Cuento
Las fuerzas
de la reacción
por Eduardo Silveyra

Cierta noche del otoño montevideano del año 1971, ya próximo al invierno, viví una situación desencadenante de otras situaciones que, luego resultaron constitutivas de mi búsqueda y discurso, tanto personal como literario. Soy un hombre que busca.

 

Siendo mis padres dirigentes del Partido Comunista, al ingresar en la escuela secundaria fui afiliado a la Unión de Juventudes Comunistas, lugar inevitable, pues, había integrado los grupos infantiles conocidos como Pioneros, algo así como los Boys Scouts, pero en versión bolchevique a la uruguaya. Yo pertenecía al grupo “Niñitos Proletarios Orientales” y nuestra mascota era la perrita Laika.

 

Sigamos la historia… En las reuniones de la agrupación estudiantil “Quiero ser un Vladimiro”, de la cual formaba parte, además de mal estudiar a Lenin y a Marx, analizábamos la inrrealidad. La realidad, era una no realidad, tal como ahí se pintaba.

 

Sigamos la historia… 2 de los lugares comunes analizados eran, la “acumulación de fuerzas” y “las fuerzas de la reacción”, esto último sonaba a abstracción incandescente y su contenido variaba de formas como el Leviatán. ¡Eso era excitante!  Y misterioso.

 

Para la acumulación de fuerzas, cada 15 días se realizaban bailes, guitarreadas o quermeses, en las cuales, los más capacitados le explicaban a los invitados las ventajas del mundo socialista y la maravillosa vida de la Rusia soviética, con descripciones que sonaban aburridas y monótonas.

 

Digamos que en el lugar del deseo revoluti de Afíliate y Baila, todo funcionaba como en el paraíso, pero con otras estampitas y escarapelas. Fue así, que descubrir y palpitar las “fuerzas de la reacción”  se me convirtió en una obsesión y el único motivo por el que permanecía ligado a los bailanteros revolucionarios.

 

Sigamos la historia…En ese ámbito de cuasi religiosidad, me había hecho amigo de uno, cuya curiosidad e interés nos eran comunes. Lo llamaban Elkanario. Era flaco, alto, desgarbado, de ojos azules y pelo rubio medio encrespado. Tenía un andar desprolijo y le gustaba silbar melodías melancólicas inventadas por él.

 

Con Elkanario, muchas veces nos volvíamos caminando desde La Teja (barrio en el que estaba el local de la UJC) al Paso del Molino, que era por donde ambos vivíamos. Durante la caminata nos preguntábamos ambos acerca de las” fuerzas de la reacción”  y de por qué las mismas se encontraban dispuestas de un solo lado.

 

Volviendo a esa noche de dar rienda suelta a las pasiones, habiéndonos quedado solos en el local, fuimos en busca de una respuesta clarificadora que pudiera revelar nuestras dudas filosóficas. Juntando los pocos pesos que teníamos, nos dirigimos a una estación de servicio muy cercana y compramos un par de litros de nafta, con el propósito de armar unos cócteles Molotov y vivir la experiencia personal de ver desatadas ante nuestros ojos a las “fuerzas de la reacción”. En la escala que las botellitas de Coca Cola y los objetivos de nuestra acción lo permitiesen, claro está.

 

Pero, algo ocurrió en el camino del plan filosófico trazado en conjunto con Elkanario y la experiencia vital fue desbaratada. ¡La praxis de fue al carajo! Fuimos descubiertos en plena tarea de fabricación por unos trasnochados que integraban la brigada bailantera “Los Osos Rojos”, tenían la llave del local y venían de hacer una pintada convocando al próximo bailongo bolchevique. Para ellos, la acumulación iba viento en popa.

 

Tanto Elkanario como yo, recibimos la acusación de ser 2 provocadores. En cierto sentido lo éramos, pero no desde el lugar asignado por los acusadores.

 

-Estos 2, dijo Pascual Electrón,

 iban poner en riesgo la seguridad del Partido y además, hacerle el juego a las “fuerzas de la reacción”. Soy el secretario de la agrupación y como tal, propongo que sean expulsados.

 

Las palabras fluían a través de los bigotes de cabo 1º, que tenía el Pascual Electrón Secretario, los otros 5 aprobaron con un, -sí, deben ser expulsados, sin discusión, “Los Osos Rojos” decretaron por unanimidad nuestra destino por fuera de la honorable Juventud Comunista y para culminar dicha determinación, antes de irnos nos llevaron al cuartito del fondo y nos cagaron bien a trompadas entre todos.

 

Después que esa ceremonia de despedida llegó a su fin, Elkanario salió primero. Antes de retirarme, Pascual Electrón, me comunicó con solemnidad acorde, -tus padres son 2 militantes ejemplares, lo sucedido no les será comunicado. Ellos no deben sentirse avergonzados por un hijo descarriado.  

 

Atribulado por la culpa recién adquirida, en silencio y lleno de moretones, emprendí el camino de retorno junto con Elkanario, que me esperó en la otra cuadra. Sentado en un murito, algo silbaba, pero cuando yo llegué dejó de hacerlo.

 

Preocupados más por los dolores y en como calmarlos, dejamos nuestros interrogantes de lado y al llegar a la esquina del bar Negro y Azul nos despedimos con la promesa de vernos al día siguiente.

 

Con mis padres me llevaba muy mal y tenía enfrentamientos muy duros, por eso cuando entré a casa pasada la media noche, lo hice en silencio. Traté que no se dieran cuenta de mi llegada. Sólo quería ir al baño, mirar mi cara en el espejo y limpiarme. Pese a los cuidados, los 2 se levantaron. En la oscuridad me había llevado una silla por delante y el ruido los despertó. Al verme en ese estado, preguntaron qué me había sucedido. En un instante se me borró la ofuscación y pesadumbre y con una sonrisa a la cual supongo irónica, les contesté, -choqué contra las “fuerzas de la reacción”.

-este siempre el mismo, dijo Mimadre, con esa cara que no me gustaba nada y el gesto de darme un bife.

-Dejálo, es un provocador, dijo Mipadre, hombre de corpulencia estalinista. Jugado por jugado, todo dejó de importarme.

 

Eludí  las presencias amenazantes y fui al baño. Lavé mi cara con agua fría y volví a sonreír. ¿Cómo no hacerlo? Había descubierto de que iban las “fuerzas de la reacción”.

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