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Para Europa, la salida no
está en competir con China
por
Abdeslam Baraka
Las economías europeas han demostrado ser
competitivas, a pesar de lo que impongan las recetas
de organismos supranacionales ante la crisis. No se
puede competir con China sin hacerlo a costa del
Estado de Bienestar
y de los más débiles.
Basta
con fijarse en el gasto del gobierno federal de
Estados Unidos, que ronda el 16% del PIB, para darse
cuenta de que el limite del 1,27% del PIB fijado al
presupuesto europeo no parece ser la solución para
salir de su crisis económica. El gasto público
estadounidense es, sin duda, lo que permite la
recuperación de la economía americana y lo que
sustenta el dólar conforme a la política monetaria
que se le asigna. El enorme déficit del Estado de
California de 42.000 millones de dólares, no parece
amenazar ni la moneda ni la economía americanas.
Siguiendo las recomendaciones de los expertos, los
países europeos están tomando, cada cual en su
ámbito nacional, medidas de corte técnico, con las
repercusiones sociales que sabemos, en el momento en
que el razonamiento lógico indica que la clave
reside en tomar medidas políticas y estructurales de
la envergadura del federalismo y de incremento del
presupuesto europeo.
Se está
asistiendo a un verdadero vals, a contrarreloj,
inusual y apresurado, de medidas legislativas y
reglamentarias, en la casi totalidad de los países
europeos, con la finalidad anunciada de atajar la
crisis de la moneda única y evitar quiebras
estatales. Es obvio que los recortes de salarios y
pensiones, el abaratamiento del despido y el retraso
de la edad de jubilación no se corresponden con el
objetivo de salvar el Euro y aliviar la deuda
pública. A lo más servirían para atenuar el déficit
público y mejorar temporalmente la conjetura. Pero,
de ninguna manera preparan una cierta inmunidad del
sistema frente a la próxima crisis.
Por otra
parte, tales medidas amenazan con dificultar el
cobro de la deuda privada y aumentar la presión
sobre el sistema bancario.
Ante
este panorama, resulta sorprendente que el fondo
monetario internacional apele a más competitividad
de las economías europeas -altamente competitivas,
por ahora, a nivel tecnológico y de calidad- sin
avisar de que la única vía para hacerla aún más
competitiva consiste en superar el modelo chino. Es
decir, trabajar más de doce horas al día, más barato
y renunciar a todas las prestaciones sociales, amén
de la disponibilidad de un mercado interno de
alrededor de casi un millar y medio de habitantes,
del que no disponen las empresas europeas.
A todas
luces, la solución no se puede encontrar en
tecnicismos económicos y financieros, que recién
demostraron su rotundo fracaso, sino en la
recapacitación política que permita al proyecto
europeo dar el salto decisivo hacia la estructura
federal, que figuraba en la ambición de los
fundadores. El proyecto europeo se quedó corto y,
posiblemente, las ambiciones electoralistas de
algunos de sus líderes lo dejaron más encogido en el
acuerdo de mínimos de Lisboa.
El
proyecto europeo tiene su última oportunidad. Cierto
que el momento es grave y los especuladores de los
mercados financieros lo hacen más difícil, pero no
hay duda de que si no se avanza, se retrocede.
Recobrar el liderazgo político no será fácil. Muchas
prácticas innovadoras han transformado la democracia
en ecuaciones matemáticas electoralistas, en manos
de maquinarias políticas partidistas que se ocupan
más de contar votos que de producir ideas y
confianza.
El
proceso de la Unión Europea no prevé ni
estancamiento ni marcha atrás. O avanza o se hunde,
y este último escenario no sería de buen augurio
para el resto del mundo.
LA
ONDA®
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