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La crisis económica en la
Eurozona y el riesgo de EEUU
por el
profesor Luiz Alberto Moniz Bandeira
El
cáncer que corroe la economía
norteamericana es el militarismo…
Irresponsabilidad
fiscal, descontrol de los gastos públicos, elevados
déficit presupuestales, déficit comercial,
corrupción, inflación y estancamiento económico
constituyen algunos de los factores fundamentales
que llevaron a Grecia al borde del default. Con una
deuda pública, como porcentaje del PBI, del orden
del 124,5%, la mayor de la Unión Europea, y un
déficit fiscal del 11,3% proyectado para 2010 (el
segundo más grande, después de Irlanda, con el
12,4%), enfrentaba y enfrenta enormes dificultades,
así como, en menor grado, otros países de la región,
sobre todo Irlanda, Portugal y España. Sin embargo,
las agencias de calificación de riesgo (más de cien,
todas bajo la influencia de Wall Street) agravaron
aún más la situación, rebajando la calificación de
solvencia de Grecia, con lo que favorecieron, a
propósito, el ataque al euro por parte de los que
especulan con las monedas, en las bolsas de valores.
La erupción de la
crisis económica y financiera, que sacude a Grecia y
amenaza a Irlanda, Portugal, España y a toda la
Eurozona (16 de los 27 Estados miembros de la Unión
Europea y otros 9 no-miembros de la UE que adoptan
el euro), constituye un desdoblamiento, la tercera
etapa de la crisis económica y financiera que se
disparó en los Estados Unidos, con la explosión del
mercado inmobiliario, en el primer semestre de 2007,
cuando grandes aseguradoras, como Merrill Lynch y
Lehman Brothers, suspendieron la venta de activos de
garantías, y en julio del mismo año, bancos europeos
registraron perjuicios con contratos basados en
hipotecas de alto riesgo.
La insolvencia de los
deudores hipotecarios provocó la debacle, afectando
los préstamos de empresas, tarjetas de crédito, etc.
En seguida, septiembre de 2008, la crisis alcanzó al
sector bancario, con la bancarrota y la disolución
del Lehman Brothers, el cuarto banco de inversión de
los Estados Unidos, después de 158 años de
actividad. Y, finalmente, comprometió e implicó a
sus propios Estados nacionales. Llevó a Islandia,
cuyos bancos mantenían negocios por un valor tres
veces mayor que el PBI del país, a una virtual
bancarrota, reflejándose sobre el Reino Unido, su
principal acreedor. Y, a fines de 2009, se manifestó
en Grecia, amenazando la estabilidad de toda la
Eurozona, dado que varios países no cumplieron las
metas del Tratado de Maastricht para la unificación
monetaria, entre las cuales se ubica el control del
déficit presupuestal (hasta el 3% del PBI), del
endeudamiento público (hasta el 60% del PBI).
La situación se plantea
aún más grave, por cuanto la eventual
desestabilización de la Eurozona podría provocar una
crisis sistémica, debido a la promiscuidad de los
bancos alemanes, franceses y también americanos con
los Estados nacionales y otros bancos, mediante
deudas cruzadas. Si Grecia y/o Portugal dejasen de
pagar a los bancos, la crisis se propagaría y
crecería como una bola de nieve. Por ejemplo, según
el Bank for International Settlements, los bancos
portugueses deben 86 mil millones de dólares a los
bancos españoles, que, por su parte, deben 238 mil
millones a instituciones alemanas, 200 mil millones
a los bancos franceses y cerca de 200 mil millones a
los bancos americanos.
La concesión de cerca
de 1 trillón de dólares a Grecia, prometida por la
Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional, no
apuntó a ayudarla, sino a salvar a los bancos
alemanes, franceses y a los inversores americanos,
que proveen más de 500 mil millones de dólares de
préstamos de corto plazo a los bancos europeos,
sobre todo a los de las naciones más débiles, para
financiar diariamente sus operaciones.
Este endeudamiento de
los Estados con los bancos y de los bancos con otros
bancos evidencia que, no obstante los factores
nacionales, domésticos, la crisis que se agravó en
Grecia y amenaza contagiar a toda la Eurozona
también es, en otra dimensión, una consecuencia
directa de la crisis de los Estados Unidos, dado que
el sistema capitalista, entrelazado por el mercado
mundial y la división internacional del trabajo,
constituye un todo, interdependiente, y no una
simple suma de economías nacionales.
El alza del precio del
petróleo y del oro, en el mercado mundial, así como
la elevada valorización del euro reflejaron la
profunda crisis que deterioraba y deteriora la
economía americana. La valorización del euro, debido
a la caída del dólar, afectó, no obstante, a países
como Grecia, Irlanda y Portugal, que no poseen
moneda propia y, consecuentemente, no pueden
promover la devaluación cambiaria, para reducir los
salarios, compensar la pérdida de la competitividad
de sus exportaciones, ajustar las finanzas y
equilibrar la cuenta corriente de la balanza de
pagos.
