvenes “dominados”, oportunistamente
díscolos y contestatarios. Cuando se pertenece al
grupo político dominante, ser joven tiene poco valor
en sí.
Segundo,
los estudios organizacionales de los partidos
políticos han mostrado que las democracias
occidentales se orientan cada vez más hacia la
profesionalización de la política, la simbiosis del
partido con el Estado, la disminución de la
militancia y la conformación de partidos de
funcionarios públicos en la órbita socialdemócrata,
como ilustra a grandes rasgos el modelo teórico de
“partido cartel” (Katz y Mair). Es lo que han
producido los “aggiornamentos” en el PSOE español,
el PS francés, el SPD alemán y el Partido Laborista
Británico, entre otros. Partidos que reflejan la
“crisis de representación de la socialdemocracia”
convirtiéndose en partidos de centro en sus
respectivos sistemas. Pero ello no significa que
sean partidos débiles, por el contrario, como
demostrara Susan Scarrow, partidos con menos
militantes, más mediatizados y profesionalizados son
más eficientes en mantenerse en el poder. Sin
embargo, son incapaces de convocar al mundo social y
mejorar la mala imagen de la política en los
electores, transformándose en el mal menor para el
votante progresista relativamente informado.
Tercero,
lo que se conoce en Chile como la “renovación del
socialismo” es un fenómeno que implicó un cambio
profundo en la ideología, las estrategias y la
cultura partidaria. Esta renovación fue conducida
por un debate intelectual importante y un diálogo
entre actores políticos nacionales e internacionales
que dio frutos positivos. Esta fue una renovación
abierta y declarada que no ha tenido parangón
reciente. Sin embargo la “post renovación” del
socialismo, más solapada y realizada en las cámaras
del poder, trajo consigo la pérdida de la identidad
de los partidos de izquierda transformándolos en el
centro político, negociadores del neoliberalismo
“humanizado”.
La
trampa de la renovación es que si seguimos pensando
que renovar la política es cambiar a los
dirigentes, se perderá la oportunidad de
replantear y corregir la ruta de la izquierda.
Despojados de esta ilusión, podemos avanzar en
exigir a quienes asuman el relevo, convocar a una
nueva reflexión sobre el proyecto del socialismo
democrático, en un diálogo amplio con intelectuales,
artistas, dirigentes sociales, poblacionales,
profesionales y sindicalistas. Así como se supo
desechar lo nocivo del “viejo socialismo” y
establecer nuevas alianzas, para recuperar lo
perdido, hoy se debe desechar lo neoliberal del
legado de la Concertación aunque “les duela en la
historia” a los próceres sagrados.
*
Politólogo. Investigador asociado a la Fundación
Chile 21
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