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A la memoria de
Artigas y Quijano
por Pedro
Hernandez
phr1938@gmail.com
El 10 de junio se cumplió un año más
de la desaparición física del Dr. Carlos Quijano en
su exilio en Mexico.
26 años han pasado en un país de
débil memoria. Pero los claros conceptos de su
extensa trayectoria siguen hoy más vigentes que
nunca.
Rescatados en general para adornar
algún discurso oportunista. Desde los años 20 hasta
1984 no dejo de escribir sobre el Uruguay y sus
problemas. Desde los 40 alertó sobre un país
envejecido y de emigración...Reiteró estas
afirmaciones en los 60 sin ser escuchado. Criticó
la perversidad de la conducta política partidaria
desde el clientelismo del 3 y 2 que construyó el
estado amoral que hoy se quiere reformar. Reformar
sin que nadie asuma nada sobre esa conducta que fue
pilar fundamental para nuestro estancamiento desde
1930 al 2000 y los problemas estructurales que hoy
nos condicionan. Quijano fundamentó con datos
precisos como se manejaban los entes del estado – en
deficit permanentes en los 60 - y la economía del
País. No creo que se pueda encontrar mejor
informacion política y económica sobre el uruguay
real que la de sus editoriales desde Marcha - 1939
– hasta 1984. Hoy seguimos haciendo discursos
homenajeando a Artigas –el de bronce- sin que el
pueblo mayoritariamente conozca la magnitud de su
ideario.
Como un homenaje a Artigas en el mes
de su nacimiento y un homenaje a Carlos Quijano
reproducimos este artículo que él le dedicó en mayo
de 1961.
Artigas
por Carlos Quijanos
(Marcha, 19 de mayo
de 1961)
Hace poco más de diez
años, Pivel Devoto mostró, desde las páginas de
MARCHA, en una dilatada y documentada serie de
notas, como, a través del tiempo había solucionado
el juicio sobre la personalidad y la acción de
Artigas.
"De la leyenda negra
al culto artiguista" se titulaban esas notas, que
por desgracia detuvieron sus comentarios en 1880.
"Vencedor en el
terreno ideológico - escribía Pivel - Artigas vió
eclipsar su hegemonía política ante el reclamo de
sus tenientes que con las provincias que
acaudillaban, se creyeron en un grado de madurez
reñida con el protectorado, al tiempo que los
últimos hechos de armas en la resistencia contra la
invasión portuguesa, señalaban el ocaso del poderío
militar del jefe de los orientales”.
“Desde ese momento., todos aquellos
motivos de pasión personal y colectiva que la lucha
había engendrado, servirían para nutrir las juicios
de la 'leyenda negra artiguista'.
La
clase culta del Ría de la Plata, que salvo
excepciones, entró a la revalución de 1810, sin
sospechar las alteraciones del orden social que ella
traería, así como los otrora ricos hacendados de la
campaña oriental que. auspiciaron la gran protesta
rural de 1811, a la que Artigas dió un contenida
idealógico contrario a sus intereses, no
perdonarían par largo tiempo al 'caudillo
tumultuario' que al declarar a estas pueblas 'en el
goce de sus derechos primitivos', los iniciara en la
verdadera revolución, cuyas incontables
manifestacianes anárquicas fueron desde entances
señaladas coma sello característico de la que se dio
en llamar 'las tiempos de Artigas'.
Es hora de
preguntarse si ese culto a que refiere con toda
propiedad Pivel, no es un culto, de latría, si no la
es también, en muchos aspectos, externo, si, por
último no es superfluo., en cuanto "se da par medio
de cosas vanas e inútiles a dirigiéndolo a otros
fines" que los verdaderos y auténticos. La leyenda
negra puede haber adquirido nuevas formas la que
fue ponzoñosa calumnia puede haberse convertido en
reverente homenaje, pero una y otro responden al
mismo propósito: ocultarnos a Artigas, despojarnos
de él, disimularnos su significación, ofrecernos
una imagen desfigurada del héroe. La diatriba y la
hagiografía conducirían a 1o mismo. Y lo que no
pudo aquélla, lo lograría ésta. Así nos parece.
Traicionado en vida, Artigas sigue traicionado en
la muerte. ¡Y qué traición!