A pesar de la enorme
asimetría, la grave situación económica y financiera
de Grecia y algunos otros Estados en la Unión
Europea es muy similar a la de los Estados Unidos,
cuya deuda externa líquida, el 31 de diciembre de
2009, era del orden de 13,76 trillones de dólares,
del mismo tamaño que su PBI, calculado en 14,26
trillones en 2009, calculado según la capacidad de
su poder de compra. La deuda pública de los Estados
Unidos, en mayo de 2010, era de cerca de 12, 9
trillones, de los cuales 8,41 trillones estaban en
poder del público y 4,49 trillones de los gobiernos
extranjeros. Este monto (12,9 trillones de dólares)
corresponde a cerca del 94% del PBI de los Estados
Unidos, mientras el de la Eurozona es del 84%.
El problema fiscal en
los Estados Unidos es extremadamente grave. El
anterior presidente del Federal Reserve (FED), Alan
Greenspan, en octubre de 2009, declaró que no estaba
demasiado preocupado con la debilidad del dólar,
sino con los costos del largo plazo de los Estados
Unidos, unido a la creciente elevación de la deuda
nacional, cuya relación se tornaba progresivamente
explosiva, como una espiral, en la cual el creciente
pago de los intereses aumentaría el déficit y la
deuda, generando un nuevo aumento y así
sucesivamente. El déficit del año fiscal de 2009,
finalizado el 30 de septiembre, más que triplicó el
del año anterior, alcanzando una suma record de 1,4
trillones de dólares.
El presidente Barack
Obama presentó para el año fiscal 2010 un
presupuesto, con gastos de aproximadamente 3,5
trillones y un déficit federal de 1,75 trillones, lo
que significa que el gobierno americano tendrá que
tomar préstamos, aumentando la deuda pública, o
emitir más dólares, dado que el ahorro interno es
insuficiente para atender sus gastos. Este déficit
fiscal se entrelaza con el creciente déficit
comercial, que en 2009 representó más del 40% (1,04
mil millones) del total del su intercambio con otros
países. Y, en los primeros tres meses de 2010,
continuó creciendo. En marzo, el Departamento de
Comercio anunció un déficit de 40,4 mil millones,
contra 39,4 mil millones en febrero.
La sustentabilidad de
los déficit fiscal y comercial - denominados
"déficit gemelos", no porque sean iguales, sino
porque se interrelacionan - depende del continuo
influjo de capitales extranjeros, oriundos, sobre
todo de las inversiones de China, comprando bonos
del Tesoro de los Estados Unidos.
Efectivamente, son los
bancos centrales de otros países los que financian
el déficit en la cuenta corriente de los Estados
Unidos, del orden de 380,1 mil millones de dólares
en 2009, más del 6% del PBI, déficit este que, en el
primer trimestre de 2010, saltó a 115,6 mil millones
de dólares, contra 102.3 mil millones de dólares, en
el mismo período de 2009, y recrudece en cerca de
2,35 mil millones de dólares por día. Si el influjo
de capitales del exterior cesa, el Tesoro de los
Estados Unidos no tendrá recursos, en el correr de
2010, para refinanciar 2 trillones de su deuda de
corto plazo, de la cual el 44% está en poder de
países extranjeros.
Los Estados Unidos
ocupan el primer lugar en la lista de los países con
la mayor deuda externa líquida del mundo (13,7
trillones de dólares), seguido por Gran Bretaña (9,6
trillones), Alemania (5,2 trillones), Francia (5
trillones) y Países Bajos (2,4 trillones). Se trata,
por lo tanto, de una superpotencia deudora,
virtualmente en bancarrota. Sólo no llegó al borde
de la insolvencia porque puede emitir el dólar, que
es la moneda internacional de reserva.
Pero la tendencia del
dólar es a disminuir, tanto que, después de
devaluarse en un 40% entre 2002 y 2008 y
fortalecerse un 20% con relación al euro, entre
marzo y diciembre de 2008, durante la crisis
financiera, volvió a caer un 20%, entre marzo y
diciembre de 2009, debido a la preocupación del
mercado con la deuda externa de los Estados Unidos.
Su revalorización, como consecuencia de la crisis en
Grecia y del debilitamiento económico de la Eurozona,
es coyuntural.
El dólar está
estructuralmente debilitado por el déficit fiscal y
cambiario y por la elevada deuda externa líquida de
los Estados Unidos. La perspectiva es de que, días
más días menos, deje la condición de única moneda
internacional de reserva, a pesar de que China y los
Estados Unidos sean el centro del sistema
capitalista mundial. Y, cuando eso ocurra, los
Estados Unidos tendrán enormes dificultades de pagar
sus cuentas, por medio de préstamos de otros países.