Bien pocos, - si los
hubo -, tuvieron en la patria vieja, cabal medida
de lo que Artigas fue y representó. La traición y la
defección fueron la infatigable compañía de éste.
Sombra y eco de su soledad. No pensamos al decirlo
en la traición de las oligarquías porteñas, la de
los Pueyrredón y los Tagle; no pensamos tampoco en
las astucias alevosas de los caudillos del
Protectorado ni en las de la diplomacia lusitana,
sutil y corruptora. Pensamos en las que conoció y
sufrió en su propia tierra que revistieron las más
diversas formas. Uno de los episodios menos
explorados de nuestra historia es el de la invasión
portuguesa y aún menos explorado todavía - hechas
las debidas excepciones, Pivel en primer término -
son los años de la Cisplatina que, en realidad, se
extienden desde la ocupación de Montevideo, el17
hasta el 25.
¿Por qué ése vacío en
nuestra historia? La Cisplatina, sin embargo, es un
fruto y al tiempo una semilla. Anuda el paso de los
hechos. Muestra la continuidad de una lucha que
llega a nuestros días y ha de prolongarse en los
futuros. La Cisplatina es el reclamo, primero y la
gozosa aceptación después, de la invasión extranjera.
Las fuerzas del "orden" estaban cansadas de la
anarquía y los "anarquistas". De la tumultuaria
irrupción de las masas. El héroe convocaba al
sacrificio; el extranjero, ofrecía la sopa en el
collar. Entre la libertad - aventura y riesgo - y
la seguridad - sumisión y prebendas - la opción de
las llamadas clases dirigentes de entonces, fue la
que debía ser.
¿Por qué, - volvemos
a preguntar -, la Cisplatina ha tenido tan pocos
comentarios y comentaristas?
Admitamos que sea por
pudor. Al respecto se nos permitirá intercalar el
relato de un pequeño hecho. En 1852, apareció en
Londres la segunda edición ampliada de un libro de
Sir Woodbine Parish - Buenos Aires and the
provinces of the Río de la Plata - Woodbine Parish
había sido cónsul general de Inglaterra en Buenos
Aires desde 1824 hasta 1832 y su obra rebosa de
datos de gran interés. Poco después de publicado el
libro, lo tradujo al español, en Buenos Aires, Justo
Maeso, al mismo tiempo que muchos años más tarde
habría de participar con fervor en la reivindicación
de Artigas. El libro de Parish contenía muchos
documentos hasta entonces desconocidos. Maeso
suprimió algunos y para explicar la supresión dijo:
"En el original inglés hay un documento firmado por
el general Belgrano y el doctor Rívadavia, datado en
Londres el 16 de mayo de 1815 y que precede a los
anteriores por su fecha; pero su contenido es de tal
carácter que me he permitido omitirlo en este
apéndice. Esta omisión despoja a esta traducción
española de un valioso agregado; pero en cambio
ella será bien acogida por los corazones generosos
que preferirán la privación de una estéril
curiosidad al oprobio que pueda recaer sobre nombres
y reputaciones que como el del primero son el más
glorioso timbre de la hidalguía argentina”.
Más de treinta años
después, en 1885, al publicar su "Artigas", Maeso
volvió sobre el tema: "En la obra en inglés de Sir
Woodbine Parish ' Buenos Aires y las Provincias del
Río de la Plata' que tradujimos y anotamos
extensamente hace treinta y un años, de que
hablábamos antes, se contenían en el apéndice
algunos de los documentos que evidenciaban esas
vergonzosas defecciones. Entre ellas se incluía la
reverente petición y súplica dirigida a Carlos IV
por Belgrano y Rivadavia y otros documentos
relativos a negociaciones análogas. Por un
sentimiento de dignidad y aun de candor juvenil,
como argentinos y aún como una amarga decepción
a que no queríamos resignarnos, ni en la que
podíamos creer, esperando a mejores pruebas, nos
decidimos a suprimir algunos de esos documentos, de
cuya irrecusable autenticidad muy pronto despues
nos cercioramos y ratificamos".
Ahora bien, en 1958
se reimprimió en Buenos Aires - colección El Pasado
Argentino, Hachette - el libro de Woodbine Parish,
en la traducción de Maeso y con un prólogo de José
Luis Busaniche. El documento a que refiere Maeso
continúa suprimido y a él no hace la menor mención
el prologuista Busaniche. Más aún al pie de la
página 564, aparece otra vez la nota explicativa de
Maeso. Un largo siglo ha pasado y no se quiere
develar el misterio. Agregamos, aunque ya el detalle
es nimio, que por azar poseemos la edición original
de Woodbine Parish, fechada en 1852, y que el
documento de la referencia, va de las páginas 386 a
392, a pesar de que la versión que de él se da es un
resumen, según el propio Parish lo declara.
Admitamos, como antes
decíamos, que las mutilaciones y vacíos de nuestra
historia se hayan producido, como en el caso de
Maeso, por pudor. Puede que en otros casos las
razones hayan sido distintas; pero no interesa
ahora discutirlo ni tampoco averiguarlo. La
historia sincera, como la quería Seignobos no puede
incurrir en semejantes omisiones. Y escribir la
historia con sinceridad, nos hará bien a todos. No
hay otra manera de conocer, por nuestro pasado,
nuestro destino. Y entonces las falsas glorias
caerán y las auténticas resplandecerán mejor.
Desde que la invasión
se inicia, la traición hasta entonces soterrada,
aparece. Los años que van del 16 al 20, - hasta que
Artigas se encierra en el Paraguay - son años de
lucha sin pausa y de cruentas y repetidas derrotas y
también de flaquezas, defecciones y renuencias.
El "frente interno"
como hoy le llaman, sobre todo Montevideo, no
marcha a compás con la desesperada y audaz
resistencia de las tropas, sin armas ni cuadros, de
Artigas. Mientras esos soldados instintivos se hacen
matar, el procerato ciudadano conspira, intriga,
suplica y acoge complaciente las proposiciones de la
oligarquía porteña y de la Corte Imperial. Cualquier
amo antes que los "anarquistas" de Artigas.
Buenos Aires está
dispuesto a entregar la provincia. El procerato
montevideano a vender su alma, para salvar bienes y
tranquilidad, al diablo. Pero no es sólo en la
ciudad donde la conspiración se incuba. También los
jefes militares participan en ella. Portugal, que
ha esperado su hora, recoge, entre bendiciones, los
frutos de esta doble y además estúpida traición.
Y son muchos los
grandes hombres de nuestra historia, esos que hoy
llenan el nomenclator de la ciudad, los que aparecen
confundidos entre las sombras de la gran conjura.
En
1816, ya con la invasión en marcha, se produce la
asonada del 3 de septiembre y el arresto de don
Miguel Barreiro.
Al frente de ella están, entre otros,
Juan Ma. Pérez y Lucas Obes.
Pocos meses después,
Juan J. Durán y Juan Francisco Giró delegados del
Cabildo de Montevideo, ofrecen en bandeja la
provincia oriental al gobierno de Pueyrredón, más
que cómplice, fautor de la invasión. De ese Cabildo
forman parte Juan de Medina, Felipe García, Agustín
Estrada. Joaquín Suárez, que luego rescatará con
dignidad este error o falta, Santiago Sierra,
Lorenzo J. Pérez, Jerónimo Bianqui. Artigas rechaza
la entrega y contesta a los diputados Durán y Giró,
desde el Campo Volante de Santa Ana, el 26 de
diciembre de 1816: "Por precisos que fuesen los
momentos del conflicto, por plenos que hayan sido
los poderes que V. S. revestía en su diputación,
nunca debieron creerse bastantes a sellar los
intereses de tantos pueblos sin su expreso
consentimiento. Yo mismo no bastaría á realizarlos
sin este requisito, ¿y V. S. Con mano serena ha
firmado el acta publicada por ese gobierno en 8 del
presente? Es preciso ó suponer a V. S. estranjero
en la historia de nuestros sucesos, o creerlo menos
interesado en conservar lo sagrado de nuestros
derechos, para suscribirse á unos pactos, que
envilecen el mérito de nuestra justicia, y cubren de
ignominia la sangre de sus defensores".
"El jefe de los
orientales ha manifestado en todos tiempos que ama
demasiado su patria, para sacrificar este rico
patrimonio de los orientales al bajo precio de la
necesidad. Por fortuna la presente no es tan estrema
que pueda ligarnos a un tal compromiso. Tenga V. S.
la bondad de repetirlo en mi nombre a ese gobierno
y asegurarle mi poca satisfacción en la liberalidad
de sus ideas con la mezquindad de sus sentimientos."