En
agosto de 2007, David M. Walker, jefe del Government
Accountability Office (GAO), órgano del Congreso
americano encargado de la auditoria de los gastos
del gobierno, advirtió que el país estaba sobre una
“plataforma incandescente” (burning platform) de
políticas y prácticas insostenibles, escasez crónica
de recursos para la salud, problemas de inmigración
y compromisos militares externos, que amenazaban
explotar de no adoptarse en breve algunas medidas.
Previó aumentos “dramáticos” en los impuestos,
reducción en los servicios del gobierno y el rechazo
en gran escala de los bonos del Tesoro americano
como instrumento de reserva por parte de los países
extranjeros. Y señaló “notables semejanzas” entre
los factores que resultaron en la caída del Imperio
Romano y la situación de los Estados Unidos, debido
a la disminución de los valores morales y de la
civilidad política, a la confianza y a la excesiva
dispersión de las Fuerzas Armadas en el exterior,
así como a la irresponsabilidad fiscal del gobierno
americano.
Menos de
un año después, Paul Craig Roberts, ex secretario
asistente del Departamento del Tesoro, en el
gobierno de Ronald Reagan (1981-1989), afirmó, en un
artículo titulado “The Collapse of American Power” y
publicado en el Wall Street Journal, que la
superpotencia - los Estados Unidos - no estaba en
condiciones de financiar sus propias operaciones
domésticas, mucho menos sus “injustificables”
guerras, si no fuese por la bondad de los
extranjeros, que le prestan dinero sin perspectiva
de recibir el pago.
De hecho, los Estados
Unidos sólo pueden mantener las guerras en Irak y en
Afganistán, dos guerras perdidas, con el
financiamiento de otros países, principalmente China
y Japón, que continúan comprando bonos del Tesoro
americano. Joseph E. Stiglitz (Premio Nobel de
Economía) estimó que el total de los costos de estas
dos guerras se extiende de 2,7 trillones de dólares,
en términos estrictamente presupuestales, a un total
de costos económicos del orden de 5 trillones de
dólares. No sin razón, The Economist, en la edición
del 27 de marzo de 2008, publicó un artículo
titulado “Waiting for Armageddon”, en el cual
resaltó que el aumento de las corporaciones en
bancarrota podía ser la señal de que lo peor estaba
todavía por suceder. Lo peor que se puede esperar es
el default del propio gobierno de los Estados
Unidos, cuyo sistema financiero China, con reservas
en dólares de más de 2,4 trillones de dólares, está
en condiciones de comprar.
En dichas
circunstancias, el default de Grecia, de darse, no
sólo impactaría a toda la Eurozona. También
afectaría la estructura económica y financiera de
los Estados Unidos, cuya política fiscal a largo
plazo es insostenible. Pero el problema no deriva
principalmente de los gastos con los servicios
sociales y de salud, como los conservadores
republicanos e incluso algunos demócratas acusan. El
cáncer que corroe la economía americana es el
militarismo, alimentado por los profundos intereses
del complejo industrial-militar, en los grandes
negocios en que las grandes corporaciones y
militares se asocian, fomentando un clima de
supuestas amenazas, un ambiente de miedo, con el
propósito de obligar al Congreso a aprobar
voluminosos recursos para el Pentágono y otros
órganos vinculados a la defensa.
La industria bélica,
con toda la cadena productiva, constituye otra
burbuja que, más tarde o más temprano, va a
explotar. El gobierno de los Estados Unidos, ya sea
con el presidente Barack Obama o con quien lo
suceda, no tendrá recursos para subsidiarla,
eternamente, con la compra de armamentos por parte
del Pentágono, ni mantener centenas de bases
militares y millares de tropas, en todas las
regiones del mundo. Por cierto, cortar estos gastos
es muy difícil.
Afectaría la economía de varios Estados americanos,
localizadas, sobre todo, en el sunbelt (Texas,
Missouri, Florida, Maryland y Virginia), donde
funcionan las industrias de armamentos que emplean
tecnología intensiva de capital. En dichas
circunstancias, en medio de propinas, soborno, pago
de comisiones a los que promueven las compras, y
contribuciones para la campaña electoral de los
partidos políticos, el complejo industrial-militar,
con un enorme peso económico y político, ejerce una
fuerte influencia sobre el Congreso americano y
sobre toda la prensa, principalmente en las redes de
televisión.
Sin embargo, el
incomparable poderío militar de los Estados Unidos
tiene límites económicos. Irresponsabilidad fiscal,
descontrol de los gastos públicos, altos déficit
presupuestales, continuo déficit en la balanza
comercial, elevado endeudamiento externo, corrupción
inherente al conjuro entre industria bélica y el
Pentágono, representado por el complejo
industrial-militar, recesión - factores similares a
los que produjeron la crisis de Grecia – representan
la mayor amenaza y pueden derrotar a la
superpotencia. Y esta extrema vulnerabilidad de su
economía, con posibilidad de insolvencia, no es
señalada por las agencias de calificación de riesgo.
Traducido
para LA ONDA digital por Cristina Iriarte
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