"En consecuencia V.
S. ha cesado de su comisión, y si le place puede
retirarse á Montevideo, allí podrán efectuarse las
justificaciones competentes, y ojalá que los
resultados de su comisión condigan a los de su
conocida honradez."
En mayo del 17, los
jefes y oficiales de las fuerzas sitiadoras de
Montevideo, se pronuncian contra Rivera y exigen que
el mando sea conferido a Thomas García de Zúñiga.
Algo más tarde Bauzá;
entre cuyos oficiales se cuenta Oribe, abandona el
sitio y se va con armas y bagajes previo acuerdo con
Lecor, a Buenos Aires.
Después de la derrota de Tacuarembó,
cuando Artigas marcha a las provincias argentinas
que aún le son fieles, en busca de refuerzos,
Rivera desacata las órdenes de su jefe y licencia
sus tropas, deserta y se rinde a los portugueses. El
propio Eduardo Acevedo, acota al comentar la lucha
con Ramírez: "Fue vencido pues Artigas, gracias a
la escuadra, a las armas y a los soldados que el
gobierno de Buenos Aires había puesto a la
disposición de Ramirez en virtud de los convenios
secretos del Pilar. Y fue vencido también, porque
las divisiones orientales que habían escapado del
desastre de Tacuarembó, en vez de cruzar el Uruguay,
desacataron sus órdenes para entrar en
transacciones con Lecor. Si esas fuerzas lo hubieran
acompañado a Corrientes, es probable que la suerte
de las armas le hubiese sido favorable y entonces
las Provincias Unidas habrían decretado la guerra al
Brasil, como complemento obligado del derrumbe de
las autoridades que habían pactado la conquista de
la Banda Oriental. De aquí
seguramente la amarga reconvención que el coronel
Cáceres pone en boca de Artigas: "que Rivera tenía
la culpa del triunfo de los portugueses”
Mientras los soldados
de Artigas mueren en al los combates que se inician
en Santa Ana y se cierran en Tacuarembó; mientras
los jefes planean pronunciamientos o desertan, el,
Cabildo de Montevideo, eximio representante de la
contrarrevolución y -¿por qué no?- de la antipatria,
se avillana en zalemas y genuflexiones ante el
invasor. Lo recibe bajo palio y aprovecha la
protección de las armas "portuguesas para denostar
a Artigas. El 23 de enero de 1817, seis días después
de la entrada de Lecor, el Cabildo declara por boca
de su síndico, que "debe tener en vista el
comprometimiento general de este vecindario con las
tropas de Artigas, con Buenos Aires y
principalmente con los españoles; y que S. E. debe
entrever que en manos de cualquiera de éstos que el
pueblo desgraciadamente cayera, sería una víctima
infeliz de la venganza y llegarían al colmo de sus
desdichas. Que a él le parecía que al Cabildo
representante de los pueblos, tocaba agitar su
engrandecimiento y que no había otro medio que el
que pasaba a proponer, cual es (previa la debida
licencia del señor Capitán de la Provincia) hacer
una diputación a su Majestad Fidelísima el Rey
nuestro señor, impetrándole su protección y
suplicándole que tuviera la dignación de incorporar
este territorio a los dominios de su corona".
Firman el acta los cabildantes, Juan de Medina,
Felipe García, Agustín Estrada, Lorenzo J. Pérez,
Gerónimo Pio Bianqui y el secretario Francisco
Solano Antuña.
A poco, el Cabildo
designa a Larrañaga y a Bianqui diputados ante el
rey don Juan VI, para reclamar y concertar la
incorporación. "Solicitarán - dicen las
instrucciones - con el mayor empeño que S. M. se
digne incorporar a sus dominios del Brasil este
territorio de la Banda Oriental del Río de la Plata".
Estas instrucciones, además de los anteriores
cabildantes, las firman el alcalde de 1er. voto don
Juan José Duran y el Defensor de Menores don Juan
Fco.Giró, los mismos personajes que un año antes
habían ido a entregarle la provincia a Pueyrredón.
La traición iba a consumarse. En
tanto Artigas se hunde para siempre en el Paraguay,
Canelones, Maldonado y San José también se declaran
incorporados a la corona de Portugal y en 1821 se
reune el.Congreso Cisplatino. Forman parte de él los
cabildantes de antes, los desertores de antes y el
18 de julio de 1821, reténgase la fecha, después de
sesudos discursos de Bianqui, Llambí y Larrañaga,
se vota por aclamación la incorporación a Portugal.
"De este modo, acertó a decir, Bianqui, se libra a
la Provincia de la más funesta de todas las
esclavitudes que es la de la anarquía. Viviremos en
orden bajo un poder respetable; seguirá nuestro
comercio sostenido por los progresos de la pastura;
los hacendados recogerán el fruto de los trabajos
emprendidos en sus haciendas, para repararse de los
pasados quebrantos y los hombres díscolos que se
preparan a utilizar, el desorden y satisfacer sus
resentimientos en la sangre de sus compatriotas se
aplicarán al trabajo o tendrán que sufrir el rigor
de las leyes; y en cualquier caso que prepare el
tiempo, o el torrente irresistible de los sucesos,
se hallará la provincia rica, despoblada y en
estado de sostener el orden que es la base de la
felicidad pública. De hecho
nuestro país está en poder de las tropas
portuguesas”.
Deben repetirse los
nombres de los que votaron esa incorporación tanto
más cuanto que un sospechoso y en el caso también
piadoso, olvido, ha disimulado o disminuído la
tremenda culpa.
Son éstos: Juan José
Durán, Damaso A. Larrañaga, Thomas García de Zúñiga,
Fructuoso Rivera, Loreto de Gomensoro, José Vicente
Gallegos, Manuel Lago, Luis Pérez, Mateo Visillac,
José de Alagón, Gerónirno Pío Bianqui, Romualdo
Ximeno, Alejandro Chucarro, Manuel Antonio Sylba,
Salvador García, Francisco Llambí.
Así cerró el drama.
El drama de un hombre solo y de su auténtico e
inmaduro pueblo, que va de pelea en pelea, mientras
la intriga de los de afuera, unida a la fuerza, y la
traición y la flaqueza de los de adentro lo empujan
a la muerte. Treintá años más había de vivir
Artigas, en su largo viaje, sin quejas, al fondo de
la noche. Treinta años de una grandeza impar. La
calumnia no respetó su callada y, sin duda,
angustiosa soledad. .
Después vino
tardíamente la hora de la reparación y en ella
todas las voces confluyeron para ofrecemos la
imagen depurada e ideal de un jefe, sin sangre, sin
huesos y sin barro, de un tutelar patriarca
colocado más allá del bien y del mal, del error y de
la injusticia. Depurada imagen, vacía de vida.
Depurada imagen que pertenece a la hagiografía.
Y bien, hay que
rescatar hoy y siempre al auténtico Artigas, de la
doble conspiración que es una sola: la de la
calumnia y la del incienso. En lo más hondo de la
tierra las dos corrientes que chocaron en un
terrible remolino durante los años de la patria
vieja, continúan su curso. El personaje tiene un
inaudito valor humano pero además es la encarnación
de la esperanza y el destino nacionales. Fue el suyo
el drama de la soledad, que soportó, como héroe
alguno fue capaz de soportar. Maestro así de vida,
porque todas nuestras desazones e infortunio son
ridículos y mezquinos frente a cuanto él, en
obstinado silencio, padeció.
Encarnó la
orientalidad. Mientras aliente un oriental, Artigas
vivirá. Pero fue también y sobre todo, el heraldo
y. profeta de la revolución nacional, esa que aún
espera el llamado de los tiempos para realizarse.
Por serlo, los hombres de "orden", lo acosaron, lo
traicionaron, lo calumniaron. Antes que los
"anarquistas" de Artigas, la intervención
extranjera. Antes que la revolución de esos
"anarquistas" se propagara, la entrega al enemigo
secular, preparada "inteligentemente", con gran
abundancia de palabras, por los doctores de chistera
y levita, genuflexos y cobardes, pedantes y miopes.
Ahora como ayer, ha
de volverse hacia el Artigas auténtico - sangre,
nervios, huesos, barro - para reiniciar la. marcha
y lanzarse al combate, contra los herederos del alma
de aquellos que consumaron la gran traición, esa
gran traición todavía victoriosa, que recurre a los
mismos métodos, las mismas prácticas, los mismos
argumentos y los mismos apoyos - cambian sólo las
denominaciones - para derrotar otra vez al
artiguismo.
LA
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